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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor generoso es el amor poderoso y es el amor que nos juzga.
Homilía pres006a, predicada en 20030202, con 12 min. y 18 seg. 
Transcripción:
Hermanos, esta escena del día de hoy es muy sencilla y es muy hermosa. Es muy sencilla y es muy profunda. Es muy sencilla y es muy fecunda. Es hermosa porque resulta muy bello ver cómo estos ancianos Simeón y Ana, que son como las manos extendidas del Antiguo Testamento, suspirando el consuelo, aguardando con esperanza la respuesta de Dios, por fin pudieron tocar al Ungido. Aunque fuera en la ancianidad, Simeón se despide, pero con una sonrisa, encontré al que yo estaba esperando. Y Ana, aquella viuda, como renovada en su juventud, empieza a predicar, se vuelve predicadora, a los ochenta y cuatro años, para proclamar que ha llegado el ungido. Eso es muy bello, ver que los brazos suplicantes Dios no los dejó sin respuesta. Y ver cómo la última de las edades, la ancianidad, se junta con la primera de ellas. Porque Jesús es apenas un bebé. Jesús bebé es la bendición de estos ancianos. Eso tiene una gran hermosura, sobre todo porque cuando nosotros estemos declinando, cuando llegue el momento de la muerte En ese caso, necesitamos que aparezca la luz de Cristo. La muerte cristiana es eso, es despedirse de este sol, para encontrar el sol que no se apaga, el que nunca se oculta. Y uno tiene que morir amaneciendo. Tiene que morir llenándose de luz, como Simeón y como Ana. Pero esta escena también es profunda. La ley de Moisés establecía que cada pareja, cuando tuviera su primer hijo, tenía que ofrecérselo a Dios. Y esa costumbre venía desde los tiempos del Éxodo. Porque ustedes recuerdan que el último de los azotes de Yahvé contra el pueblo egipcio fue precisamente el azote de los primogénitos. Faraón soportó todo, que se perdieran las cosechas, que el agua se volviera sangre, que aparecieran sapos hasta en la alcoba, las langostas, los tábanos, las tinieblas. Todo lo aguantó el Faraón. Todo menos la muerte de su primogénito. ¿Por qué Dios tuvo que llegar hasta esa señal extrema en tiempos del Éxodo? Porque los faraones mantenían engañada a la gente diciendo que ellos eran dioses. Eran de otra estirpe. Y desde luego, si el faraón era un Dios, el hijo del faraón, el primogénito era el que seguía en la dinastía y era el que iba a seguir gobernando. Y se suponía que ese era también un diosecito. Pues Dios, el Dios verdadero, tenía que desarmar esa mentira y por eso hirió al hijo del Faraón hasta la muerte. Porque no puede el hombre creerse Dios, ni puede hacer creer a los demás que es Dios para que le adoren, robándole el culto que solo el Dios verdadero merece. Por eso, cuando Faraón se ve herido en su propia carne, porque muere su primogénito, entonces se reconoce derrotado, entonces reconoce que es solo un hombre, y entonces reconoce que es absurdo retener más a los hebreos y es cuando se puede dar el éxodo. Además, no murió solo el primogénito del faraón. Murieron todos los primogénitos de Egipto, indicando con eso que las leyes no las pone el Faraón. No fue una enfermedad que le dio al hijo del rey. Es un designio que viene del Dios que da la vida y que da la muerte. Pues bien, esos primogénitos egipcios murieron porque la sobreabundancia de maldad tenía que reventar de alguna manera. Pero entre los hebreos no hubo ni un solo muerto. Es como si sucediera una explosión espantosa. Dios nos libre. Y de pronto resultar alguna persona completamente ilesa. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo puede suceder eso? Pues explotó el pecado del mundo. Las plagas de Egipto fueron eso, una explosión del pecado del mundo. Una imagen de cómo nosotros dañamos la naturaleza y nos dañamos unos a otros. Explotó el pecado del mundo. Esas fueron las plagas. Pero en esa explosión, los ángeles ministros de Dios no tocaron a los israelitas. Dios les pidió a los israelitas que en lugar de sus primogénitos entregaran ofrendas de animales, un cordero, un cabrito, o si eran muy pobres, un par de tórtolas o dos pichones. El objetivo de esa ofrenda era pedagógico. No es que Dios se alimente