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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Llevarle a Dios corazones encendidos, configurados en el Corazón de Jesucristo.
Homilía scat001a, predicada en 19970429, con 15 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Catalina de Siena es, en palabras de Fray Juan González, maestro de la Orden, el modelo más acabado del carisma dominicano, en versión femenina. Catalina de Siena es como la encarnación del ideal de los predicadores y vino con una mujer. Vivió de una manera enteramente personal, intensa dentro de un contexto histórico particular, pero con un amor que trasciende las fronteras, los límites, los condicionamientos de su tiempo, de su cultura y de su época. Nos aparece, al mismo tiempo, como valiente y como obediente, dos virtudes que suelen ser contradictorias porque para nosotros muchas veces la audacia significa no hacer caso a nadie y la obediencia significa renunciar a lo propio de uno. Lograr reunir el valor, la audacia y la obediencia en virtud de quien tiene un honor altísimo.
Es una mujer de una experiencia de Dios profundamente singular, irrepetible, que no le pidió a nadie que se pareciera a ella, pero dentro de su singularidad, ama a la Iglesia, a toda la Iglesia, a cada rincón de la Iglesia, y en su amor se vuelve universal la que es tan singular por su experiencia de Cristo. Es una mujer frágil e iletrada y, al mismo tiempo, es una palabra fuerte y sabia. Está llena de paradoja Catalina de Siena y, como lo hemos comentado en tantas oportunidades, precisamente en esa gloria de Dios, en medio de lo pequeño, lo humilde y lo desechado del mundo, que se muestra bien como la fuerza y la gracia vienen de Él y no de nosotros.
De todas estas paradojas, yo quisiera compartir con ustedes hoy una, la que tiene que ver con el liderazgo, la que tiene que ver con eso que podríamos llamar el modo de ser líder o pastor o superior dentro de la Iglesia. Son palabras que tratamos de evitar, incluso en nuestro lenguaje en la vida religiosa, tratamos de evitar hoy la palabra superior o superiora, mi superiora, eso no se oye ya en ninguna parte, no se oye mucho. Tratamos de evitarlo y, sin embargo, no dejamos de querer serlo. Imitamos el lenguaje, pero seguimos buscando la realidad y la realidad que buscamos, de una u otra forma, o que buscan o que buscamos muchos religiosos o religiosos, es que nuestras ideas, nuestro modo de ver las cosas, sean finalmente los que marquen el rumbo de la comunidad.
Yo quiero recordar que Jesús no dijo, el que quiera ser el primero está equivocado y es un pecador. Dijo: «El que quiera ser el primero, que se haga el último». Jesús no dijo que fuera malo querer ser el primero, sino mostró la manera de ser el primero. Y él mismo, Cristo es ciertamente el primero y es también, como dice el Apocalipsis, el último, es el Alfa y el Omega. Cristo no criticó a quien quisiera ser el primero, y en ese sentido, el Evangelio y la audacia de Catalina de Siena nos invitan hoy a ser mucho más honestos con lo que nosotros podemos aportar a una comunidad, por ejemplo, a una comunidad religiosa, sobre todo cuando tenemos responsabilidades de cierta dirección dentro de la comunidad. Para plantearlo con una sola pregunta, el interrogante sería este ¿cuál es el modo cristiano, cuál es el modo evangélico de ser superior o líder, director, pastor o como se quiera llamar, de acuerdo con las enseñanzas de Catalina de Siena?
Sobre esta pregunta, podemos tomar algunos elementos de la vida y de la doctrina de Catalina de Siena. Lo primero que aparece es que Catalina ni tenía títulos, ni creía en títulos, ni alegaba títulos. Su único título para escribir, para predicar, para hablar, es solamente uno bautizada, «He recibido el bautismo de Jesucristo y tengo por eso el derecho y el deber de estar al servicio de mi Señor», esa es toda su carta de presentación, para hablar con el zapatero del pueblo, para hablar con el señor Obispo, para hablar con los jefes de Florencia, para hablar con el Papa, su única carta de presentación es el bautismo. Soy bautizada, punto. Y eso me da el derecho y eso me da el deber de predicar, de hablar y de llamar a todos a la fidelidad, en la respuesta al amor que Dios nos ha mostrado en Cristo.
