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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La locura de salir al encuentro del mundo con la pobreza y con la alegría.
Homilía scla003a, predicada en 20090811, con 9 min. y 34 seg. 
Transcripción:
Creo que después de Jesucristo, el santo más conocido de la Iglesia Católica es San Francisco de Asís, conocido y apreciado no solamente dentro del cristianismo. También otras personas de otra fe o sin ninguna fe, encuentran un valor en este hombre. Muchos siglos atrás, en el siglo trece, cuando él vivió la Palabra y la figura carismática de San Francisco tuvo un gran impacto en mucha gente. Y entre esas personas, una jovencita tendría como unos dieciocho años en esa época llamada Clara. Ella pertenecía como Francisco, a una familia de comerciantes, gente acostumbrada a llevar cuentas. ¿Qué gano y qué pierdo? ¿Cuánto invierto y qué es lo que me va a tocar? Esa pregunta que hace San Pedro en el Evangelio que hemos oído. ¿Qué es lo que me va a tocar a mí? Esa pregunta es la que siempre se hace el comerciante. Yo voy a gastar tanto. ¿Pero qué es lo que me va a tocar? ¿Qué voy a sacar yo con esto?. Por eso entendemos que la familia de Francisco, y especialmente el papá, que era el jefe de ese emporio económico en Asís, sentía que la ira le recorría las venas. Cuando Francisco empieza con todas estas ideas de tanta religiosidad y tanta alabanza al Señor y tanta poesía a base de poesía y de alabanza, no vas a llenar el estómago, hijo. ¿Qué te va a tocar a ti? ¿Qué va a ser tuyo? Asegura lo tuyo. Nosotros solemos pensar que estas ideas son propias del capitalismo, que oficialmente empezó mucho después, claro, con Adam Smith y toda esta gente. Pero en realidad el corazón humano se ha hecho esa pregunta desde siempre. ¿Qué es lo que me va a quedar a mí? Que luego eso se formalice en una teoría económica es otra cosa, pero siempre el corazón está haciendo esa clase de transacciones. Francisco, sin embargo, parecía muy feliz en su nuevo estilo de vida y esa felicidad contagiosa y sin precio fue ganando corazones. Uno de los que ganó fue el de esta mujer, Clara, que decidió consagrarse a Dios. Por supuesto, la decisión de ella fue todavía más loca que la de Francisco, porque ella ya está bien que haya un loco, pero tiene que estar más loco el que sigue a otro loco. Entonces Clara estaba cometiendo un acto contra toda sabiduría humana. Ella se consagró a Dios en un momento en el que no existían las que después vamos a llamar o se llaman las Clarisas. Hoy, cuando un joven se decide a entrar en religión, entra a una comunidad y las comunidades religiosas tienen esto, tienen edificios, tienen noviciados, tienen seminarios, tienen apostolados más o menos claros. Pero resulta que cuando esta mujer se consagra a Dios, no había nada, no había esa claridad, no había absolutamente ninguna claridad sobre qué le iba a tocar a ella. De hecho, los primeros años de su consagración, ella se fue a vivir a un monasterio de monjas benedictinas y luego, junto con otras amigas que también estaban cautivadas por el ejemplo de San Francisco, decidieron empezar un convento allá en Asís. Clara gastó la mayor parte de su vida en Asis. Quizás algunos de vosotros habéis tenido ya ocasión de ir allá. Si no, no perdáis oportunidad. Es un lugar que inspira mucho y muchos de los lugares franciscanos, incluyendo la Porciúncula, la Iglesia de San Damián, están visibles. No voy a decir en el mismo estado en que se encontraban, pero se pueden visitar. La pregunta que nos hacemos es ¿estos locos que venían de familias, de comerciantes, por qué dan ese salto al vacío? ¿Qué esperaban ellos encontrar? Y aparentemente algo encontraron. Porque la alegría de Francisco y de Clara pues es era bien conocida. Además, la