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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Fuego de renovación y de santidad.
Homilía scat002a, predicada en 19980429, con 17 min. y 52 seg. 
Transcripción:
Toda la Santa Iglesia Católica celebra la fiesta de Santa Catalina de Siena y por eso, hay muchas razones de fiesta y de gozo en mi corazón. Pero yo no quiero empezar por mi alegría, sino quiero empezar por tantos otros que se alegran en este día. Se alegra la católica Italia, es decir, los católicos de Italia, se alegra la católica Italia que ve en Catalina uno de sus personajes más representativos, «Il mio cuore è il fuoco» decía Catalina de Siena, «mi corazón es fuego». En un mundo donde solo el cálculo, la inteligencia, la planeación, el medir cuánto me arriesgo y cuánto me reservo, en un mundo donde esa parece ser la ley que impera, aparece de pronto esta mujer que dice: Yo no sé medirme, yo no sé hasta dónde darme, no conozco otra manera de amar que consumirme en el amor que llevo, «Il mio cuore è il fuoco», lleva fuego.
Y esto es muy propio del temperamento mediterráneo, es muy propio de la manera de ser latina. Y esto es lo que ha sido continua y perpetuamente descalificado por el racionalismo utilitarista, instrumentalista, tecnológico. La técnica, la ciencia, la planeación nos parecen decir: Mira, no se puede amar demasiado, no se puede perdonar demasiado. Por favor, calcula, calcula primero y analiza. He aquí una persona que aprendió, en el corazón abierto de Jesucristo, que hay cosas que no se deben calcular, que hay cosas en las que hay que apostar y hay juegos en los que hay que dejarse consumir. Y esto dice mucho para Italia, para el Mediterráneo y para todos nosotros los latinos.
En Italia también se recuerda a Catalina de Siena con mucho cariño, desde luego, sobre todo en esta fecha, por lo que ella significa para la historia de la literatura italiana. Sus escritos, que son especialmente el llamado, Diálogo de la Divina Providencia, del cual Marta nos leía una selección al principio de esta celebración y las cartas y las oraciones. La obra literaria de Catalina de Siena tiene esas tres partes, un solo libro que se llama: El diálogo de la Divina Providencia, en donde se contienen una serie de meditaciones, reflexiones, enseñanzas teológicas que nosotros podemos decir que han sido inspiradas por Dios. Eminentes teólogos han aprobado estas Revelaciones, pero más allá de todos estos teólogos, han sido los Papas los que han apreciado la palabra de Catalina de Siena y por eso es ella una de las tres doctoras de la Iglesia. Llámense doctores de la Iglesia, aquellos que sobresalen no solo por la santidad de su vida, sino por la pureza, claridad y brillo de su doctrina. Hay solo tres mujeres declaradas doctoras de la Iglesia, una de ellas es Catalina de Siena.
A Catalina se la recuerda también por su labor diplomática, por su importancia en el curso de la historia de la Iglesia. Debemos a Catalina de Siena el retorno de los Papas a su sede propia. Lo primero que es un Papa, es obispo de Roma, pues bien, desde principios del siglo XIV, una situación política y eclesiástica complicadísima llevó a que los Papas ya no vivieran en Roma, sino que vivieran en Aviñón, hacia el centro sur de Francia, Aviñón, ahí vivían los Papas, pero con una cantidad de males terribles para la Iglesia. Porque si el Papa no vive en su propia sede, ¿con qué cara le puede pedir a los obispos que se apersonen de su labor pastoral? Y estos obispos, ¿con qué moral le pueden pedir a los sacerdotes que se apersonen de las parroquias? y ¿los párrocos cómo le pueden pedir a los fieles que vivan su propia vocación?
De manera que había un principio de desorden, incluso en la cabeza misma de la Iglesia. Pero no es porque los Papas quisieran ser simplemente desordenados, sino porque había situaciones de horrenda violencia, atentados que se avecinaban, amenazas también de asesinato, situaciones que no están muy lejanas, de las que lamentablemente hemos tenido que volver a ver en nuestros días y que quizás seguiremos viendo.
Esta es una fiesta también para que se alegren las mujeres. Deberíamos felicitar y dar un regalo especial a la mujer en este día. Es un día grande porque encontramos aquí a una mujer que es predicadora, predica ante los cardenales, predica ante el Papa, predica ante el capítulo general de los dominicos, predica en la plaza de Florencia, predica, ora, el Señor le concede realizar milagros, liberaciones y muchos otros carismas. Pero todo eso lo hace desde una plenitud femenina, no en competencia con el hombre. Es una mujer feliz, grata, agradecida al Señor de su propio ser. Ni por un instante se le ocurre competir con el hombre, está bien en lo que Dios ha querido de ella y por eso, es un modelo acabado de femineidad.