Esto también significa un segundo punto, Catalina, al escribirle a los distintos prelados, a las superioras, pues centenares de cartas de Catalina. Pues al escribirle estas cartas, muchas de las cuales están dirigidas a obispos, superiores, priores, prioras, nunca apela a las grandezas que haya podido tener la institución a la que le escribe. Nunca apela, por ejemplo, al escribir en un monasterio, nunca les dice: Ay hermanas, ese monasterio que ha tenido tantas glorias, que ha dado tantos frutos de santidad. Su argumentación no parte de las glorias del pasado, no parte de lo que se ha sido, ni invita a las personas a que, por una especie de coherencia humana, intenten permanecer al mismo nivel o a la misma altura de lo que han sido. Las cartas de Catalina están todas en tiempo presente, Dios te ama hoy, ¿qué vas a hacer con ese problema? Dios os ama, ha manifestado su amor, lo ha mostrado y lo comunica, ¿qué vais a hacer con ese amor que está hoy a vuestro alcance, en vuestro corazón, en vuestras palabras?
Esa argumentación presente hace que Catalina resulte, hasta cierto punto, avasalladora. Su argumentación no proviene de la historia de las instituciones humanas, sino de la increíble historia del amor de Dios. Y, por consiguiente, quien intentaré rebatir o refutar esa argumentación que tiene que vérselas, no con Catalina y no con la historia humana, sino con el tamaño del amor que ha aparecido en la sangre de Cristo. Esta es una segunda característica de la argumentación. Yo me imagino a una superiora hablando así, por ejemplo, con alguna de las hermanas que tiene a cargo. Qué tal una superiora que pueda llevar a la hermana a ponerle frente a Cristo, más que frente a cualquier institución, más que frente a la misma constitución o las constituciones, más que frente al pasado de la Iglesia, de la Congregación, tener la capacidad de llevar a la religiosa, pensando en el caso de una superiora, en una comunidad, de llevar a la religiosa a ponerse frente a Cristo.
Esta es una característica brillante de la predicación de Catalina, su incalculable capacidad para llevar a todas las personas a encararse con Cristo. El problema no soy yo, conmigo puedes hacer lo que quieras, de mí te puedes burlar. Tú puedes quitar las constituciones, puedes hacer lo que quieras, pero qué harás del amor que Cristo te tiene, llegar hasta ese punto. Esto lo podemos anunciar, esto lo podemos enunciar en un tercer aspecto. Catalina de Siena es un ejemplo sobresaliente de lo que podríamos llamar un liderazgo espiritual. Frente a la imagen del superior religioso, ante todo como un administrador, Catalina nos presenta la imagen del superior religioso, ante todo, como un testigo, como un testigo privilegiado, como un testigo insobornable del amor de Dios.
Yo pienso que la renovación que todos sabemos que nos hace falta en la Orden de Predicadores, en la Iglesia y en nuestras comunidades, yo pienso que esta renovación es impensable mientras sigamos allí, donde se sigue con el modelo del superior como administrador, porque el superior es solamente un administrador, administrara todo lo de la comunidad y todas las fuerzas de sus súbditos de su comunidad, o como se quiera decir, administrara todo, menos los corazones de ellos. Y resulta que solo desde la fuente del corazón brotan las convicciones capaces de renovar a una comunidad religiosa y de renovar a la Iglesia. Esta es una gran pregunta que pueden hacerse las superioras generales, las superioras provinciales o locales, mi gente, mis hermanas en esta comunidad ¿creen en mi corazón? ¿Creen que yo me estoy muriendo por Cristo? ¿Creen, pueden creer, soy creíble en que el centro de mi amor es precisamente el Señor Jesús y el Evangelio de Jesús?
