Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Simeón y Ana son embajadores de los "Pobres de Yahvé" que con su humilde perseverancia alcanzaron la aurora del Nuevo testamento.

Homilía pres017a, predicada en 20160202, con 14 min. y 41 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos. El Evangelio de hoy contiene aquel cántico que la Iglesia ha hecho suyo para la última hora litúrgica de la jornada, es decir, para las completas. Quién dice este cántico es un hombre llamado Simeón, el cual es descrito con estas palabras. Nos dice que Simeón era un hombre justo y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel. Y recibió ese consuelo y pudo encontrarse con el Mesías. Y en el Mesías encontró su descanso. El término de sus anhelos, el final de su peregrinación.

Quisiera que nos preguntáramos por este hombre y por otros cuantos testigos que San Lucas presenta al comienzo de su Evangelio. Hay también una mujer llamada Ana. Para aquellos familiarizados con la Escritura y con la historia de salvación, hay algo muy extraño en esta mujer. Se nos dice que es Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Pero sucede que en la división de los hebreos entre el Reino del Norte y el Reino del Sur, cosa que sucedió en el siglo décimo antes de Cristo, las únicas tribus del sur son Judá y Benjamín. O sea que la tribu de Aser, lo mismo que la tribu de Neftalí, Simeón y todas las demás. La tribu de Rubén. Todas las otras eran las tribus del norte, del Reino del Norte. Y sabemos que ese Reino del Norte que tomó el nombre de Reino de Israel, desapareció por la invasión de los asirios.

O sea que este personaje, esta Ana, con el debido respeto hacia ella, es como una especie de fósil viviente de donde vienen todavía aparecer sobrevivientes de la tribu de Aser. Si se supone que por allá en el siglo octavo antes de Cristo se acabaron esas tribus del norte, uno no vuelve a encontrar supervivientes de la tribu de Rubén, la tribu de Dan, la tribu de Neftalí. Eso ya no aparecen más. ¿Quién es esta mujer?

Otros personajes que aparecen al comienzo del Evangelio de Lucas son, por ejemplo, Zacarías e Isabel. Y los menciono en este contexto porque Zacarías, Isabel, Simeón y Ana son todos personas muy mayores. Pero además de la edad, les une otra cosa. Podemos decir que ellos son como las manos extendidas del Antiguo Testamento, manos que quieren tocar la salvación.

En el libro de Daniel hay un texto sumamente impactante que describe la condición del pueblo de Dios en esos largos siglos después del retorno del destierro. O quizás un poco después, podríamos llegar hasta los profetas Malaquías y Zacarías. Pero después de la profecía de Zacarías. Silencio total, ya no vemos nuestros signos, ni hay profeta, y nadie entre nosotros sabe hasta cuándo. Ese prolongadísimo silencio de Dios que viene a ser como una especie de segundo destierro para el pueblo elegido. Ese es el crisol en el que se consolidó la fe y la esperanza de hombres como Simeón o como Ana. Dicho de otra manera, estos personajes tan extraños son como embajadores del Antiguo Testamento que alcanzan a llegar hasta las playas del Nuevo Testamento.

A mí me impacta mucho la figura de Simeón, un hombre mayor, un hombre que ha recibido una promesa. Un hombre que parece estar disputándole a la muerte un pedazo de esperanza. Hasta que al fin, movido por el Espíritu, entra al templo y puede tener en sus brazos al Mesías. La mejor manera que puedo encontrar para describir a personas como Ana o como Simeón es utilizando aquella expresión tan bella de Sofonías o de Isaías. Ellos son el pequeño resto. Ellos son los anawin. Ellos son los pobres de Yahvé. Ellos son, como dijo Isaías, el germen, apenas el brote, el brote humilde pero firme de algo nuevo. Y esas personas, esos pobres de Yahvé, esos que se han desengañados de todas las grandezas de este mundo, esos que han aprendido a no creerle a nadie, pero creerle todo a Dios. Esos son los personajes que rodean a Cristo en la fiesta de hoy.

Encontramos dos personas mayores, Simeón y Ana, y encontramos dos personas, seguramente jóvenes, José y María. La juventud de lo que empieza y la edad madura del que ha perseverado. Podemos decir que en la fiesta de hoy, como en la Visitación de María a su prima Isabel, se abrazan, alcanzan a tocarse el Antiguo y el Nuevo Testamento. Y es Cristo el lazo que lleva a plenitud del lazo que une estas dos fases de la revelación divina. Por una parte, reúne la plenitud de todo lo que Dios prometió en el Antiguo Testamento y por otra parte, empuja las puertas, abre el camino para la nueva Alianza. Debemos definitivamente ubicar a Simeón y Ana lo mismo que a Isabel y Zacarías, aunque estos dos ya estaban agotados en su espera, según vemos. Debemos ubicar a todos ellos dentro de ese rebaño humilde de creyentes que han sido maltratados, que han sido excluidos, que han sido humillados, Pero que conservan la fuerza de su fe en Dios.

