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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una lección sobre cómo Cristo ilumina profundamente el corazón
Homilía pres022a, predicada en 20200202, con 27 min. y 48 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos. Es grande la riqueza y el simbolismo que tiene esta fiesta de la Presentación del Señor. Mientras invocamos el Espíritu Santo, vamos a desarrollar nuestro pensamiento en tres puntos. Primero vamos a hablar sobre la luz. Precisamente hemos empezado esta ceremonia encendiendo luces en nuestro templo y bendiciendo esas luces, esas candelas. Por eso también este día es conocido como el día de la Candelaria y como la que lleva esa luz es María Santísima. Por eso la devoción hermosa que tiene nuestro pueblo a Nuestra Señora de la Candelaria, muchas candelas, mucha luz.
Entonces, primero vamos a hablar sobre la luz, luego vamos a mirar por un momento a estos dos ancianos, Simeón por una parte, y Ana, la viuda por otra parte. Finalmente nos aproximaremos a la ofrenda que José y María dejaron en el templo, que no es otra cosa sino la ofrenda de los pobres.
Empecemos por la luz. Dice Simeón Mis ojos han visto a tu Salvador luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel. En el libro del profeta Isaías leemos un mensaje que está dirigido en primer lugar a todo el pueblo elegido, todo el pueblo de Dios. Es poco que seas mi siervo para reconstruir a las tribus de Israel. Te hago luz de las naciones. Esa es la vocación propia del pueblo elegido, del pueblo judío. Pero esa vocación se realiza en plenitud en este judío que se llama Jesucristo. En Él, como si se concentraran todas las promesas, todo el vigor, toda la fuerza, toda la vida del Antiguo Testamento, brilla esa luz para todas las naciones. Así que Simeón dijo Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
La iglesia, en cuanto es cuerpo de Cristo, en cuanto es templo del Espíritu, también está llamada a ser luz de las naciones. Por eso en el Concilio Vaticano Segundo, una de las cuatro constituciones que produjo ese Concilio hace ya más de cincuenta años, una de esas cuatro constituciones lleva por título Luz de las naciones. En latín se dice Lumen Gentium. Es una de las cuatro constituciones del Vaticano segundo, no para contraponer la luz de Cristo y la luz de la Iglesia, sino para decir que la Iglesia, en cuanto está unida a Cristo, en cuanto es cuerpo de Cristo, en cuanto es templo del Espíritu, la Iglesia está llamada a ser luz.
Pero el texto de hoy también nos ayuda a descubrir qué clase de luz es Cristo. Porque Simeón le dice a María Éste está puesto para que en Israel, según dice otra traducción que capta el sentido, unos caigan, otros se levanten. Esto quiere decir que cuando Cristo llega a nuestra vida, hay cosas que se levantan, que tienen fuerza, que recuperan vida. Pero también hay cosas que tienen que ser derribadas. Cristo, podemos decir, viene a poner orden en la casa interior del corazón nuestro. Y este es uno de los sentidos preciosos en los que Cristo es luz.
También Él dijo Yo soy la luz del mundo. Está en el Evangelio de Juan. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Y también dijo Yo he venido al mundo como luz. Entonces ya vemos que clase de luz. Muchas veces en nuestro corazón, en nuestra vida, tenemos una especie de revuelto. Cada uno de nosotros, no hay que dudarlo, tiene talentos, cualidades, virtudes y cada uno de nosotros también tiene defectos y pecados. Pero a veces todo está tan mezclado y tan confundido que nosotros podríamos hacer nuestras las palabras que decía San Agustín. Este gran santo doctor de la Iglesia, decía había dentro de mí. Oiga esta frase tan sabia de este hombre tan sabio. Había dentro de mí alegrías dignas de ser lloradas y tristezas dignas de ser celebradas.
