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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El ser virgen para Cristo indica la victoria del Señor y el ser maestra indica que ese don que Santa Catalina conoció no se queda solo en ella, sino que tiene mucho que enseñarle a la Iglesia.
Homilía scat019a, predicada en 20240429, con 6 min. y 24 seg. 
Transcripción:
El 29 de abril, nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra a Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia. Y en esta oportunidad quisiera destacar la relación que hay entre esos dos títulos que le da la Iglesia, este último, el de doctora, es relativamente reciente, se lo otorgó el Papa Pablo VI en 1970, hace un poquito más de cincuenta años, virgen y doctora de la Iglesia. Ciertamente el don de la virginidad y, en particular, el don de la virginidad consagrada, es algo que se aprecia muy poco hoy y que incluso se convierte en objeto de desprecio o en objeto de burlas. Pero bien entendida, la virginidad consagrada es uno de los dones más delicados y de mayor impacto dentro de la Iglesia. Y lo demuestra este hecho, el que aquellas primeras generaciones de cristianos tuvieron una gran repercusión, un gran impacto en el mundo antiguo, entre otras cosas, por la guarda de la castidad.
Si lo analizas bien, esto nos ayuda muchísimo a Santo Tomás, hay buenas razones para ello, porque efectivamente sabemos y lo dice este santo, que los impulsos propios de la sexualidad son de los más fuertes, de los más constantes. O como dice también San Agustín: En ningún otro campo es tan frecuente la lucha y es tan rara la victoria. Entonces, aquella persona que no solamente en su cuerpo, sino ante todo en su corazón, tiene el don de la virginidad, es una persona que indudablemente tiene una victoria muy grande, pero muy grande, porque cuanto más dura es una batalla, más se aprecia la victoria. Y si una de las batallas más grandes del corazón humano es darle orden a sus sentidos y, en particular, a la afectividad y a la sexualidad, aquellas personas, tanto hombres como mujeres, que han vivido auténticamente la pureza, que han vivido auténticamente la virginidad consagrada, pues son como joyas preciosas que el Espíritu Santo ha puesto en la Iglesia, mostrando de qué tamaño son sus victorias, de qué tamaño son, eso es lo que significa la virginidad consagrada.
Es una expresión de un particular señorío de Cristo en el corazón y en el cuerpo de los que han recibido ese don. Un don que todos debemos cultivar en la medida en que todos estamos llamados a la castidad según nuestros distintos estados de vida. Pero es que aquello que viven las vírgenes consagradas es un ejemplo indudablemente para toda la Iglesia. Sobre esto, los antiguos padres de la Iglesia, como por ejemplo el mismo San Agustín, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, por destacar esos tres, escribieron ponderando este don de la virginidad consagrada.
Y ¿qué tiene que ver esto con aquello de ser doctora de la Iglesia? Bueno, como hemos indicado en otras oportunidades, un doctor o doctora de la Iglesia es básicamente un maestro, un maestro. La palabra doctor en latín hace referencia al que «docens», al que enseña. Conoces la palabra docencia, conoces la palabra doctrina, tanto la doctrina, como la docencia vienen de la misma palabra latina «docere», que significa enseñar. Entonces los doctores o doctoras de la Iglesia, son aquellos bautizados que de una manera egregia, que una manera eminente, que de una manera sobresaliente, pues han mostrado el don precioso de una luz, una luz que se convierte como en un rastro que otros podemos seguir. Por ejemplo, en el caso mío, pues la deuda que tengo con Santa Catalina es inmensa, porque la doctrina de Catalina, primero su vida, su ejemplo, pero luego la doctrina de Catalina aprobada por la Iglesia, doctrina segura, doctrina firme, doctrina fecunda, pues es para que, para que la aprovechemos y para que vivamos con intensidad, con amor y con alegría nuestra vida cristiana.
Si eso es una doctora de la Iglesia, ahora mira la relación que tiene, que ella es virgen, virgen y doctora. Hemos dicho antes que aquello de ser virgen es ser una expresión intensa de la victoria de Dios en la vida, de la victoria de Dios en lo más profundo del corazón, la afectividad, la sexualidad. Entonces una virgen y doctora es aquella persona que ha conocido la victoria de Dios, que la ha vivido, que podemos decir, tiene cómo contar que Dios es Señor y luego tiene cómo enseñarlo. Entonces hay una profunda compatibilidad entre el don de la virginidad y el don de ser doctora, de ser maestra en la vida espiritual, porque el ser virgen para Cristo, está indicando una victoria muy grande del Señor. Y el ser maestra está indicando que ese don que ella conoció, esa victoria que ella conoció, no se va a quedar solo en ella, sino que ella tiene algo que enseñar, precisamente porque lo vivió, precisamente porque ha saboreado lo bueno que es el Señor, por eso tiene tanto que decirnos.
Alegrémonos en esta fiesta de Santa Catalina de Siena y pidamos al Señor que crezcan por toda la Iglesia los dones de la virginidad y los dones del aprecio, del amor y fiel discipulado en la doctrina del Evangelio. Amén.

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