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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo es luz porque muestra la santidad más grande en el vestido de la más humilde misericordia.
Homilía pres014a, predicada en 20140202, con 37 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, como hemos dicho desde el comienzo de esta Celebración, hoy tiene gran importancia la palabra luz. Jesucristo es llamado Luz. Luz para alumbrar a las naciones. Sucede algo muy interesante con la luz. Para que pueda servirnos no puede estar ni demasiado lejos ni demasiado cerca. Cuando una luz está demasiado cerca, decimos que estamos encandilados. Y ese exceso de luz no nos deja ver nada más. Y quedamos más bien ciegos, aunque sea por unos momentos. Pero si la luz está demasiado lejana. Tampoco nos sirve porque no es capaz de alumbrar el camino que tenemos que recorrer o las páginas que tenemos que leer. Entonces la luz sólo puede prestar su servicio si está a la distancia correcta.
Y las lecturas de hoy, queridos hermanos, nos hablan sobre cómo Dios encontró la distancia exacta, la distancia correcta para que Cristo pudiera ser verdaderamente Luz. En Cristo están todas las perfecciones de Dios, según aquello que dice el apóstol San Pablo en Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad. Por consiguiente, en Cristo está toda la Santidad de Dios. Pero ¿qué pasa cuando el ser humano se enfrenta con la Santidad de Dios? Pasa lo mismo que cuando nos ponen la luz demasiado cerca.
En el Antiguo Testamento se cuentan varios pasajes en los que Dios mostró su inmensa Santidad y ni siquiera con toda su fuerza. El efecto que causa la Santidad de Dios es aplastante. Así leemos que el pueblo peregrino por el desierto, llegó a la Montaña Santa, y estando allá Dios le dijo a Moisés. Mañana me voy a mostrar al pueblo. Y efectivamente, desde temprana hora se reunieron las tribus de Israel y efectivamente, la montaña, la Montaña Santa, la Montaña de la Alianza se fue cubriendo de espesos nubarrones y un ambiente extraño fue llenando a esa asamblea un aire de expectativa, de pequeñez ante la inmensidad de ese cielo tan misterioso, con esos tonos grises aunque apenas empezaba el día y de repente empiezan a desatarse relámpagos luminosísimo los truenos espantosos que parecían como el rugir de una fiera. La gente puesta en pie a duras penas lograba contener las expresiones de miedo frente a ese espectáculo, pero todavía no había empezado lo más serio.
En el mismo lugar donde Moisés había hablado con Dios, empieza a aparecer un resplandor, una luz. Y ahí es cuando la gente empieza a gritar de miedo, porque el monte que ellos conocían muy bien, porque lo habían visto muchas veces, empieza a arder. El cielo en relámpagos, los truenos que retumban, ese gris espantoso y las llamas que parecen arder en ese monte. La gente no aguantó más, le dijo a Moisés. Háblanos tú, que no nos hable Dios, háblanos tú. No aguantaron. Era un espectáculo demasiado fuerte.
Y hay otra escena que se encuentra en el profeta Isaías y que muestra también uno que se acercó un poquito, apenas un poquito, a la Santidad de Dios. Este fue un hombre privilegiado, con dones de naturaleza y de gracia. Un hombre llamado Isaías, el profeta. Isaías pertenecía a familia sacerdotal. Había recibido una educación privilegiada. En esa época en que era un privilegio realmente saber leer y escribir. Isaías no sólo sabía leer y escribir, sino que lo hacía con una gracia, con una hermosura que todavía hoy impacta nuestro corazón. Es uno de los grandes poetas que ha tenido la humanidad. Ese hombre tan culto que sobresalía por su inteligencia y por su erudición, por encima seguramente de todo el pueblo. Tenía, sin embargo, un anhelo más grande. La fuente de su inspiración era Dios mismo y por eso era un hombre de oración.
Entró un día para hacer oración en el templo. Esto se cuenta en el capítulo sexto del libro que lleva su nombre. Y estando ahí en el templo, de repente las paredes del templo parecía que se movían. Y entonces después entendió que era como si se viera una especie de cortina y después entendió que no era una cortina, era esto el ruedo, el ruedo del vestido de Dios, la parte inferior del vestido de Dios. Él no vio a Dios. Él no vio los pies de Dios. Él no vio el rostro de Dios. Era apenas la parte inferior de su vestido que pasaba fugazmente por el templo. Y esa sola visita apenas de la ropa, llamémoslo así, en esa visión. De la ropa que tenía Dios, en esa visión, esa sola visión iba acompañada de unos cantos. Aparecieron unos seres hermosísimos, unos seres hechos de fuego con una luz intensísima y que tenían tres pares de alas. Y estos seres empezaron a cantar cada vez con más fuerza. ¡Santo, Santo, Santo, Santo! Isaías se quedó estupefacto. Se quedó aterrado. No estaba viendo a Dios. Apenas estaba viendo el borde del manto, la parte inferior del borde del manto. Pero es que ese templo, que era un templo inmenso, apenas servía para que cupiera ese borde del manto.
