Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Hay que dejar que la luz de Cristo impregne todo en nuestra vida.

Homilía pres001a, predicada en 19960202, con 30 min. y 46 seg.

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Transcripción:

Queridos amigos. En esta fiesta de Cristo nuestro Señor. Luz para alumbrar a las naciones y gloria de Israel. Pidamos el don del Espíritu Santo. Porque fue el Espíritu el que le dijo a Simeón que estaba cerca, ya casi ante sus ojos, el Mesías. Fue el Espíritu el que consoló y acompañó a la viuda Ana y la enseñó a ayunar y a orar. Fue el Espíritu el que engendró a Cristo en las entrañas de María. Fue el Espíritu el que hizo crecer en gracia a Jesús. Pidamos ese espíritu en este momento para nosotros, para que mis palabras, por esa gracia del Espíritu, lleguen a donde deben llegar, y para que vuestros corazones transformados por esa gracia, sean lo que Dios quiere que sean. Los acontecimientos que se nos narran en el Santo Evangelio y que son el centro de la celebración de hoy, tienen su origen en la antigua ley de los judíos.

Se nos habla de la purificación de las madres después de que han tenido sus hijos. Esta, expresión de purificación, no significa que el tener hijos estuviera mal o fuera pecado o alejara de Dios. No es ese el sentido. Lo que sucede es que si lo miramos bien, por ejemplo, en el libro de Levítico, allá se habla de pureza y de impureza, sobre todo por aquellas cosas que ponen en contacto al ser humano con los misterios de la vida y de la muerte. Una persona, por ejemplo, si tocaba un cadáver, quedaba impura. Y eso no significaba que se le pasaran los pecados del difunto, sino que ellos entendían como impureza todo aquello que pone al hombre tan de cerca con los misterios de la vida y de la muerte, que de alguna manera rompe el orden, rompe la cotidianidad, rompe lo acostumbrado. Esa noción de impureza nos explica también por qué ellos miraban como miraban a los enfermos de lepra. La lepra suponía una especie de extrañeza en la piel de la persona, una extrañeza en su figura exterior y aquello que es extraño, que se sale de lo común, que rompe la cotidianidad, es un principio, es visto como sospechoso, es visto como impuro. Esa noción de impureza no corresponde entonces exactamente ni a la noción de impureza como pecado referente al sexo, como nosotros no entendemos, ni corresponde tampoco a la noción de impureza como pecado, sin más, tiene que ver con los misterios de la vida y de la muerte. Pero de alguna manera prepara las ideas del pecado y de la redención.

Así pues, cuando la mujer ha tenido su hijo, cuando la mujer ha dado a luz. Ha tenido tan de cerca el misterio de la vida, y ese misterio ha roto tan completamente el orden acostumbrado al llegar un nuevo ser al mundo que se necesita un tiempo para la recuperación física de la misma madre. Pero también se necesita un tiempo para que, por decirlo así, las cosas, vuelvan a su curso normal y todos nos acostumbremos al nuevo estado de cosas. Por esa razón se había previsto que hubiera esta purificación y por esa razón María accede y mira como lo más normal participar de ese rito de purificación. Ella que cómo lo sabemos bien, así nos lo ha predicado la Iglesia. Ella que no tenía pecado alguno del cual purificarse, y ella que no tenía tampoco suciedad alguna de la cual limpiarse. Pero repito, no se trata de asunto de limpieza, ni de absolución de pecados, sino se trata de, llamémoslo así, un tiempo de asimilación del misterio de la vida o un tiempo de asimilación del misterio de la muerte. A esas palabras, a esos términos se dirige lo de pureza o impureza.

Las mamás debían llevar sus varones primogénitos allá al templo de Jerusalén, porque tenían que llevar sus primogénitos. Esta costumbre tiene su origen, según lo explica también el Pentateuco en aquella noche Santa, Santísima para los judíos, la noche de la Pascua. Recordamos bien que en esa muerte el ángel exterminador, el ángel de la venganza divina, el ángel encargado de hacer justicia en Egipto. Pero los primogénitos de Israel y las familias israelitas fueron protegidas. Digo mejor, fueron perdonadas. Pues bien, Dios protegió a su pueblo. Reservó a su pueblo. Yo quisiera que Él me diera palabras en este momento para expresar lo que, eso quiere decir. La idea es más o menos esta, mis queridos amigos. ¿Qué es eso de la ira o del castigo de Dios? ¿Y qué es eso entonces del castigo que va a ejecutar el ángel en Egipto? ¿Y qué es eso, entonces de la consagración de los primogénitos?