ni de tórtolas ni de corderos. Era recordar vivamente de qué los había salvado Dios, y por eso los hebreos entregaban la ofrenda del Éxodo. Llegaron María y José al templo y entregaron la ofrenda de los pobres. Porque si la pareja es pobre, que entregue un par de tórtolas o dos pichones. Presentaron la ofrenda. Es algo sencillo, pero sucede algo misterioso. Simeón, hombre recto y piadoso, tomó al niño y dijo unas palabras muy bellas: Este niño es luz para las naciones y gloria de Israel. Pero luego dijo: Es un signo de contradicción. Es la parte profunda. Es la parte misteriosa. Jesús es un signo de contradicción. Él va a hacer que en Israel unos caigan y otros se levanten. Frente a Jesús, finalmente tenemos que tomar una opción. Él mismo lo dijo: El que no está conmigo, está contra mí. Frente a Jesús, finalmente hay que tomar una opción. Es un signo de contradicción. ¿Por qué? Vamos a explicarlo de esta manera. Cuando a uno lo aman a medias, es como cuando a uno lo ayudan a medias. Tenemos un ejemplo bien colombiano. Resulta que hay un corredor de autos al que todos queremos y admiramos. Juan Pablo Montoya. Juan Pablo Montoya probablemente es uno de los mejores corredores de autos que tiene el mundo en este momento. Fórmula uno. Pero el año pasado no pudo lograr gran cosa. Todo se lo ganó el alemán Schumacher. Bueno, son dos hermanos. Yo no me acuerdo. Cuál es el que siempre gana. Ralph. Creo que es. No sé. Schumacher es el que gana todas las carreras. Se supone que Schumacher es un gran corredor y se supone que Montoya también es un gran corredor. Pero Schumacher está con una compañía con Ferrari. Mientras que Montoya está con la Williams. Y parece que el carro de Ferrari es mejor que el de la Williams. Entonces, ¿Por qué no gana Montoya? Uno puede decir tal vez porque le falta más calidad como corredor, o uno puede decir tal vez no le han dado el mejor auto. Hace poco salió en el periódico que le iban a dar a Montoya un auto nuevo, la BMW Williams, la compañía que lo contrata a él, ahora le va a dar un super auto que está por lo menos al mismo nivel del Ferrari que utilizó Schumacher el año pasado. Esta historia automovilística ¿Para qué es? Supongamos que nosotros pusiéramos a correr a Schumacher y a Montoya en dos autos exactamente iguales, de manera que uno no pudiera decir, Montoya quedó de segundo, de tercero o de lo que sea, porque el auto era menor. Cuando le damos el mejor auto, cuando le damos todas las posibilidades, ya no hay ninguna disculpa. Desde luego, como colombiano yo quiero lo mismo que todos ustedes. Yo quiero que le vaya muy bien a nuestro hombre y quiero que con el nuevo auto no solo él no tenga que dar ninguna explicación, sino que gane muchas carreras. El mensaje es cuando te dan todas las oportunidades, cuando te dan todos los recursos, cuando te dan todas las herramientas. Ahí no cabe ninguna disculpa. Ese es Jesús. Jesús es el que te da todas las oportunidades, te da todas las posibilidades, te da todas las herramientas, te ama incondicionalmente, se entrega por ti, te espera hora, llega hasta derramar su sangre por ti. Jesús te dejó sin disculpa y a mí también. Por eso Jesús es el Juez. Por eso ante Jesús no hay disculpas. Porque cuando aparezca Jesús el último día, yo no le voy a poder decir nada. Yo no le voy a poder decir es que mi carro era de menor calidad, porque Jesús me dirá: Yo te amé a ti, te amé hasta el fondo, te amé hasta lo último, por ti padecí. El amor generoso, es el amor poderoso y es el amor que nos juzga. Por eso Jesús es el signo de contradicción del que habló Simeón. Y también hemos dicho que la escena de hoy es una escena fecunda porque nos invita a pensar cómo llegamos nosotros al templo de Dios. ¿Qué sale de nosotros? ¿Qué hay en nosotros? ¿Qué sacamos de aquí? Venimos a esta casa. ¿Qué sacamos de aquí? Para no alargar las palabras solamente les propongo una cosa: jamás salgan de la casa de Dios sin una palabra, sin una frase que ustedes sepan. Esta es la frase y la palabra para mi vida en este día o en esta semana, para que también nosotros seamos fecundos cada vez que llegamos a la casa de Dios.

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