|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
"¡Ven y sígueme!"
Homilía sand002a, predicada en 20001130, con 21 min. y 21 seg. 
Transcripción:
No cabe duda de que estos relatos de vocación tienen una frescura, tienen un encanto particular. Porque la llamada es el comienzo de una existencia nueva. Podemos decir que es la puerta, es el quicio. Y llegar a ese momento, llegar al momento de la llamada, es llegar a un nuevo comienzo. Eso fue lo que Cristo el Señor les otorgó a estos hermanos, a Simón y a Andrés, un nuevo comienzo. Comenzar de nuevo no es simplemente saludar el futuro, es redimir el pasado. Esto lo entiende la Iglesia cuando, por ejemplo, otorga indulgencia plenaria a quienes hacen su profesión perpetua en un instituto aprobado por la misma Iglesia. La vocación no mira solamente al futuro, sino que colma de sentido el pasado. ¿Para qué estoy yo con estas redes? ¿Para qué me fatigo bajo este sol? ¿Para qué soporto tantas cosas? ¿Por qué ha sucedido todo lo que ha sucedido? Todo adquiere sentido con la palabra de Cristo. Ven, sígueme. A través de ese llamado de Cristo, el pasado encuentra un significado. Por eso el que no encuentra su vocación acumula interrogantes. No días ni años. Preguntas, se le amontonan las preguntas, pero cuando llega la llamada de Cristo, esa llamada es como un hilo luminoso que atraviesa todo el pasado de la persona. Ah, ahora comprendo, todo tiene sentido. El hoy le da sentido al ayer y abre la puerta del mañana. El día de la vocación, el día del llamado es entonces el día en que Cristo es el vencedor de mi historia, de mi tiempo. La vocación es también un encuentro, un encuentro profundo. Un doble riesgo. La vocación es como un abrazo en la mirada. Cristo se arriesga al llamar, el hombre se arriesga a responder. El Evangelio trae constancia de que no todos los que Cristo llamó aceptaron. El caso más conocido, el de aquel joven, no. Le miró y le amó. Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, ven. Y les dijo. Y le dijo Jesús al joven. Como les dijo a estos: Ven y sígueme. Y regaló amor por esos ojos. Pero su amor cayó en el vacío. Lo arriesgó y lo perdió. A menudo hablamos de la vocación como ese riesgo que nosotros tenemos que tomar, pero hay también un riesgo de Cristo. Esto es lo mismo que me gusta meditar con el Santísimo cuando está expuesto: Está expuesto, está ofrecido, está dado. Puede ser acogido, puede ser despreciado. En la vocación, el Corazón de Cristo se abre por un momento, queda en carne viva y se ofrece. ¿Lo quieres? Es un momento, es un relámpago de gracia frente al cual el corazón humano se siente desconcertado, se siente también él desnudo, se siente conocido. O como dice Pablo: ahora que Dios nos conoció, o mejor, que nos reconoció, el corazón se siente reconocido y arriesga. La vocación es encuentro. La vocación es riesgo, es un riesgo. La vocación inaugura un tiempo nuevo, pero la vocación también tiene una continuidad con el tiempo antiguo. Cristo no llega a anular lo que ha sucedido, sino más bien a desenmarañar, a leer lo que nadie más podía leer. Cristo no llega a cancelar, a destruir, sino llega a desenredar y desde ahí a construir. Notemos, por ejemplo, en el relato de este evangelio lleno de primor, notemos cómo Cristo le da una suave continuidad. Así como le da una profunda ruptura a la vida de estos hombres. Es evidente la ruptura, dejan a los padres, dejan su familia, dejan su lugar, dejan sus amigos, dejan muchas cosas. Pero hay una discreta continuidad que está en esa expresión. Yo la llamaría cariñosa que utiliza Cristo. Os haré pescadores de hombres. Y es toda una continuidad. Fuiste pescador, serás pescador. Hay una continuidad. Debajo de esa continuidad, los teólogos reconocen un tema muy profundo: La gracia no destruye la naturaleza. Dios, al llamarte, no anula lo que tú eres, sino que desenreda lo que eres. Dios, al llamarte, no cancela tus capacidades, Sino que les da un orden. Podemos decir que cuando no nos hemos encontrado con nuestra vocación. Nuestras cualidades son, como en una tipotografía antigua, un montón de letras en una caja. Eso no dice nada. Se pueden escribir muchas