Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Que el Señor nos regale los amores hermosos de Santa Clara.

Homilía scla002a, predicada en 20000811, con 24 min. y 41 seg.

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Transcripción:

Hay un juego o ejercicio psicológico que lo he visto practicado por algunas personas, que consiste en preguntarle a alguien ¿quién es usted? Entonces la persona dice Bueno, yo soy un abogado. No, no le he preguntado qué oficio tiene, sino ¿quién es usted? Yo me llamo Ricardo Esteban. No le he preguntado su nombre, sino le he preguntado ¿quién es usted? Y así sucesivamente. Es un juego que sirve para muchas cosas. Por ejemplo, para saber con qué se identifica la persona o, en últimas, para saber cuánta paciencia tiene. Yo he llegado a la conclusión de que lo que mejor define el ser de una persona son sus amores. Lo que la persona ama, porque uno va tomando el rostro, el aspecto, el tono de aquello que busca y uno busca lo que ama.

De manera que los amores de la vida de uno son lo más parecido a la verdadera respuesta de ese juego. La respuesta más profunda que se puede dar a ¿quién es usted? Es la respuesta a la pregunta ¿Qué es usted de fondo? En últimas, en definitiva, ama los amores suyos, los amores hasta el final, los amores hasta el extremo. Esos amores en usted. Ese es el verdadero rostro suyo. Por ejemplo, aplicar este criterio a Jesús nos presenta el verdadero rostro de Jesús. Aplicar este criterio a los Santos nos cuenta quiénes son en verdad los santos. Para conocer a los santos hay que conocer los amores de los santos, ¿qué amaron, cómo amaron? Ese es el perfil de una persona. ¿Qué amo? ¿Cómo amó? ¿Cuánto amó? Si el que no amo nada, el que nunca amó, pues tiene el rostro de la nada, El rostro de la nada es algo parecido a un chorizo sin relleno y sin forro. De manera, pues, que los amores nuestros son el rostro nuestro.

Hoy con la Iglesia estamos celebrando a Santa Clara de Asís. Y es tan bello en la vida de esta mujer recorrer sus amores. ¿Qué fue lo que llamó? Porque ciertamente en la vida de Clara el amor llegó pronto. Ella tenía como unos trece o catorce años cuando sucedió la conversión de Francisco, que fue todo un acontecimiento para ese pueblo allá en Asís. Francisco era el hombre estrella, era el artista fundamental de la vida social en Asís. Hombre simpático, hombre mundano, hombre que podría prometer cualquier cosa menos ese extraño giro que fue dando cuando la voz de Jesucristo en la antigua capilla derruida, capilla de San Damián le dijo: Reconstruye mi iglesia.

Resulta que Francisco empieza a dar un giro tremendo, porque Francisco no fue simplemente que empezó a sentir cosas, que empezó a vivir experiencias místicas que las tenía, sino lo que aterró a la gente fue cuando Francisco empezó a compartir de su vida, de su tiempo, de sus bienes con los leprosos. Este aspecto de la vida Francisco no se cuenta. Estamos siempre con un Francisco demasiado limpio, demasiado solo, metido en un bosque, alabando a Dios. Pero Francisco, antes de esas alabanzas, o después de esas alabanzas, o junto con esas alabanzas, fue el hombre untado de la lepra de sus hermanos. Y eso era lo que espantaba a la gente. Que alguien diga que se encontró con Dios. Pues sí, tratándose de usted hasta si. Pero que una persona se meta con los que todos desprecian y se gaste por ellos. Eso sí puso a pensar a mucha gente. Clara estaba despertando a la vida. Estaba en esa edad tan hermosa. Estaba llegando a esa edad en que el amor da sus primeras campanadas y en ese momento conoció lo que Dios estaba haciendo en Francisco.

