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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los ángeles de Dios aumentan nuestra hambre de Dios para querer sumergirnos mas en El a través de la adoración y la obediencia al Padre Celestial puesto que pueden verlo y sentirse amados por El.
Homilía sacu008a, predicada en 20101002, con 36 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Amigos, consideremos como un privilegio estar reunidos para escuchar la Palabra de Dios. Mirando el tamaño de este recinto, uno podría entristecerse un poco pensando en cuántas personas no llegaron, personas a las que invitamos, eso puede apagar un poco. Pero hay otra manera de ver las cosas, pensar en los que sí llegaron, es decir, en nosotros mismos, y descubrir en nosotros que hemos sido destinatarios de un regalo. Poder oír la palabra, no solamente poder estar sentados aquí, sino tener el tiempo, tener la fe, tener el corazón abierto, todos esos son regalos y Dios edifica sobre sus propios regalos para comunicar todavía más.
Esto es lo que parece que significa aquella frase misteriosa del Evangelio: «Al que tiene se le dará». Y es verdad, Dios nos ha regalado la fe, nos ha regalado hambre de Él, nos ha regalado el tiempo y la manera de estar aquí y ahora, habiendo preparado Él mismo el camino, nos concede el regalo de su Palabra. Y sobre el regalo de la fe y el regalo de la Palabra, vendrá también el regalo de su propia y divina presencia en la Eucaristía. Así que esta celebración nos invita a entrar en la clave de la gratuidad, la clave del agradecimiento entonces, la clave de la alegría.
Varias veces al visitar este querido país, encuentro esas expresiones de desilusión que casi nadie va a la misa, que son cuatro o cinco personas y todas mayores. Pues si eres joven o si eres mayor igual, y vas a la misa y eres uno de los cuatro o cinco, piensa tú el tamaño del regalo que significa ser uno de los cuatro o cinco, porque podías perfectamente ser uno de los cuatrocientos que no han llegado, pero eres uno de los pocos, uno de los escogidos. Así pensaban los primeros cristianos. Este recinto tiene un acierto, tiene un cierto aspecto, por supuesto, de algo subterráneo, porque es una cripta.
Y aquí, con una gota de imaginación, uno puede recordar lo que eran las celebraciones, quizás en las catacumbas, esos cristianos que eran una ínfima minoría, calumniados por todo el mundo, denigrados, insultados, despreciados, minoría metidos en una catacumba, alabando a Dios con todas sus fuerzas. Eso es ser cristiano, es tener tanta conciencia del regalo que uno ha recibido que ni siquiera la tristeza de los que no han respondido logra apagar el fuego que Dios ha puesto en nosotros, ese es el primer punto. Pero vamos con la fiesta de hoy, los ángeles, los Ángeles Custodios.
¿Qué podemos aprender de los ángeles? Pues, en primer lugar, que nuestro mundo no cree en los ángeles católicos, pero sí cree en los ángeles del paganismo, que es la cosa más absurda del mundo. La gente ha perdido la fe en la presencia providente de Dios y en que ese Dios providente nos haya dado mensajeros y amigos del cielo que nos acompañan y nos guían. Eso, si lo dices en público, te tratan de infantilada, es una tontería, es pamplina, eso no tiene sentido.
Pero, al mismo tiempo, vete a las grandes librerías, estantes y estantes llenos de libros de ángeles, que cómo invocar a los ángeles, que cómo conectar con los ángeles, que no sé cuántas cosas. Por cierto, no sé si hemos felicitado a los que llevan el nombre Ángel, hoy se les puede felicitar. Hay un ángel aquí, ¿no? Hay que felicitarlos porque si no, en qué día. Hoy, hoy hay que felicitar a los que llevan el nombre de Ángel.
Bueno, entonces fíjate, nuestro mundo no quiere creer en los ángeles como los propone la Biblia, como los propone la Iglesia. Pero es tanta la sed, es tanta la necesidad espiritual en tantas personas que, por agarrarse de algo, entonces pues compran cualquier tontería, leen cualquier tontería. Nuestro mundo o nuestra sociedad occidental quiere dárselas de incrédula, pero aquí se cumple la famosa frase del escritor británico Chesterton: Dejar de creer en Dios es empezar a creer en cualquier tontería.