San Agustín es uno de los grandes maestros de la vida interior. No hay en la antigüedad una persona que se le compare a San Agustín. En esa capacidad de entrar en la casa de su propio corazón y descubrir cosas que son como un universo para todo el que quiera estar atento a la vida interior. Repito, el pensamiento de Agustín. Había dentro de mí alegrías dignas de ser lloradas y tristezas dignas de ser celebradas. ¿A qué se refiere con eso? Pues piensa, por ejemplo, que Agustín ejerció un ministerio, un servicio como abogado en ese antiguo imperio romano. Estamos hablando de comienzos del siglo quinto y él como abogado a veces tuvo éxitos impresionantes, pero éxitos que consistían en defender a criminales para que no fueran a la cárcel. Entonces, ahí tienes el caso de un triunfo, de un éxito, entre comillas, una alegría, pero una alegría digna de ser llorada. Alegría que consiste en te saliste con la suya, pedazo de tramposos. Te saliste con la tuya. ¿Y eso qué quiere decir? Que lo lograste. Y eso tal vez te alegra, pero tu alegría es digna de ser llorada. Ese es el tipo de cosas que recuerda Agustín.
Otra que él recuerda es que él, que era una persona tan supremamente inteligente y con una capacidad de expresión tan dulce, tan agradable al oído. Pues era muy capaz de enamorar gente, de enamorar mujeres. Y él también podía contar dentro de sus triunfos, dentro de sus conquistas, haber enamorado muchas mujeres, haberla seducido y haber tenido relaciones con ellas. Muchos hombres dirían que machos, qué hombre soy yo. Pero esas victorias, cada uno de esos corazones rotos, cada una de esas mujeres decepcionadas y traicionadas, están mostrando que en realidad ese triunfo era un fracaso. A eso es a lo que se refiere Agustín cuando dice Había dentro de mí alegrías dignas de ser lloradas. Pero quién le puede mostrar a uno cuáles son esas alegrías dignas de ser lloradas. Esas cosas que tal vez el mundo aplaude, esas cosas por las que la gente te admira y que, sin embargo, no le gustan a Cristo. ¿Quién puede mostrar eso en el corazón? ¿Quién te puede mostrar? Aunque te saliste con la tuya y lograste acostarte con esa mujer, eres un desgraciado. Y eso que hiciste hiede. ¿Quién te puede mostrar eso? A pesar de que el mundo te aplaude porque se supone que eres un triunfador, se necesita la luz de Cristo. Se necesita que llegue Cristo para que yo descubra cuáles son las alegrías dignas de ser lloradas.
Pero también hay tristezas que son dignas de ser celebradas. Y aquí también tenemos el ejemplo del mismo Agustín y el ejemplo de otros santos. Mire usted, por ejemplo, que muchos santos llegaron a un proceso de conversión, no cuando las cosas les salían bien, sino cuando las cosas les empezaron a salir mal. Y vamos a dar dos ejemplos. Uno que es el de San Ignacio, un ejemplo tan conocido es San Ignacio de Loyola. Él tenía planeada su vida militar. Él no pensaba ser sacerdote ni nada de eso. Él quería ser un militar y un gran y exitoso general, lucirse en la batalla, cubrirse de honores, tener muchas condecoraciones. Esa era la vida que él quería. Pero fue herido, fue herido brutalmente en una batalla como consecuencia de esa terrible herida en una pierna. Este hombre requirió de muchos meses para tratar de recuperarse. Obviamente, eso no era agradable para él. Era frustrante. Era algo triste. De hecho, él veía con pavor que su posible carrera militar a la que le había entregado su corazón, su posible carrera militar se le iba a arruinar. Se le iba a dañar completamente. Pero sabe una cosa. Que eso que era una tristeza, se convirtió después en un motivo de celebración. ¿Por qué? Porque durante su larga recuperación, su larga convalecencia, él tuvo un encuentro intenso personal con Jesucristo.
Los mejores propósitos de su vida, sobre todo el propósito de la santidad, fue algo que le llegó a él cuando estaba en la peor etapa de su vida, es decir, cuando estaba malherido. A él tuvieron que hacerle dos operaciones en su pierna, con el problema de que estamos hablando del siglo dieciséis y las operaciones son sin anestesia. Yo no me puedo imaginar lo que es una operación que incluye ligamentos, rodilla, una cosa de esas sin anestesia. Las crónicas de la época dicen que para esas operaciones se requería más o menos un médico, el cual utilizaba todo tipo de herramientas como serruchos y cosas parecidas. Un médico y cuatro o cinco gigantes que lograran sujetar al pobre que iba a ser operado porque la gente gritaba y se desmayaba de dolor. Después de que le hicieron esa terrible operación, la primera, y el hombre se despierta de su desmayo, descubre al poco tiempo que la operación quedó mal hecha. Conclusión, segunda operación. Eso no es bonito. Eso no sabe bien. Pero de esas tristezas se valió Dios para llevarlo a una conversión profunda. Entonces esas son las tristezas que son dignas de ser celebradas.
