Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Es necesario recuperar el liderazgo espiritual del hombre en la familia.

Homilía pres003a, predicada en 20000202, con 28 min. y 58 seg.

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Transcripción:

Esta fiesta de la presentación de Jesús en el templo, nosotros la conocemos porque la recordamos a menudo en el Santo Rosario. Corresponde al cuarto misterio gozoso. Pero cuando ya uno se pone a pensar en dónde está lo gozoso de esta fiesta o cuál es su significado para la Iglesia, ya no resulta tan sencillo dar explicación, dar razón de nuestra fe. Aparentemente se trata solo de cumplir con un precepto que venía de la ley antigua la ley de Moisés. Todo primogénito varón será consagrado al Señor. ¿Qué podía significar esa consagración? ¿Qué debía significar esa consagración? Es algo que no resulta, no resulta tan fácil de entender, porque luego de que eran consagrados los primogénitos varones, pues volvían a su hogar, volvían a sus quehaceres, volvían a sus cosas. Y esa consagración quedaba, como podríamos decir, en el pasado de la persona. ¿Qué significaba esto concretamente? Es algo que no no resulta tan, tan elemental, no resulta tan fácil de esclarecer. Consagrado se llama aquello que es separado para Dios. Cuando hablamos de una vida que es consagrada, es una vida que está dedicada a algo o a alguien, es un consagrado. Estos son los vasos sagrados. Este es un templo que está consagrado al Señor. Eso significa que sirve para Él.

Pero luego vemos que estos varones del pueblo hebreo llevaban una vida, podríamos decir, como la de las demás personas, ¿En dónde quedaba esa consagración? Vamos a tratar con la bondad de Dios. Vamos a tratar de penetrar un poco en el sentido de estas palabras. Como Gracias al Señor contamos con un poco de tiempo. Entonces naveguemos un poco en la Palabra de Dios. No toda navegación tiene que ser en Internet. Uno puede navegar en la Palabra de Dios. Naveguemos por esas aguas, entremos un poco en estos textos y apuremos las delicias que nos tenga preparadas el Señor. Detrás de este ropaje que parece tan antiguo y tan lejano a nosotros. Resulta que para Dios es todo, Dios lo ha hecho todo. Todo tiene que volver a Él, todo es suyo, todo le pertenece. Pero para expresar eso. Para vivir eso. ¿Cómo puede una persona tener conciencia de que todo lo suyo es de Dios? Aquí nace la noción y la práctica de los sacrificios. Yo digo que todo es de Dios. Su vida es de Dios si. Todo lo que usted trabaja es de Dios, si. Se puede desprender de algo por la causa de Dios. Voy a pensarlo.

Cuando uno se desprende de algo, descubre el valor de todo. Esa es la pedagogía maravillosa que utilizó Dios en el Antiguo Testamento para ir enseñando, para ir educando a los israelitas. Es muy fácil decir que todo es de Dios, pero para aprender qué significa esa frase hay que desprenderse efectivamente de algo. Y de aquí entendemos tres prácticas que aparentemente son diferentes pero que tienen eso en común. La primera, la más sencilla, es la práctica del diezmo. Tengo una gran cosecha, sé que ha brotado de la tierra que Dios hizo. Sé que las fuerzas y la salud, y la técnica y la inteligencia me la ha dado Dios. Sé que todo es de Dios. Bueno, despréndase de una décima parte de eso. Y por eso esa costumbre del diezmo resulta de una pedagogía inmensa. Haga usted el experimento de desprenderse de perder una parte de lo suyo y usted descubrirá lo que significa decir que todo es de Dios. Por eso ya en esa ley antigua nos encontramos con estas prescripciones. Se le manda a los israelitas que entreguen el diezmo de todo lo que tienen y que no vaya a ser ese diezmo, no vaya a ser de lo que no sirve, sino de lo que sí sirve. A través del desprendimiento, a través de sacar de lo que es de uno, uno aprende lo que significa recibir como regalo de Dios. Dicho de otra manera, si aquí están las diez porciones de lo que me dio la cosecha, y yo afirmo que Dios me dio esas diez porciones, tomar una de ellas y regalarla, darla, entregarla. Me enseña el acto de dar, me enseña qué quiere decir que Dios me dio a mí. Dios me dio todo.