La última o penúltima vez que vine a Madrid, en la Gran Estación de Atocha, pabellones y pabellones de la Feria de Astrología o de brujería o de no sé cuántas cosas. Y ahí estaba la gente interesadísima en saber cuál es el cuarzo que atrae mejor la suerte. Pero les vieras tú, la cara de seriedad: Óigame, pero, ¿pero este será el que me sirve verdaderamente? No tanto, pero si compras este es un poco más costoso, pero este sí realmente canaliza todo. Ah, bueno, ah, bueno, bueno, entonces, pues a por él. Qué cosa, nos las damos de incrédulos.
Pero el corazón humano tiene esa onda, esa infinita necesidad de Dios, esa necesidad del absoluto, de lo trascendente. Y si las vidas se sienten vacías es porque el hueco infinito que dejó Dios en el corazón cuando nos creó, hace que ninguna cosa lo pueda llenar. Entonces, si tenemos, imaginad un abismo inmenso, un hueco gigantesco, si a ese hueco le echamos lo que sea, pues parece que no se llena nunca. Así nos hizo Dios. Dios, cuando nos creó, ya hizo su casa en nosotros, ese hueco gigantesco lo hizo Dios para que fuera su casa y nadie lo va a poder llenar sino Él.
Y esto nos enseña que entonces existe una versión pagana y una versión perversa y una versión distractora de lo que son los ángeles. Porque todos esos ángeles de la Nueva Era, esos ángeles relacionados con velas y cuarzos y aromas y ritos extraños, todos esos ángeles son simplemente distracciones, como entremeses que quieren llenarnos la panza para que no comamos bien. Ese es un modo muy teológico de describirlo, ¿no? ¿Qué son esos ángeles de la Nueva era? Son pasabocas, entremeses que quieren llenarnos la barriga para que nos sintamos hambre del verdadero pan. Esa es la mentira de esos ángeles y esa mentira lleva mucho tiempo.
Si tú te vas a la Escritura, te encuentras en la carta a los Colosenses que ya San Pablo tuvo que batallar contra esa idea falsa de ángeles, es decir, contra esa idea de los ángeles como una especie de jerarquía compleja con la cual hay que congraciarse y la cual hay que saber utilizar para obtener lo que uno quiere en la vida. Cuando se habla en esos términos, se está hablando de magia. La magia es lo opuesto de la fe. En la magia de lo que se trata es de que mi voluntad se consiga, se logre a través de lo que sea, el cuarzo, el bebedizo, la poción o el ángel que llamen, lo que sea, con tal de que se cumpla mi voluntad, eso es magia.
La magia es la entronización de la propia voluntad, que yo logre lo que yo quiero. La fe es la entronización de la voluntad del Señor. Por eso, la oración de la fe es el Padre Nuestro: Hágase tu voluntad en la tierra, como se hace en el cielo. La fe y la magia no son compatibles. La fe supone el rendimiento de nuestra voluntad a la voluntad divina, mientras que la magia pretende ensalzar y entronizar a la propia voluntad, y para eso pone a su disposición cualquier cosa, incluyendo los ángeles.
Por eso San Pablo, en su carta a los Colosenses, habla con tanta dureza y, a la vez, con tanta claridad sobre ese culto falso y sobre ese temor falso, sobre esa religiosidad falsa que tiene que ver con esos ángeles que finalmente van a ser ángeles caídos, ángeles de mentiras. Pero el hecho de que se denuncie ese falso culto, no quiere decir que nosotros no podamos y debamos tener en nuestra fe una recta comprensión de lo que significan estos aliados que Dios nos ha dado. A ver ¿qué llevamos hasta aquí?