Su doctrina teológica, por otra parte, muestra cómo en lo último y en lo más acabado de la vida espiritual todos somos femeninos. Hay una etapa de Catalina de Siena, la caracteriza como la etapa viril o varonil, es esa etapa que nosotros a veces hemos llamado segunda generación, la etapa en la que hombres y mujeres han de revestirse como de valor de soldados. Desde luego, no perder la delicadeza de la mujer, en ningún caso, pero son expresiones que utiliza Catalina. En segunda generación, la lucha es, en cierto modo viril, varonil, la lucha contra el pecado, la lucha para vencer muchas cosas y hay que saber vivir esa etapa viril, porque si no, males endémicos que hay en el corazón humano, pues ahí quedarán y ahí seguirán. Entonces es necesario, hay cosas en el alma que hay que pelearlas, como se sale al combate, lucharlas y hay que vencerse.
El caso típico está en la pereza y en la sensualidad. La lucha contra la pereza no es una lucha de voy a argumentar con la pereza. A ver, pereza, ¿tú qué quieres que hagamos hoy? A ver, hagamos un planteamiento razonable pereza, ¿qué será mejor, quedarme aquí echado como una marmota o será mejor que me ponga a trabajar? ¿Qué será mejor? Con la pereza, con la propia pereza no hay nada que se pueda hacer sino es la energía de una lucha, que tiene mucho de varonil. Y algo parecido sucede con la sensualidad, hay ciertas cosas que, cada uno conoce su propia historia y su propia vida, hay ciertas cosas que, si no se les pone un corte y si no se les pone con firmeza un límite, se adueñan del alma.
El caso típico está en las dietas, ese es el caso típico, si yo estoy haciendo una dieta tengo que evitar no solo lo que me hace daño, sino la ocasión de que eso aparezca, la ocasión de que eso aparezca. Porque si estoy haciendo la dieta de las proteínas, que es muy popular en algunos círculos, digo círculos porque son personas muy gordas, si yo estoy haciendo la dieta de las proteínas y entonces digo: Bueno, yo cambio mis costumbres y sigo yendo a los mismos lugares, hablando con las mismas personas, asistiendo a los mismos banquetes, va a ser demasiado difícil. Se necesita tomar decisiones, esa es la etapa varonil, eso es lo que nosotros hemos llamado aquí, segunda generación.
Pero una vez que el corazón se va afianzando en las virtudes, llamémoslas así, viriles o varoniles, y esto vale para hombres y mujeres, también hombres y mujeres tenemos que saber que la plenitud de la vida espiritual no está en el modo masculino, sino en el modo femenino. Y en esto es audaz y clarísima Catalina de Siena, clarísima. Maestra fue de guía espiritual, entre otras, entre otras, de otra doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Jesús. Santa Teresa, la otra doctora de la Iglesia, aprovechó grandemente los escritos de Catalina de Siena y lo dice. Y sabemos que Santa Teresa de Jesús, cuando describe el itinerario espiritual, también presenta en las últimas moradas, es decir, las que van llevando a la plenitud de vida espiritual, presenta ese modo femenino, ese encuentro amoroso y femenino. No tengamos miedo a las palabras con Dios, es decir, que Él sea el esposo y que el alma enamorada sea la esposa.
Porque estos términos parecen luego tan extraños. ¿Por qué llegaron a parecer tan extraños, luego, en la Iglesia? ¿Qué pasó? Pues pasó que los sentimientos han sido tan ensuciados por tantas cosas y hay vidas tan lastimadas por tantas cosas, por tantas, que perdieron la capacidad de decir las palabras tiernas que son el lenguaje para tercera generación. Y una de las grandes bellezas que tiene tercera generación es la santificación de la ternura, que la ternura sea el vehículo, el lenguaje de mi oración, el lenguaje de la gracia entre Dios y yo, entre Dios y mi comunidad, entre Dios y la Iglesia. Pero este no es un lenguaje solamente de mujeres, San Juan de la Cruz, bastante hombrecito, si miramos lo que le tocó padecer y si vemos la manera cómo lo afrontó, San Juan de la Cruz, muy claro en su ser masculino, cuando va a describir la plena unión con Dios, el lenguaje utiliza el de la esposa y el de la esposa.
Y se alegren también en este día las almas consagradas. Catalina de Siena es una persona consagrada enteramente a Dios, es una persona de radicalidad, una persona de absoluto. Yo debo aclarar, porque siempre se la representa con hábito, debo aclarar que Catalina de Siena no fue religiosa, Catalina de Siena fue seglar, vivió en su casa. Y, por consiguiente, yo debo extender mi felicitación a las vírgenes seglares en este día. Creo que mejor, que mejor amiga, mi madre, mi maestra y patrona no les puedo presentar, que aquella que por lo menos en mí, suscitó el deseo de que esa vida volviera a existir, porque es una vergüenza de la Iglesia que la consagración que tuvo Catalina de Siena se dejara perder. Gente obtusa y sacerdotes ocupados en otras cosas, no supo valorar lo que significa que hubiera vírgenes, no se supo valorar. Y si nosotros vamos a los orígenes de la Iglesia, lo que encontramos es que uno de los principales frutos de la predicación estuvo, precisamente, en las vírgenes.
