Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dejarse corregir por Aquel que es la Verdad es indispensable para llegar a la verdad.

Homilía poc3024a, predicada en 20250423, con 7 min. y 25 seg.

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Transcripción:

Indudablemente, mis hermanos, el pasaje del Evangelio de hoy, tomado del capítulo número 24 de San Lucas, es uno de los más amados, de los más conocidos y de los más amados. Se trata de aquellos discípulos que, alejándose de Jerusalén, alejándose de la comunidad creyente, iban a una aldea llamada Emaús, y por eso este pasaje suele nombrarse como, el de los discípulos de Emaús.

De todo ese precioso pasaje que nos da tantos motivos de meditación, yo quiero destacar el regaño de Cristo, hablemos del regaño de Cristo. Lo tengo tan presente que incluso lo recuerdo en sus palabras originales, es decir, en el texto griego «O anoetoi kai bradeis te kardia». Este es el reproche que Cristo hace a ese par de discípulos suyos que están desengañados, entristecidos y que van alejándose de Jerusalén hacia aquella población de Emaús, «anoetoi» viene de la palabra «noûs» que significa entendimiento, «anoetoi» es el plural y quiere decir, gente sin entendimiento. Algunas veces se traduce por necios, pero realmente la palabra es más fuerte porque la palabra lo que está diciendo es algo así como gente incapaz de pensar, o como se diría tal vez popularmente, gente sin seso, gente que no tiene cabeza, «anoetoi» está en plural.

Y luego dice, «bradeis te kardia», esta raíz significa lento. En medicina se habla, por ejemplo, de bradicardia, que es un corazón lento, un corazón que está pulsando de una manera más lenta de lo normal. Entonces «bradeis te kardia» quiere decir, lentos en el corazón. Pero Cristo nos estaba refiriendo, obviamente, a una condición fisiológica, una condición médica. Cristo se estaba refiriendo a esa lentitud para procesar lo que Dios nos da, porque sabemos que el corazón, por eso dice «bradeis te kardia», porque sabemos que el corazón es el lugar del pensamiento, es el lugar de la decisión, es lo más íntimo del ser humano según la Biblia. Entonces, cuando se nos dice «bradeis te kardia», quiere decir que tu corazón, que lo íntimo de tu ser no es capaz de procesar lo que Dios te está dando, no eres capaz de sacar las conclusiones, no eres capaz de ver las señales, son palabras duras. Son palabras muy duras las que utiliza Cristo refiriéndose a la situación de estos discípulos que solemos llamar los discípulos de Emaús.

Y ¿qué es lo que yo quiero destacar?, con la ayuda del Espíritu Santo, que ese regaño, ese reproche, es el que abre la puerta a toda la explicación que hace el Señor, porque no se queda simplemente regañándolos, sino que después les hace toda una exégesis, hace una larga explicación escriturística, mencionando textos de la Escritura, textos de los profetas que se referían al sufrimiento del Mesías. Nosotros, por ejemplo, en la Semana Santa, hemos escuchado varios de esos textos que se encuentran entre los capítulos 42 y capítulo 53 de Isaías, son los llamados cánticos del siervo de Yahvé. Y en esos cánticos se está anunciando el sufrimiento y ese sufrir que lo dijeron los profetas, pero sobre todo, que lo vivieron los profetas, es lo que Cristo les está recordando a ellos, y a través de esas palabras les está haciendo ver que efectivamente tiene sentido la Cruz, que la Cruz no llega como una especie de accidente imprevisto, como una especie de acontecimiento extraño e inexplicable, sino que, en el fondo, el misterio de la Cruz tiene sus raíces en la dureza del corazón humano, en la rebeldía del corazón humano infectado por el pecado, herido por el aguijón de satanás.

Esa es la explicación que hace Cristo, pero lo que yo quiero destacar es que antes de llegar a esa explicación vino el regaño, o sea, el regaño también es importante, el regaño también es clave. Y dejarse regañar por Cristo, dejarse corregir por Aquel que es la verdad, es indispensable para llegar a la verdad. Esto hay que decirlo con cierto énfasis en nuestra época, porque es que vivimos en un tiempo en el que no se puede corregir a la gente, en el que cualquier corrección ya se ve como una ofensa: -Oye, oye, que me estás ofendiendo, que con eso que dices me ofendes, que no me estás respetando. A ver, el hecho de que yo no esté de acuerdo contigo no significa que yo te estoy irrespetando. Si tú me dices, por ejemplo, que hay 133 géneros y que estoy viendo que eres un hombre, pero que te tengo que llamar con pronombres de mujer, espérate, yo no te estoy irrespetando a ti, pero no tengo que estar de acuerdo contigo. Entonces, como vivimos en una época en la que en temas de género y en muchísimos otros temas no se le puede decir nada a nadie, porque todo es ofensa, porque todo es complicado, porque todo es doloroso, pues nosotros no estamos de acuerdo con eso y nosotros no le hacemos el juego a esa, esa especie de mundo de cristal donde todos viven ofendidos, no.

Es necesario el reproche, es necesario el regaño, es necesaria la corrección, eso también se necesita, porque por ahí empieza el camino de la verdad. Eso fue lo que hizo Cristo, maestro de maestros, eso fue lo que hizo Cristo en el pasaje de hoy, repito, capítulo 24 de San Lucas. Y si Cristo lo hizo, eso tiene mucho sentido. Y nosotros tenemos que aprender de Cristo, nosotros no tenemos que corregir a Cristo, tenemos que aprender de Él. Ese es el mensaje que quería compartir, solo el que se deje corregir encontrará la verdad. El que se sienta ofendido por todo o el que considere que sus opiniones son intocables, nunca llegará a la verdad. ¡Qué gran lección la que nos deja, entre tantas, qué gran lección la que nos deja el Evangelio de hoy! La gloria para el Señor. Amén.

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