En primer lugar, hemos dicho que hay que recuperar siempre que estemos en misa, recuperar la noción de elección, de gratuidad, de privilegio. Que bello para mí ser uno de los pocos. Así eran también los primeros cristianos, nada más imaginad esas primeras comunidades, qué se yo, en Roma o en otros sitios, pero sobre todo en Roma, cuando eran unos pocos, 100, 150, 200 metidos como ratoncillos ahí, en todas esas cuevas, escondidos, asustados, pero a la vez tranquilos, fiados de Dios. Esa es la espiritualidad para una Europa secularizada, es la espiritualidad que vive con gozo el regalo de la fe y que está entonces siempre dispuesto a compartirlo, ese fue el primer punto.
Segundo punto, distinción entre la doctrina que es confusa y que es diseñada para confundir, que es la doctrina de la Nueva Era y la doctrina de la Biblia, y lo esencial ¿en qué está? En que en todos esos escritos y en toda esa literatura y en todo ese lenguaje, de lo que se trata es de la magia y la magia es la entronización del yo, la magia es la entronización de mi proyecto, es poner todo a girar en torno a mi voluntad. Mientras que la fe es el rendimiento, la rendición de nuestra voluntad ante la Voluntad divina, porque nos sabemos amados, acogidos, amados y salvados por Dios.
Muy bien, pasemos al tercer punto. Ahora, ¿qué podemos aprender de estos ángeles? Pues precisamente, como nos dice el Salmo 103, de los ángeles santos lo primero que podemos aprender es la pronta obediencia, prontos a la voz de su Palabra. La palabra fundamental, el lema fundamental de Satanás que es un ángel caído, él mismo, la palabra fundamental de Satanás es: No serviré. Es decir, toda la historia del pecado en la humanidad y en el cosmos está conectada con un acto de desobediencia. Y esto quiere decir que toda la historia de la gracia, de la salvación y del amor empieza por la obediencia.
Y por eso el lema, el primer lema que nos regalan los santos ángeles es lo contrario de Satanás. Si Satanás dice: no serviré, el primer lema del ángel está en los labios de María Santísima, está en los labios de todo verdadero cristiano: Aquí está la esclava del Señor. Ese es el lema de todo fiel discípulo del ejemplo de los santos ángeles. Si Satanás es príncipe de la rebeldía, nosotros tenemos en Cristo el modelo perfecto de obediencia y tenemos en María el lema que nos permite devolver toda la historia del pecado. Lo primero que hay que aprender es la obediencia.
Pero ¿por qué estos ángeles viven en obediencia? Pues nos lo ha dicho el Evangelio de hoy, refiriéndose a los ángeles custodios de los niños, pero, por supuesto, esto vale para todos los santos ángeles, porque los santos ángeles contemplan el rostro del Padre Celestial. Es decir, la obediencia es lo central, pero no se puede ser obediente sin ser adorador. Y esos son los ángeles, porque están contemplando el rostro de Dios. Nosotros no podemos tener esa claridad, San Pablo dice que nosotros a duras penas vemos como en un espejo, nosotros no tenemos claridad.
Como entre sombras, como entre penumbras adivinamos un poco quién es Dios, quién es Cristo, qué cosa es la santidad, cómo sería el cielo. Estas cosas las adivinamos poco a poco, las intuimos, las presentimos, pero no las vemos plenamente. Los ángeles, en cambio, las ven con claridad. Pero, aunque nosotros no veamos con esa claridad, en la medida en que nos volvemos adoradores, nos volvemos compañeros de labor de los ángeles, porque su labor principal está ahí, toda la fuerza de su ser está en cantar las maravillas del Señor. Y esto quiere decir que en la medida en que nosotros nos volvemos adoradores, nos volvemos obedientes.
Por supuesto que la obediencia por sí sola es una cosa que se vuelve imposible, porque el que no sabe a quién está obedeciendo ni por qué está obedeciendo, pues se siente simplemente como una pelota de ping pong, que cada cual haga conmigo lo que quiera, eso no puede ser. Entonces ahí es donde la gente se vuelve rebelde, cuando se oscurece la luz de la razón. Cuando se pierde el horizonte de la fe, lo único que queda es el individuo abandonado a su capricho. Y eso es lo que tenemos hoy en nuestras sociedades, individuos incapaces de creerle a nadie.
