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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿Cómo acercarnos a la obediencia a los Santos Ángeles Custodios?

Homilía sacu001a, predicada en 19981002, con 25 min. y 41 seg.

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Transcripción:

En la Palabra divina, los santos ángeles aparecen como manifestaciones de la gloria y de la providencia de Dios. Son una expresión de su majestad, pero también de su misericordia. En ellos, la sabiduría de Dios le da una belleza especial a la creación y abre caminos insospechados para la redención. El nombre de Dios está en esos ángeles, como nos dice el libro del Éxodo. Mensajeros del nombre divino son entonces expresiones de su poder, expresiones también de su querer, de su voluntad. Estas expresiones vivas, que con libertad amorosa obedecen a Dios, son entonces para nosotros como modelos, como prototipos de lo que nosotros estamos llamados a hacer.

También nosotros, creados libres, estamos llamados a entregar esa libertad a Dios, por amor. También nosotros, creados libres, estamos llamados a la obediencia amorosa que resplandece en los ángeles y que con ellos y junto a ellos, aprendemos a tenerle al único Dios. La pregunta que uno se hace es ¿cómo se puede cumplir lo de la obediencia al ángel? Está claro que la obediencia al ángel es, ante todo, la búsqueda plena de la voluntad de Dios, porque, puesto que el ángel lleva el nombre de Dios, su querer está expresando el querer de Dios. Pero todo lo que hemos dicho sobre ellos nos ayuda a cumplir aquello de respetarle.

Pero ¿cómo obedecerle? La palabra es enfática: «No te reveles». Y al mismo tiempo una promesa: «Si le obedeces fielmente y haces lo que yo digo, tus enemigos serán mis enemigos y tus adversarios mis adversarios». Se nos advierte en contra de las rebeliones y se hace una hermosa promesa en favor de la obediencia. ¿Cómo acercarnos a esa obediencia de los santos ángeles? Para responder, pues, hay que tener, hay que hacernos alguna idea sobre cómo ellos pueden sugerirnos caminos, sobre cómo pueden sugerirnos lo que hay que hacer y advertirnos sobre lo que hay que evitar.

De acuerdo con Santo Tomás de Aquino, los ángeles son espíritus puros, inteligencias acaparadas, les llama también. Son formas sin materia, sin cuerpo, formas puramente intelectuales. Y ¿cómo puede uno percibir la voluntad de una forma puramente espiritual? He encontrado, y eso quiero compartir con ustedes, he encontrado algo, algo a partir de lo que nos enseña la teología sobre el alma humana como forma y, por consiguiente, sobre la relación que nosotros podemos tener con estas formas espirituales. Cuando nosotros conocemos a una persona con el tiempo necesario, con el tiempo suficiente, puede decirse que conocemos de algún modo su alma.

El alma en el ser humano es nuestra forma, nuestra forma de ser. La forma no es solamente la figura, en filosofía la forma no es la figura. La forma es lo que conforma, lo que configura, lo que estructura, también el principio vital. Cuando yo conozco a una persona humana, la trato suficientemente, y esa persona tiene alguna confianza conmigo, puede decirse que, de algún modo, yo conozco el alma de esa persona, conozco su manera de ser, conozco su estilo. Es evidente que para conocer de esa manera de ser se requiere amor, porque solo el amor abre las puertas de las intenciones profundas de las personas.

Cuando por amor, cuando con un amor libre y limpio conozco suficientemente a una persona, puede decirse que puedo asomarme al alma de esa persona, conozco su estilo. La percepción del estilo de la manera de ser de las personas, el hacer el ejercicio de conocer el alma de las personas es uno de los caminos para disponernos a recibir las inspiraciones de estas formas espirituales que son los santos ángeles. Lo más cercano que tenemos en nuestro universo visible a la percepción de las formas espirituales, lo más cercano que tenemos es el alma humana.

Luego a mí me parece que el primer ejercicio para recibir estas inspiraciones de los santos ángeles, el primer ejercicio, pues, desde luego, es el acto libre, repetido, voluntario, amoroso, de buscar y servir a Dios sobre todas las cosas, eso está claro, porque es lo único que hará posible que yo esté buscando el querer divino en todo querer que me llegue. Ese es el primer ejercicio, el continuo, el continuo volver al hambre de la gloria de Dios, ese es el primer ejercicio. Pero el segundo depende de esto que hemos dicho de la forma, de la percepción de la forma humana.

Porque el conocer limpia y amorosamente a otras personas hace que nuestra alma, que también es una forma, sea capaz de recibir la impresión de otros, de recibirlos, de recibirla, insisto, con pureza. De modo que el amor al prójimo, el trato y amor al prójimo, lleno de esta pureza, hace a nuestra forma, es decir, a nuestra alma, capaz de recibir otra forma. Por consiguiente, el trato sereno y amoroso con las personas, con aquel que es nuestro prójimo, o en últimas, el amor al prójimo, dispone nuestro corazón para recibir esas inspiraciones de las formas espirituales, eso es como un segundo ejercicio.