Y mi otro ejemplo, vuelvo a San Agustín. Mi otro ejemplo es cómo San Agustín fue entrando en una crisis, una crisis existencial. Así como decimos en Colombia, el hombre se tentaba y no se hallaba. No sentía ganas ni gusto por nada y sobre todo padecía un terrible desengaño y descontento sobre sí mismo, porque sentía que el remordimiento de toda su vida hasta entonces tan sucia, tan puerca, ese remordimiento le golpeaba y no hallaba paz por ninguna parte. Esa etapa de su vida no fue bonita, pero de esa tristeza y de esa crisis se valió Dios. Para llevarlo ¿a dónde? a hacer el gran Santo que tenemos hoy.
Resumen de esta primera parte. Entonces, ¿cómo es que Cristo es luz? Cristo es luz, porque cuando Él va iluminando nuestro corazón y nuestra vida, nos va haciendo ver qué es lo que tiene que levantarse y crecer. Y qué es lo que tiene que derribarse y desaparecer. Como nos enseñó el anciano Simeón en el texto de hoy. Y cuando Dios hace esa obra preciosa por su enviado Jesucristo en nuestros corazones. Uno descubre como San Agustín, alegrías dignas de ser lloradas y tristezas dignas de ser celebradas. Y eso le cambia a uno la vida. Y eso solo lo puede hacer Cristo. Cuántas veces, por ejemplo, ya que hemos hablado tanto de San Agustín hoy, cuántas veces la mamá de Agustín, que se llamaba Mónica, le hablaba a Agustín, como tantas mamás le hablan a los hijos. Pero hijo, no haga eso. Pero hijo, y este hombre con esa arrogancia yo veré que hago. Mamá, usted se calla. Yo ya soy grande. Yo ya sé.
A veces el corazón humano logra para su propia desgracia, logra blindarse y se vuelve tan impermeable que ni siquiera las palabras más sabias logran entrar. Pero Dios es tan bueno que a través de la palabra portentosa, la espada de la Palabra de Cristo puede llegar hasta lo profundo del corazón y hacer esta clase de obras. Por eso hoy es un día en el que tenemos que pedirle a Dios que nos traiga esa clase de luz, porque uno vive con muchas mentiras, hermanos, y no es de extrañar que vivamos en tantas mentiras. Si vivimos en un mundo que ama la apariencia y que ama la mentira. Cuando se celebra tanto el cuerpo y se olvida tanto el alma, cuando se celebra tanto la fama y se olvida tanto la virtud, cuando se celebra tanto la eficacia y se desprecia tanto la bondad. No es raro entonces, que nuestros corazones tengan tanta confusión. Por eso hay que pedirle a Dios y lo vamos a hacer y lo estamos haciendo en esta Eucaristía. Danos la luz, dame la luz, Señor, haz que mi corazón se deje iluminar por tu palabra, por tu voz. No permitas que mi terquedad, porque tercos somos muchos, no permitas que mi terquedad, mi obstinación, mi arrogancia, mi soberbia, mi resentimiento o mi dolor me vuelvan insensibles a tu palabra.
Pasemos a la segunda parte, que es mirar un momento a estos dos personajes, ambos ancianos, uno llamado Simeón y otra llamada Ana. Resulta que el hecho mismo de que sean ancianos es importante para este relato. Como son ancianos, de alguna manera están representando esa alianza que se había vuelto vetusta, anciana, podríamos decir incapaz. La ancianidad de Ana y de Simeón de algún modo está mostrando como la antigua Alianza, por eso hablamos también del Antiguo Testamento, como la Antigua Alianza definitivamente iba quedando atrás.
Vienen a nuestra memoria las palabras del profeta Jeremías capítulo treinta y uno, allá donde el Señor habla de una nueva alianza, o las palabras de Ezequiel capítulo treinta y cinco, treinta y seis, donde el Señor habla de un nuevo Espíritu y de una nueva ley que será escrita en los corazones. La ancianidad de Ana y de Simeón es como la expresión viva, visible, gráfica, de cómo la antigua Alianza va quedando atrás. Pero aprendamos de ellos ¿qué es lo que podemos aprender de Simeón? La docilidad al Espíritu Santo.