Y luego esas voces de esos querubines que repetían Santo, Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos. Llenos están el cielo y la tierra de su gloria. Hosanna, Hosanna. Él tuvo como una visión del cielo.
De inmediato se dio cuenta, la distancia infinita entre esos seres de luz, esos querubines y él dijo estoy perdido. ¡Ay de mí! Soy hombre de labios impuros y habito en un pueblo de labios impuros, y mis ojos han visto al Señor. Fíjate como él habla hombre de labios impuros. Y él era la persona que mejor sabía hablar en Israel. No había una persona que hablara como él. No había un predicador como Isaías. No había un escritor como Isaías. Y yo simplemente le digo a usted lea a Isaías y usted descubrirá de qué personaje estamos hablando. Pues el mejor predicador de ese tiempo, el mejor escritor. Porque él escribía y predicaba. Se sintió desbordado por la Santidad de Dios. Él descubrió que su boca, esa boca de la que salían, esos discursos hermosísimos, era como si fuera basura. Frente a esa imagen tan hermosa que había visto, frente a esa Santidad descomunal de Dios.
Y entonces él dijo estoy perdido. Uno de los querubines fue volando y tomó con unas tenazas un carbón encendido del altar del templo, y se acercó a Isaías y le puso ese carbón en la boca, y le dijo esto te ha purificado. Del altar de Dios salió ese fuego que limpió la boca de Isaías. Y esa purificación vino inmediatamente después, seguida por una voz del cielo.
El Señor dijo ¿a quién enviaré? Y ¿quién irá de parte mía? Porque era un tiempo en el que se necesitaba la voz de Dios. ¿Quién irá de parte mía? Isaías, que había recibido fuego del altar. Fíjate la relación que tiene el altar con el cielo. Que había recibido fuego del altar. Isaías dijo, Aquí estoy, Señor, envíame a mí. Y así se convirtió en profeta de Dios. Fíjate qué imagen tan impresionante. Y eso no fue ver a Dios todavía. Eso fue ver el ruedo del vestido. Eso ¿qué quiere decir? Que realmente Dios nos supera, pero nos supera de tal manera que nuestra pequeñez, nuestra fragilidad, nuestra contingencia, nuestro pecado. Nos humilla, nos aplasta, nos deja sin aliento ante Él. Por eso, si Dios en este momento nos mostrará quién es Él y nos mostrará quién es cada uno de nosotros, empezaríamos a caer muertos uno tras otro. Esto no me lo estoy inventando yo. Esto le pasó al profeta Ezequiel.
Es que los profetas son cosa seria, hermanos, porque los profetas tienen la unción de Dios. Ezequiel estaba predicando, Ezequiel también era de familia sacerdotal y Ezequiel tuvo que sufrir muchísimo porque había una terrible corrupción en los sacerdotes del templo de Jerusalén en esa época, mientras que seguían oficiando el sacrificio mandado por la ley de Moisés en sus corazones se habían convertido a la religión de la astrología. Eran sacerdotes, astrólogos y eso le tocó verlo a Ezequiel y eso le rompió el alma a Ezequiel. Entonces Ezequiel tuvo que empezar a predicar. Y la palabra de Ezequiel estaba cargada de una potencia supremamente fuerte. Una vez estaba Ezequiel predicando sobre lo terrible que es el pecado, sobre la destrucción que trae el pecado y sobre la inmensa Santidad de Dios. Y él estaba predicando, y era tanta la fuerza de su Palabra, mostrándole a la gente lo que hace el pecado y mostrándole a la gente quién es Dios. Que uno de los que le estaba oyendo cayó muerto ahí mismo, ahí delante de Ezequiel. Porque no puede uno soportar tanta luz, es demasiado. Y porque cada uno de nosotros, empezando seguramente por mí. Somos demasiado pequeños, demasiado frágiles, demasiado pasajeros y demasiado pecadores. Por eso Dios no anda mostrando de esa manera su absoluta majestad. No la resistiríamos.
