Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Santa Catalina y lo que entraña ser familia

Homilía scat012a, predicada en 20190429, con 17 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, personalmente, es una gran alegría poder compartir esta celebración eucarística y dar gracias a Dios por la santidad, por el ejemplo, por la enseñanza de Santa Catalina de Siena. De los muchos tesoros de su ejemplo y de su enseñanza, yo quisiera destacar hoy la importancia de la palabra familia para esta mujer. Empecemos por el hecho de que su propia familia de sangre era muy numerosa, tal vez algunos recordamos que ella fue la hija número 24, eso está mucho más allá de muchas proporciones. La hija número 24 del matrimonio de Jacobo y Lapa, el mismo Papa y la misma mamá para esa inmensa familia. Por supuesto, la casa de ellos más parecía un pequeño edificio y así ha sido reconstruida y así podemos contemplarla en la ciudad de Siena.

¿Qué significa una familia tan numerosa? ¿Qué enseñanzas trae el hecho de vivir donde hay tantos y tantos hermanos? Bueno, una de las enseñanzas es que podríamos decir casi por fuerza es necesario compartir, pero todavía más, es necesario preocuparse por el otro, servir, compartir, ceder, disculparse, ofrecerse a ayudar, aprender de los demás. Todos estos verbos que tienen una importancia tan grande para la convivencia humana, pero que ya tienen un sabor cristiano, todos estos verbos los conoció Santa Catalina en la experiencia de su propia familia. Es una de las bendiciones de las familias numerosas. Pero esa experiencia de familia no fue la única que ella tuvo, cuando fue conducida por el Espíritu Santo a la soledad física, uno podría decir ahí se rompe la idea de familia, porque pasaba tanto tiempo en su penitencia y en su celda, pero en realidad, no es así.

Desde el lugar donde ella vivía se alcanzaban a escuchar las campanas del convento de los dominicos. Y esta jovencita, aunque físicamente retirada, está conectada con el misterio de la Iglesia, está conectada con la ciudad en la que vive y está conectada con la Orden Dominicana. Permítanme recordar un par de historias sobre cómo ella, en medio de su soledad, estaba profundamente unida a su pueblo y a su comunidad.

Solía esta mujer hacer prolongadísima oraciones que llegaban hasta un poco más allá de la medianoche. Según la costumbre de la época, los frailes hacían sonar la campana para el rezo de maitines, esto sucedía hacia la medianoche o un poco después. Y entonces ella decía, según lo contó por su propia boca y entonces ella decía: Ahora que los frailes se levantan y van a orar, ahora yo descanso un poco. Fíjate cómo se sentía conectada con la Orden, ella sentía que Cristo merece alabanza en todo tiempo, que no debe suspenderse nunca la alabanza a Cristo. Pero claro, como las propias fuerzas llega un momento en el que se agotan, entonces ella sentía que estaba alternando con el convento de los frailes: Aquí termino yo y le paso el relevo a ellos para que ellos sigan orando y yo descanso, yo duermo un poco.

Se sentía, pues, conectada con su orden dominicana. Por eso también ella quiere ser parte, como lo fue de lo que se llamaba en aquella época, las Hermanas de Penitencia de Santo Domingo. Tuvo que luchar bastante para pertenecer a ese grupo, porque, como en toda sociedad humana, también en ese grupo de consagradas había envidias, divisiones, rencillas, egoísmos, todo el barro que siempre tenemos los seres humanos. Pero ella entra a ese grupo, entra con fervor, entra con humildad, no entra a discutir, no entra a hundir, entra a ayudar y a apoyar. Es hermana de sus hermanas. Entonces ahí también hay una experiencia profunda de familia, vive en soledad, vive en penitencia, pero atención, la soledad no es aislamiento y no es pretexto para desconectarse de la realidad de la Orden dominicana.

Conviene recordar aquí también la relación que ella tiene con su propia ciudad, la ciudad de Siena y con la Iglesia de aquel tiempo. Es notable el hecho de que cuando llegaban las fiestas de carnaval, ella sabía que, lamentablemente, se iba a ofender a Dios de muchas maneras, especialmente por los excesos en la comida, en la bebida, en el juego, por el lenguaje procaz, obsceno, de doble sentido y por supuesto, por fallas en la pureza, fallas de tipo lujurioso. Entonces, cuando ella veía que se acercaba la fiesta del carnaval y cuando ella sabía lo que eso implicaba para el bien de sus hermanos en la ciudad, entonces redoblaba la penitencia como diciendo: Si ellos ahora están más débiles, es ahora donde más tengo que orar por mi pueblo, donde más tengo que orar por mi ciudad para que el daño sea menor y para que la conversión sea más pronta. Es decir, ella sentía que era parte de un cuerpo, que es la sociedad y parte de un cuerpo que es la Iglesia.