Si eso no es creíble, entonces nos devolvemos al segundo punto que había mencionado. Si eso no es creíble, entonces, evidentemente, la argumentación será solo humana. Los intereses del colegio, los intereses del hospital, los intereses y la tradición que tiene la congregación en este sitio, las buenas relaciones que hemos logrado con los padres, con los obispos, con las otras comunidades, la imagen que tenemos, por favor. Todo eso es demasiado humano para mover de fondo y a fondo los corazones que solo pueden ser vencidos en última, por la incalculable pasión, por el incalculable amor que brota del corazón de Jesús.
Un cuarto y último elemento en este modo de liderazgo espiritual de Catalina de Siena es el doble y continuo anuncio del pecado y de la gracia, indudablemente ligado a lo que hemos dicho antes del liderazgo espiritual, de dar poco a poco a la conciencia efectiva de que todos somos pecadores antes que, antes que ineficientes, antes que unidos, ordenados o descoordinados. Somos pecadores, pero también que hay una gracia objetiva, real, cercana, accesible para todos, es encaminar a los frailes, a las monjas, a las hermanas, es encaminar a todos, precisamente, en la senda del dar mejor, dar lo mejor de sí mismos. Hay que hacerse una pregunta ¿qué tan eficaz resulta ese liderazgo?
Catalina murió demasiado pronto para ver los frutos de su obra. Demasiado pronto es un nuevo modo de hablar, murió en el momento en el que la pasión por la Iglesia la consumió y en ese momento se murió, y en ese sentido murió cuando había de morir. Pero los frutos de ese liderazgo fueron apareciendo poco a poco. Raimundo de Capua tiene un papel indiscutido en la renovación de la Orden de Predicadores en los comienzos del siglo XV. Y el círculo de amigos o discípulos o hijos espirituales de Catalina, disperso por ella misma, así como Cristo entregó todo en la muerte, así también Catalina al morir, se despide de todo y todo lo entrega. Ese grupo de discípulos dispersos por ella misma, se convierte en una siembra que va a renovar monasterios como la Cartuja, como los ermitaños de del Monte Oliveto, como los franciscanos, por lo menos en esa rama de Italia. Esa siembra va a dar su fruto a su tiempo, son corazones que ya dependen demasiado de la sangre y de la redención como para traicionar al Evangelio.
¿Qué tal infundir eso, precisamente eso, en las personas? Volverlas incapaces de traicionar al Evangelio. Esto significa crear, si se dice mejor, criar gente libre, gente que no depende ni de un superior ni de unas constituciones. Si se me permite decir que no depende ni siquiera del vaivén de las traiciones vocacionales que continuamente suceden en todas partes. Llevar a la persona a estar frente a su conciencia y frente a Cristo en el gozo de ser continuamente salvado de anunciar la salvación, es darle santos a Dios. Y eso era lo que llenaba el corazón de Catalina y desde ese fuego brotan sus palabras y esas palabras todo lo que conocemos que sucedió en la renovación de la Iglesia para el siglo XV y posteriores.
No puede ser casualidad, que esa otra gran reformadora de la Iglesia, Teresa de Jesús, leyera ávida y amorosamente, continua y profundamente los escritos de Catalina de Siena, en busca de esas ascuas que volverían a encenderse en las manos y la palabra de Teresa de Jesús para renovar al Carmelo y con él, renovar la vida espiritual en la Iglesia.
Yo pienso que, si nosotros volvemos a esa hoguera y si nosotros volvemos no al detalle de las cenizas, sino a lo esencial de ese fuego, también nosotros podremos ofrecerle a Dios corazones encendidos y verdaderos santos que, configurados con el corazón de Jesucristo, den plena gloria a su nombre y sean útiles a la salvación.

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