Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Presentar ante Dios lo que somos y tenemos es reconocer que lo nuestro es en primer lugar suyo.

Homilía pres015a, predicada en 20150202, con 4 min. y 58 seg.

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Transcripción:

El Dos de Febrero, nuestra Iglesia Católica celebra la fiesta de la Presentación del Señor. Creo que es interesante hacer una comparación entre las costumbres de aquella época y nuestras costumbres cuando se trata de esto de un nuevo miembro en la familia. ¿Cuál es la actitud que vemos en muchos padres de familia cuando tienen sobre todo su primer hijo? La actitud muchas veces y es entendible, es un volcarse con cariño, con detalles, con ternura hacia ese bebé, toda la dulzura y todos los cuidados de una mamá, toda la generosidad, la alegría y podemos decir el sano orgullo de un papá, se hacen presentes con ese primer hijo. Esa es, digamos, la norma en los hogares y en las parejas felices de nuestra época.

La ley de Moisés, sin embargo, planteaba algo distinto y es bueno subrayar esa diferencia en la ley de Moisés. Era importante, es decir, estaba mandado que el primogénito fuera ofrecido a Dios. Pensemos lo que esto significa para una persona que siente a ese bebé tan profundamente suyo, porque eso es lo que sienten los papás. Sienten que ese es su bebé. Este es el mío. Pero la ley de Moisés dice que eso que tú sientes tan profundamente tuyo, eso es precisamente lo que le vas a ofrecer al Señor en el templo. Aquello que es el fruto de tus entrañas, aquello que es el motivo de tu orgullo, aquello que es tu mayor alegría probablemente en la vida.

Muchas mujeres dicen abiertamente que nada les ha cambiado tanto la existencia como el hecho de ser mamás, y sienten que ese regalo de la maternidad no solamente es una nueva vida para el mundo, sino una nueva vida para ellas mismas. La ley de Moisés dice eso, que es lo más grande y lo más transformante de tu vida. Hay que vivirlo en clave de Dios, en clave del Señor. El acto de entregar el primogénito supone una cierta inmolación, pero sobre todo es un acto de fe, un acto de adoración, un acto de reconocimiento de la soberanía de Dios. Es una proclamación de que toda vida viene de Dios. Es una proclamación de que nosotros no somos los autores últimos de la vida, ni siquiera en el caso de aquellas personas que engendran que tienen a sus hijos.

Y en este sentido yo veo una profunda actualidad de eso que mandaba la ley de Moisés. Que bueno recordar a los papás, que bueno recordar a los que engendran, a los que tienen hijos. Que bueno recordarles que esos hijos son en primer lugar de Dios. Que Dios es el autor de la vida, porque automáticamente eso pone un límite, un límite que nos obliga a respetar el misterio de la vida, a respetar la dignidad de la vida, a respetar la grandeza y la belleza de la vida. Por una parte, y por otra parte, además de respetar el hecho mismo de que esa vida exista, es el descubrir que esa vida tiene que seguir su rumbo, no de acuerdo con las preferencias, con los intereses, con los gustos de los papás, sino en primer lugar de quien es el único dueño de la vida. Es decir, es una proclamación del señorío de Dios.

Al presentar sus hijos a Dios, los israelitas estaban diciendo Dios es el que tiene que guiar a este hijo mío, Dios es el que tiene que mostrarle el camino. A veces los papás hacen demasiados planes con respecto a los hijos. Si, por ejemplo, el papá tiene una gran empresa, es muy difícil que no vea a sus hijos o a uno de ellos, por lo menos, que no lo vea como este es el que va a seguir mi imperio, este es el que va a seguir mi gran empresa. La Biblia tiene una mirada diferente. Tu hijo no es en primer lugar el continuador de tu obra. No es una prolongación de ti, es un regalo, es un don que viene de Dios y es una proclamación viva de quién es el Señor. Si nosotros tomamos en serio estas enseñanzas, descubrimos que hay mucho que podemos aprender de esa ley que en un momento dado podía parecernos distante o lejana.

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