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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía scat006a, predicada en 20100429, con 37 min. y 33 seg. 
Transcripción:
En mi memoria vocacional, decir Santa Catalina de Siena y decir noviciado es casi lo mismo. Porque antes de mi noviciado yo creo que lo ignoraba todo, sobre esta santa. Y fue, precisamente, en mi tiempo de novicio cuando por primera vez supe algo de ella. Fue una sugerencia, una insinuación que me hizo un compañero mío de aquel tiempo, leí entonces la biografía, me parece que la excelente biografía de Giorgio Papasogli, y que espero siga encontrándose en la biblioteca de este noviciado. Así que, para mí volver después de 25 años a relacionar, tan expresamente, noviciado y Santa Catalina, es como una especie de regalo. Es un regalo que también me invita a despertar en mi propia vocación.
¿Qué fue lo que me llamó la atención, en aquella época, de Santa Catalina? Yo creo que fueron tres cosas. En primer lugar, me llamó la atención la radicalidad. Creo que muchos de nosotros, al llegar a la vida dominicana y al dar ese paso, finalmente dar el paso hacia la vida religiosa, hemos tenido que renunciar y no sé cómo se vean las cosas desde fuera, pero desde dentro uno siente que realmente está renunciando a muchas cosas. Entonces queda siempre como una inquietud de si se está dando el paso correcto. No fue exactamente una duda vocacional, pero sí fue una gran confirmación en mi camino encontrarme con Santa Catalina, porque era como sentir: Bueno, después de todo, aquí hay gente que se toma esto en serio, aquí hay gente, aquí en la Orden Dominicana, hay gente que ha abrazado con todas sus fuerzas un ideal de vida mirando firmemente hacia Jesucristo. Entonces, digamos que la primera razón fue esa radicalidad.
La segunda razón fue encontrar una persona que unía la fuerza del sentimiento, que es tan propia de las mujeres o uno la asocia mucho con las mujeres, con la fuerza de la razón. Yo creo que el ideal dominicano no es un cerebro metido en una nevera, pero el ideal dominicano tampoco es el puro sentimentalismo. Una de las cosas que más me atrae de nuestra vida dominicana es que la intensidad del amor es como la intensidad del fuego que se vuelve luz. Nosotros amamos con los ojos abiertos y eso es algo que a mí sencillamente me fascina, porque en mi historia personal, tanto la parte del sentimiento, como la parte de la razón o del intelecto han sido fundamentales. La parte intelectual, pues básicamente por los años del colegio y también por el tiempo de estudio en la Universidad Nacional y el tiempo de Olimpiadas de Matemáticas. Es decir, la alegría de entender es algo que Dios me regaló muchas veces, eso no significa que uno lo entienda todo, sino que uno disfruta mucho poder entender algo.
Pero con el solo entendimiento es muy difícil construir una vocación, especialmente a través de la Santísima Virgen, Dios le trajo un saludable desorden a mi vida. Desorden en el sentido de que lo que parecía previsible que yo siguiera como esa carrilera de los estudios, pues eso cambió, apareció un amor y fue el amor el que me puso aquí. Entonces, tanto la parte de las razones y el intelecto como la parte del sentimiento y el amor han tenido que ver conmigo. Y es maravilloso encontrarse una persona como Santa Catalina de Siena, que tiene tanta luz, que tiene tanta doctrina y al mismo tiempo, indudablemente está ardiendo en un fuego intensísimo. Ella misma decía: Mi naturaleza es fuego. Entonces ahí llevamos dos razones primero, la radicalidad y segundo, esta presencia del amor que ilumina razón y sentimiento, cerebro y corazón.
La tercera razón es que, a través de los grupos de oración, yo había llegado a poner a Jesucristo realmente como centro de mi vida, digamos como un faro que ilumina. Eso no significa que uno sea coherente todo el tiempo con esa opción, pero, digamos que Jesús se había ganado ese puesto. Y, sin embargo, en mi mente, yo no había realmente conectado mucho aquello de querer a Cristo y querer a la Iglesia. Y luego me he encontrado que hay muchas personas que, prácticamente, viven bajo este lema: Cristo sí, pero la Iglesia no. En los tiempos que vivimos, cuando hay toda esta campaña mediática de sacar a luz llagas de la Iglesia, yo creo que está como más firme todavía en mucha gente ese tipo de mentalidad: Jesucristo me convence, la Iglesia no me convence. Amo a Jesucristo, pero no amo a la Iglesia. Nada más piense usted cuántas veces escucha uno expresiones que hablen de amor hacia la Iglesia, incluyendo, por supuesto, esa frase: Amo a la Iglesia. Yo creo que, tácitamente nuestra cultura, en la medida en que conserva una cierta impronta cristiana, lo que dice es: Cristo es como un modelo fantástico y nosotros somos una manada de miserables. Entonces, qué vamos a amar a la Iglesia.