Sobre todo, será esta pertenencia a la Iglesia la que sorprenderá más a algunos de los sacerdotes y confesores, según comentábamos en nuestra última reunión de Directorio, hablando precisamente de Santa Catalina. Muchos sacerdotes se quedaban absolutamente desconcertados por los pecados que ella acusaba. Por ejemplo, ella se sentía responsable del mal estado espiritual, sobre todo de Europa, que era el mundo que ella conocía. Ella se sentía responsable de los pecados de Europa. Cualquier persona, si le faltan las luces que son necesarias en estos casos, oye que una mujer se acusa de que: Yo soy culpable de que Europa se está hundiendo en el pecado, oye eso y seguramente piensa: Pero ¿por qué dice eso? ¿Qué sentido tiene eso? Esas palabras de Catalina muestran un sentido profundísimo de unión y de responsabilidad. La manera como ella lo explicaba, cuando se le preguntaba, era la siguiente: Me ha dado tanto. Dios es tan abundante Su gracia en mi vida, es tanta su misericordia, es tanto el don que me ha concedido que si ese don, ese solo don, pudiera fluir sin obstáculo desde mí, cambiaría muchas vidas. Por qué la conversión de los hermanos indudablemente va despacio en la medida en que nosotros mismos vamos muy despacio.

Para tratar de explicar mejor esta idea, quiero recordar a otro santo de otra época y de otro país. San Juan María Vianney se consideraba personalmente responsable de todo lo que sucediera en el pueblo, porque él tenía la convicción de que, si brilla, si realmente brilla la santidad del sacerdote, si el sacerdote no solamente es una persona correcta, que eso se da por descontado, si no es simplemente una persona correcta y virtuosa, sino que es uno de esos santos que con solo encontrarlos la vida se parte en dos, entonces muchos más corazones tendrían que cambiar. Y además, cada corazón que va cambiando por un efecto multiplicador, llevará esa gracia a otros. Entonces, San Juan María Vianney tenía claro que él tenía que correr y correr con intensidad y correr con altísimo fervor a un grado muy, muy alto de santidad, porque tenía la convicción de que el pueblo que, de alguna manera miraba hacia él, en cierto sentido, iba detrás de él. Y si ese levantarse del sacerdote es poco, pues el pueblo se levantará menos. Si es mucho, pero realmente mucho, entonces el impacto será inmenso.

Ese es el tipo de pensamiento que tiene Catalina, pero para ella el tema no es simplemente una ciudad, como decir Siena o Génova, para ella es la Iglesia entera y por eso, cada cosa que ella siente que le ha negado a Dios, cada cosa en la que siente que no ha sido absolutamente generosa con Dios, ella siente que es un obstáculo que no solamente entristece al esposo amado, es decir, a Cristo, sino que también bloquea, bloquea el amor, bloquea la acción de Dios, lo que Dios quisiera hacer en medio de su pueblo. O sea que la percepción que ella tenía, la claridad que ella tenía sobre su unión y su lugar dentro del cuerpo de la Iglesia es algo impresionante, por eso la Iglesia, ella la siente como su propia familia. Y cuando hablo de la Iglesia, no solo hablo de la Iglesia visible, hablo también de la Iglesia penitente en el purgatorio y de la Iglesia triunfante en el cielo. Ella siente que todos son su familia.

Así, por ejemplo, con cariño se refiere al apóstol San Pedro llamándolo: el viejito. Para ella el viejito, como una especie de abuelito, de gran abuelito, que es pues el primer papá y el primer Papa, es referencia para todos. Es el viejito, es decir, para ella la Iglesia es su familia. Y cuando habla de Santo Tomás o cuando habla de Catalina de Alejandría, cuando habla de Inés de Montepulciano, cuando habla de Domingo de Guzmán, su lenguaje siempre está cargado por esa sensación de convivir con ellos. Realmente ella siente que los santos son sus amigos y ella siente que convive con ellos, que están a su lado.