¿Pero cómo puedo yo percibir lo que significa eso? Repitiendo lo que Dios hizo, yo voy a dar también. Como sabrán algunos de ustedes, algunos de ustedes que me conocen, yo le tengo profunda pasión y amor al verbo dar, porque el verdadero dar es el entregar sin negocio, sin contrato, sin retribución. Si Dios me dio, ¿Yo cómo puedo tener la experiencia de lo que eso significa? ¿Cómo puedo yo percibir el Verbo que define la relación de generosidad entre Dios y yo? Yo lo puedo percibir si yo también doy. De ahí la importancia del diezmo. Primera práctica a través del diezmo. El israelita recordaba la generosidad de Dios. Luego viene otra práctica que resulta un poco misteriosa para nosotros: la práctica de la circuncisión. ¿Qué se quería con esa práctica de la circuncisión? La circuncisión viene siendo como una especie de mutilación o castración ritual dentro de la psicología masculina. Cualquier cosa que suceda dentro del ámbito de la propia sexualidad es precisamente lo que más amenaza, por así decirlo. El propio yo a través de la circuncisión se hace como una especie de entrega ritual de la propia sexualidad y de lo que nace de la sexualidad. Es decir, no es una práctica dirigida, en primer lugar al placer o a la relación de pareja, sino a la fecundidad siendo tocado, siendo cortado precisamente ahí, en el centro de su yo biológico, físico, allí donde es más sensible y allí donde se siente más dueño de sí mismo. El hombre aprende lo que significa darle a Dios lo suyo. Esa señal tomada en su propia carne. ¿Qué estaba indicando? Que el primero de los tesoros que para la mentalidad israelita no es el dinero ni la cosecha, sino la familia.

El primero de los tesoros, que es la prole, que son los hijos. Ese primer tesoro está marcado por una entrega a Dios a través de esa pérdida, que es una pérdida simbólica en cierto sentido, a partir de esa pérdida simbólica que implica la circuncisión, lo mismo que a través de la pérdida simbólica que es el diezmo, El israelita estaba aprendiendo que en todas sus relaciones, en todo lo que pudiera lograr, conseguir, tener o disfrutar, debía estar Dios. De ese modo en su propio sexo, en su propia carne, en su relación de pareja, en lo profundo de su intimidad, llevaba siempre la señal de su pertenencia a Dios. Fíjate que quitar una décima parte de una cosecha, pues es quitar algo, es quitar algo, pero no es quitar toda la cosecha. Algo parecido sucede con la circuncisión. Impresiona la idea de ser mutilado en la propia, en la propia carne, en el propio sexo. Eso impresiona. Pero de hecho, la función reproductiva y de hecho la relación de pareja queda, por decirlo así, intacta. Ese es un segundo ejemplo. Algo parecido tiene que ver con esta ley de que me van a consagrar los varones. Dentro de este esquema social de los hebreos, en que el hombre es el jefe de la familia, el hombre es el señor de la casa. El primogénito es el objeto de todo, el orgullo, de todo el orgullo de un hombre. El hombre no se concebía en aquella época. Hombres solteros, ni hombres estériles. El hombre que tiene el vigor, que tiene la fuerza que tiene la vida que engendra. Se siente pleno cuando tiene hijos y cuando nace ese que es el primogénito.

Esa es, por decirlo así, la prueba de la propia vida, la prueba de que hay vida. Esta cultura estaba tan marcada por la preferencia de los primogénitos, que los primogénitos heredaban todo de manera distinta. El primogénito heredaba el doble que el resto de los hijos. El primogénito era el que recibía las bendiciones, el primogénito era el que recibía la dinastía si se trataba de reyes, el primogénito era el que asumía el cargo de la casa cuando desapareciera el papá. De manera que el primogénito era casi como un otro yo. Dentro de esta mente, repito, en la que no cabe en el celibato, ni la consagración virginal, ni nada de eso. Estas serán eran novedades que llegan con el Nuevo Testamento. Dentro de esta mente, tener un hijo varón es como tener otro yo. Es tener al que sucede. Además, no se nos olvide que la afirmación de una vida después de la muerte fue una cosa que se fue dando solo progresivamente en la Sagrada Escritura, en los textos más antiguos. No parece que la gente creyera que moría y tenía una especie de inmortalidad. Eso como que no estaba muy claro. Eso no estaba muy claro para las personas.