La idea, mis amigos, es esta. Como el mundo anda tan mal en tantas cosas y como se cometen tantas injusticias que claman al cielo. Pero los gritos desgarrados de quienes sufren esas injusticias parece que nunca son escuchados, como se cometen tantas maldades. Y maldades parecen acumularse unas encima de otras. Da la impresión de que un día todo va a explotar. Esto va a explotar. Por ejemplo, cuando uno piensa en el caso de la triste historia que se repite muchas veces aquí en Bogotá. De de esas criaturas prácticamente niños, prácticamente niñas expuestos, sometidos u obligados a prostitución, prostitución infantil. Uno piensa, desde luego, que de semejantes corazones despedazados en la flor de su juventud, qué puede salir sino agresividad, qué puede salir sino vulgaridad, qué puede salir sin odio. De estos muchachos, de estos amigos y amigas que participan en Pocalana. Oí el siguiente testimonio. Ahora, qué podemos hacer si nos hemos encontrado con una pobre mujercita, una muchachita con la cabeza llena de veneno, llena de basura, llena de droga, llena de todo, pero esperando un hijo. ¿Qué se hace en ese caso? ¿Qué futuro tiene esa criatura? Entonces uno averigua cuál fue la familia de esa pobre muchachita que vive en la calle y encuentra que efectivamente no hubo familia tampoco.

De manera que son como cadenas de males, pero que se van agravando cada vez más porque ser papás cada vez es más difícil y cada vez hay menor preparación para ese ser papá. La consecuencia es que uno descubre que poco a poco van naciendo generaciones de niños que luego crecen y engendran a sus propios hijos con el corazón más impermeable a la piedad, a la misericordia, al amor, a la religión, a la fe. Corazones progresivamente más impermeables al amor. Corazones cada vez más incapaces de entender el alfabeto mismo de la ternura. Esa acumulación de males la describe la Biblia en varios lugares. Le recuerdo uno allá en el libro del Génesis se nos habla del diluvio. Se supone, dentro de la lógica, ese relato del diluvio que se van acumulando de tal manera los males unos sobre otros, que llega un momento en el que el corazón solo sirve para odiar. Y hacia allá parece que caminara, a veces esta civilización. Solo sirve para odiar, para pensar en sí mismo, para exprimir al otro, para hacerle daño a la gente.

Esa acumulación de males finalmente suscita una intervención de la justicia divina para que no se cometan más injusticia en contra de los más pobres o de los más débiles. Esa intervención es la del diluvio. Pero queda el otro género de intervenciones parecidas. En el caso de Sodoma y Gomorra. Abraham, lo sabemos, intercedió por estas ciudades y le decía a Abraham, al Señor si hubiera cincuenta justos, o cuarenta, o treinta, o veinte o diez, no alcanzó a ver diez justos. Los únicos justos que habían eran Lot y su familia, y por eso Dios envió dos personajes del cielo que sacarán al Lot y a su familia de esas ciudades, porque iba a llover fuego y azufre sobre ellas. Algo parecido sucede con la devastación de Jerusalén a manos de Nabucodonosor. Se acumulan los pecados de Israel, de manera que ya no queda ni piedad, ni religión, ni sinceridad, ni fe en nadie, ni en los sacerdotes, y ya no hay profeta y ya no hay nadie. Y entonces la acumulación de males, esa acumulación de males, explota desde sí misma. Explota desde sí misma en algo que el profeta lee como una intervención de la justicia de Dios.

En resumen, mis amigos, eso que la Biblia llama la ira de Dios no significa que Dios se vaya poniendo bravo y bravo y bravo y bravo. Hasta que ahora le voy a pegar con el papá que se fuera poniendo bravo y bravo porque no le dejan ver la televisión o resolver el crucigrama. Y finalmente saca la mano y le da su cachetada. Saca la mano y le da su cachetada al chinito. Esa no es la ira de Dios. Es la acumulación de aquellos males que finalmente explotan desde sí mismos. Pero es que Dios también está dentro de ese, sí mismo de las cosas. Explotan dentro de sí mismos.