Dios le explicó a Moisés El ser humano no puede verme y seguir viviendo. No se puede. Porque nuestros caminos muchas veces están muy lejos de Él. Como dijo por boca de Isaías Mis caminos están distantes de los caminos de ustedes. Entonces esa luz tan cercana no se puede porque uno se moriría. Hay una especie de muerte que, sin embargo, da vida. Dios le ha concedido a algunas personas, entre las cuales se cuenta, por ejemplo, Francisco de Asís, muy señaladamente o se cuenta San Agustín de Hipona. Dios le ha concedido a algunas personas una especie de muerte, un dolor como si fuera a morirse, morirse de puro dolor por el pecado propio y también por el pecado del mundo. Pero morirse sin morirse. Ese dolor de haber ofendido a Dios, ese dolor espantoso que en el caso que les conté de Ezequiel, llevó a la muerte de uno que no aguantó más y ahí cayó. Yo espero que aquí no caiga gente así, porque entonces se complica un poco la celebración.
Dios le ha concedido a varios santos ese dolor, ese dolor perfectísimo que proviene de ver quién es Dios y quién soy yo. ¿Quién es Dios y quién soy yo? ¿Qué he hecho por él? ¡Uy! Varios santos se han convertido con esa pregunta. Si yo me muero esta noche ahí, ¿qué va a pasar? ¿Yo qué he hecho realmente? ¡Por Dios! Hay gente que dice no, yo he hecho mucho por mis hijos. Yo he hecho mucho por mi esposo, por mi esposa. Pero ¿qué he hecho por amor a Dios? ¿por Él? ¿por amor a Él yo qué he hecho? Y muchas veces la persona se siente con las manos vacías y es bueno que llegue a nuestro corazón esa convicción, porque cuidado con llegar a la muerte así. Esa va a ser una terrible confusión.
Acuérdate lo que nos dice el capítulo veinticinco de San Mateo ¿Qué le vamos a responder a Cristo? Qué le vamos a responder a Cristo cuando pregunté. Bueno y ¿Qué pasó? Que yo tenía hambre y no me diste de comer. ¿Qué pasó? ¿Por qué te encerraste en ti mismo? No es que mi esposo. Es que mis hijos. Es que mis amigos. Es que mis estudios. Yo tenía que hacer cuatro posgrados. Yo decía, después del quinto posgrado empiezo a ayudar. Pero resulta que entre el tercer y el cuarto posgrado ¡cataplum! tuvo un accidente. Un accidente le da a cualquiera. A ver quién está exento aquí de accidentes. A todos nos pueden pasar los accidentes. Entonces uno no puede estar aplazando la hora de Dios, que yo voy a servir a Dios más adelante. Ya cuando tenga mi bastón, yo ayudaré con mi bastón a espantar los ratones del templo. No, usted tiene que pensar ahora, si usted se muere ahora, usted ¿qué hizo por Dios?
Y óiganme, sobre todo los que pretenden frenar la obra de Dios. Que hay gente que se atreve a eso. Muy especialmente los que están metidos en sectas que dividen a la Iglesia. Están luchando contra Dios. Los que están metidos en grupos masónicos o pro masónicos. Cuidado con eso. Están luchando contra Dios. La gente que está en grupos satánicos está luchando contra Dios. Pero hay otra forma de lucha contra Dios. Esas personas que nunca se comprometen porque siempre tienen algo que hacer. No, yo estoy aquí con mis amigos. Yo soy buen amigo de mis amigos. Yo estoy aquí con mi familia. Muy bueno que hagas algo por tu familia. Pero ten cuidado. A veces. Detrás de esa frase. Yo estoy con mi familia. Le estamos negando algo a Dios, a veces. ¿Por qué? Porque tú no eres únicamente miembro de una familia. Eres miembro de una iglesia y de una parroquia y de una sociedad. Entonces, si tú recibes de la sociedad, de la parroquia, de la Iglesia, tú no puedes recibir de todos y únicamente dar para la familia no se puede. Si usted recibe de todos, tiene que ayudar a todos. Entonces, ojo en las familias. Hay que enseñar a los hijos desde pequeños a que hay que apoyar las obras de la iglesia.
Pero sigamos con nuestro tema de la luz. Si Dios nos revela la plenitud de su ser, seguramente caemos muertos. Por eso dice la segunda lectura del día de hoy. Jesús quiso tener con nosotros una común naturaleza con el fin de derrocar muriendo Él mismo el que tenía la muerte en su poder, es decir, al diablo. Jesús, que tiene con nosotros una común naturaleza. Y dice más adelante fue preciso que se hiciera en todo semejante a sus hermanos, para poder ser el sumo Sacerdote misericordioso y fiel. ¿Quién es Jesucristo? Jesucristo es el Dios con nosotros.
