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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
San Bartolomé, despojado de todo para ganarlo todo
Homilía sbar012a, predicada en 20190824, con 22 min. y 47 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, podemos decir que cada frase de este Evangelio que acaba de ser proclamado trae una enseñanza para nosotros. Aprendamos, por favor, de la alegría con que Felipe el Apóstol comparte la Buena Noticia con Bartolomé, llamado aquí Natanael. ¡Qué bien esa alegría, esa humildad, esa sencillez de Felipe! Alegría, hemos hallado a aquel de quien hablan la ley y los profetas. Y luego la sencillez. Felipe, no se desanima, no se turba por las palabras que dice Natanael. Natanael es escéptico. ¿Vendrá algo bueno de Nazaret? Felipe no se enreda con esa objeción. No entra en un combate ni en una discusión. La sencillez de Felipe es una gran lección para nosotros. Ven y verás. Realmente ese es el mensaje de todo evangelizador. Aquí nos está enseñando Felipe. Nuestro trabajo es decirle a la gente Ven y verás. Llevar a las personas a Jesús. Las dudas que tú tengas te las va a resolver mejor Jesús que yo. Algo podré responderte. Pero lo más importante, lo que tú más necesitas de mí, no es que yo sea una caja de respuestas, sino simplemente un instrumento para llevar a la gente hacia Jesucristo,como hemos dicho en otra predicación de este encuentro con nuestra gente hacia Jesucristo. Ese es nuestro trabajo.
Es muy bella esa labor de Felipe.
Luego admiremos la actitud de Cristo. Cristo no se desanima ante el escepticismo de Natanael. Claramente, Natanael es una persona, podríamos decir, reservada o escéptica en sus criterios. Dios no le tiene miedo a la gente escéptica. Mientras estés buscando con perseverancia y con sinceridad la verdad, tarde o temprano llegarás donde tienes que llegar, a los pies del Señor. Sabemos que dos de los discípulos de Cristo eran bastante escépticos. Uno es el de hoy, Natanael. Bartolomé conocido por otro nombre. Y luego otro discípulo escéptico, otro apóstol ¿Cuál era? Tomás. Jesús no le tiene miedo a la gente escéptica. Nuestra fe no puede tener miedo de lo que sea búsqueda de la verdad. No hay que tener miedo. ¿Por qué? Porque finalmente la verdad nos va a conducir al que es la verdad.
De manera que Jesús tiene como palabras de saludo para este hombre que era desconfiado, tiene una palabra singularmente cálida. Y aquí también hay una lección para nosotros. Este es un israelita de verdad. Este es un israelita verdadero. Es muy interesante porque en la lengua hebrea, cuando se utilizan expresiones como israelita de verdad, también significa algo como el hijo de la verdad, el que ha nacido de la verdad, de la raza, de los de verdad, de los que creen en la verdad. Es un elogio muy fuerte el que hace Cristo, tanto más para destacar, cuanto más caemos en cuenta que hay muy pocos elogios del Señor en los Evangelios. Entonces aprendemos de Natanael eso. Es un hombre de la verdad, y así tiene que ser todo en nosotros.
Hemos estado reflexionando sobre el ministerio de la música, sobre la evangelización, y es importante que nosotros apliquemos este criterio de verdad. Yo oía partes de la predicación de nuestra hermana Silvia, entonces me gustó ese ejemplo que ella dio, que por cariño con la Virgen o porque rime la letra, entonces como es amorosa, es todopoderosa. Se me quedó ese ejemplo que nos dio ella y resulta que eso no es verdad. Tú no tienes que inflar, aumentar, recargar a María para que ella sea lo que tiene que ser en el plan de Dios y en tu vida. Entonces di lo que es. Di lo verdadero. Eso es suficiente.