Mis queridos amigos, no es distinto el destino que aguarda el mundo. Las explosiones del diluvio, de la caída de Jerusalén, de Sodoma y Gomorra son pequeñas. El libro del Apocalipsis prepara nuestros corazones. Prepara nuestras almas para una explosión última. Para una explosión última y decisiva en la que ya no será solamente dos ciudades, Sodoma y Gomorra, en la que ya no será solamente la capital de Israel, Jerusalén en la que ya no se, sino que será todo el universo. A eso es a lo que San Pablo llama el orgué. Eso es a lo que San Pablo llama ira. Esa explosión decisiva, esa última explosión, esa última conmoción de todas las cosas. Porque el mundo ya no soporta más. No sabemos cuándo va a llegar ese momento. Esa última explosión decisiva dará ocasión al juicio último y decisivo y a la intervención radical de Jesucristo Salvador. Nosotros, los cristianos, sabemos que eso va a suceder. Quizás en nuestros días, quizás. Quizás después de nosotros, quizás. Nadie lo sabe. Pero sabemos que la acumulación de pecados y demás es de alguna manera atrae y provoca esta explosión. Así como uno miraría con pánico en un depósito de dinamita. Un fulano que entraba fumando y cantando. Sí, así también el cristiano sabe que cada pecado que se hace y se repite es como es el fumador en el depósito acumulado de la dinamita, de los pecados, de las cadenas que oprimen generaciones y familias enteras.

Ahora bien, lo que sucedió en Egipto fue precisamente eso. Había una acumulación de males. Sabemos que Egipto es la tierra de la magia. La tierra por excelencia de la idolatría, una idolatría severa, milenaria, que todavía llega hasta nuestros días. Pero allá se encuentra uno, por ahí, en los coches, fotocopias que le hacen propaganda a la magia de Egipto. Pues bien, en esa tierra de magia y de iniquidad se produce algo parecido a esto que hemos dicho que sucederá un día en el universo. Y esa acumulación de males genera finalmente la muerte. Desde luego, la muerte de los más pequeños, desde luego, la muerte de los niños, siempre los niños. Usted no se le puede olvidar eso, que cuando llega el pecado, cuando llegan los problemas, cuando llega la idolatría, siempre, siempre los enemigos van a ser los niños y siempre de lo que se va a tratar es de envenenar a los niños. Eso es lo que va a hacer el pecado en esta generación y en la otra y en la otra, envenenar, hacerlos inútiles. No, no matarlos, que ya es bastante. Que muera una buena parte por cuenta de los abortos. No matarlos, sino producir ciertos que asesinos. Ese es el objetivo del pecado. Ese es el objetivo de Satanás no producir solamente muertos. Un muerto no satisface, Satanás, es producir muertos de alma, de corazón que asesinen, además de eso es de lo que se trata. Esa acumulación de males produce en el relato del Éxodo.

Produce finalmente esta intervención justiciera que es la muerte de los primogénitos de Egipto. Sin embargo, Dios protege al pueblo de Israel. Israelitas y egipcios ya estaban supremamente interrelacionados, ya estaban supremamente mezclados. No debemos pensar que la fe de los israelitas cuando estuvieron en esta tierra de la magia, de la superstición, la tierra por excelencia del saber demoníaco y diabólico. No debemos pensar que cuando los israelitas estuvieron ahí, estuvieron incontaminados, prístinos, puros e inmaculados. Nada de eso, nada de eso. La fe de los israelitas se había ido envenenando en ese continuo contacto, y por eso Dios quiso sacar a su pueblo de Egipto. ¿Por qué? Porque la fe de su pueblo, la fe que había empezado también tan con tantas promesas en Abraham, Isaac y Jacob, esa fe que había empezado tan bien y que había brillado tanto, especialmente en la historia de José, según el relato sapiencial. Esa historia de fe se estaba pervirtiendo su pueblo, su pequeño pueblo de Israel se estaba mezclando con toda esa superstición, con toda esa idolatría, y se estaba acostumbrando a convivir en el culto a los demonios. Esa era la situación. Dios en su misericordia quiere sacar a ese pueblo. ¿Y por qué quiere sacarlo? Por dos razones. Primero, porque es suyo y segundo, porque es la única esperanza de salvación para el universo. En ese momento, la única lamparita de fe, la única lamparita de fe verdadera que podía haber en el mundo era la fe de Israel. Y esa fe estaba a punto de apagarse en medio de la tierra del demonio, en medio de la tierra plagada de superstición y de magia, la tierra de Egipto. Por eso Dios quiere sacar a su pueblo.