Pero hay algo maravilloso que sucede en Jesucristo que teniendo toda esa Santidad de la que hemos hablado, la Santidad que brilló en la montaña allá con Moisés, la Santidad que brilló en el templo allá con Isaías, la Santidad que brilló en la plaza donde predicaba Ezequiel, teniendo toda esa Santidad al mismo tiempo, toda esa inmensa, inmensa Santidad está envuelta, está contenida en un saco maravilloso de Compasión y de Misericordia. Lo maravilloso de Cristo y lo que hace que Cristo pueda ser la luz de mi vida es que tiene toda la Santidad de Dios, pero tiene toda la fragilidad, tiene toda la limitación y tiene toda la capacidad de padecer que tengo yo también. Es decir, Cristo se ha hecho de tal manera semejante a nosotros que la Santidad inmensa, la luz inmensa que hay en Él, no nos aplasta, sino que ilumina nuestro camino.
Lo voy a decir de otra manera. La razón por la que Jesucristo es nuestra luz es porque Él es al mismo tiempo infinitamente Santo e infinitamente cercano. O de otra manera es infinitamente fiel y por eso recto y sin pecado y es infinitamente compasivo y por eso cercano. Y por eso, hermano. Y ese era, nos dice la carta a los Hebreos. Ese era el sumo sacerdote que nos convenía, porque está tan cerca de nosotros y sin embargo no nos deslumbra, es tan perfecto y sin embargo su claridad nos llega. Por eso Jesucristo es nuestra Luz. Cuando nosotros decimos esta es la Luz de Cristo y yo la haré brillar. Cuando decimos que Cristo es nuestra Luz, lo que estamos diciendo es que Él tiene la combinación exacta de la perfecta Santidad y la perfecta Misericordia, y que esa combinación, y que esa maravillosa combinación de la Misericordia y de la fidelidad es lo que hace que yo pueda encontrarme con Cristo.
Yo puedo sobrevivir al encuentro con Cristo, y yo, de hecho, recibo vida del encuentro con Cristo, porque Él ha querido verter en el vaso de la Misericordia todo el poder, toda la Santidad de Dios. Tiene toda esa luz de Moisés, tiene toda esa Santidad que vio Isaías, tiene toda esa potencia que impresionó a Ezequiel, pero todo eso lo tiene metido en un vaso de compasión y de Misericordia, de entrañas, de solidaridad con nosotros. Y por eso esa humildad infinita de Cristo y esa compasión de Cristo son las que hacen que nosotros nos podamos acercar a Él. Podamos encontrar esa inmensidad de Dios sin ser aplastados.
Hubo momentos en que Cristo dejó brillar un poquito, un poquito de la Santidad que llevaba dentro. Cuando hizo el milagro de la pesca milagrosa, la llamada precisamente pesca milagrosa en el lago cuando era mediodía, que no es la hora de la pesca. Y Jesús le dice a Pedro váyase para el centro del lago, que no es donde se consiguen esos pescados. No era la hora, no era el lugar. Y con la sola palabra de Cristo empieza esta gente a sacar pescado y salen más y más y más, que se les empieza a hundir la barca y tienen que hacerle señas a la otra barca. Y Pedro subía esos pescados, los pescados subían y las lágrimas bajaban porque Pedro sabía que esto no puede estar sucediendo. Está pasando un milagro aquí. Aquí ante mis ojos.
Y Pedro se siente el hombre más miserable, como le pasó a Isaías en el templo. La misma impresión que tuvo Isaías cuando vio la Santidad de Dios apenas con el ruedo del manto. Así también Pedro se quedó aterrado, porque le estaba pasando un milagro, y él estaba sacando el milagro del agua. Él estaba viendo esos peces, ¡por Dios! y Pedro conocía ese lago. Pedro conocía cómo era ese lago. Eso no podía estar pasando sino por el poder de la Palabra de Cristo. Y cuando él saca esos peces y esa barca a punto de hundirse, también casi se hunde Pedro. Pedro cayó a los pies de Cristo y le dijo Apártate de mí, yo soy un pecador. Pedro quedó desbordado. En ese momento, Cristo reveló un poquito de la Santidad que tenía. Casi se nos muere Pedro ahí, casi faltó esto pa que se muriera Pedro. Pero no se murió.