cosas, pero yo no sé qué se puede escribir conmigo. Esas son las cualidades. Y los defectos nuestros, son como un lío de cuerdas, cadenas, espinas del que no sabemos salir. Entonces aparece Cristo y toma todo ese enredo de nuestros defectos lo quita. Y toma esas letras, nuestro cajón de letras y empieza a poner un orden y entonces dice mira, vamos a poner primero esta letra y luego esta y luego esta, y cuando va apareciendo esa palabra, nosotros mismos nos admiramos y decimos ¿pero cómo puedo ser yo eso? Y Cristo dice Si tú eres eso, tú eres ese. Todo eso está en ti. Nosotros somos obra del Papá de Cristo, somos obra de Dios Padre Creador. Fuimos creados por Cristo y para Cristo a través de la Palabra que es Cristo y en vista a la gloria de Jesucristo. Pero esa es la clave de lectura de nuestra vida, es Cristo. La vocación, pues, no destruye el pasado, sino que lo lee, lo desenreda y es impresionante lo que sale. Es tan hermoso lo que sale en el cielo. En el cielo hay como un himno inmenso. Y cada una de las líneas es la vida de un santo. Todos ellos con esas mismas letras, podrían decir otros lenguajes, otras palabras. Pero Cristo llegó y puso en orden las letras y apareció entre todos ellos un himno de alabanza al Padre Creador. La vocación no termina. Cuando, Cristo llamó a Pedro. Le llamó en este contexto de un lago y de una pesca. El evangelio de Juan nos cuenta de otro lago y de otra pesca. El Resucitado, se aparece frente a algunos de los apóstoles y también ahí está Pedro pescando. ¡Cuánto camino recorrido entre el primer lago y el segundo lago! Y ahí está de nuevo Pedro. Y Cristo le vuelve a decir a Pedro: Sígueme. Es muy importante esta enseñanza del doble llamado, porque nos recuerda, entre otras cosas, que la vocación no es algo que termina de una vez por todas y nos enseña también que la conversión tiene que acontecer más de una vez en la vida. Dos llamados. El primer llamado es el llamado a lo desconocido. Es un llamado difícil. ¿Qué me va a pasar? Pero no es más difícil que el segundo llamado, que es un llamado a lo conocido. El Espíritu Santo me ayude para explicar esto, porque eso tiene mucho que ver con nuestras vidas. Cuando Dios lo llama a uno, a lo desconocido, hay un elemento de riesgo. Hay un elemento de aventura. Pero cuando Dios lo llama a uno a lo conocido, hay un elemento de abnegación. Hay un elemento de humildad, de silencio, de muerte. Por eso dicen los que han escrito de teología espiritual que hay por lo menos dos grandes conversiones y algunos hablan de tres, por lo menos dos grandes conversiones en la vida. Un primer llamado que es un llamado a lo desconocido. Está bien, voy a decirle sí a Dios a ver qué pasa. Y pasan muchas cosas, algunas de ellas muy dolorosas, muy humillantes, muy aburridas, muy tensas. Pasan muchas cosas, demasiadas cosas. Y usted ve que ya han pasado muchas cosas. Vuelve Cristo y vuelve a decir: ¿Entonces seguimos? Y ya uno no va a lo desconocido. Lo difícil es ese otro momento, porque ahí toca volver a lo conocido. Ya uno sabe lo que le va a pasar. No se sabe qué es más difícil si aventurarse a lo que uno no conoce o volver con humildad a donde uno sabe qué le va a pasar. Y Dios nos llama. Las primeras lágrimas son las lágrimas del gozo, de la emoción, de la alegría. Ha puesto sus ojos en mí. Las segundas lágrimas son lágrimas distintas. Son lágrimas de un amor destilado, de un amor purificado. Hay encuentros vocacionales para la primera llamada, pero casi no se hacen encuentros vocacionales para la segunda llamada. Para la primera llamada, es relativamente fácil hacer un encuentro vocacional. Reunidos todos aquí en el nombre de Cristo, vamos a decir Miren, hay un mundo aventura que se llama la vida religiosa. Y por consiguiente les quiero invitar a que apuesten por esto. Hay un mundo fascinante que se llama la santidad. Les invita a que apuesten por esto. Es relativamente fácil eso. Se pueden conseguir unas filminas en la librería San Pablo. Con una música bien bonita, con una flor que se abre. Con una muchacha que sonríe con unos pobres que huelen bien. Se puede hacer un bonito audiovisual, pero luego uno descubre que esa flor