Tú te acuerdas, ¿Qué es lo que le dice Dios a Moisés para que se lo comunique a Faraón? Deja salir a mi pueblo para que me ofrezca culto a mí, para que me ofrezca culto a mí. Las primeras palabras que Moisés le dice a Faraón no son: Vamos a irnos de aquí. No. Las primeras palabras de Dios son: no son para sacarlos de Egipto. Esto es muy interesante y muy importante. Sí, lo es. Deja que salgan un momento, Dios quería hacerle un retiro espiritual a su pueblo. Voy a sacarlos de Egipto, yo quiero que hagamos un retiro. Ese es el origen. Yo quiero sacar a mi pueblo de Egipto. Quiero que hagamos un retiro espiritual. Deja que ellos caigan en cuenta a través de tu voz Moisés, dejó que ellos caigan en cuenta de que están adorando no a los ídolos mudos, sino que ellos tienen al Dios verdadero, que el Dios verdadero es su Dios. Dios quiso sacar a su pueblo para hacerle un retiro espiritual, de manera que cayeran en cuenta de que el Dios verdadero era su Dios. Ese era el propósito, porque ahí estaba la semilla de la salvación.

El faraón se opone. Sus preceptos lo sabemos, son utilitaristas. Se nos van a ir los obreros gratis que tenemos. Empieza a sobrecargarlos con trabajos y como verdadero emisario del demonio, a quien se servía profusamente en Egipto. Entonces, ¿Qué hacen? Acabar los niños, le dice a las parteras de las hebreas les dice: cuando nazca el niño lo matan. Oye, lo matan. Cuando nazca niño, lo matan, cuando nazca niña, la dejan con vida. Objetivo: Esta gente tiene que terminar emparentando con nosotros y se les acabaran los embelecos y se acabará la luz del Dios verdadero. La luz. La luz del Dios verdadero. Y empieza la matazón de niños. Vamos a matar niños aquí. Como hay hartos, vamos a matarlos. Uno de esos niños se salva, ese es Moises. Y Moises será el encargado de sacar al pueblo de Egipto. Finalmente tiene que sacarlo de allá y el retiro espiritual que iba a ser de tres días, porque así dice la Biblia: Deja mi pueblo que salga durante tres jornadas para ofrecerle sacrificios. El retiro espiritual iba a ser de una semana, pero eso de ahí los retiros del pueblo, una semana, tres días de camino y luego tres días de vueltas, más o menos una semana. El retiro espiritual que iba a ser de una semana, se convirtió en un retiro espiritual de cuarenta años. Cuarenta años por el desierto.

Y qué vino a mostrar ese desierto, que el corazón de los israelitas ya estaba bastante apegado a Egipto y por eso ellos se acordaban tanto por allá de las cebollas y los puerros y las ollas de carne donde se sentaban a comer y comían y comían y engordó. Ya tenían el corazón amarrado a ese tipo de cosas. El demonio de la prosperidad y el demonio de Baal ya los perseguían. De acuerdo. Cuando Moisés subió al Sinaí. ¿Qué es lo primero que se le ocurre a esta gente? No puede. A ver, vamos a hacer becerro de oro y adorar al becerro de oro. Y este fue el que nos liberó. Ya yo ya tenía un corazón idólatra. Volviendo al hilo de nuestra historia, el objetivo de la consagración de los primogénitos, entonces ¿Cuál es? Es recordar a todo el pueblo de Israel que la vida misma de Israel es de Dios. Que esa vida la ha conservado Dios como una lamparita, como una vela que estuvo a punto de apagarse. Esta la ha conservado Dios como una lamparita en la cual brilla su fidelidad y en la cual anuncia que dará salvación a todas las naciones.

Y así se presenta a María obedeciendo a esta ley. Se presenta María en el templo. Dos ancianos la reciben. Muchos piensan que Simeón era uno de los encargados ahí del templo. Cuando uno ve cuadritos se han visto esos cuadros donde Simeón recibe a María y a José. Siempre ponen a Simeón como con vestiduras sacerdotales. El texto del Evangelio que hemos escuchado no dice cosa parecida. Simplemente un hombre muy anciano, un hombre muy anciano, que llevaba en su misma ancianidad la señal del tiempo que estaba esperando, que hace que estaba esperando la redención de Israel. Y una mujer, además de anciana viuda. Este Simeón y está Ana, este par de ancianos que son sino como las dos manos del Antiguo Testamento, dos manos ancianas que se extienden desde la lejanía, desde la vetustez de la ley, desde la antigüedad de la ley y desde la antigüedad de esos ritos se tienden estas dos manos de ancianos para abrazar al niño, para tocar la esperanza, para recibir la salvación. Simeón nos dice con sus propias palabras: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todas las naciones, luz para alumbrar a todas las naciones y gloria de tu pueblo Israel. Esa luz que estuvo a punto de extinguirse cuando el Faraón.