Yo al gobierno no le voy a creer una palabra. Yo a la Iglesia no le creo nada. Yo a las filosofías y a los pensamientos y a las tradiciones no les creo nada. A mis padres no les creo nada. Estos que han roto con todo, han roto con el pasado, con la historia, con la fe, con Dios, con el gobierno, con la sociedad ¿a qué quedan abandonados? Quedan abandonados a su pequeño mundo y por eso se meten aquí un par de audífonos, bluetooth, y entran aquí los audífonos. Y yo creo únicamente en mi música, mis amigos, mi bienestar, mi placer, mi momento, el instante.
Solo creo en el instante y cuando el instante se me desarme, cuando el amigo me traicione, cuando la soledad llegue, cuando la esterilidad avance, cuando la vejez asome, cuando la enfermedad aparezca ¿qué vas a tener? Pues no voy a tener nada, tal vez tendré un tiro, me doy un tiro y se acabó. No puede tener otro final el individuo que se ha desconectado de todo, el individuo que ha roto con todo. Ese, no puede tener esperanza. Y este mensaje poderoso nos lo da el Papa Benedicto, Dios ha de concederle la vida, para que lo diga con toda la potencia de los altavoces a los millones de jóvenes del mundo que van a venir a Madrid, que van a estar aquí en el 2011.
De las cosas que más me impresionan a mí de nuestra Santa Iglesia es ver que un hombre de ochenta y tantos años le da esperanza a unos muchachitos de 13 y de 15 y de 17. Y es así, y es así que es el Papa el que está inyectándole esperanza a un mundo envejecido. Porque el mundo no envejece porque hayan pasado muchos siglos, el mundo envejece porque pierde el horizonte del futuro. Pero dime qué futuro se puede construir si yo estoy desconectado de la sociedad, de la Iglesia, del gobierno, del pensamiento, si lo único que existe es el instante, el momento. Lo único que existe es, de momento lo estoy pasando bien con mis amigos, el resto no me importa.
Y cuando no la puedas pasar bien, pues no queda nada, no queda nada, solo queda la desesperación, solo queda la amargura, solo queda el grito de ira, solo queda el sentirme traicionado y de ahí, todas las locuras que vemos que suceden, que no es del caso mencionar ahora. Así pues, el mundo cuando se desconecta, el mundo cuando se desprende de todos estos porque no puede creer, tampoco puede obedecer. Por eso tanta gente lleva una vida de rebelde sin causa. Y si tú les preguntaras Y ¿por qué, por qué haces eso? La misma persona no tendría una razón para decir.
Hoy me encuentro en las noticias que no sé qué lugar del Reino Unido, pues un grupo de no sabemos si hombres, mujeres, muchachos, lo que sea, se les dio por ahí, como no tenían ningún otro programa que hacer, agarraron a un camión y lo incendiaron. Vamos a incendiar este camión, a incendiarlo. Y ¿por qué lo van a incendiar? Porque hay que incendiarlo. Hay una cantidad de crímenes que se están cometiendo que no son crímenes por hambre, no es el crimen del que está muerto de hambre y quiere tener un bocado en la boca. No es el crimen del que tiene un secuestrado y está tratando de liberarlo. Es el crimen del que tiene simplemente odio a la vida.
El camión ese que quemaron, que destruyeron, tenía una cantidad de equipos sofisticados para ayudar a recuperar, para ayudar a encontrar personas perdidas. Es decir, este camión tenía unos equipos poderosos que conectan con satélites y que permiten hacer seguimiento muy, muy, muy de cerca cuando una persona se extravía. Entonces imagínate cuál es el bien de destruir un equipo tan costoso que además presta un servicio que en cualquier momento lo podemos necesitar cualquiera de nosotros. ¿Por qué se destruye eso? Bueno, porque hay que odiar, porque hay odio, porque, porque hay rebeldía.