Fíjate qué es lo que más elogia de él. Dice el texto del Evangelio de hoy. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo. Y luego fíjate lo que dice cuando entraban con el niño para cumplir con él lo previsto por la ley. Simeón, impulsado por el Espíritu, fue al templo. O sea que este es un hombre dócil al Espíritu Santo. Dios quiere que nuestras vidas sean vidas llenas de fruto, vidas llenas de verdad, de belleza y de bondad. Dios no nos creó para que fuéramos un fracaso. Dios nos creó para que fuéramos expresión de su propio ser, porque la misma Biblia dice A imagen suya nos creó. Nadie, ninguna vida humana, pequeña o grande, prolongada o breve, ninguna vida humana fue creada por Dios para ser un fracaso. Eso quiere decir que cada uno de nosotros, hermanos queridos, cada uno tiene una ruta. Pero en esa ruta es importante dejarse guiar y dejarse guiar es ser dócil al Espíritu Santo. ¿Me conviene este lugar? ¿Me conviene esta amistad? ¿Me conviene este amor? ¿Me conviene este trabajo? ¿Debo hacer este negocio? ¿Estoy cuidando apropiadamente de mi salud? ¿Estoy idolatrando mi cuerpo o estoy maltratándolo? Encontrar la medida, tomar las decisiones apropiadas, seguir la ruta conveniente. Es algo que Dios quiere. Dios no quiere que tú fracases. Dios no quiere que te vaya mal. Dios quiere que tú seas bendecido.
Ahora que esa bendición pasa también por pasajes oscuros, por trechos difíciles, eso también es cierto. Pero Dios quiere guiarte y quiere guiarme. Y ¿cómo nos guía el Señor? a través de las suaves mociones del Espíritu Santo. Llámanse mociones. Eso viene del mismo verbo de mover, motor. Llámanse mociones a los empujoncitos que le da a uno el Espíritu Santo. Dios usualmente no es violento con nosotros. Hay casos en que obra de un modo más drástico. Así, por ejemplo, uno puede recordar que a San Pablo lo tiró al suelo. Eso fue drástico. Pero la mayor parte de nosotros cuando vamos al suelo fue que nos resbalamos. O sea que no es exactamente lo mismo de San Pablo. Usualmente lo que Dios hace en nuestra vida es suave empujón. Es una suave sugerencia. Dios usualmente no se impone a nosotros interrumpiendo nuestros planes por una razón muy sencilla porque Dios no se contradice. Él nos creó libres. No tendría sentido que nos hubiera hecho libres para luego estarnos obligando a cada paso a que hagamos lo que a Él le parece. Por esa razón teológica profunda, Dios suele obrar en la inmensa mayoría de los casos, suele obrar con suavidad.
Se habla del Espíritu Santo. Es uno de los apelativos del Espíritu Santo, Espíritu suavísimo. ¿Por qué el Espíritu Santo, ese Espíritu suavísimo? porque respeta la obra que Él mismo ha hecho, dándonos una voluntad. De modo que ese Espíritu suavísimo no se impone de modo violento, sino que nos llama, quiere persuadirnos, nos invita y si nos empuja, es solo como un suave, un suave movimiento. El problema de eso es que puede ser tan suave que si uno no está atento, no lo siente. Su voz puede ser tan suave, tan discreta, que si uno tiene la cabeza llena de ruido, uno no la siente, no siente esa voz. Puede ser tan discreto el Señor que el que vive aturdido y distraído jamás se da cuenta de que Dios le quiere guiar. Y por eso no es extraño que haya vidas que van como dando tumbos ¡pum! un lado y luego otro golpe por otro lado. Y hay gente que tiene que repetir lo de la canción. Tropecé otra vez con la misma piedra. Entonces, hermanos, para no estar tropezando con la misma piedra, uno tiene que hacerlo de Simeón. Uno tiene que decir Dios mío, ayúdame a recibir tu inspiración, tu voz. Guíame. ¿Conviene o no conviene esto?
