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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los pobres de YHWH, la obediencia y el Evangelio
Homilía pres028a, predicada en 20250202, con 10 min. y 47 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Esta fiesta de la presentación es muy hermosa, pero es como una cajita llena de joyas y hay que abrirla para ver lo que tiene dentro, porque por fuera parece solo como una anécdota de la infancia de Jesús, pero por dentro tiene muchos tesoros, tantos que no los vamos a alcanzar a decir todos en el espacio de esta pequeña reflexión.
Primero observemos la palabra obediencia. Usted, que estuvo atento a la lectura del Evangelio, se da cuenta que se repitió varias veces la expresión, la ley del Señor, según la ley del Señor, de acuerdo con lo dispuesto en la ley del Señor. José y María eran gente obediente. Eran gente que tomaba en serio la ley del Señor y querían vivir su vida en obediencia a Dios. Esto es muy hermoso. La razón por la que ellos estaban en Jerusalén, un viaje que no era corto. Hay que salir de Nazaret en el norte, atravesar toda Samaria, que no era amable con los peregrinos hasta llegar a Jerusalén. Eso con un bebecito. Todo eso lo hacen por un motivo. Son gente obediente, son gente que toma a Dios en serio. Creo que la palabra obediencia no es una palabra muy popular hoy, pero bueno, traduzcámoslo con la otra expresión. Gente que toma a Dios en serio. Qué bonito eso, qué bonito que en tu vida se cumpla y en la mía también. Qué bonito que se pueda decir, en mi casa tomamos a Dios en serio. Por qué a sus hijos los están educando en tal lugar, por qué nosotros tomamos a Dios en serio. Esa es la primera joya.
Segundo, tomemos la palabra periferia, una palabra que le gusta mucho al Papa Francisco. La palabra periferia hace referencia a aquellas personas que no suelen estar en el centro. Por eso se dice periferia. No están en el centro, no están en los grandes centros de poder, no están en los grandes centros de atención, no están en los grandes centros de influencia. Y resulta que todos los personajes que aparecen aquí, todos ellos son gente de periferia, empezando por José y María, que viven en la Galilea, una Galilea que era despreciada en aquella época. Imagínate que la gente llamaba a Galilea después de un oráculo de un profeta, llamaban a Galilea, la Galilea de los gentiles, como quien dice tierra perdida, tierra pagana. Allá ya ni se cree en Dios. Pura periferia. Esos eran José y María. Y luego los otros personajes son dos viejitos, dos viejitos que cada año los quiero más, supongo, porque ya casi me vuelvo viejo y ya estoy entrando. Simeón y Ana, par de viejitos que no tenían relación entre ellos pero que sí tenían cada uno una relación profunda con Dios. Simeón, un hombre que está en el extremo de la vida, ya no es productivo, como tantos ancianos. Es posible que incluso su propia familia ya ni los toma en cuenta.
De esto también nos ha predicado varias veces el Papa cuidado con darle la espalda a los ancianos. Pero ahí está Simeón. Simeón, que no le importa a nadie y que no cuenta para nadie, es importante para Dios. Y Dios le ha dado un regalo a Simeón, una revelación, un secreto que ha ido directo del corazón de Dios al corazón de Simeón. Dios le ha dicho a Simeón aguanta, no te mueras. Porque antes de que veas la muerte, tu vas a ver al Mesías. Y Simeón está aferrado a la vida. Está sostenido únicamente por la esperanza. Él vive de esa esperanza. Y así, aferrado a la vida, llega este día en el que aparecen los papás del Mesías.
Y la otra señora, quien era una viuda de ochenta y cuatro años, una viuda pobre que no sabía hacer nada, sino solamente orar y ayunar. Y a quién le importa una viejecita que lo único que hace es pasar hambre y rece todo el día, ¿a quién le importa? Le importa a Dios. A Dios le importan esas viejecitas que no le importan a nadie.
Todas estas personas. Simeón, por su parte. Ana, por su parte. José y María, por su parte. Son gente de las periferias. Pero hay otra palabra que describe mejor su realidad, son pobres de Yahvé. Son aquellos que no le creen mucho al mundo ni le importan mucho al mundo, pero le creen a Dios y se aferran a Dios y aman a Dios y ponen a Dios en primer lugar. Y si usted conoce un poquito la Biblia, usted sabe de qué clase de gente le estoy hablando. Vaya por favor a Mateo capítulo cinco o vaya a Lucas capítulo seis y usted va a encontrarse qué tipo de gente es esta. La que hemos llamado de las periferias. Esos son los bienaventurados. El texto de las bienaventuranzas en Mateo empieza diciendo, Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de Dios. Y eso es lo que son Simeón, Ana, José y María, son pobres en el Espíritu, es decir, pobres, no únicamente por las circunstancias exteriores, sino pobres, sobre todo porque sus manos son incapaces de aferrarse a lo que se muere, a lo que pasa, a lo que transita y pronto tenemos que dejar.
Desde que soy estudiante para sacerdote, desde aquellos años que ya están bastante atrás, he escuchado no sé cuántos discursos, homilías y he leído no sé cuántos artículos sobre qué significa lo de pobres en el espíritu. Finalmente me quedo con esta idea, Pobres en el espíritu son aquellos que no agarran demasiado fuerte, nada que se vaya a morir. Sus corazones están demasiado enamorados del cielo. Sus vidas están demasiado colgadas del único Dios que vive y que reina. Esto significa,y esta es la tercera joya y la última que vamos a comentar, que este texto, esto es capítulo segundo de San Lucas. Este texto nos está contando cómo se recibe el Evangelio. Qué tenemos que hacer para que el Evangelio anide en nuestros corazones. Porque no basta con oír la Palabra de Dios, necesitamos que la Palabra anide en ti, que haga una casita en ti, para que en esa casa reinando Dios pueda desde lo profundo de tu ser ponerle orden a toda tu vida. ¿Qué se necesita para que Dios anide? Se necesita obediencia, se necesita pobreza de espíritu, se necesita oración, se necesita ayuno y sobre todo, se necesita acercarse a Jesús. Una cosa que me parece hermosísima de este día y de este pasaje es que si ustedes observan, no hay un solo verbo en este texto. No hay un solo verbo que tenga por sujeto a Cristo. Ni uno solo. Y sin embargo, Él es el centro de todo. Acerquémonos hoy a Jesús, particularmente en su presencia viva de la Divina Eucaristía para recibirlo. Y hoy les invito a que cuando comulguen, digan en su corazón estas palabras, Jesús por tu misericordia, haz un nido de tu amor en mi alma. Amén.

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