Oiga, es que es madurez de una comunidad, es madurez de un alma alegrarse de que haya vírgenes. ¿Por qué? Porque para representar lo que es la Iglesia ante Cristo no tenemos ninguna imagen tan perfecta, como una mujer consagrada en cuerpo y alma a Él. Y esto es esencialmente el don de la virginidad esponsal. Cómo va a ser que una persona ama a la Iglesia, dice que ama la Iglesia, dice que ama a Cristo y no es sensible a estas señales, a estos signos. Si yo amo a Jesucristo, yo entiendo que Cristo murió por la Iglesia, San Pablo lo dice: por la Iglesia, murió para alabarla y presentarla inmaculada. Yo entiendo que la Iglesia es el amor grande de Jesucristo, y yo entiendo que mi título más grande es ser Iglesia. Pues bien, si yo amo a la Iglesia, empiezo a buscar en dónde la puedo ver representada.
Me encuentro solo dos imágenes. Primera, la del obispo celebrando la Eucaristía, el obispo, aquel en el que reposa y es activa la gracia sacerdotal con toda su fuerza, el obispo reunido con sus presbíteros y con el pueblo santo celebrando ante el altar de Jesucristo, la Eucaristía, esa es la imagen viva de la Iglesia. Si a mí una persona me dice que es católica y no siente nada de ver a un obispo celebrar con sus sacerdotes y con el pueblo, la Eucaristía, yo no sé qué Espíritu Santo puede haber en esa persona. Pero esa es una imagen, la otra imagen, la humilde y continua, es la imagen de una Virgen consagrada. El obispo revestido, no obrando como Juan González, sino como obispo de la Iglesia de Dios, unida a sus sacerdotes y diáconos, y a los demás ministros, y a todo el pueblo santo, celebrando la Eucaristía, eso es bellísimo, pero es un instante. Al contrario, una Virgen consagrada, como lo fue Catalina de Siena, es durante todas las horas del día y de la noche un icono, una imagen viva de lo que es la Iglesia.
Por eso yo, que aprecio y le hago propaganda a todas las vocaciones, porque a mí me encanta que la gente encuentre su vocación, yo no puedo ocultar mi predilección por la vocación de la virginidad consagrada, yo no puedo ocultar el entusiasmo y la generosidad que se suscita, no lo puedo ocultar, porque eso no nace de mí. Cualquiera que haya leído a los antiguos autores de la Iglesia sabe que en ningún lugar la Iglesia se ha visto tan retratada como en aquella persona que se consagra con cuerpo y alma a servir al Señor. Desde luego, esto vale también para las religiosas, desde luego que sí. Y que estas palabras pudieran llevarlas los ángeles a tantos conventos, eso quisiera yo, que pudieran llevarlas a muchos conventos, para que las religiosas no se sintieran solamente trabajadoras, para que no se sintieran solamente empleadas, para que no se sintieran, como muchas veces se sienten, como una especie de cooperadoras en la promoción humana. Si una religiosa llega a descubrir plenamente lo que significa dedicarse a Dios, yo pienso, yo pienso que tendría tanto, tanto, tanto, que agradecer.
Este es un día, pues, para alegrarnos en las vocaciones consagradas. Es un día para pedir al Señor que nos bendiga con más vocaciones consagradas. Y es un día para pedir también, que ese don de predicación que tuvo Catalina de Siena, se renueve en la Orden de Predicadores. Mis últimas palabras son precisamente para hablar de la Orden Dominicana. Queridos amigos, el tiempo en el que vivió Catalina de Siena fue un tiempo de gran tribulación para toda la Iglesia, para la sociedad entera, y desde luego que también para la Orden Dominicana, la comunidad a la que yo pertenezco, a la Orden de Predicadores. Gravísimos, males terribles pecados, horribles escándalos en frailes, en sacerdotes, sí, sí es cierto. Y ¿ante eso qué? Una seglar, no se te olvide eso, ella no estaba en un convento, era seglar, una seglar enamorada de Dios. Dice Raimundo de Capua, dominico, que fue el director espiritual de Catalina de Siena, dice: La gente creía que nosotros le enseñábamos a ella. Era ella la que nos enseñaba a nosotros, esa es la obra del Espíritu Santo.
Y yo tengo que dar solemne testimonio, yo que he sido tan mediocre en tantas cosas, que después de la Santísima Virgen María, a nadie, a nadie le debo tanto como a Catalina de Siena, a nadie le debo tanto. Yo pienso que en ella hay ese fuego, que ella misma decía, fuego de renovación, fuego de santidad. Y yo quiero que ese fuego prenda en ustedes, seglares. Este es un día para que los seglares se alegren de ser seglares, que ese fuego prenda fuego de renovación.

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