De modo, pues, que tener el primogénito significaba motivo de orgullo, de confianza, de alegría, de vitalidad. Viene esta ley que la podemos entender en paralelo con la ley de la circuncisión y con la ley del diezmo. ¿Ya tuviste un hijo primogénito? Entrégamelo. Yo a veces me pongo a pensar qué tipo de legislación resultaría si nosotros fuéramos a actualizar todo esto de Moisés a nuestro tiempo. Los orgullos de esa época ¿Cuáles eran? Pues los hijos, la cosecha, el ganado. Esos son los orgullos de la época. Es decir, esas son las realidades en que las personas se sienten fuertes. Tengo muchas posesiones, tengo mucho ganado, tengo mucha cosecha, tengo mucha familia. Esa es como la base del orgullo de la época. De pronto sería interesante que nosotros tratáramos de actualizar esa legislación a nuestras propias experiencias. Y aquí empezamos a aplicar ese texto a nuestra vida. ¿Cuáles son nuestros orgullos? ¿Cuáles son las cosas en las que nosotros nos sentimos fuertes, nos sentimos vigorosos? ¿En qué cosas fundamos nosotros, nuestra autoestima? como se diría hoy. ¿De qué cosas nos podemos sentir, nos podemos sentir orgullosos y de pronto hasta presuntuosos? Ese es un análisis que cada uno de nosotros tendría que hacer, porque de los ejemplos que he dado, yo creo que nos queda clara una cosa, toda la filosofía por darle ese nombre, toda la idea que está detrás de esta legislación, ¿Cuál es? Lo podemos sintetizar en esta frase: Dale a Dios una parte y lo mejor, la mejor parte de aquello en lo que tú te sientes orgulloso. Eso es de una sabiduría tan grande, eso es tan grande, tan grande, que para mí esa es la espiritualidad del diezmo y es la espiritualidad de la consagración.

Y para mí eso es lo que le hace falta a muchas vidas y por eso creo yo que no prosperan muchas vidas. Se lo repito versión Una actualizada siglo casi veintiuno de esta legislación. Se lo repito, dale a Dios no es negocia con Dios. Dale a Dios la mejor parte de aquello en lo que te sientes orgulloso. Dale a Dios la mejor parte de aquello en lo que te sientes orgulloso. Por ejemplo, la cosecha. Porque es que lo que se daba a Dios no era, no debía ser lo último, sino lo primero. Por eso se habla de las primicias, diezmos y primicias. Decía por allá el Catecismo Astete al hablar de los mandamientos de la Iglesia diezmos y primicias. Las primicias, si uno lleva meses trabajando, arando, regando, trasteando agua, esperando con ansia, apareció lo primero de la cosecha, sobre todo de eso primero es que uno es de lo que uno se siente orgulloso. Ahora, si se ve el fruto y la gran dicha para esos agricultores, ¿Cuál era? Por ejemplo, si se trataba de sembrar uvas de esas uvas, preparar el mosto, una especie de paso intermedio entre el jugo de uva y el vino, preparar el mosto y hacer la fiesta de la primera cosecha. Vamos a hacer la fiesta. Se logró la cosecha. Se reúnen los amigos, traían los cantantes. Vamos a hacer un baile. Se logró la cosecha. ¿Dios qué dice? Un momentico. Antes de esa fiesta, regálenme ese vino a mí. ¿De eso te sientes feliz? ¿De eso te sientes orgulloso? Ten cuidado. Tu orgullo puede convertirse en soberbia. Tu soberbia puede convertirse en Suficiencia, tu autosuficiencia puede convertirse en dureza conmigo, tu dureza conmigo puede convertirse en desastre para ti. Esa es la filosofía de esto.

Por eso lo que hay detrás de todo este pensamiento de consagración es que lo que a ti te llegue tu mira. Y lo primero, lo mejor, aquello de lo que te sientas más orgulloso, eso es lo que hay que darle a Dios. Eso, es lo que hay que darle a Dios. ¿Y qué se logra con eso? Se logra cultivar un espíritu agradecido, un espíritu humilde y por ahí derecho, un espíritu misericordioso, porque obviamente el que reúne a los amigos para hacer un gran banquete y una gran fiesta, porque se logró la cosecha. El que se siente orgulloso de eso, ¿Que siente también? Siente, esta es mi cosecha. Esto es lo que yo hice. Su lado vive un pobre. Por eso. Por eso se llama un pobre. Pobre bobo. Pobre hombre pobretón. No me interesa. Yo estoy celebrando mi cosecha. De manera que quítenlo, me interesa mi cosecha. El orgullo viene de no dar el diezmo. El orgullo viene de recibir las cosas y atribuirle la gloria, en primer lugar al ser humano y no a Dios. De ahí viene el orgullo y del orgullo, la soberbia de la soberbia, de la autosuficiencia, de la autosuficiencia, la dureza con Dios y con el prójimo y de la dureza, la perdición del ser humano. Por eso la ley de Moisés es maravillosa, es hermosísima. Ya tengo una gran familia. ¿De qué es, de lo que más te puedes enorgullecer tú? Tengo un hijo. Conságraselo al Señor. ¡Pero es mi primer hijo, es mi orgullo, primicia de mi virilidad! Conságraselo al Señor, precisamente. Al Señor, tiene que estar. Con el Señor, tiene que estar. En este estado original de cosas, la idea era, parece que era; que cada hombre, y esto también es muy hermoso, que cada hombre fuera algo así como el sacerdote de la casa. El sacerdote de la casa, así como en una etapa posterior, porque estas son etapas muy primitivas del pueblo de Israel. Así como en una etapa posterior hubo unos encargados, los levitas, de presentar los sacrificios a nombre de todo el pueblo en esta etapa primitiva, antiquísima.