Es impresionante la seriedad con la que la Iglesia Católica toma este tema de la verdad. Tuve ocasión de predicar un retiro, más bien un curso de formación a unas religiosas franciscanas en México y fue realmente, fue una experiencia muy bonita. Entre otras cosas, la fundadora de ellas está en proceso de beatificación y todos sabemos que uno de los requisitos que pide la Iglesia para una beatificación es que tiene que realizarse un milagro. Pero lo que yo no sabía es la seriedad con la que la Iglesia toma esto del milagro. Resulta que para que se apruebe un milagro, sobre todo un milagro de curación, tienen que haber exámenes médicos anteriores y posteriores al milagro. Y los médicos deben certificar que no hay una explicación para esa curación. El médico tiene que certificar que sí había, por ejemplo, un tumor, una fractura, un problema cardíaco, lo que sea. Que sí había el problema y que luego el problema quedó resuelto y que no hay una explicación científica. Eso tiene que certificar el médico. Pero luego también tiene que certificarse en qué momento se hizo la oración. Entonces, si la oración se hizo a las seis de la tarde y la aparente curación sucedió a las doce del día, ese milagro no cuenta. Tiene que coincidir, es decir, tiene que darse el problema, la oración, la curación, todo certificado, todo juramentado, todo en ese orden. Y si no, no se certifica el milagro. La Iglesia es muy seria porque la Iglesia no quiere que la gente esté jugando con una afirmación tan seria como decir que alguien seguramente es bienaventurado y está en el cielo. Esa es la seriedad de la Iglesia. La Iglesia toma muy en serio este tema de la verdad y nosotros tenemos que ser muy serios en todo.
Una de las actividades que tenemos esta tarde tiene que ver con el don de lenguas y tiene que ver con la alabanza. Es muy importante que estos dones los cultivemos en la verdad. Don de lenguas no puede ser cualquier cosa, don de curación, no puede ser cualquier cosa. ¿En qué consiste el don de curación? Pues tiene que darse realmente una sanación. Por eso gente prudente como los que hemos conocido. Yo siempre recuerdo al padre Emiliano Tardif. El Padre Emiliano era muy serio en este tema. Eso tiene que haber una certificación, tiene que haber una evidencia, una evidencia médica. Y por eso es una imprudencia, por ejemplo, decirle a una persona, ¿usted está tomando una medicina para el corazón? Sí, el Señor lo ha curado, bote esa medicina. Y hay gente que hace eso. Bote esa medicina si tiene fe. Incluso lo ponen en esos términos. Si tiene fe, bote la medicina. O si no me la regala, ya entra la desconfianza. Bote esa medicina. No, así no es. El orden tiene que ser si usted tiene fe. Y si usted cree que está curado. Necesitamos al médico, al médico lo hizo Dios, dice el libro eclesiástico. Entonces el médico dice realmente usted no necesita esa medicina. Pues gloria a Dios, del testimonio ya tenemos la confirmación. Nuestro Dios no tiene problema en ser puesto a prueba si nuestra búsqueda es sincera, humilde y está ante todo queriendo esclarecer la verdad.
Entonces, el gran elogio que se hace de Natanael es que Natanael busca la verdad, es un verdadero, es un hijo de la verdad. ¿De dónde me conoces? dice Natanael. Cristo le responde: Te vi bajo la higuera. Según todas las interpretaciones que conozco, esa expresión, ¿A qué se refiere? A la actitud de los maestros de la ley. En aquella época, los rabinos ¿En dónde enseñaban? no tenían auditorios, no tenían salones, no tenían institutos ni colegios ¿Dónde enseñaban? ahí, debajo de cualquier sombra de árbol frondoso, por ejemplo, la sombra de la higuera. Ahí enseñaban. Entonces Jesús había visto a este hombre enseñando y le había gustado la manera de enseñar. Le había gustado tal vez el amor, la claridad, la honestidad con la que Natanael enseñaba. Y por eso Jesús dice Ahí tenéis un israelita de verdad en el que no cabe el engaño. ¡Qué elogio tan grande! es que cada que lo pienso me parece más grande. No cabe el engaño. Aquí dice un hombre sin doblez, es más fuerte la otra traducción que conozco. Un hombre en el que no cabe el engaño. Un hombre de verdad. Un creyente de verdad. Observemos que Natanael, que había empezado por el escepticismo, llega a la fe, a una fe plena. Tú eres el Hijo de Dios. Tú eres el Rey de Israel. Son los dos títulos más importantes que tiene Jesucristo en los Evangelios.
Bueno, vamos a terminar esta reflexión con algo que no está en la Biblia, pero que parece bastante seguro según la tradición de nuestra Iglesia. Según algunas expresiones de la fe antigua, la tradición nos dice que Bartolomé predicó en la India y en Armenia. Donde murió desollado. Una muerte espantosa. Desollado ¿qué es? Le arrancaron la piel. Su muerte fue espantosa. A partir de ese martirio tan terrible, doloroso y prolongado de Bartolomé, podemos hacer una última reflexión para cerrar estas palabras. Amados hermanos, si lo piensas bien, Bartolomé vivió un camino de humillación, un camino de abajamiento, un camino de despojo. A veces se utiliza la palabra griega kénosis. Kénosis es el abajamiento, es la humillación, es el despojo.