se le seca el rocío y se marchita. Y luego uno descubre que esa muchacha tan primorosa de las filminas es antipática, pedante, fastidiosa como ella sola. Y uno descubre que los pobres huelen feo. Después de que ha descubierto todo eso, ya ha pasado la vida. Entonces llega el momento en el que vuelve a aparecer Cristo por allá en un rincón, y dice: ¿Seguimos? Y ahí ya no sabe uno qué responder, porque ya sabe a dónde va, ya sabe a qué va. Ese es el segundo llamado. Un filósofo y hermeneuta francés, Paul Ricoeur, hombre maduro en muchos aspectos de su pensamiento, de su vida, habla de una segunda juventud. Porque ese segundo, si no tiene los violines, las trompetas, los tambores, el acompañamiento y los audiovisuales, los aplausos, no tiene nada de lo del primer Sí. A veces sucede en un atardecer solitario cuando una religiosa desengañada de todo, se postra ante el sagrario y entonces descubre que tiene toda la capacidad del mundo para decir que no, y tiene toda la perspicacia para engañar a todos. Y tiene la fuerza suficiente para vivir como una hipócrita hasta la muerte. Y ya sabe que tiene su vida aquí en las manos. Y en ese momento Cristo como que se sale de ese sagrario, como que abre de nuevo el corazón, como que vuelve a apostar y le dice: ¿Y en qué quedamos? Y entonces la hermana con el alma rota, con la vida rota, sabiendo que es lo que está pasando y sin otros testigos que su Ángel de la guarda y el Espíritu Santo. Vuelve a decir: Entonces te sigo, Señor. Entonces vamos a este último trecho. Vamos a lo que nos hace falta. Esa es la dimensión profunda de la vocación. Pero todavía no es la dimensión última de la vocación. La dimensión última de la vocación, sucede en el lecho de la muerte. Esa también es una vocación. El Evangelio. Este mismo evangelio de Mateo en el capítulo veinticinco nos cuenta a Cristo como Rey y Juez de las naciones. Y ahí hay un llamado: Venid. ¿Aquí que dijo? Venid y seguidme. Venid. Hay un llamado que es el llamado de la aurora del cielo, que es el llamado último, el último. Hay un llamado ahí. Venid, benditos de mi padre. Ese es el llamado último que se contrapone, patéticamente a la palabra que se les dirige a los otros. ¡Apartaos de mí! ¡Venid, benditos! ¡Apartaos de mí, malditos! Es el momento decisivo. Es el llamado último, el llamado de la muerte. Nosotros queremos vivir estos llamados, los llamados de la gracia, los llamados de la vocación, los llamados del amor. Queremos acoger esos llamados en la vida. Queremos escuchar el llamado de Cristo a la hora de la muerte. Ven y sígueme, dijo Cristo aquí. Ese es el mismo llamado que queremos oír a la hora de la muerte. Estaban muy tristes los apóstoles en esas conversaciones de la Última Cena, y Cristo les dijo: Yo me voy a prepararos un lugar. En la casa de mi Padre hay muchas estancias. Yo me voy a prepararos un lugar. Y después dice que le parece de una ternura inagotable. Después volveré y os llevaré conmigo. Voy a preparar allí el lugar y después vengo y lo recojo. Eso es lo que sucede a la hora de la muerte. También la muerte es una vocación. Es un llamado. Es el llamado definitivo. Ven y sígueme. ¿Sígueme para qué? Ya no para trabajar, sino para descansar. Ya no es el tiempo de la evangelización, sino del hacer la alabanza. No es el tiempo para que tú hagas por otros, es el tiempo para atenderte. Os digo en verdad dijo Jesús en una parábola Él mismo se sentará, Él mismo les hará sentar y se prestará a atenderlos. Pidamos en este día al Señor que bendiga nuestra vocación. Vocación a la vida, vocación a la fe, vocación a la gracia, vocación a la santidad en casi todos ustedes, vocación a la vida consagrada. Que bendiga ese llamado, que nos haga dóciles, no solo los llamados de primavera, sino también a los llamados de invierno, no solo los llamados con violines, sino también a los llamados en solitario, a capella, en soledad y en el ocaso, que nos haga dóciles a esos llamados y que disponga nuestro corazón para cuando llegue el último llamado, para que también ahí nos pueda decir: Ven y sígueme. El banquete está preparado y hay puesto para ti.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|