Y podemos decir que toda su capacidad de amor quedó abierta a un ideal sin límites, sin límites. Sintió ella que el amor había tocado su vida y sintió que en Dios encontraba un amor que nunca defraudaba, que nunca traicionaba. Un amor como ese que se busca cuando se busca el primer amor. Porque todos en el primer amor hemos buscado eso, algo que nunca me falle, que nunca me traicione, que me comprenda, que me lleve, que me conduzca, que me llene y todo eso encontró Clara. Esta fue una providencia muy grande de Dios. Clara quedó fascinada por el ideal de Francisco, por los hermanos que se fueron uniendo a Francisco. Ella entendió que se había enamorado verdaderamente y entendió que aquel de quien estaba enamorada nunca la iba a dejar y ella nunca tenía que dejarlo. Es decir, entró a vivir una mística profundamente esponsal.

Desde esa temprana edad, trece o catorce años, la familia, según las costumbres de la época, ya lo hemos dicho con ocasión de Catalina de Siena, tenía la costumbre de casar muy pronto a las niñas comprometerlas en matrimonio y resulta que había un tío, era un viejito panzón que tenía como ciertos intereses y la cosa se veía como natural ahí o se admitía o yo no sé, pero tenía como ciertos intereses de casarse con la sobrina. Entonces Clara miraba por una parte el ideal de Jesucristo pobre, desnudo, crucificado, que estaba como también representado en estos hermanos menores, en los franciscanos, no los que hoy llamamos franciscanos. Por una parte veía ese Cristo, no. Lleno de juventud, de generosidad y por otra parte, la familia que no hallaba cómo entrarle por los ojos a este tío. Llegó el día en que se iba a oficializar las pretensiones matrimoniales porque prácticamente esas bodas las arreglaba la familia. Y eso fue en un Domingo de Ramos. Entonces llegó la hora del Domingo de Ramos y Clara que tenía que catorce, quince años. Yo por eso creo que uno debe hablar cosas muy serias y muy santas y muy altas con los niños y con los jovencitos. Porque en esas edades se toman resoluciones muy importantes. Llegó el Domingo de Ramos del año como mil doscientos siete o mil doscientos ocho y ese día se llegó a oficializar el noviazgo y entonces Clara tenía las cosas perfectamente claras, que para eso se llamaba así. Y ella estuvo en la ceremonia allá en la Catedral. Ni sé yo si era catedral, me imagino que sí, porque había obispo. De acuerdo con el relato de la vida de Francisco. Estaba allá en la Catedral, estuvo en el Domingo de Ramos, recibió una palma, una palmita de esas recibió de manos del obispo la palma respectiva y fue saliendo de la Iglesia y ayudada por los frailes menores, es decir, por los que hoy llamamos franciscanos. Ayudada por los franciscanos, se fugó, se fue de la casa.

A mí no me revuelva más con ese señor. Yo no estoy para eso. Un acto, un acto medio loco, como son tantas obras locas de los adolescentes y de los jóvenes en estos días me presentaban a una jovencita que tiene como trece años y que ya se ha fugado tres veces de la casa. La última pérdida una semana. ¿Qué hace una niña de trece años, una semana perdida en Bogotá? ¿Qué hace? O sea, ¿en qué pasos anda? Pero ustedes vieran la tranquilidad, esta muchachita. Ella muy tranquila, muy dueña de sí misma, como quien dice. Yo sé lo que estoy haciendo, yo sé en qué pasos ando. Lleva tres pérdidas de la casa. Trece años. Definitivamente es la edad de la locura, pero gracias a Dios existe también esta locura por las cosas santas. Entonces el mismo valor que le sirve a una muchacha para decir me largo de la casa a recorrer Bogotá una semana. ¿Qué hace una niña una semana en Bogotá? No tengo ni idea qué hace El mismo valor que sirve para eso. Ese mismo valor le sirvió a Clara para decir pues yo me voy a mi locura. Y se fue, entonces con ahí se conquistó una prima, una hermana. Yo no conozco bien la historia, pero es una historia encantadora. Hay que acercarse a las vidas de los santos. Son historias tan lindas.