La idea era que ese hombre que quedaba consagrado al Señor, fuera, por decirlo así, el sacerdote. A mí me gusta mucho esa idea. Claro, como se hacen tantos chistes y hay tantos escándalos tan feos con los sacerdotes y la mujer y los hijos y todos los enredos en nuestra mentalidad occidental, en donde el sacerdote célibe, ustedes de pronto pueden perderse y yo también, de la dimensión hermosa que tiene el sacerdocio del padre de familia. Qué hermoso un papá que es como una segunda aplicación que yo le veo a esta lectura. ¡Qué hermoso! Un padre de familia que se sienta como el sacerdote de la casa. Él es el que le presenta. Él es el que le presenta a Dios la gratitud a nombre de todos. Él es el que preside a la familia en todo. No el desastre que vemos en nuestro tiempo. Si el hombre de la casa. Póngame cuidado. Si el hombre de la casa no se siente como siendo el sacerdote de la casa. ¿En qué se convierte? En el proveedor de la plata. El hombre que pone su orgullo en proveer el dinero. ¿En qué se convierte? Se convierte en prepotente, duro, lejano, autoritario. ¡Qué hermoso que los padres de familia oyeran estas palabras! Tengo una esposa, tengo unos hijos. Yo soy el encargado de llevar el timón de este barco hacia Dios. En nuestro medio, eso no sucede así usualmente.

Casi siempre es la mujer la que es piadosa, la que es rezandera. Y entonces, entre una mujer rezandera y un hombre que hace plata. Unos hijos que no saben a qué atenerse, ni qué modelo seguir. Qué triste divorcio entre la bendición que Dios da, que es el trabajo y la gratitud y alabanza que nosotros le damos, que es la piedad, que es el amor, que es la religión, Dios otorgando sus bendiciones, sus bendiciones fundamentalmente a través del trabajo del papá. Pero un papá que es ingrato, ingrato con Dios. Esa división hace mucho daño. Por eso hay que recuperar esta visión original. ¿Tú eres el que preside la casa? -Pues claro, no me la dejo de nadie.- Soy el señor de la casa en todo. Pues únicamente en gritar, en castigar y en firmar los cheques. Si usted fuera verdaderamente el Señor de la casa, usted sería el primero en la oración. ¿Por qué en eso no quiere ser el Señor de la casa? Que respondan los padres de familia o los que quieren ser papás. ¿Por qué en eso sí, no es el señor de la casa? Su vida está mocha, su vida está mutilada, su vida está incompleta. Usted quiere ser un líder y quiere ir adelante. ¿Pero en qué, en la diversión, en la plata, en los vicios, en los gritos? ¿En eso es lo que quiere ir usted, adelante? ¿Por qué no va adelante en esto? ¿O es que no hay Dios para usted? -No, no, padre, -Nadie me moleste. -Yo sí creo en Dios. -Lo que pasa es, que esa. -Yo no soy fanático. Ahora se inventaron eso. -No, padre, yo creo. -Pero es que yo no soy fanático. -Mi mujer es la, que es fanática. -No es cierto, mi hija, que es fanática. O sea que su mujer sí tiene lo que usted debería aprender. Usted no siente que su trabajo es una bendición. Claro que no lo siente, porque como no tiene la práctica del diezmo, ni sea circuncidado. -No, no voy a volver yo a la circuncisión. -No se preocupen. -No nos preocupemos. Ya dije que todo eso tiene que saber entender en este momento. Esa fue la pedagogía que utilizó Dios en esas épocas.

