Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Santa Catalina de Siena: un regalo para toda la Iglesia.

Homilía scat003a, predicada en 19990429, con 12 min. y 18 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, en primer lugar, le doy gracias a Dios Nuestro Señor por esta oportunidad magnífica y bellísima que me concede de celebrar la fiesta de Catalina de Siena en este ámbito de fraternidad en la común vocación dominicana. Les comparto con toda sencillez que más de una invitación recibí para este día y por y para esta hora, por personas o comunidades que saben de la amistad que me une con Santa Catalina de Siena. Pero ya que la Providencia de Dios me permitió acompañar a la comunidad conventual, en el servicio de domadario, pues yo interpreté eso también como un querer del Señor e interpreté que el que el mejor lugar donde podía estar era, precisamente aquí, en medio de mis hermanos, porque en realidad Catalina es un regalo, no para mí, ni para ti, sino para todos nosotros, es un regalo para toda la Iglesia.

No es solamente una realización completísima, integérrima del carisma dominicano, sino es una muestra del poder y de la sabiduría de Dios ante toda la Iglesia. En ella se une lo extraordinario del poder de Dios, en lo más ordinario de una mujer humilde y letrada que causó ante la gente la misma sorpresa, si puedo hablar así, que Jesucristo. Así como acabamos de escuchar en este Evangelio que Cristo sorprendía porque no teniendo estudio, manaba sabiduría, así también ante los frailes y ante la gente del pueblo, las palabras que Dios le concedió a Catalina causaron asombro. Comenta Raimundo de Capua, la gente pensaba que los frailes la habían instruido, pero era ella quien enseñaba a los frailes.

De esta manera quiso Dios mostrar la fecundidad de ese carisma de la predicación. Quiso, de alguna manera, darle no solo a nuestra orden, sino a toda la Iglesia, una muestra de lo que significa vivir de la Palabra, vivir en la Palabra, vivir para la Palabra. Fue ella una de las primeras almas santificadas por el Espíritu, en las que Dios concedió ese extraño don de sobrevivir semanas, meses enteros, sin otro alimento que la Eucaristía y la Palabra de Dios. Milagro extrañísimo y prolongado que luego se ha dado varias veces en la Iglesia, pero que en el caso de Catalina indudablemente tenía un objetivo, si podemos hablar de ese modo. El objetivo de mostrar que es cierto que la Palabra de Dios da vida y en ese milagro, esa vida estaba ahí patente, estaba ahí a la vista de todos los que la conocían.

La ciencia de Catalina es extensa y es profunda, pero también puede llevarse a enunciados muy cortos, casi podríamos decir a unas, a unas pocas frases. La liturgia de nuestra Orden en este día, nos recuerda algunos de esos enunciados, permanecer en el amor de Dios, dice ella, como haciéndose eco del Evangelio de Juan. Pero tal vez, su frase más típica es el conocimiento de nosotros mismos, el conocimiento de lo que somos, pero no como una ciencia humana que indudablemente nos conduciría a la desesperación, por la nada ante el cosmos y por la basura de nuestros pecados. Conocimiento de nosotros mismos en Dios y conocimiento de Dios en nosotros mismos, este es el comienzo de toda sabiduría.

Y como una especie de profetisa, ella cuenta lo que iba a pasar en este siglo XX y que ya sucedía de tiempos antiguos. El conocimiento del ser humano, si no está fundado en Dios, conduce a la desesperación, lleva hasta el infierno. Y qué otra cosa nos presentaron los existencialistas de este siglo, sino el asco que siente el ser humano al encontrarse con su propio vacío, con su propia nada. Realmente, cuando el ser humano pretende esclarecer su misterio con su propia luz y con sus propias fuerzas, no encuentra otra cosa sino incoherencia, debilidad, egoísmo, envidia, finalmente náusea, como dijo alguno de ellos, e infierno. Pero, al contrario, el conocimiento de nosotros mismos en Dios no se detiene en todo lo que tenemos de miserables, que indudablemente está ahí, sino que alcanza hasta las manos creadoras de Dios.