No contento con eso, Cristo se llevó al mismo Pedro, a Santiago y a Juan a una montaña alta, muy probablemente el monte Tabor. Y entonces dijo vamos a orar. Y entonces Jesús inclina la cabeza y empieza a orar. Y estos más o menos trataban de seguir la oración. De repente voltean a mirar y resulta que del rostro de Cristo salía luz. Oiga, Santiago, ¿usted está viendo lo mismo que yo mano? Ese era un Pedro santandereano. Santiago, Santiago, póngale cuidado. No, no, no, yo no miro. Yo no miro. Yo no miro, hermano. Yo no miro, hay algo raro. Juan, Juan ¿Si está viendo? Oiga, empieza a llenarse de luces este hombre. La ropa de Cristo, que era clara, se volvió clarísima. Como nadie podría lavarla. De la ropa salía luz y el rostro ya no se le podía ver. Era un puro sol y era algo tan hermoso pero tan hermoso que entonces a Pedro le sucedió un fenómeno psicológico. Por si acaso conocen algún psicólogo por ahí, no sé si conozcan algún psicólogo. Fenómeno psicológico. El fenómeno psicológico es que en ciertos momentos una impresión demasiado fuerte saca a la persona de la percepción de sí mismo. El nombre que eso tiene en griego es Éxtasis, que significa literalmente situarse por fuera de sí mismo.
Pedro estaba contemplando algo tan supremamente bello que se le olvidó. Por un momento se le olvidó su propia existencia, su propio ser, y entonces le dijo a Cristo ¡Qué bueno estar aquí! Hagamos tres tiendas, tres enramadas, una para ti, otra para Moisés, otra para Elías. Él lo que quería era que no se acabara lo que estaba viendo. Pero fíjate que no pensó en él. No dijo una para mí, ni dijo hagamos un butaquito para mí. Él no quería nada para sí mismo. Él estaba fascinado con lo que estaba viendo. Eso mostró Cristo, pero fueron instantes.
Termino contándoles una noticia. El mismo Cristo, ese mismo Cristo, es el Cristo que se hace presente en la humildad de nuestro altar. Oiga, ¡qué bella es la fe católica! ¡qué bella! La pobre gente protestante tienen predicadores a veces con mucha elocuencia, pero qué tristeza, un predicador que no sea capaz de reconocer a Jesús en la Eucaristía. Se pierde lo mejor él y le quita lo mejor a la gente. Entonces mire lo que sucede en el altar. En el altar, mi querido hermano, en el altar, querida hermanita, ¿qué es lo que sucede? En el altar tenemos esa Santidad de Dios, esa Santidad de la Transfiguración, esa Santidad que impactó a Isaías, esa Santidad que hacía temblar. Había que ver cómo temblaban esos hombres, le sonaban las rodillas, le temblaban las rodillas, allá la gente. En la escena de Moisés y la montaña Santa, todos esos hombres valientes porque eran machos, remachos y recontra machos. Pues ahí hay que ver a los machos y toda la machera temblando piernas. Oiga, vámonos de aquí. Mejor háblenos, Moisés. Estaban bien asustaditos. Pobrecitos. Y entonces la esposa le decía al esposo. Y usted también está asustado, Mijo, ¡cállese! ¡cállese! Qué es que no aguanto.
Toda esa Santidad inmensa es la que está en la Eucaristía. Pero en la Eucaristía está doblemente vestido, está vestido de la humildad de nuestra carne y está vestido del ocultamiento en las especies de pan y vino. Tiene doble vestido. Pero resulta que hay algunas personas a las que les ha sucedido, a Francisco de Asís y a Agustín de Hipona. Es decir, hay momentos en que la Eucaristía resplandece. Hay momentos en que la Eucaristía brilla. Hay momentos en que se entiende algo que no sucede en los ojos ni en la imaginación, sino únicamente en la inteligencia, en el intelecto, en el entendimiento. Hay momentos en el que algo brilla y en ese momento usted tiene una certeza, ahí está el Señor. Y en ese momento usted siente. Si eso de verdad le regala a Dios a usted, porque eso es puro regalo de Dios. En ese momento usted siente como que todo su ser se doblega ante Dios. Usted siente como que no puede haber nada, nada, nada más importante que adorar a Jesús. Y usted siente que se le va el hambre, se le va la sed, se le va el sueño, se le va la angustia. Y usted siente que solo existe Jesucristo y que Él merece todo el honor, todo el poder por los siglos eternos. Amén. Eso es lo que usted siente.