¿Quién era Natanael? Era un maestro de la ley. Era un hombre que había empeñado su vida en eso. Maestro de la ley no era cualquiera. Partamos de la base de que solo un porcentaje reducido de personas tenía la capacidad de leer y escribir. O sea que saber leer y escribir ya era pertenecer a una élite. Algunos dicen que en el tiempo de Cristo no mucho más de un diez por ciento de la población sabía leer y escribir, y Natanael pertenecía a esa especie de élite. Pero los escribas no solo sabían leer y escribir. Por supuesto, habían dedicado su vida a eso. La tradición de los judíos era que solo se podía empezar a enseñar a otros cerca de los cuarenta años de edad. Haciendo la comparación con el mundo académico que nosotros conocemos. Quiere decir que el nivel de estudios bíblicos que tenía Natanael era equivalente al de un doctorado o un posdoctorado en Sagrada Escritura. Él era doctor en Sagrada Escritura y es uno de los apóstoles de Cristo. Sin embargo, si tú miras los evangelios, te das cuenta que aparte de este breve diálogo, por ninguna parte aparece Bartolomé. Es el gran maestro, es el gran escriba que sin embargo, no dice una palabra más. Su última palabra en la Biblia es Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel. Eso es lo último que dice Bartolomé en la Biblia. Y entonces ¿Qué fue de él? Los Evangelios ya no nos dicen más.
O sea que Bartolomé vivió en su apostolado, en su discipulado de Cristo. Bartolomé vivió un proceso de abajamiento, un proceso de kénosis. Podríamos decir que él desapareció. Desapareció en el anonimato. Y esa humillación, ese despojo de Bartolomé a mí me hace pensar en su muerte, porque él fue despojado de su ropa al final de su vida y para mayor crueldad. Y uno se estremece al decirlo. Le fue arrancada, la piel fue desollado. Es decir, que su vida, su apostolado, fue desnudarse, su apostolado fue despojarse. Y cuanto más perdió, más discípulo fue. Y cuanto más entregó, más rico fue. Ese es Bartolomé. ¡Qué gran hombre!
Hay un pasaje en la carta a los Corintios en que dice San Pablo refiriéndose a la resurrección. Nosotros no queremos ser desvestidos, sino sobrevestidos. Desvestidos, se refiere Pablo al hecho de perder nuestra carne que se corrompe con la muerte. Nosotros perdemos nuestra carne, somos desvestidos de nuestra carne y quedan solo nuestros huesos. Típicamente, ese es el camino que sigue un cadáver al corromperse. Entonces nosotros somos desvestidos de nuestra carne cuando morimos. Y somos revestidos del cuerpo glorioso en la resurrección que Cristo ha querido para nosotros, porque Él es la resurrección y la vida. Entonces Pablo utiliza ese lenguaje desvestido, sobrevestido y revestido. Son tres verbos que utiliza Pablo. Desvestido alude a la muerte. Revestido, alude a la resurrección, al cuerpo glorioso. Y sobrevestido ¿qué es? sobrevestido es qué bonito sería no morirse uno, sino que ya recibir el cuerpo glorioso, pero sin tener que morir. Por eso dice Pablo, nosotros quisiéramos, el deseo humano es no ser desvestidos, sino sobrevestidos. Y sin embargo, es necesario morir. Es necesario perder. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto, pero si muere, da fruto abundante. Entonces, estas consideraciones de los escritos de San Pablo y del martirio de San Bartolomé nos llevan a un algo. Nos llevan a una consideración también muy importante. ¿Qué tengo que perder yo? ¿De qué tengo que despojarme yo? Realmente Cristo le puso un camino muy duro a Bartolomé porque lo llevó a la humildad. Siendo maestro, lo llevó al discipulado. Siendo el que hablaba, lo llevó a la escucha. Siendo predicador, lo llevó al silencio. Y después lo llevó a la pobreza y lo llevó al anonimato y lo llevó a la desnudez y lo llevó hasta perder su propia piel. Qué despojo tan duro. Entonces, mirando todo el despojo de Bartolomé, que lo perdió todo. Que perdió sus propios discípulos. Que perdió su voz. Que perdió su nombre. Que perdió su ropa. Que perdió su piel. Que perdió su vida. Viendo a este hombre que lo entregó todo. Viendo a este hombre que lo perdió todo. Es inevitable para mí preguntarme. ¿Yo qué tengo que perder?