En la vida de Santa Catalina, ese es uno de los aspectos más atrayentes para mí. Ya dijimos que ella ama con los ojos abiertos, no es ninguna tonta, se da cuenta de las cosas y las cosas en el tiempo de ella no estaban bien. Ella nació en 1347, cuando estaba terminando, en Europa, uno de los embates más salvajes de la llamada peste. Y esa peste hizo tres o cuatro cosas espantosas en el suelo europeo. En primer lugar, creó un caos económico que uno difícilmente se puede imaginar, algunas cifras ayudan a ver por qué, cerca de un tercio de la población de Europa murió. Eso casi no le cabe a uno en la cabeza. En la Colombia de hoy eso sería imaginar que en el curso de unos meses se mueren catorce, quince millones de personas. Hubo pueblos enteros, poblaciones en los que los vivos no alcanzaban a enterrar a los difuntos, entonces hubo poblaciones en que los poquitos que no estaban contagiados se fueron y dejaron que los cadáveres se pudrieran al aire. Entonces, hubo un caos económico total.
Además, las estructuras que ya eran frágiles, las estructuras de cierta cohesión social en la Italia de aquella época, pues quedaron mucho más maltrechas. Entonces, es una época de vandalismo, es una época salvaje. No existe una autoridad central en Italia, no la va a haber hasta el siglo XIX, de hecho, sino que lo que existen son ducados, principados, reinos, es una estructura parecida a la de las ciudades estado que tuvo Grecia en la antigüedad. Y cada una de esas ciudades tiene su propio sistema económico, sus propias monedas, su propio ejército. Y las fronteras entre esos distintos reinos, pequeños reinos italianos, están completamente desprotegidas, es decir, viajar era una aventura con cara de pesadilla. El comercio, por supuesto, es una locura.
Tercera cosa que ha hecho la peste, la peste ha causado también que los conventos queden vacíos. Por supuesto, la forma de vida que tenemos nosotros y mucho más la que había en aquella época, facilita al extremo del contagio. Bueno, nuestras costumbres actuales, por ejemplo, en el aseo de las cosas de cocina, diríamos que pondría una cierta barrera a la propagación de ese contagio. Pero, en aquella época las cosas se utilizaban de un modo mucho más ingenuo, ni siquiera había el concepto de bacterias o de virus o de microbios, porque todo eso vendría muchísimo después, en la época de Luis Pasteur. Entonces, para ellos la enfermedad era algo así como una rifa, pero una rifa que era demasiado fácil ganarse y nadie entendía por qué.
Los conventos de hombres y de mujeres quedan vacíos. Las comunidades religiosas empiezan a temer perder esas propiedades porque es muy difícil conservar una casa vacía, entonces, en medio de su angustia, las comunidades toman las peores decisiones o, mejor dicho, la peor decisión. Como lo que necesitaban era gente, abrieron muy ancha la puerta, que entra el que sea, y efectivamente entró lo que sea o entró lo que fuera, entraron muchas personas que no tenían el menor interés en servir a Dios. La calidad de la vida religiosa y la calidad de la vida sacerdotal se fue al piso porque los obispos tenían el mismo problema, tenían que proveer pronto de sacerdotes a regiones muy amplias, esto sucedió en toda Europa.
Recordemos que estamos hablando dos siglos antes de Trento y de los seminarios. Ya la formación de los sacerdotes solía ser muy mediocre, muy, muy mediocre. Y llega esta situación que sacude a Europa y entonces, la poca formación que hubiera se fue al traste, intelectualmente nulos, moralmente escandalosos. De modo que la corrupción de los cadáveres o corrupción de los cuerpos iba unida a la corrupción de las almas. El sentimiento general era de Apocalipsis, hubo mucha gente que sintió que era el fin del mundo. Por esa misma época vivió San Vicente Ferrer, por supuesto, a bastantes kilómetros, San Vicente, allá en su España. Pero fíjate que San Vicente es llamado Ángel del Apocalipsis. No era demasiado difícil predicar el Apocalipsis, cuando tú veías que poblaciones enteras caían bajo la peste.
