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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Doce hijos de Israel, doce apóstoles.
Homilía sbar001a, predicada en 20000824, con 6 min. y 13 seg. 
Transcripción:
En esa visión del Apocalipsis. Los nombres de las tribus de Israel y los nombres de los apóstoles del Cordero rodean a la muralla. Cada una de las puertas de esa espléndida ciudad lleva los nombres de las tribus de Israel y los basamentos de la muralla llevan los nombres del Cordero. Doce hijos de Israel, doce apóstoles, las doce tribus, expresión de la totalidad de Israel, los doce apóstoles, imagen de la totalidad de este pueblo nuevo que se congrega por la predicación del Nuevo Testamento. Y luego en el Evangelio, en otro tono y de otra manera, la misma idea. Este es un israelita de verdad que se convierte en un apóstol de verdad. De manera que las lecturas de hoy nos invitan a hacer alguna reflexión sobre las tribus de Israel y los apóstoles del Cordero. Todo Israel nace de esas doce tribus y toda la Iglesia nace de estos doce apóstoles. Esos doce hijos de Jacob son la expresión de su historia, la expresión de su amor, la expresión de su fuerza, la permanencia de su vida. Pero resulta que todos estos apelativos, hechas las debidas proporciones, los podemos aplicar a los apóstoles con respecto a nuestro Señor Jesucristo. Así como cada uno de los hijos de Jacob fue engendrado en circunstancias concretas, y por eso, digamos, por caso, hay diferencia entre los hijos de Lía y los hijos de Raquel. Así también cada uno de estos apóstoles fue engendrado para Dios en circunstancias concretas. Cada uno nace de un acto particular, de ese amor misericordioso de Cristo. Parece que resonará en el trasfondo de nuestro corazón aquella frase del Evangelio de Juan. Estos no han nacido del amor de la carne, ni del deseo del varón. Estos han nacido de Dios. Es un amor el que trae a los seres humanos a esta vida, ese amor que por designio de Dios está en la carne humana y que lleva al hombre hacia la mujer. Pues estos apóstoles también han nacido de un amor. Pero esta vez no es el deseo carnal, sino es Dios mismo el que sale a buscar a su esposa. El que construye de alguna manera ese pueblo, el que trae a la vida a su propia novia, la que luego es contemplada en el Apocalipsis, la novia del Cordero. Y es un amor también el que lleva a este novio con N mayúscula, a este Dios santo que con el corazón de Jesucristo sale a conquistar el amor de su esposa. Y ese amor santo, piadoso, misericordioso, celestial, es el que da vida a cada una de estas vocaciones. Es el que hace posible cada uno de estos apóstoles. Las doce tribus en el Antiguo Testamento son la expresión y al mismo tiempo el instrumento la mediación de la fecundidad de Jacob, que llega así a convertirse, según se le había dicho a Abraham, en una nación numerosa, incontable como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas. Así también los apóstoles son al mismo tiempo expresión del amor misericordioso de Cristo, y también instrumento o mediación de ese amor. Y a través de ellos se cumple verdaderamente lo que el Israel, según la carne, no había podido alcanzar. Porque ciertamente, aunque fuera numeroso, el pueblo de Israel no cumplió plenamente esa fecundidad que viene gracias a la fe, y no gracias a los deseos de la carne y la sangre. Esto quiere decir que todo lo que nosotros podemos saber, todo lo que podemos saber de Jacob mirando su numerosa familia. Eso, todo eso podemos saber nosotros de Jesucristo, mirando su numerosa y nueva familia nacida de su amor en cada uno de los apóstoles del Cordero. Hoy, por ejemplo, en este israelita de verdad, en cada uno de ellos podemos encontrar la fuerza del mensaje y la fuerza del amor que Cristo trae a esta tierra. Afirmémonos en estos cimientos, en estos basamentos, afirmémonos en ellos los nacidos del amor nuevo que Cristo, nuevo Adán, nuevo Jacob, trae a esta tierra. En ellos encuentra firmeza la muralla de la Iglesia. En ellos encuentra su altura y su hermosura. Afirmémonos en la predicación de los apóstoles y agradezcamos a Cristo ese nuevo amor que hizo posible la predicación de los apóstoles y por ellos nuestra fe.

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