Esto, por cierto, lo aprendió desde su adolescencia, porque cuando la familia, en un acto de intransigencia, le dice no tanto rezo, no tanta penitencia. Y, sobre todo, cuando la familia se indispone, particularmente la mamá por ese acto que todos conocemos, que ella se recortó su cabello, para que la mamá dejara de molestarla con tantas vanidades, entonces la sobrecargaron con una cantidad de oficios domésticos para que no tenga tiempo de estar con tanto rezo y tanta espiritualidad. Y entonces ella contaba a su confesor, ella contaba que ella veía la vida de los apóstoles con lo bueno y con lo defectuoso, lo veía en su propia casa. O sea que para ella la Iglesia siempre fue una familia y para ella la familia fue también como una iglesia, iglesia doméstica que llamaría el Papa San Pablo VI.

He dejado para el final en estas reflexiones, hermanos amados, he dejado para el final, su propia familia espiritual. Esto es algo realmente muy hermoso, es algo muy hermoso, cómo a partir del amor, la santidad y la doctrina de ella, se va formando un grupo más o menos estable, un grupo de entusiastas tan fervorosos que, ustedes saben lo que hacía la gente, la gente se burlaba, la gente decía: Bueno, y ¿qué? ¿Ya te encatalinaste o qué? A los que frecuentaban demasiado la casa de Catalina en Fontebranda, ya les decían los encatalinados, ya está encatalinaste. Y es que era así, era así, es decir, Catalina creó en torno suyo, siendo una persona virgen y soltera, sin hijos según la carne, ella fue creando en torno suyo un espacio que hace posible la vida, esto es lo que más me conmueve. Un espacio que hace posible la vida, un espacio donde la gente cabe, donde él arrepentido cabe, donde la vocación monástica cabe, donde el que se siente llamado al sacerdocio cabe, donde los matrimonios caben, donde los jóvenes caben.

Por supuesto, eso no es un secreto para ustedes, esto es la inspiración que nosotros hemos tratado de seguir. Sabemos que estamos lejos, pero bueno, ahí vamos con cariño, con humildad, con oración, porque la idea es esa, la gente cabe, si caben en el corazón de Cristo, cómo no van a caber en mi corazón, si caben en el plan de Dios, cómo no van a caber en mi corazón, si caben en las páginas del Evangelio, cómo no van a caber en mi casa y en mi corazón. Y así se va formando ese grupo, ese grupo que en algunas ocasiones, incluso viajaba con ella y estaba con ella, en parte porque se sentían amados, en parte porque la amaban muchísimo, pero en parte también porque recibían sin cesar de su boca, de sus palabras recibían tantas enseñanzas.

Y es que esta mujer, como cuenta Raimundo de Capua, su principal director y confesor, esta mujer era inagotable, realmente. A veces se ponía a hablar con Raimundo sobre nuestro Señor Jesucristo, sobre la Iglesia, sobre el sacerdocio, sobre la Eucaristía, sobre el cielo y después de un tiempo, fiel a su vocación dominicana, Raimundo se quedaba dormido. Cuando Raimundo se quedaba dormido, entonces le decía Catalina: Tú no sabes lo que te pierdes, tú no sabes lo que te pierdes en esos ratos en que duermes. Ella misma era consciente de lo que Dios le había dado, ella era consciente del don de palabra que el Señor le había otorgado. Pero al mismo tiempo, aunque en términos de virtudes o en términos de resistencia, fuera superior al confesor, en todo momento obediente a él, pero ese sería tema para otra predicación, cómo vive ella la obediencia al sacerdocio, al director espiritual, a la Iglesia.

Por ahora, quedémonos con esa preciosa idea de Catalina como como verdadera mamma, como como mujer que al mismo tiempo se reconoce Hija de la Iglesia, miembro de una hermosa familia y también mamá, mamá de esa familia que crea espacio donde todos puedan caber, donde todos puedan crecer, ¿no es eso de lo que sienten las mamás por los hijos? Y casi parece que la mamá, allí donde ve mayor necesidad en un hijo, como que más tiempo le dedica y está más en las oraciones y le ofrece mayor dulzura, mayor cariño, mayor atención. Sigamos esta celebración eucarística gozosos, gozosos de poder ser parte de esta gran familia que es la Iglesia, y también de ser llamados de alguna manera para ser hermanos e hijos espirituales de esta gran Santa y doctora de la Iglesia. Así sea.

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