Hermanos, las grandes cosas, buenas o malas, siempre empiezan por pequeños detalles. Una llamada telefónica, una conversación de chat. El otro día estaba viendo una estadística que me dejó impactado. El aumento de los crímenes a través de relaciones que empiezan en Internet. Esa gente que empieza. Hay gente que tiene una habilidad tremenda y a través de un chat, a través de una comunicación, son capaces de irle endulzando el oído, irle endulzando el oído. Y hay gente que llega a seducir a través de Internet y eso lleva a crímenes, incluidas violaciones. Entonces póngase a pensar. Muchas de estas víctimas son niños que son víctimas, por ejemplo, depredadores, homosexuales o niñas que son enamoradas por personas a través de Internet. ¿Cómo empezó la tragedia de esa violación? Y a veces violación y muerte ¿Cómo empezó? Con una conversación con un desconocido.
Las cosas siempre empiezan chiquitas, las cosas empiezan pequeñitas y con un paso pequeñito, tú te puedes acercar a una gran bendición o por un paso pequeñito tú te puedes acercar a un abismo espantoso.
Por eso tenemos que aprender de Simeón a pedir el don del Espíritu Santo y preguntarle al Señor con gran humildad y con profunda confianza. ¿Esto me conviene o no me conviene? En lo que leemos, en lo que escuchamos, en lo que vemos, en general en las puertas de nuestros sentidos y en nuestra imaginación y memoria. Me conviene o no me conviene según tu voluntad, Señor.
Mientras tanto, la otra señora llamada Ana, que tenía ochenta y cuatro años, era una señora perseverante. Perseveraba en la oración y en la penitencia, ofrecía ayunos y limosnas. Mujer perseverante. Esa es una enseñanza para nosotros. Hay gente que quiere darle un sí a Dios por la mañana y que a la una de la tarde se le resuelva el problema. Muchas veces queremos un Dios mágico. Ana, la hija de Fanuel, nos enseña que hay que ser perseverantes. Pero otra cosa bonita que enseña Ana es que uno no puede, queridos hermanos, uno no puede caer en la tentación del respeto humano. Por todos los datos que tenemos nadie le puso cuidado a esta pobre mujer mayor, adulta mayor. Fíjese lo respetuoso que soy yo. Nadie le puso cuidado a esta mujer. Es decir, a esta viejita nadie le puso cuidado. ¿Por qué nadie le puso cuidado? Porque esta viejita loca de tanto ayunar y ayunar se deschavetó. Ya ni sabe lo que dice, dizque llegó el Mesías.
Pero es impresionante que ella no se detiene por eso. Seguramente su éxito en esta tierra fue muy poco, pero hubo quien lo vio y hubo quien lo pudo registrar en la Escritura. Y para todos los siglos está aquí el testimonio de Ana, la hija de Fanuel. Entonces de Ana, ¿qué aprendemos? que hay que ser perseverantes y no estar creyendo en un Dios mágico. Y de Ana, también aprendemos que no podemos ser esclavos del éxito inmediato ni del respeto humano.
Finalmente, hermanos, miremos a José y a María, contemplémoslos con los ojos de nuestro corazón y dejémonos conmover por este pequeño dato. Si usted va a la ley de Moisés, usted mira cuál era la ofrenda que había que hacer por un hijo primogénito. La ofrenda era un ternero o un cabrito. Eso era lo que había que ofrecer, eso era lo que ellos tenían que ofrecer. Pero la ley de Moisés, con gran comprensión, dice Si son muy pobres. Y entonces va rebajando lo que pueden dar. Y la ofrenda mínima, la ofrenda más chiquita, es lo que dice la escritura un par de tórtolas o dos pichones. A mí eso me conmueve mucho. Ver que el Hijo de Dios, el Rey del universo, vive en una familia tan pobre que no tiene para dar en el templo sino un par de tórtolas o dos pichones. Ese es el nivel de humillación. Ese es el nivel de pobreza en el que vivió nuestro Señor Jesucristo. Y si eso era tener mucho, lo mucho que tenía, lo terminó de entregar cuando desnudo y sufriendo ofreció su sangre en la cruz. Ese es Cristo, mis hermanos, esa es la manera como Cristo se ha entregado. Y esa es la manera como Él nos ha amado. Y esa es la manera como Él conquista nuestros corazones para llenarlos de luz. Que a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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