Este lenguaje lo utiliza también San Pablo. Cómo no evocar aquí esa frase de San Pablo refiriéndose a Nuestro Señor Jesucristo ¡Bendito sea su nombre! Dice por Él lo perdí todo. Pablo era un líder fariseo. Era el mejor estudiante de la mejor escuela bíblica de la época con su gran maestro Gamaliel. Pablo era discípulo, estrella del mejor maestro, candidato a ser el más excelso de los escribas, el más brillante y notable de la secta de los fariseos. Y dice Pablo Por Él lo perdí todo. Y añade esta frase. Y todo lo considero basura, con tal de ganar a Cristo. Cuando estaba en su lecho de muerte, aquella bendita doctora de la Iglesia Santa Teresita del Niño Jesús, alguna religiosa se le acerca y le dice ¿Cuántas virtudes necesito ganar? Y le responde Teresita, que era tan espontánea, tan franca, le dice ¿Y cuántas todavía tienes que perder? Es una frase misteriosa la de Teresita. Cómo así que perder virtudes. Obviamente no se trata de perder verdaderas virtudes, sino de qué cosas te tienes que desprender para llegar a ser discípula del Señor. De manera que el camino del discipulado no es solamente qué tengo que aprender, sino también qué tengo que desaprender. ¿Qué tengo que olvidar que tengo que dejar atrás? El camino del servicio al Señor no es solamente a dónde tengo que ir, sino también a dónde no tengo que volver. Eso también es apostolado. El camino del apostolado no es qué herramientas o qué aparatos o qué instrumentos me faltan para mi labor evangelizadora. El camino de la evangelización también es de qué tengo que desprenderme. El camino de la evangelización no es solamente qué nuevos amigos tengo que hacer, sino también qué antiguas amistades debo entregar ya al Señor y dejar así.
Entonces el camino nuestro es un camino de saludos, pero también es un camino de despedidas y valen tanto los saludos como las despedidas. Hubo un día en que Jesús salió por última vez de Galilea. Hubo un día en el que salió de Nazaret. Y esa imagen a mí me conmueve porque pienso no solo en Él, sino en la Santa Virgen María, que con toda probabilidad ya era una mujer viuda. Cuando Jesús emprende el camino hacia el Jordán para hacerse bautizar. Sale de Nazaret y ya no volverá a la casa paterna o materna, como la quieras llamar. Después tendrá como única casa Cafarnaúm y después de Cafarnaúm, probablemente en la misma casa de Pedro. Jesús no tendrá más casa. Su vida también fue un dejar. Entonces, la vida cristiana no es sólo recibir, también es dejar y también es soltar. Algo parecido le dice nuestro Señor Jesucristo al apóstol San Pedro Cuando tú eras joven, tú ibas donde querías. Cuando seas mayor, otro te llevará. También eso lo perderás. Otro decidirá por ti. Otro cambiará las cosas. Ahora eres autónomo. Ahora te mandas solo. Hay un día en el que no te mandará solo.
Entonces Bartolomé nos deja una tremenda enseñanza y es la enseñanza de que a veces para crecer hay que bajar y a veces para aprender hay que olvidar. Y a veces para llegar a la verdadera riqueza hay que llegar a la verdadera pobreza. Enamorado de esta idea, San Francisco de Asís dijo: Yo me voy a casar. Cuando todos abrieron los ojos, dijo él, me voy a casar con la dama pobreza, me voy a casar con la pobreza. Él entendió que el camino del despojo, que el camino de la renuncia es un camino que nos une a aquel que lo perdió todo. Dice la segunda carta a los Corintios nos enriqueció con su pobreza. Esas palabras se refieren a Jesucristo. Siendo rico, se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con su pobreza. Bartolomé es un caso extremo de esa entrega, un caso extremo de ese martirio. No recordamos sus últimas palabras, no sabemos cómo estaba. El silencio fue una cobija. El silencio fue su única ropa cuando llegó el momento de salir de este mundo para cantar, para cantar para siempre las alabanzas del Señor. Que Bartolomé haga nuestra vida más liviana. Que Bartolomé haga nuestra vida más ligera y más ágil, para que también seamos más disponibles y obedientes al Señor donde Él nos necesite. Amén.

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