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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Demos gracias al Señor por acercarse a nuestra indigencia, porque al despojarse de su riqueza nos enriquece con su pobreza.
Homilía pres018a, predicada en 20170202, con 5 min. y 12 seg. 
Transcripción:
Cuarenta días después de Navidad. Es decir, el Dos de Febrero celebramos la Presentación del Niño Jesús en el templo. La cifra de cuarenta es necesaria porque esa era la cifra que pedía la ley de Moisés que un bebé primogénito tenía que ser presentado al Señor. Cuarenta días después de su nacimiento. Eso es lo que estamos celebrando.
Pero las personas que intervienen en el relato que hemos escuchado del Evangelio según San Lucas, tienen mucho que enseñarnos. Tenemos que aprender de la humildad de estos pobres José y María, porque efectivamente lo que ellos presentaron en el templo fue la ofrenda de los pobres. La ley de Moisés decía que había que ofrecer un cordero o cabrito, pero que sí eran muy pobres ofrecieran un par de tórtolas o dos pichones. Y eso fue lo que ofrecieron por el Hijo de Dios.
Es decir, que claramente, dentro de la escala social de la época, José y María estaban muy, muy abajo, muy en la base y lo único que podían presentar en el templo era pues eso, la ofrenda de los pobres. Nació pobre en un pesebre. Luego tuvo que huir para que no lo mataran. Tuvo que huir a Egipto, llevado por sus padres, por supuesto. Y luego, pues encontramos que toda su vida está rodeada de exclusión y de los excluidos de la tierra.
Esa parte no se la podemos arrancar al Evangelio. No le podemos quitar al Evangelio, que son precisamente estos los que parece que no cuentan, estos los que están olvidados para todos, estos son los cercanos a Cristo. Esta es la vida que llevó Cristo. Eso no se nos puede olvidar, porque esa también tiene que ser entonces la ruta de la Iglesia. Esa también tiene que ser la ruta de la evangelización. Y esa también tiene que ser la ruta de nuestra conversión.
Efectivamente, como dice alguno de los padres de la Iglesia, la riqueza, refiriéndose a la riqueza material, fácilmente predispone para la soberbia y la autosuficiencia y la soberbia y la autosuficiencia fácilmente predisponen para imponer mi propio criterio en todas las cosas y, por consiguiente, para rechazar la propuesta de Dios. Esto no se lo podemos quitar al Evangelio.
Por otro lado, dice el mismo padre de la Iglesia la pobreza, incluyendo la necesidad material, fácilmente predispone para la humildad y para la súplica. Precisamente el que ha pasado necesidad, precisamente el que ha tenido carencias, sabe lo que es pedir un favor. Sabe lo que es depender de la ayuda de otro. Sabe, diríamos en nuestro tiempo y adaptándolo a nuestras circunstancias. Sabe lo que es llegar a un despacho, lo que es llegar a una oficina y tener que hacer fila y tener que aguardar y tener que pasar por la incertidumbre de ¿me atenderán, no me atenderán? ¿será que esta vez sí me van a ayudar o no me van a ayudar? Y precisamente porque el pobre muchas veces pasa por todas estas necesidades y por todas estas súplicas, está acostumbrado hasta cierto punto, a no fiarse únicamente de sus fuerzas, porque tiene bastante claro que sus fuerzas son pequeñas porque tiene bastante claro que lo que alcanza con sus propios recursos no es todo lo que puede cubrir sus legítimas necesidades.
Entonces, repito, no podemos quitarle estas páginas al Evangelio, no podemos quitar esta realidad. A mí me parece que cuando el Papa Francisco nos pone en esta ruta, la ruta de la sobriedad, la ruta del desprendimiento, la ruta de una vida sencilla y él trata de vivirlo hasta donde puede. Yo creo que nos está dando una lección a todos, porque repito, fue ese el tipo de vida que llevó Cristo. Fue esa la manera como nació. Fue eso lo que se pudo presentar por Él en el templo. Fue eso, por consiguiente, lo único que acompañó y que arropó su desnudez, hasta que también eso lo perdió en la cruz por amor a todos nosotros.
Demos gracias al Señor por su despojo. Demos gracias al Señor por acercarse a nuestra indigencia, porque Él, como dice San Pablo, siendo rico de todo, se despojó para enriquecernos con su pobreza. Y aprendamos también nosotros a dar la ofrenda de los pobres. Aprendamos también nosotros a dar lo pequeño y poco que tenemos, que si lo damos con la fe de José y María, estoy seguro de que es precioso, es valioso y muy bien recibido en las moradas celestiales. Así sea.

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