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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los religiosos recuerdan a todo el pueblo de Dios un mensaje muy propio de esta fiesta: somos consagrados a la gloria del Padre.
Homilía pres009a, predicada en 20120202, con 4 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Para muchos de nosotros el día dos de febrero tiene un color, tiene un perfume inolvidable. Muchos hemos hecho nuestra consagración religiosa, es decir, nuestros votos como religiosos. Un dos de febrero. De hecho, desde tiempos del Papa Juan Pablo II y quizás antes, esta fecha está asociada con la vida consagrada, con la vida religiosa. De modo que si tienes algunos amigos o amigas que son religiosas, que son monjas, que son monjes, que son frailes, que son hermanos de alguna comunidad, todos aquellos que pertenecen a la vida consagrada, recibirán con alegría un saludo tuyo de felicitación en este día. Es el día de la vida consagrada y varios papas, entre ellos sobre todo Juan Pablo II, pero también Benedicto XVI, nos han regalado preciosas meditaciones sobre lo que significa la vida religiosa y suelen escoger esta fecha el dos de febrero, para regalar ese documento, para entregarlo al pueblo de Dios. ¿De dónde viene este hecho? Pues viene de la fiesta litúrgica que hoy tenemos. Se llama la presentación del Señor. Según la ley de Moisés, todo primogénito varón debía ser presentado en el templo y debía ofrecerse un pequeño sacrificio, como una especie de rescate de ese primogénito. Todo viene desde el tiempo de la liberación del pueblo de Israel allá en Egipto. Recordamos que los primogénitos de Egipto murieron, fueron castigados por esa opresión salvaje e inhumana que habían puesto sobre los hombros de los israelitas. Pero los primogénitos de Israel no murieron, y de algún modo, este hecho de que les fuera perdonado la vida, les hubiera sido perdonada la vida, es lo que está a la raíz de la fiesta de hoy. Porque si ellos no murieron, si no dieron su vida en ese momento, de todos modos se supone que sus vidas le pertenecen al Señor y por eso, no muriendo, ellos entregan en sacrificio una ofrenda, por ejemplo un cordero, un cabrito o para las familias pobres, un par de tórtolas o dos pichones. Y esa ofrenda, la ofrenda de los pobres. Eso fue lo que presentaron José y María cuando, cumpliendo con la ley de Moisés, llevaron al niño cuarenta días después de su nacimiento. Eso explica porque esta fiesta cae el dos de febrero. Son cuarenta días después de la fiesta de Navidad. Y como la presentación de Jesús es como la ofrenda que los papás hacen de este niño, pues así también nosotros vemos que la vida consagrada es como un recordatorio en toda la Iglesia de lo que significa esa condición de consagrados que todos tenemos. No es que los únicos consagrados seamos los religiosos, más bien nuestra consagración como religiosos, nuestros votos, especialmente si los vivimos con coherencia y con santidad. Esos votos nuestros son un recordatorio, son una señal en toda la Iglesia de que todos somos consagrados. Porque quien nos ha consagrado, quien nos ha sellado con su sangre, con su Espíritu, es Jesús. Y ese sello se ha impreso de manera indeleble en el bautismo. Así que todos consagrados, junto con la ofrenda de los pobres, junto con el corazón generoso e inmaculado de María, junto con el corazón generoso y piadoso de José. Toda la Iglesia recuerda hoy que somos un pueblo de consagrados y que hay que orar por la vida religiosa para que sea siempre ese signo de santidad.

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