Esa lamparita que Dios cuidó a lo largo del camino del desierto, esa luz que resplandeció pequeñita allá en el templo, esa luz que sigue en la palabra de los profetas, esa luz hoy se convierte en una llamarada de amor. Hoy aparece. Hoy se enciende en el templo de Jerusalén una hoguera de amor. Y por eso hoy, dos de febrero, en muchas partes, hay la celebración de Nuestra Señora de la Candelaria. Porque en esta fiesta se acostumbra. Igual lo hubiéramos podido hacer aquí, en esta fiesta se acostumbra llevar cirios y encenderlos, especialmente por el sentido profundo de esa luz que viene desde Abraham y los patriarcas y los profetas hasta nosotros. Esa luz, esa luz que es Cristo aquí en el Concilio Vaticano Segundo llama con las palabras de Simeón Lumen Gentium, luz de las naciones, luz para todos los pueblos. al mismo tiempo gloria de Israel. Y con esta luz va a pasar lo mismo que sucede con todas las luces. Se enciende una luz y se descubre.

Llega la luz de Cristo en nuestras vidas y empieza a descubrirse quién es cada uno y por eso uno se caen y otro se levantan. Así como los misioneros cuando llegaron a estas tierras en muchas partes para lograr hacerse entender de los indígenas, tenían que derribar físicamente el libro para mostrarles que no pasaba nada si se caía esa estatua. Así también cuando se levanta Dios, se dispersan sus enemigos. Cuando se levanta Cristo en nuestro corazón tienen que caer muchos ídolos, tienen que caer muchas mentiras. Y cuando se levanta este Cristo con Él tienen que levantarse también muchas esperanzas. Hay mucho en nosotros que tiene que puede levantarse por la obra de Jesucristo. Este Cristo con su luz se convierte en una especie de luz, este Cristo con su luz se convierte en una especie de luz que discierne lo que hay en nosotros. La aplicación, entonces, de esta fiesta a nuestras vidas significa precisamente lo que esta luz es capaz de hacer. Yo les invito a que pensemos cuáles son los ídolos que tienen que derribarse en nosotros. Si entra Cristo así glorioso por las manos de María, a nuestra vida, siempre a Cristo. Así qué tiene ¿Que caer en nuestras vidas? ¿Qué tiene que derribarse? ¿Cuáles son los pecados que tienen que derribarse?

El libro de Daniel nos presenta de una manera muy hermosa cómo cuando halla, esos paganos entraban en el Arca de la Alianza, al templo de su Dios. El Dios caía de bruces en homenaje al arca. Y entonces, al día siguiente volvían a levantar el ídolo y volvía y se caía delante del arca. Basta con que traigas el arca. Y el arca es María, y basta con que traigas en los brazos de María a Jesús y el ídolo. Tu ídolo caerá de bruces y reconocerá el señorío de Cristo Jesús. Leí no hace mucho el libro de un reconocido exorcista que ejerce su ministerio en Italia. Y decía este exorcista que aún en los momentos más duros de esa especie de lucha que supone el exorcismo a las palabras del himno de la carta a los Filipenses, ante él se dobla toda rodilla. Incluso el proceso obedece, porque ante la palabra de Cristo y ante la luz de Cristo, caen de bruces y se derrumban nuestras mentiras. Perdemos amigos con el poder que tiene esta luz. Yo creo que a veces nosotros obramos como gente que quiere derribar sus ídolos con sus propias fuerzas, y esos están muy pegados. El ídolo de sí mismo no puede nada.

Pero bien nos dice San Pablo. Detrás del ídolo, detrás de nuestros ídolos y mentiras, están los demonios que han suscitado en cómo aferrarse y cómo aferrarnos a nuestras mentiras y pecados. Muchas veces uno intenta por sus propias fuerzas derribar el ídolo y no lo logra. La fiesta de hoy nos invita a levantar a Jesucristo en lo más alto del alma, en el centro mismo de nuestro corazón. Así como Jerusalén es el centro de Israel, es la capital de esta tierra que Dios prometió a su pueblo. Así también nosotros debemos levantar a Jesús allá en el corazón. Él puede en este momento derribar esos ídolos. Él puede derribar esas desesperanzas. Hay que dejar que su luz impregne, que su luz lo llene todo. Hay que dejar que su luz nos juzgue. Hay que dejar a Cristo, que opine de nosotros, que opine de nuestros pensamientos. Hay que dejar a Cristo que diga su Palabra sobre nuestras palabras. Hay que dejar a Cristo que obre en nuestras obras, que haga de nosotros aquello que Él quiere. Y hay que dejar que una vez que Él realice su obra, nosotros, como Ana, la hija de Samuel, le contemos a todos los que esperan la liberación de Israel, que es verdad que ha llegado.

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