Pero nosotros tenemos que saberlo entender. Por eso vuelvo a mi frase anterior: Dale a Dios lo mejor de lo que Él te da, y así se mantiene una relación sana con Dios y con el prójimo. Pero como el hombre no hace caso en eso, entonces queda solo la mujer. ¿Cuál es el peligro que trae esto? ¿Cuál es el peligro que trae esto? El peligro que esto trae es que, como las mujeres son las que quedan embarazadas, entonces las mujeres son las que tratan a los bebés y esto hace al corazón de la mujer constitutivamente mucho más sensible, mucho más delicado emocionalmente, con un espectro de sensaciones y de posibilidades mucho más grande que el del hombre. Si la mujer tiene esa amplitud de sentimientos, de sensaciones y de sensibilidad, y si toda esa sensibilidad, todo ese amor a la vida, queda descalificado por el autoritarismo, por la presunción, por el vano orgullo del hombre que siente que lo puede todo, queda despreciada la mujer. Y eso es gravísimo, porque si queda despreciada la mujer, queda despreciada la vida. El que desprecia a la mujer, la utiliza. Eso no falla. La cultura que desprecia a la mujer, utiliza a la mujer y la cultura que utiliza, la mujer maltrata la vida. De aquí entendemos que cuando Dios da todas estas leyes que son para los hombres, fíjese la circuncisión, el diezmo, etcétera No es solamente por machismo de esa cultura hebrea, es porque si no obedece el hombre, entonces la sociedad entera desprecia la piedad que queda relegada a las mujeres.

Y si la sociedad desprecia la piedad con ella, desprecia la sensibilidad por la vida, porque la mujer es delicada, se hace delicada constitutivamente por su posibilidad de recibir la ternura de la vida. Dios hizo las cosas tan bien, tan hermosas. Estas leyes son leyes para hombres, dirá cualquier exégeta de pacotilla. Dirá -Ah, porque eso era la época del machismo. No, señor, esa no es toda la explicación. Por lo menos la explicación más profunda es porque si el hombre no aprende a vivir, esto termina despreciando a la mujer, termina usando a la mujer y termina maltratando la vida. Y si se maltrata la vida, entonces los que nazcan del maltrato de la vida van a maldecir su existencia y van a destruirse unos a otros. Si usted no cree en eso, vaya y mire cómo está el mundo hoy. Por eso hay que cuidar la santidad y la piedad y la religión en los hombres. Es muy importante, porque si falta eso en los hombres, entonces ya les dije, se desprecia a la mujer, se maltrata la vida, se acaba la sociedad. Piensen, por favor los que son papás o quieren serlo, piensen en lo que significa esta hermosura. El hombre como líder, verdadero líder espiritual de la casa, el hombre debe ser el primero. Y fíjese que los tiempos en nuestro país, los tiempos en que la familia ha estado más sana, más fuerte, más vigorosa y más bella, siempre han sido esos tiempos en que el hombre toma la dirección de la vida espiritual de la casa. Lo que pasa es que eso después nos dio pena a todos.

Pero Colombia tuvo una época muy bella en que era el hombre el que llamaba a la oración. A ver, venga. Nos reunimos a las seis de la tarde, vamos a rezar el Santo Rosario. Claro, la mujer piadosa, seguramente con gusto acudía a esa convocatoria, pero era el hombre el que llevaba la dirección de esa oración. Y esos han sido los tiempos de respeto a la mujer. Esos han sido los tiempos de saber qué es, cuánto vale la mujer. Y han sido los tiempos en que los hijos crecen sanos, vigorosos, fuertes, tienen principios, tienen claridad, saben para dónde van en la vida. Pasó el tiempo y esta prescripción que iba a todo varón en otro texto, creo yo que es del Deuteronomio, se dice: en reemplazo de los varones vienen los levitas. Es una noción un poco complicada que hoy no la vamos a explicar. La noción de rescate. La gente, el pueblo hebreo miró en los levitas, miró algo así como el reemplazo de todos los varones de Israel, y quedó esa tribu encargada del culto, encargada del sacerdocio. Y aquí podemos descubrir también el valor que tiene esa consagración levítica. Y de aquí podemos también ver lo que significa en su belleza el sacerdocio de Jesucristo.

Nosotros, pues, démosle gracias a Dios en esta fiesta y saquemos nuestras conclusiones. Lo mejor para Dios y el liderazgo sano liderazgo, liderazgo espiritual del hombre en su familia. Desde ahí comprenderemos mejor el valor de los sacerdotes.

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