Y bueno, organizó prácticamente a partir de ahí organizó una primera fundación y de ahí surgieron las llamadas hermanas pobres. Entonces, ¿cuáles son? La pregunta que dirige nuestra predicación hoy es ¿cuáles son los amores de Clara? Y lo primero que podemos encontrar es un amor profundo, profundo a Jesucristo, un amor intenso a Jesucristo. Un amor intenso, también a la obra que Cristo estaba haciendo en Francisco y en los demás frailes. Podemos decir que Clara, realmente, con toda la generosidad de su corazón de mujer, se apropió, abrazó como una madre, abrazaría a un hijo, abrazó el ideal franciscano para sí misma y para sus hermanas, las hermanas pobres que hoy llamamos clarisas. Abrazó ese ideal, lo hizo carne de su carne. Podemos decir que ella fue, en cierto sentido, la encarnación femenina del ideal de Francisco. Tomó completamente ese espíritu y lo vivió. Lo vivió con intensidad que más amó Clara amó la sencillez. Amó la cruz. Amó la pobreza.

Tenía un delicado sentido del humor, como también lo tenía Francisco, un delicado sentido del humor. Por ejemplo, cuando entraron en conversaciones con el Papa Inocencio, creo que era Inocencio Tercero, entraron en conversaciones para la aprobación de esta comunidad que estaban haciendo. Entonces Clara le pidió al Papa un privilegio, el privilegio de no tener ningún privilegio. A nosotras no nos dé ningún privilegio, ninguno. No queremos tener nada. Lo único que queremos es el privilegio de no tener nada. Tenemos permiso de permanecer en la iglesia no teniendo nada, nunca nada. Y el Papa concedió ese privilegio porque efectivamente es un privilegio. Eso se llama el privilegio Privilegium Pauper y las Clarisas entonces tuvieron ese, ese origen, en esa radical y absoluta pobreza. ¿Qué más amores encontramos en Clara? un amor inmenso a la Eucaristía.

Resulta que había cierto peligro de los moros de musulmanes por allá en esa región de Italia. Quien creyera uno como que no asocia mucho musulmanes ahí. Uno piensa que todos los buenos sarracenos se llamaban ahí, que todos los sarracenos estaban por el lado de España, pues no. Ahí había peligro de invasiones de sarracenos. Entonces en una de esas invasiones sarracenos ya iban pues a entrar por esos campos rumbo así, sí, quién sabe hasta dónde querían llegar. Entonces Clara le dijo un sacerdote, Clara ya estaba muy enferma. Los últimos, como veinticinco años de su vida, fueron de una enfermedad tras otra y finalmente estaba prácticamente paralítica, prácticamente ciega. Fue muchísimo el dolor que tuvo, muchísimo y muchísima la privación.

Entonces le dijo Clara que ya estaba muy mal y que no podía moverse mucho. Le dijo a un sacerdote amigo que no sé si era franciscano. Mire usted, lleve a nuestro Señor Jesucristo en la custodia y salga usted con la custodia. Usted tiene que ir deprisa, usted tiene que ir de primero con la custodia y con eso vamos a detener a los sarracenos. Imagínese cuando uno de los motivos principales de burla de los musulmanes con respecto a la Iglesia Católica es lo que nosotros enseñamos de la presencia de Cristo en la Eucaristía. Decían los musulmanes: Aunque el cuerpo de Cristo fuera tan grande como una montaña, de tanto comerse ya deben estar que lo acaban. Tenían chistes blasfemos, apuntes de ese género en contra de la Eucaristía. Y dice Clara vaya usted, vaya usted, padre delante, y el padre este. Pues yo me imagino, no, yo me pongo en el lugar del pobre padre. Ahí sí le tocaba creer mucho en la santidad de Clara, pero el Padre no solo creía en la Eucaristía, sino que creía en esa obra porque es que se le veía la unión con Cristo, a Clara.