También eso causó unas heridas muy profundas que afectaron el futuro de ese continente. Se cometieron unas brutalidades y unas crueldades sin nombre contra las minorías, por ejemplo, contra los gitanos, pero sobre todo contra los judíos. La gente, cuando se encuentra en una situación desesperada, tiende a buscar un culpable como sea. Entonces, una manera fácil de encontrar el culpable era a los judíos, como los judíos vivían en sus propios barrios, en sus guetos, pero a la vez tenían contacto con el resto de la población y como los judíos iban creciendo en poder económico, eran gente sospechosa y, a veces, detestada. La peste, que no fue una sola, un solo ataque, sino varios ataques muy fuertes, dio ocasión a unos brotes de antisemitismo salvajes, a veces por la sencilla y llana razón de robarlos, de quedarse con sus propiedades.
En medio de ese caos, las cosas que vivió la Iglesia eran, como la retrató el poeta y escritor italiano Petrarca, eran verdaderas llagas. El rostro de la Iglesia, si ahora nos parece o nos puede parecer vergonzoso pertenecer a la misma Iglesia que ha cometido ciertos crímenes, pues yo no sé cómo se podía sentir uno en esa época. Para colmo de males, hacia el final de la vida de Santa Catalina se presenta cisma y tenemos dos Papas, porque no solo era una crisis en la población o en el clero bajo, sino que las dificultades iban arriba hasta el Papa. Cuando Catalina nace, nos encontramos cerca de la mitad de lo que se llama el tiempo de los Papas de Aviñón. Era tal el ambiente en Roma, era tal, que el Papa vivía en continua angustia por su integridad personal, por su vida. Cuando se piensa en esos brotes de salvajismo, en esas masas enfurecidas, en los linchamientos, en los incendios de poblaciones enteras, pues uno comprende mejor lo de los Papas de Aviñón.
Aviñón es una región de Francia que brindó una cierta protección al Papa. Pero eso también trajo unos males, muchos males, entre otras cosas, vivir en Francia significaba depender de la política francesa, tratar de complacer al rey de Francia y a los nobles de ese país. Además, como el Papa estaba ahí, pues su curia tenía que estar ahí. Y era un espectáculo bochornoso, era una cosa vergonzosa, ver a estos cardenales con sus inmensos trasteos o mudanzas, porque también ellos vivían como príncipes. No eran muchos cardenales, uno siempre asocia a cardenales a ese grupo de ciento y tantas personas que conocemos ahora. No, en aquella época, el total de cardenales podían ser 20 o 30, no sé, creo que de 30 no pasaban. Pero entonces, como ellos vivían como príncipes, tenían una cantidad de siervos y siervas, hermanos y hermanas, tías y muchas amigas, de las que nunca se aclaraba exactamente qué eran.
Entonces, era un espectáculo grotesco, ridículo, lamentable, daba grima. El Papa en Aviñón, Roma abandonada, el clero dando escándalos un día sí y otro también. Las órdenes religiosas desmanteladas. Ahora ustedes me entienden lo que significa la expresión: Amo a la Iglesia. Porque eso es amar a la mamá cuando está vieja, arrugada, leprosa, así hablaba Petrarca de la Iglesia de su tiempo. Y en esas circunstancias, Santa Catalina llega a decir esta frase: Sabed que si muero, muero de amor por la Iglesia. A mí eso sí que me impresionó. Yo algo, uno siempre sabrá muy poco de Jesucristo, uno sabe demasiado poco, pero yo algo sabía de Cristo y lo amaba y lo amo. Pero amar a la Iglesia, sobre todo, amar a una Iglesia así y decir uno: Muero de amor por la Iglesia. A mí me parecía como más allá de mis fuerzas.
Esas tres razones grandes tengo yo para amar a Santa Catalina, ver en ella una persona encantadoramente radical, porque es que hay maneras de ser radicales. Existe la radicalidad de la amargura, hay gente que es radical, pero agria, ácida, criticona, mordaz, no encuentra nada bueno. A mí esa radicalidad se me parece mucho a la de los fariseos, porque los fariseos eran radicales. La propuesta farisea, era radical: O se cumplen las leyes o se acaba esto. Y ellos querían llegar hasta el extremo, pero esa radicalidad es amarga. Es una radicalidad que brota de la amargura. Uno ve en Santa Catalina una persona radical pero enamorada, feliz, una persona enamorada. Yo creo que el amor hace bellas todas las cosas. Cómo es de bello conocer a una persona que está enamorada, sobre todo, si se une lo segundo, enamorada con los ojos abiertos.
