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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
De San Andrés, el Apóstol, aprendemos a ser caminos que comunican y discípulos perennes.
Homilía sand006a, predicada en 20111130, con 10 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Nosotros venimos de raíces indígenas africanas, españolas, pero ya desde nuestra época de juventud seguramente nos llamaba la atención que encontrábamos nombres tomados de otros países y de otras culturas. Por ejemplo, este compañero nuestro ya fallecido Pierre Paul, o por ejemplo, esas combinaciones que a veces hacemos los colombianos. John Jairo Encontramos nombres tomados de otros países y de otras culturas. Exactamente lo mismo sucede con este hombre que estamos recordando hoy Andrés. Él era de Galilea. Por consiguiente, su lengua materna era el arameo, pero Galilea queda al norte de lo que es la tierra santa Palestina. Y este hombre pues vivía en una región que estaba bastante influenciada por la cultura de afuera. La cultura dominante en esa época era la cultura griega. Aunque el poder político era el poder romano. La cosa chistosa es que el Imperio Romano tenía su lengua oficial, que era el latín, pero el idioma que era común en la cuenca del Mediterráneo era el idioma griego. Y el nombre Andrés es un nombre griego andros aner. Andrós en griego quiere decir varón, quiere decir hombre en el sentido de ser humano, de sexo masculino. Y ese fue el nombre que recibió este apóstol. Él se llamaba Andrés o Andreas, lo cual quiere decir que ya desde esa época se daba el fenómeno de personas que toman nombres de otras culturas. A mí eso me parece muy interesante porque lo que encontramos es una persona que tiene una raíz en el caso del Galileo hebreo, pero que también por su nombre y seguramente por su formación, también tiene una apertura a otro mundo, a otra cultura. Por eso me gusta decir que Andrés es un apóstol puente, un apóstol que desde el principio, desde su propio nombre, estaba llamado a servir de puente. Y si nosotros recordamos algunos pasajes del Evangelio, vemos a Andrés sirviendo de puente. Por ejemplo, Andrés conoció primero a Jesús, primero que Pedro. Pedro no se llamaba Pedro en esa época, sino Simón. Andrés conoció a Jesús y entonces fue a contarle a su hermano Simón: mira, nos hemos encontrado con Jesús de Nazaret, con el Mesías. Ahí sirvió de puente y en otra ocasión el Evangelio de Juan nos cuenta también cómo había unos ciertos simpatizantes de la religión judía que llegaron a Jerusalén. Querían ver a Jesús y estos eran de lengua griega. Entonces no sabían cómo llegar a este Jesús que tenía un nombre tan claramente hebreo. Jesús o Yeshúa es un nombre completamente hebreo. Entonces estos griegos que llegan a Jerusalén y que quieren ver a Jesús, no saben qué hacer y se les ocurre una idea buscar si hay alguien que tenga nombre griego. Y entonces buscan a dos discípulos, a Felipe y a Andrés. Esos dos tenían nombre griego. Felipe es un nombre griego, como Filipos, el papá de Alejandro Magno. Entonces fíjese cómo Andrés hoy también sirvió de puente, porque entonces Felipe y Andrés fueron a hablar con Jesús y a decirle Mira, aquí hay unos que te están buscando. Esa es una primera idea que quisiera dejar en este encuentro tan hermoso, porque si estamos aquí como bachilleres Tomasinos mil novecientos ochenta y uno es porque algunos de los nuestros han sido muy generosos con su tiempo y con su perseverancia y han servido de puentes para ponernos en contacto unos con otros. Y yo quisiera que nos quedará un poco ese mensaje en esta noche el servir de puente. Vivimos en un país tremendamente dividido, un país muy radicalizado en muchas cosas, de opiniones políticas fuertes, intransigentes. A veces la religión misma se utiliza como una especie de arma para dividir y para atacar. Tenemos el problema de violencia de género o el nombre que le quieras dar. Se habla de cerca de trescientas mujeres que este año han sido asesinadas por razón de violencia doméstica, violencia de género. O sea que hasta eso nos divide en un país y en un mundo con tantas divisiones. Pues qué hermoso recoger del apóstol Andrés el ser puentes, el saber cómo podemos encontrar conexiones, contactos y podemos así ayudar a que la gente se descubra más cercana. El otro punto que quiero destacar, y es el segundo y último porque no debemos extendernos en las homilías. El segundo punto es aquello del seguimiento de Jesús. Es una cosa que personalmente me toca por mi vocación de religioso, de sacerdote, pero yo creo que tienen que ver con todos nosotros. Cuando Jesús dice a estos primeros discípulos, entre los cuales está Andrés, les dice: Seguidme. Esa expresión o ese verbo ya hacía tiempo que lo utilizaban los maestros judíos. Es decir, los rabinos, ya ellos utilizaban esa palabra. Ser el seguidor era lo mismo que ser el discípulo. Y por consiguiente, declararse seguidor era tener al otro por maestro. Y aquí voy yo, no. Finalmente estamos reunidos aquí por un hecho educativo. Fue la educación. Fue la Academia lo que nos reunió. No exactamente en este lugar, en esta capilla, porque no existía en nuestra época, pero sí en estos predios y en este colegio, pues nosotros fuimos invitados a ser discípulos. Y yo les cuento que la experiencia del seguimiento y la experiencia del discipulado es una de las cosas más interesantes, porque con facilidad uno cree que eso se queda únicamente para la juventud. Yo me acuerdo cuando terminamos el bachillerato, esa sensación de misión cumplida. Después uno se sonríe y uno dice terminar el bachillerato. Pues sí, es valioso, pero es muy poquito. O sea, faltaba demasiado en la vida y uno tiene que graduarse de demasiadas cosas. Muchos de ustedes han tenido la experiencia de graduarse como esposos, como papás tenemos a uno que se está graduando como abuelo. Es decir, uno sigue siendo discípulo. Y esta es la segunda cosa que yo quisiera enfatizar que jamás dejemos de ser discípulos. Uno sigue siendo discípulo y la vida le sigue planteando a uno. No importa la edad y no importa lo que uno recorra. Le sigue planteando uno desafíos y aprendizajes. Y uno se descubre a sí mismo en circunstancias en las cuales no hay ruta y resulta que la vida muchas veces nos deja sin GPS y dice uno ¿y aquí qué? Varios de nosotros hemos tenido la experiencia de tener que despedir para siempre a los papás, a compañeros. Hemos tenido la experiencia de vivir quizás en otros países y uno descubre que la única manera sensata de vivir es declararse siempre discípulo. Y yo pienso que una de las formas de conservar la juventud del corazón es declararse uno siempre dispuesto a aprender. Así que les invito como compañero, como amigo, como hermano, me atrevo a decir, a que tengamos esos dos mensajes. Aprender de los que son puente y ser nosotros mismos puente. Y por otro lado, declararnos discípulos y mirar la vida como un camino donde siempre estamos aprendiendo. Me gusta pensar que incluso a la hora de la muerte tendremos que aprender algo que nunca habremos aprendido y es cómo morir. Y espero que cuando llegue ese momento no sabemos si está cerca o lejos. Jesús siga siendo nuestro Maestro, porque Él no solamente quiere enseñarnos cómo vivir en esta tierra, sino cómo partir de este hermoso planeta. Sigamos nuestra celebración y una vez, muchísimas gracias por estar aquí.

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