Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las riquezas espirituales de los Santos Ángeles derivan de Cristo y hacia Él conducen.

Homilía sarc009a, predicada en 20140929, con 17 min. y 23 seg.

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Transcripción:

El libro del Génesis, mis queridos hermanos, nos cuenta una historia de uno de los antiguos patriarcas, Jacob. Jacob era el hijo de Isaac, que era el hijo de Abrahán. Por distintas razones, Jacob tuvo que caminar mucho y en uno de sus recorridos llegó la noche y tuvo que organizar su manera de dormir al descampado. Hizo una especie de cama. Tomó una piedra que le pareció apropiada para reclinar su cabeza. Y allí durmió. Mientras dormía, tuvo un sueño. Vio que esa piedra donde él había recostado su cabeza era como el primer escalón de una escalera, el primer peldaño de una escalera, y esa escalera subía hasta Dios. Y vio que en esa escalera había mucho movimiento. Había ángeles de Dios que subían y que bajaban. Eso le sucedió al patriarca Jacob. Cuando él se despertó sobrecogido de temor, dijo: Este lugar es muy especial. Este lugar es terrible. No es otra cosa sino la puerta del cielo. Y entonces tomó esa piedra que le había servido de almohada y la utilizó como si fuera un altar, porque dijo: Aquí empieza el cielo, aquí se abre el cielo. Es bueno recordar esa historia de Jacob después de escuchar el evangelio del día de hoy, porque el evangelio trae estas palabras de Cristo. Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.

Es evidente la comparación que tiene con lo que le sucedió a Jacob. Es evidente que Jesús está diciendo que Él es la escalera. Que él es el puente de unión entre el cielo y la tierra. Y de verdad lo es, porque Cristo al mismo tiempo, lo proclamamos como verdadero Dios y como verdadero hombre. Como verdadero Dios nos rescata del pecado, como verdadero hombre comprende nuestra condición y debilidad de pecadores. Cristo es esa escalera. Cristo es ese puente. El cielo ya no es inalcanzable. Cuando Jacob se despertó, ya despierto, ya no podía hacer nada para alcanzar lo que había visto en sueños. Todo se le quedó como en sueños. Estando despierto ya no podía repetir lo que había soñado. Podemos decir que el sueño de Jacob es el sueño que reposa en el fondo del corazón humano. Quizás cabe expresar este sueño con algunas frases de profunda nostalgia. Si el cielo no estuviera tan lejos. Si pudiéramos alcanzar ese cielo, si pudiéramos llegar a lo mejor de nuestros ideales, si pudiéramos experimentar las mejores bendiciones, si pudiéramos tener la certeza de que nuestras palabras suben como por esa escalera y llegan hasta Dios. Y si pudiéramos tener la seguridad de que las bendiciones de él bajan como por esa escalera y llegan hasta nosotros. El sueño de Jacob no es solamente el sueño de Jacob, es el sueño del corazón humano. Cuando sentimos un anhelo profundo de justicia, de felicidad, de pureza, de belleza, lo que hay en nosotros es el sueño de Jacob.

Pero Natanael, el personaje que aparece en el evangelio de hoy, no estaba durmiendo. Cristo ya no es simplemente un anhelo, un sueño, es una realidad, una realidad que nos toca a nosotros con el realismo que tienen los sacramentos. Una realidad que nos transforma y a la vez una realidad que nos lleva con eficacia a experimentar las bendiciones del cielo y que quiere llevarnos también hasta la casa del Padre. Ese es Cristo. Podemos decir que Cristo es un sueño hecho realidad, nunca mejor dicho, el sueño de Jacob, pero hecho realidad. Y ahí termina la primera parte de esta predicación.

Ahora vamos a la segunda y última parte. Esta vez son solo dos partes. En la escala de Jacob no solamente había esos peldaños, sino que había unos personajes, los ángeles. Ángeles que bajaban, ángeles que subían. Por otra parte, en las palabras de Cristo vuelven a aparecer esos ángeles. Esta es la expresión que dice el Señor: Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre. Entonces, en la segunda parte de esta reflexión nos preguntamos ¿Qué papel cumplen estos ángeles? ¿Qué añaden a la escalera? Además, en las palabras de Cristo, lo que él dice es un poco extraño. Mira los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre. Si dijera únicamente bajar, uno podría pensar como cuando en la escena del bautismo la paloma bajó, pero subir sobre el Hijo del hombre. Esa es una expresión que no tiene otra interpretación sino lo que sucede en una escalera, como subiendo por una escalera. Qué quiere decir el Señor con esto de que los ángeles suben y bajan sobre él como una escalera, como esa escalera que soñó el patriarca Jacob.