Esta mujer, audaz por su mística, esta mujer transportada por el poder del Espíritu, pudo, podríamos decir, tocar las manos de Dios Creador, sumergiéndose en el misterio de su ser de criatura, pudo palpar, más allá de sus pecados, las manos creadoras de Dios. Y es en ese piso último, es en ese fondo último donde por fin puede descansar el corazón humano, es allí descubriendo a Dios Creador. Es descubriendo ese amor indebido, poderoso, irrevocable, descubriendo esas manos, tocando ese amor el ser humano descansa. En primer lugar, descansa de su angustia, pero, en segundo lugar, descansa de su soberbia. Y cuando, por fin, quitamos el fardo de nuestra presunción y de nuestra soberbia, entonces lo que encontramos es un Dios que nos ama infinitamente, que no pensó sino en amarnos cuando nos creó. Tiene expresiones tan hermosas Santa Catalina, cuando Dios, por ejemplo, le dice: Es que el alma humana yo la hice de amor. El material del alma humana es el amor y por eso, solo se saciará en amor, en amor infinito, esa alma que yo sé cómo creé. Y por eso, mientras esa alma no se encuentre conmigo, cualquier cosa de esta tierra, cualquier cosa finita, terminará por dejarla vacía.

En ese conocimiento de nosotros mismos, tendremos la ciencia de nuestras debilidades, sabremos cuán frágiles somos, pero también encontraremos porque estaremos en Dios, de dónde proviene nuestra fortaleza, de dónde proviene nuestra luz. Este conocimiento nos enseña Catalina, hay que sazonarlo, es la expresión que utiliza, hay que sazonarlo con el conocimiento de Dios en nosotros. Y entonces viene esa imagen que está en su obra más conocida y la más importante, el diálogo. Estar en Dios como el pez está en el agua y el agua está en el pez, recuperar a Dios como el ámbito natural del ser humano. Así como un pez fuera del agua no puede sino convulsionar y morir, así también el ser humano, sacado de su ambiente natural, que es Dios, no puede sino convulsionar y morir.

En contra de todo lo que han podido decirnos los humanismos ateos, para Catalina, el lugar natural del ser humano es Dios. Dios no es una alternativa, Dios no es una competencia, mucho menos es un enemigo del ser humano. Dios es el ambiente natural del ser humano y la plenitud de nuestra humanidad se alcanza en la divinidad que Dios nos regala como una gracia por la Pascua de Jesucristo, es decir, en el don del Espíritu Santo. La manera más perfecta de ser humanos es ser como Dios, pero no desde la soberbia de la serpiente, sino desde la humildad de la Cruz. Llegar a ser como Dios en esa perfección inacabable en esta tierra, pero posible por la gracia de los cielos, por la contemplación beatífica, esta es la vocación del ser humano.

Y ella no predicó esto solo con sus palabras, sino que podríamos decir que fue una persona así, y es, desde luego, una persona así, una persona sumergida en el ámbito de Dios. Es curioso que se la recuerde por su influencia en la política de Italia, país convulsionado como pocos, por guerras intestinas, por principados, por regiones, por señorías, por todo género de tendencias. Y ¿cómo pudo hacer política esta mística que no pensaba sino en Dios? Pues ella aplicó los principios de la reconciliación de los que habla San Pablo en el Nuevo Testamento. Hablar de Dios, de tal manera, que cada una de las partes en conflicto pueda reconocer su propio error. Es que el problema de los conflictos es que uno no quiere reconocer ante el enemigo, uno no quiere reconocer que está equivocado. Pero Catalina predicaba de tal modo del amigo, es decir, de Jesucristo, que ante ese amigo todos los enemigos podían reconocer su propia parte de culpa. Una vez rendidos ante el amor del amigo, ante Jesucristo, no resultaba difícil que se reconciliaran.

Amigos, esta enseñanza, esta palabra, esta oración de Catalina, nos impulsan hoy a vivir con fidelidad nuestra propia vocación. Fue un paso del Espíritu por la Iglesia, ella se describió a sí misma con unas palabras que todos sus biógrafos recogen: «La mia natura è il fuoco», «mi naturaleza es fuego, mi naturaleza es fuego». Un fuego tan intenso que la consumió a temprana edad, murió a los 33 años. Un fuego tan intenso, sin embargo, que se convirtió en luz y en gracia para la Orden Dominicana y para toda la Iglesia. De ella, de sus lágrimas, de sus ayunos, de su intercesión, surgió la superación del cisma de Occidente. De ella, de sus lágrimas, de su oración nació la renovación de la Orden de Predicadores.

Y, como está bien demostrado en la historia, de esa renovación surgieron los predicadores dominicos que trajeron por primera vez la Palabra de Dios a nuestras tierras, deuda inmensa que tenemos con esta predicadora del Evangelio a quien Dios quiso regalar tan abundantes gracias. Sea día de gozo éste para nosotros y que el mismo Cristo que la alimentó a ella en el altar, sea nuestro alimento en esta tierra y nuestra recompensa en los cielos.

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