Pero vayamos al fondo de esto. ¿De dónde surge la rebeldía? La rebeldía es una forma de desobediencia. Y ¿por qué no hay obediencia? Porque no hay luz, porque la gente no sabe para qué vive, porque la gente no encuentra un sentido a su esfuerzo. Ese es un problema gravísimo que tenemos en muchas partes del mundo que las universidades dan oportunidades y el Estado da oportunidades y la gente no quiere estudiar o no llega hasta el final o no le interesa, se le acaba el combustible, se le acaba la gasolina en el camino, no alcanzan a llegar porque no ven el sentido de eso. Estamos ante una crisis global de significado, una crisis global de sentido.
Y cuando uno no ve sentido, cuando uno no ve para qué son las cosas, se encierra en una desobediencia que adquiere rostro de rebeldía y la rebeldía se vuelve vandalismo. Reventemos el mundo, estallemos el mundo a ver, a ver si eso nos hace sentir algo, a ver si por lo menos matando gente se siente algo en sus tripas que no conocen la alegría. Bueno, ese panorama tan espantoso hay que ponerlo en contraste con la fiesta de hoy. Los ángeles son obedientes porque son adoradores.
Y es en el camino de la adoración, es el camino de la alabanza sublime, es en el camino de la acción de gracias a boca llena, es en ese camino donde uno encuentra el sentido de la obediencia. A ver si logro explicarme. Una moral, una moral sin un amor poderoso, gigantesco, colosal, que la esté empujando, no camina. Mira, la moral tiene muchas obligaciones. Vamos a llamar moral todo aquello de lo que se supone que uno debe ser, que uno tiene que ser buen hijo, buen esposo, buen ciudadano. Tiene que ser honrado, tiene que ser buen compañero, tiene que ser buen amigo. Llamemos a toda esa montaña de cosas, vamos a llamarlo, la moral.
Y la moral es como una carreta pesadísima. Y si tú no tienes algo que jale esa carreta, si tú no tienes algo o alguien que empuje esa carreta, eso no se mueve. Y eso es lo que mucha gente siente hoy. Sienten que podría ser bueno si todo el mundo fuera buena gente. Pero falta, falta el empujón, falta el amor, faltan las ganas. Y ¿de dónde van a salir las ganas de ser bueno, de dónde van a salir las ganas de ser santo, de dónde van a salir las ganas de renunciar al placer inmediato, de dónde van a salir las ganas de servir y de darse? Esas ganas son las que provienen de la adoración.
Así que de los ángeles aprendemos la obediencia, pero aprendemos otra cosa anterior, la experiencia de la adoración. Y aquí es donde yo me vuelvo entusiasta, bordeando el fanatismo con muchos de los nuevos movimientos en la Iglesia. Y en particular, pues sabéis que le debo mucho a la Renovación Carismática. ¿Cuál es mi entusiasmo con la Renovación Carismática? Pues, mi entusiasmo es que yo veo que cuando una persona ha logrado conectar con la fuente del amor, que cuando una persona por primera vez se le encharcan los ojos de alegría diciendo: Dios me ama. Cuando una persona por fin le regala una sonrisa al cielo.
Cuando a una persona le ha pasado eso, ya tiene con qué empujar su carreta, ya tiene con qué empujar toda esa moral que se supone que debo ser buena esposa, buena hija, buena madre, buena suegra, buena nuera, buena hermana, buena amiga, buena todo. Y tengo que ser así todos los días, ahí sí, como dicen los otros 7/24, ¿no? Toda la semana, 24 horas al día tengo que ser bueno. Eso no se puede, pero cuando llega ese fuego del amor, cuando te sientes de veras amado, cuando logras entrever un poquito, contemplar un poquito de la hermosura de Dios y de la manera como te quiere, cuando te sientes así deliciosamente amado, acariciado, envuelto, rodeado, protegido. Entonces tú dices: Pues es que este es mi camino.