Por consiguiente, por contraposición, ya sabemos también cuáles son los dos grandes, los dos primeros obstáculos para perseguir las inspiraciones de los ángeles. El apartarnos del afán de la gloria de Dios, del hambre, de la gloria de Dios, de entrada, nos vuelve sordos y ciegos, y el encerrarnos en nosotros mismos, el no poder acoger a las otras personas nos vuelve increíblemente torpes para percibir el paso de los ángeles. Un corazón que ame la gloria de Dios y un corazón que esté dispuesto a acoger amorosamente a sus hermanos, ya tiene un par de bases sólidas para recibir, para acoger a los santos ángeles.

Corazones en adoración y corazones con una inmensa capacidad de acogida, son los dos primeros ejercicios, pero todavía, todavía hay más. La percepción de la forma, que en últimas es todo el problema este del obedécele, que está en la escritura, la percepción de la forma es también, es también algo, es algo que se da a través de los acontecimientos de la vida con el mismo estilo de lo que nos dice el libro del Éxodo en otra parte. Cuando Moisés quería ver a Dios, Dios le dice: Métete en la hendidura de la peña, yo pondré mi mano y pasaré, y después tú mirarás mis espaldas. Mirar las espaldas de Dios es como sacar la enseñanza.

Nuestro ser por voluntad del Creador, es un ser temporal, por eso nosotros, salvo en aquellos momentos que Dios lo concede por apariciones expresas de los ángeles, que no es el modo principal de cumplir con esta palabra, no es el único, por lo menos. Y además, ese modo nosotros no debemos tratar de suscitarlo, de provocarlo, eso desorienta mucho el corazón. Tratar de producir manifestaciones extraordinarias causa más desorientación que otra cosa, porque puede volverse como una especie de concupiscencia espiritual o algo parecido que no nos va a ayudar nada. Es mejor no, no pedir que ese género de realidades extraordinarias, si Dios las quiere dar, que Él las dé y sea bendito.

Pero bueno, estoy diciendo, sin esas manifestaciones extraordinarias cuando Dios las concede, lo que podemos suponer es que nosotros los seres humanos, percibimos a los seres espirituales incluidos, desde luego, al Espíritu de Dios, lo percibimos en las espaldas, como dice la Sagrada Escritura. Es decir, percibimos más su paso que su presencia, percibimos más que estuvo y obró que percibir que está. Esta es una condición de nuestro ser temporal, percibir directamente a un espíritu ante nosotros obrando, eso lo concede Dios a algunas personas, eso es cierto que sucede y tienen, pues desde luego una inmensa belleza, como todo lo que Dios hace.

Pero para la mayoría de nosotros y para la mayoría de los que habitan esta tierra, ese no va a ser el modo principal. El modo principal está en percibir lo que ha sucedido, en darnos cuenta de lo que ha sucedido. Y de aquí surge un tercer ejercicio en la búsqueda de obediencia a los santos ángeles, la meditación sobre nuestra propia vida, el recordar lo que hemos hecho, lo que hemos dicho, lo que nos ha sucedido, casi más que lo que nosotros hemos hecho, lo que la vida, lo que la providencia divina ha hecho de nosotros.

Percibir nuestra historia, leer la historia pidiendo inteligencia espiritual hace que en muchos pasajes de nuestra vida reconozcamos, ante todo, y es lo más importante, el paso de Dios. Pero luego, también es posible ir reconociendo la asistencia, el amor, la amistad de los bienaventurados, empezando, desde luego, por los bienaventurados ángeles santos. También es posible ir descubriendo esa presencia, de manera que el tercer ejercicio para mejorar nuestra obediencia a los santos ángeles es mirar los acontecimientos de nuestra vida pidiendo del Espíritu Santo inteligencia espiritual y descubriendo las huellas de la Providencia.

Si además, hemos tenido propósito expreso de amistad, de amor y de obediencia con los ángeles, seguramente les hemos invocado muchas veces. Entonces, en este repaso de la historia, no dejaremos de fijar más nuestra atención en aquellos momentos, en aquellos acontecimientos, en aquellos eventos en los que nosotros habíamos pedido particularmente el cuidado, la inspiración, la ayuda de los ángeles. Entonces, cuando repasamos así nuestra historia, atendiendo especialmente a los momentos en que hemos invocado la bondad divina en la providencia de los ángeles, nos hace más sensibles, más sensibles a su paso.