Porque en mi tiempo de colegio yo tuve una experiencia con uno de mis mejores amigos, compañero de estudios y de todo. La primera vez que yo sentí una inquietud vocacional y deseo de ser sacerdote, eso sucedió un viernes 15 de agosto de 1980. El lunes 18 de agosto yo me encontré con este amigo, que era de mis mejores amigos en el colegio. Creo que en esa época, éramos lo que se suele decir, el mejor amigo. Y le cuento yo a mi mejor amigo de mi inquietud vocacional y él me cuenta que también me tiene una noticia y la noticia de él era que había iniciado una relación de noviazgo con una jovencita que le gustaba muchísimo, ya de antes le gustaba. Entonces, mi enamoramiento de Dios fue al mismo tiempo que el enamoramiento de mi amigo, solo que él se enamoró de esa joven. Bueno, eso era como el Quijote hablando de la Dulcinea. Eso era la maravilla, era lo más perfecto, era como un ángel, era bueno, y era que hablaba y hablaba de esa niña. Un día la conocí y, por supuesto, mi decepción fue radical, mi decepción fue total, porque claro, yo estaba esperando más o menos una reina de belleza, pero con cabeza, con sabiduría, porque él encontraba todas las cualidades.
Entonces, eso es lo que yo quiero decir, enamorarse con los ojos cerrados, enamorarse con ese amor que se llama ciego. Pero repito que el amor nuestro, el más típico, es un amor con los ojos abiertos. Y a mí, Santa Catalina de Siena, me ha presentado la imagen de una persona profundamente enamorada, profunda, profundamente enamorada, pero una persona con los ojos abiertos a toda esta realidad que hemos dicho. La radicalidad, pero la radicalidad de una enamorada, pero una enamorada con los ojos abiertos. Y la manera como habla, la manera como habla de la Virgen, como habla de la Providencia, como habla de la oración, como habla de la obediencia, como habla de la Iglesia, como habla del Papa, como habla de la vida religiosa y sobre todo, por supuesto, como habla de Cristo y del Padre celestial. Entonces, es una persona radical pero radical, con poesía, con amor, con alegría.
La gente la recuerda a ella como una persona, y esto también me llamó mucho la atención, una persona de la cual era agradable estar cerca. Ese es un asunto que también me llamó mucho la atención. Era una persona con una gran capacidad de soledad, de hecho, pasó buena parte de su adolescencia sola en un régimen absurdo que otros llamarían enloquecedor, haciendo penitencias, haciendo ayunos, orando muchísimas horas y sola. Pero de nuevo, no es la soledad del que odia a la gente, la soledad de ella no era una soledad de odio, no era una soledad de sospecha ni de desconfianza.
Unos años antes de entrar a la comunidad, o sea, siendo yo un niño prácticamente, me acuerdo que me encontré en casa con un misal de los de antes del Vaticano II, un misalito de esos que son bilingües porque obviamente la gente piadosa, cuando iba a misa llevaba su misal, que era latín-español. Ese misalito estaba hecho con tanto cariño, con un papel tan delgado, para que le cupieran muchísimas hojas, por supuesto, y entre sus secciones traía fragmentos de vidas de santos. En aquella época, siendo yo niño, los santos que me parecieron más raros, pero al mismo tiempo como más atrayentes, eran los santos ermitaños o anacoretas. Porque, por supuesto, me parecía, me parecía una cosa como única. Pero, por lo menos las pequeñas biografías que traía ese misal, al referirse a estos anacoretas, esas pequeñas biografías muchas veces hablaban de ese lenguaje de huida del mundo, huir del mundo y sus peligros y, a veces, había como un cierto desprecio hacia el mundo.
La soledad de Catalina no es una soledad de amargura ni es una soledad de pura sospecha. La soledad de ella es como el impulso que toma un corazón cuando recibe un llamado sublime, un impulso irresistible, un impulso que lo lleva a uno hacia arriba o que lo lleva a uno hacia adentro. Eso me fascinó, me pareció espectacular. Pero esa soledad la rompió luego el mismo Dios cuando le dijo a Catalina: Tú tienes que volar con las dos alas, no solo con el ala, con un ala que sería la oración, la soledad, la unión conmigo, sino tienes que volar también con la otra ala, el ala del servicio y de la misericordia. Y ella, por amor a Dios, amó a la gente, pero la amó. De modo que teniendo que decirle muchas verdades a esa cantidad de mediocres que se encontró en aquella época, y yo no hubiera sido mejor ni más faltaba, diciéndoles muchas verdades, no era el tipo de persona que uno siente que lo está acribillando, sino más bien como una enfermera, como una enfermera amorosa, amable, pero que tiene que decir: Oiga, esta llaga se le está pudriendo, ¿no?