Para comprenderlo hay que entender qué es lo fundamental que trae Cristo a nuestra vida. Y la respuesta, por ejemplo, la podemos tomar de la carta del apóstol San Pablo a Tito. Dice San Pablo: La gracia de Dios se ha manifestado. Esa es la expresión que utiliza San Pablo. Es decir, que en Cristo nosotros hemos recibido el anuncio y la realidad de un amor gratuito, transformante, que nos libera del pecado, que nos lleva a la amistad con Dios y que nos permite incluso participar de la naturaleza divina. Esta maravilla se llama gracia. La gracia. La palabra gracia viene del griego járisma, que quiere decir un regalo. Cristo mismo es el regalo. El regalazo del amor de Dios. Podemos decir que en Cristo Papá, Dios nos ha dado todos los regalos juntos, el regalo del perdón, el regalo de la sanación, el regalo de la misericordia, el regalo de la amistad con Él, el regalo de ser sus hijos, el regalo, como dice la Carta a los Hebreos de acercarnos con la multitud de los elegidos al monte santo para celebrar al Señor. Hemos recibido muchísimos regalos, y el regalo de todos los regalos es Cristo. En Cristo hemos recibido gracia tras gracia, nos dice el evangelista San Juan en el capítulo primero de su obra de su Evangelio hemos recibido gracia tras gracia. Es sobreabundante el amor de Dios en Jesucristo. Esto es lo primero que hay que entender.

Lo segundo que hay que entender es que ese regalo de Cristo es un regalo que transforma a quien lo recibe en regalo. Es un regalo tan grande que el que lo recibe se transforma también en un regalo, en un don. Esto se nota muy bien en la vocación de los misioneros y de los sacerdotes. Un sacerdote, cuando vive su vocación, ¿qué es? Es un hombre tomado de entre los hombres para administrar los misterios de la salvación. O sea que el sacerdote es una persona amada. Pero una persona que ha sido amada para amar, para servir. Ahí se ve bien que el que recibe el regalo se vuelve regalo. Lo mismo vale para los servidores. Por ejemplo, en una comunidad hispana hay mucha gente que viene, pero hay algunos que han sido tocados con especial amor por la gracia divina. ¿Quizás muchos de ustedes saben de qué estoy hablando? Y ustedes sienten la alegría de recibir el amor de Dios, y ustedes sienten la alegría de ser regalo para los demás, porque muchas cosas uno no las hace por dinero. Uno no las hace por un pago, ni por un aplauso, ni por un reconocimiento, sino uno las hace porque desde dentro del corazón siente la necesidad de darse, de entregarse, porque a uno lo volvieron regalo. Cristo te dio un regalo y Cristo te volvió regalo.

Eso quiere decir que recibir a Cristo no es algo así como meterse dentro de una botella con Él. Dios y yo aquí metidos dentro de una botella. Más bien, el amor de Cristo es como un sol esplendoroso, dice el evangelista San Lucas Él es el sol que nace de lo alto, de lo alto del Padre celestial nace este Cristo, y la abundancia de su amor se riega en muchos otros pastores, santos, mártires, evangelistas, misioneros y Cristo va volviendo regalos a todas esas personas. De inmediato uno se da cuenta que el resumen de los regalos de Cristo no es otra cosa sino la Iglesia. La Iglesia es Cristo mismo en regalo. San Agustín llamaba a la Iglesia el Cristo total. Ahí es donde está la totalidad de los regalos. Y es aquí donde comprendemos que esos regalos no empezaron en esta tierra, porque Cristo no empezó en esta tierra. Él es el Verbo hecho carne. Verbo, Palabra eterna de Dios. Eterno como el Padre, entonces. Y esto quiere decir que el don de Cristo, el amor de Cristo y el misterio de Cristo, aun antes de llegar a nosotros, ya se hace presente en la naturaleza visible y también se hace presente en la naturaleza invisible.

La naturaleza invisible, son sobre todo los ángeles, las gracias, providencias, misericordias de Dios, que están todas condensadas en Jesucristo, nos llegan a nosotros también a través de los santos ángeles. También ellos son, como lo dice hermosamente la Iglesia. Son ministros de su providencia, del único tesoro que es Cristo. Salen todos los tesoros, todos los bienes, todos los regalos de los hombres, pero salen también todos los regalos de los ángeles. Entonces esta imagen de la escalera que está llena de ángeles, es una imagen de la abundancia de Cristo que reparte a través de muchos caminos, o como dicen los teólogos, a través de causas segundas visibles como somos nosotros, o invisibles como son los ángeles. Entonces, los santos ángeles son expresiones de la única gracia de Cristo, son expresiones, son mensajeros del único amor de Cristo y por consiguiente, quieren llevarnos también hacia Cristo.

Conclusión. Lo que era un anhelo para el patriarca Jacob es una realidad en Cristo. Y la abundancia del amor de Cristo se manifiesta en aquellos hombres y mujeres que le aceptan y que se convierten en regalo. Y se manifiesta también en los santos ángeles que fieles a Dios, fieles a su misericordia, fieles a su ternura, son como enviados suyos, que nos permiten experimentar con gran abundancia y riqueza, quién es Dios. Por eso hoy es un buen día para renovar nuestra amistad con los santos ángeles. La Iglesia quiere que invoquemos por su nombre a tres de ellos a Miguel, Gabriel y Rafael, porque son los que menciona la escritura. No mencionar otros de otros nombres que se digan no podemos estar jamás seguros, así que mejor no mencionar otros. Pero estos tres que están mencionados en la Biblia sí los podemos invocar. Podemos pedir su intercesión, podemos seguir su ejemplo y podemos gozarnos en su amistad. Amén.

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