Hay todavía un último ejercicio que nos puede ayudar a crecer en la obediencia a los ángeles. Algo que tiene que ver con el amor al prójimo. He dicho que cuando nosotros conocemos a una persona, pues conocemos de algún modo su alma, llamémoslo así. Podemos como sentir su presencia, como su estilo. La presencia de una persona, de una persona humana, por ejemplo, dentro de un recinto, no es solamente la aparición de una figura física, es algo que de algún modo afecta el ambiente. Por algo uno dice en ciertas circunstancias o de ciertos lugares, hay un buen ambiente, hay un mal ambiente.

El ambiente es algo que no depende solamente de los colores y de las figuras de las personas, sino que es algo que tiene que ver con el hecho de que tienen vida y de que están ahí. Y si nosotros estamos en la misma casa, con otras personas o en el mismo lugar de trabajo, aunque nosotros no las estuviéramos viendo, si sabemos que están, llega a haber como una especie de conciencia interior de esa presencia. Si uno hace estos tres ejercicios anteriores, la búsqueda de la gloria de Dios, la acogida continua, pura del mayor número de personas, la reflexión sobre la propia historia, sobre todo después de invocar muchas veces a los ángeles.

Si uno ha hecho esos tres ejercicios, entonces uno ha ido descubriendo como ciertos rasgos, como ciertas características del estilo de la Providencia divina en estos, nuestros celestiales custodios y protectores. Entonces es aquí, me parece, es aquí donde se realiza de una manera más íntima, pero no menos real, la comunión de amistad y de amor y de compañía con los ángeles, particularmente con el ángel de la guarda. Como que el corazón se va acostumbrando al estilo de esa presencia. Así como, aunque yo cerrara los ojos por el hecho de saber que ustedes están, queda como una impresión determinada en mi corazón, algo indescriptible, algo difícil de definir, que uno a veces le llama ambiente.

Así también, cuando se han hecho estos anteriores ejercicios, poco a poco el corazón se va ejercitando como en percibir el estilo de esa presencia, la manera de esa presencia. Y entonces, es posible establecer una comunión que es casi similar en algunos aspectos, más profunda incluso, que lo que nos sucede con las personas humanas. Un tipo de comunión, un tipo de amistad y comunicación que es difícil de describir, desde luego, pero que tiene que ver con un lenguaje del corazón. Ya no es solamente la invocación de la protección o de la ayuda, sino es algo así como un diálogo de corazones, podríamos decirlo.

Hay muchas diferencias entre el amor entre los santos ángeles y nosotros y el amor que se da en una pareja humana, son muchas las diferencias, también hay algunas semejanzas. Pues bien, una de las semejanzas, aunque hay muchas diferencias, es que los enamorados o los esposos después de mucho tiempo, van estableciendo como esa especie de diálogo de corazones que estoy llamando. Es decir, como esa manera espontánea, sencilla, de descubrirse el uno al otro con los gestos más sencillos, requiriendo muy poquitas palabras, porque una sola mirada, porque un solo gesto dice muchísimas cosas.

Del mismo modo, si una misma gracia de Dios desborda en ellos, está en ellos, y también está en nosotros y nos reviste a nosotros, y si todos estos otros que yo llamo ejercicios se van viviendo, entonces es posible establecer como esa especie de diálogo de corazones, del cual puede salir muchísimo fruto, porque me parece a mí que, sobre todo en esa etapa, sobre todo en ese momento, se puede cumplir más esto de la obediencia. Se puede cumplir más como esa percepción del querer de una persona.

A mi me parece que cuando nosotros estamos empezando, como es mi caso, en este amor y conocimiento de los santos ángeles, hasta cierto punto como que nos parecen muy semejantes o muy similares unos a otros, ya admitimos que existen y admitimos que tienen amor, inteligencia y voluntad, pero nos cuesta trabajo y solo, poco a poco, me parece, que vamos descubriendo lo que podríamos llamar la personalidad del ángel. El ángel tiene una personalidad, es persona, no persona humana, claro, su naturaleza no es humana, es naturaleza angélica, pero tiene un modo de ser particular, tiene una personalidad.

Hay que ir despacio, desde luego, en estos caminos, hay que ir con prudencia, con cierto espíritu, como llamémoslo, como crítico hacia uno mismo. No escéptico, pero sí crítico, sí despierto, no dejar que la fantasía turbe estas cosas. Hay que tener un cierto espíritu crítico, pero es un hecho que se puede avanzar en esto y que se puede ir conociendo poco a poco los rasgos de esa personalidad, y en ese diálogo de corazones se puede recibir muchísimo, muchísimo, realmente mucho. La bondad del Señor con el don de su Espíritu nos bendiga, nos permita avanzar en el amor a Dios y al prójimo y nos conduzca bajo la custodia y en la obediencia de los santos ángeles.

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