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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos a Dios ser dóciles a las buenas inspiraciones de nuestro ángel custodio para que seamos resistentes a las malas inspiraciones que nos llevan a darle la espalda al Señor.
Homilía sacu017a, predicada en 20181002, con 5 min. y 12 seg. 
Transcripción:
El 02 de octubre nuestra Iglesia Católica celebra la memoria de los santos Ángeles custodios, a los que con frecuencia llamamos nuestros Ángeles de la Guarda. Apoyémonos en la primera lectura de hoy, tomada del libro del Éxodo, en el capítulo número 23, para no solamente celebrar esta fiesta, sino sacar de ella verdadero provecho espiritual. Dios le habla al pueblo, a Moisés y al pueblo, y les dice: «Voy a enviar a un ángel delante de ti». Y hay dos verbos que describen la acción del ángel, y hay dos verbos que describen nuestra respuesta frente a aquello que Dios nos regala a través del ángel.
Los dos verbos propios del ángel son, él te va a guiar y él te va a cuidar, te va a mostrar el camino y te va a proteger. Entonces, frente a las dificultades, frente a los ataques, frente al cansancio, frente a la escasez que puedas encontrar en ese camino, él te va a guiar, él te va a cuidar. Esto realmente debe llenarnos de mucha esperanza y debe movernos, como lo indica San Bernardo en un precioso sermón sobre los Ángeles Custodios, debe movernos a tener una grandísima confianza en la Providencia divina, porque es difícil acertar en el camino.
Yo me acuerdo de una frase de San Agustín, cómo me impacta, refiriéndose a su proceso de conversión, San Agustín dice: Había una contienda dentro de mí, entre aquellas alegrías que, en realidad, eran dignas de ser lloradas y las tristezas que, en realidad, eran dignas de ser aplaudidas. Por ejemplo, una alegría digna de ser llorada es la alegría que causa el poder cometer con facilidad y con éxito un pecado: Logré, me salí con la mía, pero era pecado. Te da alegría, pero es una alegría sucia, es una alegría que debería causarte llanto.
Otras veces experimentamos tristezas, pero en esas tristezas realmente deberíamos regocijarnos. Piensa, por ejemplo, en la persona que por ser fiel al Señor, recibe burlas, desprecio, marginación. Eso no es agradable, eso causa tristeza. Pero esa tristeza, esa profunda tristeza, en realidad debería ser una profunda alegría. Y por eso, los grandes santos nos hablan de su manera de gozarse en el padecer, gozarse porque el Señor nos está conduciendo por el camino que nos lleva a unirnos más a Él. Bueno, cuento esta historia de San Agustín porque muestra lo difícil que es hallar el camino.
¿Quién de nosotros, de manera espontánea, busca alegrías dignas de ser alabadas? Nuestro corazón, nuestro cuerpo, nuestro ser, se resiste a lo que es sufrimiento, a lo que es privación, a lo que es marginación. Uno intenta evitarlo a toda costa, uno no lo quiere, no lo quiere. Entonces, acertar en el camino, dejarse guiar por ese camino, no es fácil y por eso debemos tener gran amor a nuestros santos Ángeles Custodios, porque ellos, precisamente, nos pueden ayudar a encontrar ese camino, ese camino que no es obvio, ese camino que muchas veces parece el menos apetecible.
Cristo nos dice: El camino del Evangelio es el de la puerta estrecha, es el de la cuesta empinada, el de la cuesta empinada. Y bueno, también espinada porque tiene sus espinas. Entonces, démonos cuenta cuánto necesitamos de esta guía. Pero luego ese camino, además de empinado, está lleno de peligros, sobre todo, el gran peligro de no perseverar, el gran peligro de dar la espalda, el gran peligro de volver atrás. Y ahí necesitamos la defensa del ángel.
Pero ¿qué se espera de nosotros? Que tengamos respeto hacia ese embajador divino y que tengamos obediencia, que seamos dóciles a las buenas inspiraciones para que seamos resistentes a las malas inspiraciones. Así lo conceda el Señor. Amén.

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