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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Qué es ser una persona "sencilla"? (1) Es vivir en la verdad; sin necesidad de aparentar lo que uno no es; (2) Es evitar la vanidad y el espíritu de competencia; (3) Es presentar los propios errores y pecados con franqueza y sin excusas.
Homilía scat018a, predicada en 20230429, con 18 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, a partir del Evangelio que ha sido proclamado, preguntémonos sobre la sencillez. Cristo dice que Dios Padre ha querido revelarse a la gente sencilla. Y esa sencillez, indudablemente, la Iglesia la ve en una persona como Catalina, que no tuvo instrucción formal, que aprendió a leer y a escribir bastante tarde en su vida y que, sin embargo, es doctora de la Iglesia hoy. De tal manera que su testimonio y su palabra son un camino acreditado en la Iglesia, un camino que la Iglesia considera firme, seguro para buscar la fidelidad al Evangelio, para llegar a la santidad.
¿En qué puede consistir esa sencillez? ¿Cómo es una persona sencilla? Quizás cada uno de nosotros tiene una respuesta. Pero podemos asociar la sencillez, en primer lugar, con la verdad, es decir, aquella persona que se muestra tal como es. Cuando una persona tiene segundas intenciones, cuando una persona tiene una agenda escondida, cuando una persona habla solo lo que le conviene, donde le conviene y con quien le conviene, jamás llamaremos sencilla a esa persona, más bien nos parece que es una persona difícil, una persona complicada de tratar. Así que podemos asociar la sencillez con la verdad. Esa verdad que está en nosotros cuando nos acercamos a Cristo, cuando somos de Cristo y esa verdad que no escondemos frente al mundo, esa verdad nos hace sencillos.
De varios santos se habla que tenían esta cualidad de la sencillez. Podríamos decir que son aquellas personas que no tienen distintas versiones de sí mismas, no tienen que mostrar una cara frente a los amigos, otra cara con la familia, otra cara en el trabajo, otra cara en la Iglesia. Es una misma realidad, es una misma verdad la que habita esta persona. Y esa persona es así, igual en todas partes, porque no tiene un plan secreto, porque no está escondiendo nada, esa es sencillez. Esa sencillez abre puertas, esa sencillez nos hace apreciar porque nos da una sensación de firmeza, un saber a qué atenerse. Ese es el primer sentido de sencillez, la sencillez como verdad. Una verdad que se hace presente en todas partes. Podemos quedarnos con esa frase, no tengo distintas versiones de mí ante distintas personas. Porque ciertamente, el mundo quiere que uno tenga distintas versiones. La sencillez nos acerca entonces a la verdad.
Hay otro aspecto de la sencillez. Cristo en el Evangelio dice: «Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla». Ahí hay otra dimensión de la sencillez, una dimensión que podemos descubrir si nos hacemos la pregunta ¿cuál es el problema de los sabios y entendidos? ¿Qué es lo que no le gustaba a Cristo de los sabios y entendidos de aquella época? ¿Por qué esa sabiduría se convierte como en un estorbo para la revelación de Dios? Los sabios de aquella época eran, sobre todo, los maestros de la ley, y los maestros de la ley tenían dos problemas que creo que son a los que hace referencia Cristo. Un primer problema del maestro de la ley es que le guste tanto tener discípulos, que se le entre la vanidad, el sentirse importante, el sentirse escuchado, el sentir uno que su opinión, su palabra, su consejo pesan, fácilmente eso nos puede llevar a la vanidad y ese es un problema.
El otro problema es que estas distintas escuelas rabínicas tenían sus propias disputas. Y entonces, entraba otra forma de soberbia, la vanidad es una forma de soberbia, entraba otra forma de soberbia que es el competir con otros, el pretender ganarle a otros, aparecer como mejor, más importante, más inteligente que otros. Entonces, el problema de los sabios y entendidos no es la sabiduría, la sabiduría nunca será un problema. El problema está en que la sabiduría nos vuelva vanidosos. Por eso dice San Pablo, en otro lugar, el conocimiento hincha, inflama. Entonces el problema está en la vanidad y el otro problema está en esa competencia, en ese pretender ser mejor que otros. Lo que decíamos en nuestra última charla, esa pretensión de ganar las discusiones, de ganarle al otro. Entonces ahí entendemos cuál es el problema de los sabios y entendidos, que les puede acechar la vanidad y que les puede acechar también esa competitividad, ese orgullo, ese deseo, ese prurito de ganarle al otro.
Ya que entendemos cuál es el problema de los sabios y entendidos, cuidado porque estamos entendiendo a los entendidos, una vez que tenemos claro eso, preguntémonos entonces ¿qué sería la sencillez? De acuerdo con eso. Pues la sencillez debe querer decir que la persona no es vanidosa y debe querer decir que la persona no está interesada tanto en ganarle a otros o en ganar discusiones. Entonces, la sencillez es como una especie de amor limpio a la sabiduría, un amor limpio, que comparte precisamente con sencillez, que no está esperando ni necesitando el aplauso, el reconocimiento, sino que, ante todo, quiere el bien que puede brindar esa luz a los demás. Entonces, sencilla es la persona que comparte con generosidad la luz que tiene para bien de los otros y que no pone entonces su corazón, ni en el aplauso, ni en el agradecimiento, ni en la victoria que pueda tener sobre oponentes. Así que la persona sencilla, es la persona que comparte con humildad y con generosidad lo que tiene, en términos sobre todo de la luz, del conocimiento.