Y destaco este aspecto porque el Dos de Febrero nuestra Madre, la Iglesia desde hace ya bastantes años, celebra una jornada especial por la Vida Consagrada. Y yo pienso que esa espiritualidad de estos pobres de Yahvé, esa espiritualidad de estos anawin, eso es lo propio nuestro, esa es la manera de ser consagrados, esa es la manera de ser religiosos. Mire las cualidades de Simeón y de Ana y verá que ahí están las cualidades de un consagrado. Es justo y ya sabemos lo que significa justo. El que se apega al querer de Dios, el que lo busca con todo su ser, el que se ejercita en la obediencia de amor, es piadoso, sensible al amor, sensible a la ternura de Dios, es lleno del Espíritu Santo.

Nos decía en la lectura el Papa Juan Pablo Segundo. Cómo el Espíritu es el que crea y recrea y renueva no solo la faz de la tierra, sino este misterio de amor que es la vida religiosa. Y Ana, ¿cómo se describe Ana? Se nos dice aquí. Que no se apartaba del templo día y noche sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ahí está la vida contemplativa. Y luego dice Daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Ahí está la vida activa, la vida apostólica. Parece increíble que estos hombres. En el ocaso de su vida, Simeón y Ana, quiero decir, en el ocaso de su vida, son un modelo para nosotros. Esta es la espiritualidad nuestra.

Repito, los rasgos principales apegados al querer de Dios, sensibles al amor, llenos del Espíritu Santo, cercanos a la casa de Dios, cercanos a la Iglesia, próximos a la iglesia, nunca en contra de la Iglesia, nunca, siempre próximos al templo, siempre próximos a nuestra Madre, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones penitentes y contemplativos, dando gracias a Dios y anunciando el Evangelio. Ese es el retrato de la vida consagrada. Esos somos nosotros, eso es lo que estamos llamados a hacer. Pero si es verdad como creo, la hipótesis de que estos Ana y Simeón eran como prolongación de esa espiritualidad de los pobres de Yahvé, quiere decir que nosotros solo podremos vivir nuestra consagración en plenitud si de verdad adoptamos esa espiritualidad.

Y lo propio de los pobres de Yahvé es esa capacidad de no aferrarse a nada, de no apegarse a nada y de no creerle demasiado a nada, sino solamente al Señor. Es ese aferrarse a Dios y mirar con sana desconfianza tantas cosas que pasan. Como dice esta santa recientemente canonizada la Santa colombiana, Santa Laura Montoya. Yo dejo que pase lo que pasa y yo me apego al que no pasa. Eso es lo propio de un religioso dejar que pase lo que pasa. O como dice, primera Corintios siete, los que tienen como si no tuvieran, los que negocian como si no negociaran. Eso es lo propio de toda vida cristiana, según san Pablo, pero especialmente de nosotros. Dejar que pase lo que pasa y aferrarse al que no pasa.

Hay una maravillosa continuidad entre la espiritualidad de los pobres de Yahvé y la espiritualidad que Cristo propone en sus Bienaventuranzas. En el capítulo quinto de San Mateo, por supuesto y en el capítulo sexto de San Lucas. Si queremos asomarnos a la esencia, el corazón mismo del Evangelio, hay que llegar a las Bienaventuranzas. Pero si queremos hacer comprensibles las Bienaventuranzas, hay que saber entroncarlas en estos pobres. ¿Quiénes son los que le entienden El discurso de las Bienaventuranzas a Cristo? Pues los santos que han vivido a plenitud ese mensaje. Pero en su tiempo, ¿Quiénes son los que le entienden a Cristo las Bienaventuranzas? Estos pobres, estos pobres de Yahvé, que no han puesto su confianza en otro, estos pobres de Yahvé que ven desde la distancia toda la presunción y toda la arrogancia de un Pilato, de un Herodes, de un Anas, de Caifás y por supuesto, de las legiones romanas. Miran a distancia, no le creen a eso, no le creen a esa parafernalia. No le creen a ese espectáculo. No le creen a ese show. Eso no lo creen. Permanecen distantes de toda esa vagabundería y de toda esa farándula. Y desde un bajo perfil y desde una convicción profunda y desde un camino de sencillez y de fe, se apegan, se aferran a Dios. Esos son los que entienden las Bienaventuranzas.

En resumen, queridos hermanos, lo que yo veo en este texto precioso es como una especie de triángulo que relaciona, por una parte los pobres de Yahvé. Por otra parte, el mensaje de las Bienaventuranzas y por otra parte, la Vida Consagrada. Y en ese triángulo tenemos que movernos nosotros, bebiendo de la espiritualidad de los que se desengañaron de todo, bebiendo de la espiritualidad, de la verdadera felicidad y Bienaventuranza, como la propone Cristo. Llegaremos a ser genuinos testigos del Evangelio. Llegaremos a ser sonrisa de Dios para nuestro tiempo, testigos creíbles como los que el mundo necesita. Así tantas veces lo rechace.

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