Y hay que pedirle a Dios esa gracia, esa gracia de enamorarnos así de Él, para que Él sea nuestra Luz, porque está tan vestido y revestido. Y está, que no se ponga bravo Cristo conmigo por lo que voy a decir. Está tan envuelto, está tan envuelto, pero tanto, tanto, que llega un momento en el que hay mucha gente que no lo reconoce y por eso mucha gente comulga de cualquier manera. Por favor, nadie haga eso nunca más. No se puede comulgar así. El hecho de que la humildad de Cristo sea tan grande no es para que nosotros lo maltratemos. Óigame bien. Si Cristo es tan grande en su humildad, nosotros no podemos ser grandes en nuestro desprecio, sino grandes en la gratitud, grandes en el amor, grandes en el deseo de servirle. Grandes en la acogida de su Reino glorioso, primero en nuestros corazones y luego en toda nuestra vida. Eso es lo que hay que pedir. Y entonces nuestra vida eucarística se vuelve una vida de luz, y entonces nuestra vida se vuelve verdaderamente luminosa.
Y resulta que hay gente que se muere por la Eucaristía, literalmente. En la familia dominicana, yo soy dominico, en la familia dominicana tenemos el caso de una niña que tenía muchísimo anhelo de comulgar. Tenía gran hambre de la Eucaristía, pero en la época de ella la Primera Comunión no era cosa que se diera a niños demasiado pequeños. Ella tuvo que esperar un poco. Pero cuando ella recibió la Primera Comunión, recibió también la última Comunión. Fue tan grande su impresión. Fue tan grande su certeza. Fue tan perfecta su alegría que su pequeño cuerpo no resistió. Se murió. Se murió para estar para siempre con Dios. Fue como recibir solamente un beso, el primero y el último. Fue recibir una comida, la primera y la última. Ella se llamaba Imelda y se llama Imelda en el cielo. Imelda y el apellido era Lambertini.
Imelda Lambertini. Enamorada de la Eucaristía, ella recibió la gracia de ver quién es el que está en la Eucaristía Y cuando una persona de veras sabe quién es el que está en la Eucaristía, vive algo parecido a lo de Imelda. Siente que una luz arrolladora le colma. Cuando se empezó a hacer Adoración Eucarística en la Iglesia, simplemente se ponía la Eucaristía, es decir, la Hostia Consagrada. Pero poco a poco, la oración de los artistas empezó a acostumbrarse a poner esos rayos. Por eso usted dice que las custodias se ponen unos rayos. Es mostrando eso, que no hay que quedarse en el aspecto, en el vestido humilde de Jesús. Él está doblemente vestido, está vestido de nuestra humilde condición humana y está revestido de las especies eucarísticas. Pero los ojos del amor son como ojos de rayos X que pueden penetrar más allá de ese doble vestido para encontrar en la purísima desnudez del Crucificado el purísimo amor de Dios.
Y el que se encuentra con ese amor, ese tiene vida en su nombre, y el que se encuentra con ese amor ya sabe qué es lo que vale la pena. Y desde ese amor ya juzga todos los demás amores de esta tierra. Entonces el dinero, los amigos, los placeres, ¡Qué cuento! Pues sí, es verdad que tienen un lugar, pero después de conocer a Jesús, las demás cosas, incluso las demás personas, quedan tan pequeñitas. Entonces la beata Imelda Lambertini, que amaba profundamente a su mamita y a su papito y a sus hermanitos, fue arrebatada de tal manera por el amor de Dios, que como olvidándose de todo, se fue para estar siempre con Jesús.
Pidamos al Señor dos cosas solamente. Primera, que Cristo sea la luz de nuestra vida, que nos abramos al misterio de su inmensa Misericordia, para abrirnos al misterio de su inmensa Santidad. Punto número uno. Y segundo, que tengamos la capacidad de reconocerle en los muchos vestidos que Él se pone. Porque no solo es el vestido de la Eucaristía. Acuérdate que Él está vestido en la persona del pobre. Tuve hambre y me disteis de comer. Ahí está vestido también. Y a veces el pobre lo tiene uno muy cerca y lo tiene en la misma familia o lo tiene en el mismo barrio, lo tiene muy próximo. ¡Ojo con eso!. El que no ayuda, el que no se compadece, cuidado con eso. ¡Cuidado con eso!. Porque ahí está Cristo vestido. Pidamos la gracia de reconocerlo para que Él sea nuestra luz. Amén.

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