Ahí llevamos dos características de la sencillez. La primera característica es que la persona sencilla es la persona verdadera, sin muchas fachadas, sin estar cambiando de apariencia o de imagen o de máscara, es la misma en todas partes, vive en la verdad. Lo segundo es que esta persona comparte con humildad y generosidad a la luz que tiene. Entonces ahí se va formando una frase: Vive en la verdad, comparte la verdad. Hay una última característica de la sencillez que también nos interesa.
La sencillez se pone a prueba cuando tenemos defectos y todos los tenemos. Qué difícil es hacer una buena confesión, por ejemplo. Hablando con amigos sacerdotes por el servicio que uno presta, a veces haciendo retiros para sacerdotes, el ministerio que muchos sacerdotes consideran más pesado es el ministerio de la Confesión. Y una de las razones por las que es difícil la confesión es porque las personas envuelven bajo tutelas de explicaciones, disculpas y acusaciones a otros sus propios pecados, esa es una falta de sencillez. Por eso, hay tantas anécdotas y tantos apuntes de sacerdotes que le dicen a las personas: Por favor, no confiese al esposo. Por favor, no confiese a su mamá. Se está confesando es usted, usted quien se está confesando.
¿Qué es lo que nos suele suceder ahí? Que tenemos miedo de mostrar nuestras llagas y por eso las tapamos. Hablamos mucho de los defectos de la esposa, del hermano, del profesor, del cura. Hablamos de los defectos de otros como buscando, quizás inconscientemente, que esas disculpas, que esas explicaciones formen como una especie de vestido de hojas de higuera, que fue lo que utilizaron Adán y Eva en el paraíso, hicieron unos vestidos con unas hojas, esa moda no prosperó. Entonces, la sencillez es como una especie de desnudez de las propias miserias. Y realmente es impresionante, el sacramento de la confesión es impresionante. Y para mí, administrar el sacramento de la confesión es impresionante, porque en ese sacramento suceden cosas maravillosas. Pero a veces el milagro inesperado es encontrar una persona que se confiesa bien.
Yo les puedo decir, no sé qué estadísticas dirían otros sacerdotes, pero yo les puedo decir que buenas confesiones que yo haya escuchado, creo que es como una de cada treinta, una de cada cincuenta, una cosa así. La mayor parte de las confesiones, hay que oírlas con paciencia, recordando uno sus propios pecados, pero uno siempre termina con la sensación, a esta persona le faltó realmente prepararse mejor. A veces porque el examen de conciencia fue superficial, pero no lo digo tanto por eso, sino sobre todo por lo que antes he mencionado, por esa manía de estar tapando y explicando y justificando. Qué raro es encontrar a una persona que hable como el hijo pródigo: He pecado y realmente no merezco llamarme Hijo tuyo, y mi pecado es este. Es bien raro encontrar eso y es tan raro que eso me hace suponer que es muy rara la virtud de la sencillez. Entonces, la sencillez tiene que ver con esa capacidad de admitir la verdad de las propias miserias. Lo que me ha pasado es esto en lo que he caído, es esto y estoy arrepentido de esto. Esa es sencillez, esa es verdadera sencillez.
Entonces, la sencillez tiene que ver con vivir en la verdad, con compartir la verdad y, tal vez, la última frase podría ser, no temer la verdad, sabiendo que la verdad de uno muchas veces es vergonzosa. Una de las mejores confesiones que yo he escuchado, a mí normalmente se me olvidan las confesiones, es un don que Dios concede a muchos sacerdotes, pero creo que Dios me concede recordar en particular el comienzo, ni siquiera me acuerdo, ni pretendo recordar, ni quiero recordar el resto de esa confesión, pero el comienzo de esa confesión me gustó tanto, fue precisamente confesión de un sacerdote. Y las primeras palabras que dijo este Padre, que son una gran lección para mí. Sus primeras palabras fueron: Soy tan pecador que he aplazado demasiado esta confesión. Yo lo sentí tan desarmado, lo sentí tan humilde, tan sincero. Como que su corazón estaba desnudo delante de la desnudez de Cristo. Soy tan pecador que he aplazado demasiado tiempo esta confesión. Y siguió diciendo, y no importa lo que seguía.
Entonces la sencillez trae consigo, como esa especie de confiada desnudez, como muchas veces nos toca cuando vamos al médico: Esta es mi situación de salud. Esto es lo que tengo. Sí, tengo un tumor, esta es mi situación. Sí, mis indicadores, mis análisis no son buenos, pero este soy yo. Cristo dice que Dios revela que Dios se deja conocer de los sencillos, aquellos que quieren vivir en la verdad, aquellos que cuando encuentran la verdad, la comparten humilde y generosamente, y aquellos que no le tienen miedo a la verdad, ni siquiera la verdad de sus propias miserias.
Catalina de Siena decía que Dios nos dio capacidad de hablar para tres cosas, para que le diéramos la gloria a Él, para que edificáramos a nuestro prójimo y para que pudiéramos reconocer nuestras faltas, eso está en el diálogo de Santa Catalina. Y si tú analizas las tres cosas que hemos dicho de la sencillez, son precisamente esas tres cosas, darle la gloria a Él, edificar al prójimo y reconocer nuestros pecados y errores. O sea que esta mujer vivió la sencillez, Dios le dio unas revelaciones impresionantes y ella las compartió con tanta, tanta generosidad y tanta humildad. Ella vivió lo que dice este Evangelio y es un testimonio impresionante para cada uno de nosotros. Que venga a nosotros esa virtud, que crezcamos en la sencillez. Nuestras estrategias, nuestras disculpas, nuestros disimulos, no valen nada y no sirven para nada. Solo la verdad permanece, la verdad que merece nuestro amor y toda gloria. Amén.

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