Entonces salió custodia en mano, salió y efectivamente, dicho y hecho, se han frenado estos invasores. No se disparó una sola saeta. No hubo confrontación de armas a la vista de la custodia. Nadie entiende cómo se devolvieron estos señores. Clara tenía una fe absoluta en la Eucaristía. Si usted es una de esas personas que tienen una fe tibia en la Eucaristía, tal vez porque ha estado asistiendo a otros grupos, no como ahora. Hay tanto grupo y los grupos se presentan así. Nosotros somos cristianos. Nosotros no le vamos a destruir a usted su fe. Usted venga simplemente nosotros aquí predicamos la Palabra de Dios. Entonces la gente vaya, va entrando. Ve, ve, ve, va entrando, van entrando los católicos. ¿Y por qué van entrando? Van entrando porque creen. ¡Ay, no! Aquí no nos van a acabar la fe católica. Entonces ahí es donde a mí se me acaban las pocas vitaminas franciscanas que tengo y me sale toda la rabia dominicana. Y entonces digo mire a ver una palabra suave, pedazo de torpe, comprenda usted que hay dos maneras de acabar la fe. La fe se acaba a veces atacándola. Por ejemplo, como los musulmanes se burlan de la Eucaristía o todas estas cosas. Pero la fe también se acaba por inanición, por no alimentarla.

Entonces, todas esas personas que andan saltando, saltando, saltando de un grupo a otro son como bambis, saltando, saltan, saltan de un grupo a esas personas que saltan de un grupo a otro tienen el problema de que les acaban la fe por inanición. Usted cree que estar un año oyendo a un gran predicador protestante. Y es que hay unos de una elocuencia fantástica y oyendo al predicador. Y un año de emoción, un año de amor, un año de unión con Dios, sin necesidad de Eucaristía, sin necesidad de confesión, sin necesidad de Rosario, sin necesidad de papa, sin necesidad, sin necesidad de nada. Eso qué hace, crea en la persona la sensación de que todo eso no sirve para nada. Todo eso no se necesita mucho más fácil esto otro. Donde uno va, organiza un grupo de danza, uno va, ¿qué hace? canta, aplaude. No tiene todos esos problemas de encíclicas y todos esos problemas morales y todas esas liturgias y todas esas confesiones. Ya eso no se necesita. Solo necesito la palabra de Dios y Dios conmigo dentro de esta botella. La fe se acaba. Sí. Entonces la persona va perdiendo fe de estar así como Bambi brincando, saltando de un grupo a otro. Las personas van perdiendo la fe, pierden la fe.

Un día se dan cuenta de que, de que bueno, vamos a tratar de comulgar. Pues sí, será como ir allá a recibir eso, no. Daño no hace. Qué tristeza, no. Con qué amor se da Jesucristo en la Eucaristía y no daño no hace bueno participar aquí. Otro día iré a la cena del Señor de la Iglesia Filadelfia y otro día iré a la casa sobre la roca, y otro iré al aposento alto y el otro día iré cuando ya venga la enfermedad grave. Pues para eso se hizo la oración fuerte al Espíritu. Y así saltando, saltando. Si usted es una persona que ha estado así, saltando. Son gente que se reconoce porque tienen piernas delgadas. Los que hemos estado. Entonces sigo con mi tema, con un poco más de seriedad. Santa Clara es una persona que nos invita a amar la Eucaristía, a creer en la Eucaristía. No es un reconocimiento frío como el que comprueba que un cheque, si tiene fondos, si le alcanza. Es el reconocimiento de la presencia viva del Señor. No es un dato en nuestra inteligencia. Es la presencia del amado. Clara que tenía desde el principio de su vida esa unión esponsal tan hermosa. Porque Jesús fue el todo de la vida de Clara. Clara que tenía esa unión tan profunda. Pues Clara sabía predicar eso y le infundió tal amor a la Eucaristía. Este padrecito que el Padre salió y hubo victoria, clara tuvo otros dos amores, tuvo muchísimos amores muy santos.