Este gran teólogo jesuita Carlos Rahner decía refiriéndose al siglo XXI, en el que ya hemos entrado de lleno. Decía Rahner: El cristiano del futuro será un místico o no será nada. Y yo creo que se refería a esto, tú mira quiénes están sobreviviendo en las parroquias, tú mira qué movimientos tienen vida, tú mira quiénes están recibiendo gente. Son los que logran comunicar, los que logran compartir esta clase de experiencias, aquellos que, de alguna manera, reciben esa gracia, porque esa también es una gracia, la gracia de conectar a la gente con el amor primero, el amor divino.
A mí me resulta muy difícil creer que una persona que no siente la sonrisa de Dios va a llegar muy lejos, me resulta muy difícil, muy difícil, porque es que este camino, esta vida, tiene tantas distracciones, tiene tantas mentiras, tiene tantas traiciones, tiene tantas, son tantas y tantas que es como un camino sembrado de minas antipersonales. Es que ¿quién podrá sobrevivir ese camino? Yo me pongo a pensar, por ejemplo, los que tienen hijos pequeños, yo digo, tienen que desvelarse demasiado. ¿Qué va a ser de estos hijos míos, qué va a ser de esta niña mía, de estos niños míos, qué va a ser de ellos, qué va a pasar con ellos?
Porque si tú miras, si tu niña o tu niño es así pequeño, y tú miras el camino que va a tener por delante, solo puedes sacar una conclusión. Es como si entrara por un camino minado. Es que todo está repleto de ofertas y lo uno es saber que te enveneno por aquí, a ver que te ahorco por acá, a ver que te enveneno, que te que te prostituyo, a ver que te profano por acá. Y todo vestido de mentira y todo vestido de dulzura y vendiendo alegría, adentro llevan muerte, y vendiendo placer, adentro llevan muerte y vendiendo el momento adentro llevan una eternidad de condenación y de amargura.
Los ángeles nos muestran que necesitamos ser adoradores, contemplativos, místicos. Y ¿eso cómo se logra? Perdiéndole tiempo a Dios, perdiéndole tiempo a Dios, cuando nos reunimos y cantamos nuestras alabanzas y bendecimos al Señor. Y bueno, que levantamos manos, que danzamos, lo que sea, lo más importante no está ahí, por supuesto. Pero en ese perderle tiempo a Dios, en eso el corazón se va preparando, se va ablandando, se va abriendo, perderle tiempo a Dios. Cuando te sientas delante del Santísimo Sacramento o te postras y dedicas media hora, una hora, únicamente mirar una hostia consagrada, cualquiera diría ¿Qué estás haciendo, perdiendo tiempo?
Casi le podríamos responder: Sí, le estoy perdiendo tiempo a Dios, estoy perdiendo tiempo en Dios y para Dios. Y en ese perder el tiempo a través de nuestras oraciones, nuestros cantos, nuestras alabanzas, postraciones, a través de cada cosa que hacemos, ¿qué estamos haciendo? Estamos preparando más y más y más el corazón. Roturando la tierra, abriendo el surco. Dios, que es generoso, que es ganoso de darse, va regando su semilla y va cayendo en el surco, va echando ese rocío delicioso, esa lluvia benefactora de su espíritu. Y entonces sale una cosecha nueva y somos criaturas nuevas.
¿Qué es lo último que podemos aprender de los ángeles? Además de la obediencia y además de la adoración, que son tan importantes, pues de los ángeles también podemos aprender la evangelización. Fíjate que la palabra evangelio lleva dentro un ángel, ¿no? El Evangelio lleva dentro un ángel, y eso tiene una explicación. Resulta que ángeles en griego significa mensajero, «euangelion» quiere decir el buen mensaje, la buena noticia. De los ángeles aprendemos también a evangelizar, de los ángeles aprendemos que la buena noticia no es para que uno la esconda. Jesús nos dice: «No se oculta una lámpara».