Santa Catalina de Siena, como ustedes se dan cuenta y por eso me la oyen mencionar tanto en otras homilías, me ha hecho un bien inmenso, inmenso. Yo tengo que dar testimonio, después de la biblia y la Liturgia de las Horas, que incluye las lecturas que conocemos de los Padres de la Iglesia, son dos santos los que han sido como dos estrellas, dos referencias en todo lo que yo pueda decir sobre Cristo, la Iglesia, la biblia, la espiritualidad, esos dos son Santo Tomás de Aquino y Santa Catalina de Siena. Necesitaríamos bastante más tiempo, quizás dependiendo de lo que diga el Padre Maestro y también de lo que ustedes quieran, necesitaríamos algunos días, algunas sesiones, en todo caso, para hacer por lo menos una presentación somera de su doctrina, que no es suya, sino que fue como una inspiración de Dios.
El caso de Santa Catalina de Siena es, obviamente, un caso de ciencia infusa. Decía el Papa Pío II, italiano también y también de Siena. Decía el Papa Pío II: Primero fue vista como maestra que como discípula. Y eso está en alguna de las antífonas del oficio del día de hoy. Qué doctrina tan profunda, de la cual, sobre todo, destaco aquello del conocimiento de uno mismo. Porque como el noviciado, al fin y al cabo, es un tiempo en el que uno tiene que revisar y tiene que hacer como un mantenimiento. Yo digo que a veces el noviciado es como eso, como un mantenimiento general, se revisa todo lo que uno es. Pues el noviciado es un tiempo magnífico para asomarse a esa doctrina del conocimiento de sí, que no es pura psicología, que no es pura introspección y que, por supuesto, no es egoísmo.
Solo le pido al Señor en este momento que esas riquezas no queden durmiendo en los anaqueles de una biblioteca, sino que esas riquezas se conviertan en vida para nosotros y que nosotros seamos capaces de transmitirlas a muchos más, porque lo que ella recibió, lo recibió para los demás. Hay una pequeña ironía o contraste entre esos dos que considero mis grandes maestros, Santo Tomás y Santa Catalina. Al final de su vida, Santo Tomás, como ustedes saben, quería quemar la Suma Teológica, decía que eso era paja. Al final de su vida, el gran libro de Santa Catalina es el Diálogo, ¿no? Al final de su vida, Santa Catalina tomó todas las precauciones posibles para que esa obra se cuidara y fuera publicada y fuera conocida. Es muy chistoso eso de mis dos maestros. Santo Tomás, desbordado en la contemplación, hace una comparación y siente que todo es paja. Santa Catalina, contemplativa también ella, siente que lo que ha recibido de la oración es alimento que tiene que llegar al pueblo. Repito, hay como un contraste gracioso en el final de la vida de estos dos santos. Y, sin embargo, es un mismo Cristo el que les ha inspirado, el que les ha iluminado, el que ha hecho que ellos sean lo que son.
Vamos a seguir esta celebración pidiendo al Señor, por intercesión de Santa Catalina, que nosotros amemos más, mucho más, que haya mucho más fuego y que haya mucha más luz. A nosotros en la Iglesia, y en particular en la Orden, siempre nos tentarán esos dos peligros, tener mucho impulso y poquita dirección o tener mucha luz, pero poco amor. En el primer caso tenemos el fanatismo de los que quieren hacer todo, pero no saben por dónde empezar y terminan haciendo cualquier tontería, como ponerse un chaleco de explosivos, el fanatismo, ese es un extremo. Y en el otro extremo, estos teólogos que no son razonables, sino racionalistas, que terminan negando todo lo que no quepa en sus cabezas y por eso niegan los milagros, niegan la Resurrección, niegan la virginidad de María y no se dan cuenta, porque no se conocen, que la arrogancia hace mucho tiempo se adueñó de sus almas. Entonces, entre el fanatismo y el racionalismo, cuánto necesitamos de Santa Catalina de Siena y cuánto necesitamos de buenos, genuinos, auténticos dominicos, que Dios nos los conceda.

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