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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La noticia de la Redención tiene que llegar hasta el último rincón de la tierra.

Homilía sand001a, predicada en 19961130, con 7 min. y 0 seg.

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Transcripción:

El sol es un continuo anuncio de la gloria de Dios, un anuncio sin palabras que sin embargo, está patente a los ojos de todos los que quieran y puedan contemplarlo a lo largo y ancho de la tierra. Puede decirse que la belleza del cielo. Que el esplendor del firmamento es como un continuo pregón de su Hacedor. Y así la noticia buena de la creación, esa especie de primigenio evangelio que es la creación, está al alcance de todos. No sucede exactamente lo mismo con esa otra buena noticia ya no de la creación, sino de la redención. Y sin embargo, Pablo, lleno de entusiasmo en la carta a los Romanos, dice: A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Aplicando el Salmo diecinueve, que es un cántico de la obra de la creación y de la noticia de la creación a esta otra obra maravillosa de la redención.

Es como si Pablo quisiera que nosotros hiciéramos esta especie de razonamiento, así como la Buena Noticia de la creación llega a través del sol y del firmamento a todos, así también la buena noticia de la redención tiene que llegar como una especie de sol a todos. Porque la contemplación atenta de las maravillas de la creación lleva hasta el Creador, y por lo mismo, la contemplación atenta de las obras de la redención lleva al Redentor. Es lo mismo que nos dice la fe nace del mensaje y el mensaje consiste en hablar de Cristo a medida que se va desplegando ante los oyentes la obra de la redención. Sucede en ellos como un amanecer. Y a medida que pregonamos la obra de este Sol de justicia, ese sol, como en un firmamento nuevo y limpio, se pasea en el cielo que crea en los oyentes. Este sol de justicia que es Cristo, crea un cielo, hace un cielo en el corazón del oyente y lo colma de luz y lo llena de belleza.

Ahora bien, si la fe nace del mensaje, la Iglesia entera, Pueblo de creyentes depende de la predicación de este mensaje. Y ese mensaje tuvo sus primeros voceros y pregoneros precisamente en los apóstoles. Son ellos, entonces, como dice aquel himno de la liturgia, son gritos del Verbo, son proclamaciones de la Palabra, son como evangelios vivos que van regando por todas partes la noticia de la redención. De modo que esa noticia de la redención llegue hasta donde llegó la noticia de la creación. Cuando Jesús dice en el Evangelio según San Marcos: que hay que evangelizar a toda la creación, está diciendo la misma idea. La noticia de la redención tiene que alcanzar hasta el último rincón, hasta donde se sepa que hubo un Creador, hasta donde es posible que se sepa que hay un Creador. Hasta allá tiene que llegar la noticia de que hay un Redentor. ¿Y por qué tiene que ser así? Porque la creación entera, nos dice San Pablo en otro lugar gime esperando la plena manifestación de los hijos de Dios. Tiene que ser así, porque toda la creación que de alguna manera fracturada, agrietada por la triste realidad del pecado, perdió su dirección última, está como rota.

Y por consiguiente no se ha dañado solamente el hombre, sino todo aquello que mediante el ministerio del hombre, que es como una especie de sacerdocio de la naturaleza, no solo se ha dañado el hombre, sino todo aquello que por medio del hombre está llamado a llegar hasta Dios. Por esa razón, la noticia de la redención predicada en primer lugar por los apóstoles, difundiéndose por todas partes, ha de llegar hasta donde se sepa que hay un Dios, para que todo aquello que fue hecho por Cristo, también por Cristo sea renovado y restaurado, sea levantado y ofrecido y convertido en bendición, sea gloria del Padre. En realidad, es lo que celebramos en cada Eucaristía. Reunimos en nuestras ofrendas y preces. Todo cuanto hay en nuestros corazones, todas nuestras intenciones y en realidad es como una especie de consagración, no sólo de ese pan y ese vino, sino además una consagración de nuestra vida y de todo lo que nuestra vida lleva consigo.

En cada Eucaristía estamos ofreciendo, junto con ese Cristo, de alguna manera, el universo que retorna a Dios. En la Eucaristía desciende en plenitud de la gracia divina, santificándonos y haciendo en plenitud nuestra gratitud y bendición, santificando el nombre de Dios. Bendigamos, entonces estas obras divinas. Bendigamos la obra de los apóstoles y que nuestra oración y nuestra Palabra propaguen la noticia de la redención hasta el último rincón de la creación.

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