Pero quiero mencionar dos últimos: Mire el amor a la oración, a la oración. Hubo un segundo intento de los sarracenos. Los sarracenos nunca invadieron a esta región en vida de Clara. Pero en un segundo intento, pues el padrecito había pedido que lo trasladaran. Entonces, no, yo no, yo, Padre, por ahí cerquita. Y Clara detuvo el segundo intento de invasión lo detuvo ofreciendo sus dolores en una oración profunda, postrada en su lecho de enferma. A fuerza de pura oración, no hay necesidad de hacer nada más. Dios se va a manifestar en esto. Vamos a orar. Claro que eso también lo pueden decir muchas personas, pero en este caso se trata de una persona que ha hecho todo un recorrido junto a la cruz de Cristo y su Palabra fue profética. Verdaderamente no hay necesidad de violencia en este caso. Déjenme orar y oren conmigo, hermanas, y el monasterio a salvo. Y lo último que quiero recordar, porque me encanta de la vida de Clara, siempre es bonito recordar las últimas palabras no.

Cada persona muere como ha vivido. Se cuenta de un tahúr, por ejemplo, estos señores que son adictos al juego. Cuando se estaba muriendo, dijo, voy restos. Cada persona, muere como ha vivido, no. Clara, por ejemplo. Clara, por ejemplo, hizo una oración tan bella. Se conservan las últimas palabras de Santa Clara. Hay que querer mucho, Santa Clara es una santa encantadora. Se conservan las últimas palabras. Ella hizo como una oración muy linda de una ternura. Es que es la ternura que tienen los franciscanos, no. Que realmente nosotros a veces nos hace falta. Nosotros a veces nos volvemos demasiado académicos, demasiado cerebrales. Aunque también hay dominicos brutos, pero en general, en general, en general, nosotros, se supone, se supone, pues que nos dedicamos un poco más a la cuestión del estudio y a veces eso si uno se descuida, eso le puede sacar el corazón a las a las corrientes de la ternura, no, la ternura clara es de una ternura incalculable. Entonces ella se puso a hacer una oración pidiéndole a Dios, pero también hablando con su propia alma, no. Ese lenguaje que tienen los místicos. Entonces hablaba ella con su alma y le decía Mira, tú ya puedes irte. Le decía a ella conversando con su propia alma. Ya puedes irte porque vas a ir a tu Creador, vas a ir a tu Redentor que desde siempre te ha amado. Y después de que decía otras palabras semejantes, entonces casi en el último momento, casi ya para expirar, le dijo a Dios y gracias, gracias, Señor, porque me creaste. Esa gratitud declara por esa cosa tan elemental que uno no se le ocurre, tal vez agradecer o yo no sé. Gracias porque me creaste.

Al término de toda su vida, tenía sesenta y un años cuando estaba muriendo. Al término de toda su vida Clara contempla todo lo que ha hecho Dios y lo ve todo cubierto por el amor. Lo ve todo cubierto por la sabiduría, lo ve todo levantado y protegido por el poder de Dios y siente que Dios es la razón de toda su vida. Ese amor que empezó a los trece o a los catorce años, madurado por el paso del tiempo, santificado en medio de las pruebas, purificado de tantos modos, ese amor estaba listo para la cosecha y Clara como ejerciendo el sacerdocio de su bautismo, entregó todo lo que ella era a Dios con esas palabras. Gracias. Gracias porque me creaste. Y así se entregó a los brazos de Papá Dios.

Pidámosle al Señor que por la intercesión de Clara, nos regale estos mismos amores. Son amores hermosos. El amor a la sencillez, el amor a Cristo crucificado. El amor a la pureza desde luego, realmente vivió como una virgen sin tacha. El amor a la fraternidad, el amor a la pobreza, el amor a la oración, el amor encendido a la Eucaristía y el amor a la gratitud. La intercesión de Clara vuelva nuestros corazones hacia Dios.

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