Cuando tantas personas hay que esconden su fe, que no se me note que creo, que no se me note, que no se me note que voy a misa, que no se me note, que no se me note el rosario. Mientras tantos disimulan su fe, aquel que sigue el ejemplo de los santos ángeles sabe que la fe no es para imponerla, pero tampoco es para esconderla. Es que fíjate la falta de lógica que suele tener nuestro mundo moderno, nos dicen: Vosotros, gente de Iglesia, dejad de imponer vuestra fe. Y eso es como si nos dijeran, como no vas a imponer, esconde. Pero resulta que ya Juan Pablo II y después Benedicto nos han mostrado que entre un extremo vicioso que es querer imponer la fe.
Esto es lo que hace el que se vuelve cansón, el que se vuelve fanático, el que satura a los demás. Entre querer imponer y tener que esconder existe un término medio que se llama querer ofrecer. Lo nuestro es ofrecer, no es imponer ni es esconder, lo nuestro es ofrecer. Y eso es lo que nosotros tenemos que hacer. Y aquí volvemos al principio y con eso concluimos. ¿Qué fue lo que dijimos al principio? Somos unos privilegiados. Entonces, si somos unos privilegiados, lo que nosotros hacemos al evangelizar es compartir el secreto de nuestro amor con el que quiera recibirlo. Mira, a mí esto me ha funcionado. Esto es lo que ha hecho de mi vida lo que yo soy, eso es ofrecer.
Y el derecho a ofrecer nadie nos lo puede quitar, hay que estar preparados para eso. Este es un momento muy especial que vive nuestra Iglesia, que vive Europa, que vive España y que vive Madrid. No vamos a pensar solamente en la Jornada Mundial de la Juventud, pero es que eso es grande, es que son millones. Pues desde ya vamos a tomar ese espíritu, esa espiritualidad. La espiritualidad de que yo ni voy a imponer ni voy a esconder, lo mío es ofrecer. Yo voy a presentar mi fe, yo no la voy a ocultar y la voy a presentar como aquello que ha sido la columna y el centro de mi vida.
Y a ver cuántos tienen una columna y un centro, que luego te pones a ver la gente, la misma gente que te critica, la misma gente que desprecia, la misma gente que blasfema. Y bueno, ¿cuál es la columna de ellos? Como escribía no hace mucho un Padre, hablando sobre esto del ateísmo, porque se pone de moda el ateísmo y el agnosticismo y todo aquello, decía este Padre: Bueno, tú dices que dejaste de creer en Dios por el problema del mal. ¿Cómo puede existir un Dios bueno si están muriendo niños de hambre en África? Bueno, tú dices que el problema del mal te quitó la fe en Dios. Tú dices que el problema del mal te volvió ateo.
Ahora dime tu ateísmo ¿cómo resuelve el problema del mal? Yo no creo en nada, no creo en nada. Bueno, y ese no creer en nada ¿en qué ayuda? Eso tampoco ayuda. Claro, el tema es mucho más complejo, pero es simplemente para animaros a que no podemos quedarnos en una actitud encogida, acomplejada, como si fuera una lepra creer, lo contrario, nosotros somos evangelizadores. El resumen en cuatro palabras, la gracia, el regalo de poder creer y reunirnos, gracia. Segunda palabra, obediencia. La soberbia, la rebeldía, el rechazo a la voluntad de Dios se llama Satanás, por consiguiente, nuestro lema es el de la Virgen: Aquí está la esclava del Señor.
En tercer lugar, adoración, porque sin adoración y adoración significa ora lo mejor que puedas, con todo el amor que puedas, con todo el corazón que puedas. Ora, bueno, esto dicen que lo dijo la Virgen allá en Medjugorje, falta ver qué diga la Iglesia finalmente sobre esas apariciones y si fueron apariciones o no, pero esta frase a mí me parece maravillosa. Dicen que la Virgen dijo: Hay que orar hasta que el corazón resucite. Eso, la medida no es ni tantos padrenuestros ni tantos minutos, hay que orar hasta que resucite el corazón.
Entonces, la tercera palabra es adoración, adoración. Tenemos que orar empapados de amor y empapándonos de amor. Que tú sientas que de la oración sales resucitado. Y ahí viene el cuarto y último punto, evangelizar. No vamos a imponer, tampoco vamos a esconder, vamos a ofrecer.

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