santidad de esta mujer se volvió tan famosa en la ciudad que cuando las tropas del emperador Federico querían invadir a Asís y entre esas tropas había reclutados un buen número de musulmanes. A la gente la idea que se le ocurrió fue sacar a esta monja del monasterio. Claro que no. Por la fuerza. Y ella llevaba una, ella llevaba una custodia. Aunque no era exactamente custodia, sino esta pieza que se llama técnicamente viril, donde se coloca la hostia consagrada para exhibirla en la custodia. Ella llevaba esa, llevaba esa piecita y llevaba la Eucaristía. Y con la presencia de ella y con la Eucaristía, pues resulta que las tropas se devolvieron. Eso es lo que cuentan los biógrafos y esa es la reseña histórica que tenemos. O sea, no hay evidencia en contra de eso. Y uno dice pero qué cosa tan ridícula, qué cosa absurda salir al encuentro de un ejército con una eucaristía, con una hostia. ¿Qué es eso? ¿Qué es esa locura? Qué es esa locura de salir al encuentro del mundo con la pobreza y con la alegría. Pues tiene mucho sentido, porque el comerciante, aunque abunde de otros bienes, tiene sus propias escaseces. Yo solamente les puedo contar lo que me sucedió a mí. Yo no soy franciscano, aunque amo esa comunidad. Yo soy dominico, pero lo que a mí me sucedió fue esto. Yo estaba estudiando en la universidad. Yo estudiaba física pura en la Universidad Nacional en Colombia, me iba muy bien en mis estudios. La universidad me ofrecía una beca para venir aquí a Europa a hacer un doctorado en física, precisamente en la ciudad de Bochum, en Alemania. Es decir, todo iba marchando sobre ruedas, pero había un vacío profundo. Es que tener muchas cosas no es tenerlo todo. A veces lo más importante, a veces lo esencial, se nos escurre, se nos escapa de entre las manos. Entonces yo tenía aparentemente éxito en muchos campos, pero había algo que me faltaba. Y lo que yo encontré lo vine a encontrar en un grupo de oración de esta gente, de los carismáticos que mucha gente tiene por locos. Pues bueno, yo estuve en uno de esos grupos medio locos, de estos que alaban y aplauden y viva Cristo y todas esas cosas. Pues yo estuve ahí y les tengo gran cariño porque me hicieron mucho bien. ¿Y qué fue lo que ellos me contaron? ¿Qué fue lo que ellos me dieron? Pues me dieron lo que yo no tenía. Yo no tenía, por ejemplo, alegría. No digo que esté demasiado mejor ahora de lo que estaba en esa época, pero sin duda era un personaje, un personaje terriblemente frío frente a un Dios que nos ha amado tanto. Lo que quiero decir es que a mí la noticia del amor de Dios me dejaba helado, helado no me importaba. O sea, llega Cristo y te dice mira que te amo hasta derramar mi sangre por ti. Ah, bueno, quítese que quiero ver el programa de televisión. Ese es el corazón nuestro. Somos de hielo. somos de piedra. Ese era mi corazón, por lo menos. Y lo que yo veo es que un corazón así. De qué se puede alegrar si el corazón no puede alegrarse de la noticia del amor de Cristo. Si sentir, si saber tanto amor no le alegra. Dime si va a encontrar alegría en otras cosas, encontrará chispas, fulgores, relámpagos. Un placer intenso, una borrachera muy fuerte, un poco de droga puede tal vez producir un relámpago, pero no produce esa clase de alegría. Entonces, bueno, yo por eso le creo a los locos como Santa Clara o como San Francisco. Porque yo mismo he experimentado que a veces esos locos han encontrado y han entendido mejor la noticia del amor de Dios. Les deseo en este día tan hermoso que todos nos encontremos con ese amor y cada uno según su propio camino, porque no todos tenemos que ser del mismo camino, cada uno según su propio camino, que aprenda a celebrar, a vivir y a transmitir esta noticia de amor. Amén.

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