Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Lecciones de la curación de un lisiado.

Homilía poc3019a, predicada en 20200415, con 35 min. y 24 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, con el santo Evangelio que se proclama el miércoles de la Octava, o sea hoy, sucede un poco lo mismo que mencionábamos en la Santa Misa de ayer. Es un relato tan bello, tan evocador, que uno se siente obligado a predicar sobre esa lectura. Y así lo he hecho yo, lo mismo que muchos sacerdotes durante muchos años. Pero la dificultad está en que entonces pocas veces o nunca se predica de la primera lectura. Y así como pedí licencia ayer para centrarme en la primera lectura, así también lo pido hoy. Vamos a irnos a ese texto del capítulo tercero del libro de los Hechos de los Apóstoles.

El capítulo segundo de esa obra, Los Hechos de los Apóstoles, está dedicado a Pentecostés y los textos que hemos tenido ayer y anteayer corresponden a ese capítulo segundo. El pasaje de hoy es el comienzo del capítulo tercero de los Hechos de los Apóstoles. Pedro habló a la gente sobre la efusión del Espíritu Santo, Pedro enseñó a aquel pueblo reunido que el don del Espíritu Santo es el regalo, es el fruto propio de la Pascua. El Cristo resucitado ha llevado al cielo nuestra humanidad, porque muerto y resucitado Cristo, no ha dejado de ser verdadero hombre. Así que Cristo, con la gloria de la resurrección, ha llevado nuestra humanidad al cielo, y en la humanidad de Cristo verdadera, pero ya gloriosa, se ha derramado en primer lugar el don del Espíritu Santo que Dios había prometido. Ese don sobreabundante en el Resucitado, luego, por decirlo con una imagen muy infantil, se escurre sobre todo el cuerpo de Cristo, que es su Iglesia, y de Él, de Cristo nuestra cabeza, viene la abundancia del don del Espíritu, que luego produce abundantísimos frutos en cada uno de nosotros.

Como decía uno de los Padres de la Iglesia, lo mismo que la lluvia siendo una misma agua para todas las plantas en cada una produce un efecto diverso, de modo que la misma lluvia hace que el árbol de naranjas produzca naranjas, y el de manzanas, manzanas y el trigal de su espiga. Así también el Espíritu Santo, siendo un solo don, al llegar a nosotros, se multiplica en una pluralidad de frutos, en una pluralidad de carismas. Y esos carismas, que es la palabra carisma, quiere decir regalo, esos carismas, esos regalos del Espíritu Santo, simplemente nos están regalando, nos están recordando que el mismo Espíritu es el regalo de Dios. El Espíritu es el regalo de Dios, regalo precioso que ha llegado a nosotros solo por la Pascua del Señor. Por eso, también el Evangelio de Juan dice que cuando Cristo se paró a predicar en el templo, por supuesto antes de su pasión, gritó con voz potente: «El que tenga sed, que venga a mí y que beba». Y anota el evangelista: «Todavía no había Espíritu, porque no había sido glorificado el Señor».

Fíjate que el libro de los Hechos de los Apóstoles pertenece a la tradición literaria de San Lucas, a quien consideramos con razón autor tanto del Evangelio, como del libro de los Hechos de los Apóstoles, Evangelio de San Lucas y Hechos de los Apóstoles son parte de una sola obra literaria. Pero ahora he mencionado un texto de San Juan y nos damos cuenta que San Juan también habla de la relación entre la gloria del Resucitado y el diluvio, el derramamiento, la efusión del Espíritu Santo. Bueno, entonces el fruto de la Resurrección es que hay don sobreabundante de espíritu que llega al cuerpo de Cristo como escurriendo sobre nosotros.

Hay un salmo que dice que «la unión de los hermanos es como ungüento precioso que baja por la barba de Aarón hasta la franja de su ornamento». Pues bien, algo así es lo que ha sucedido, este Aarón era el gran sacerdote en tiempos de Moisés. Pero no hay comparación posible entre el sacerdocio de Aarón y el sacerdocio de Cristo, pues solo Cristo es el sumo y eterno Sacerdote. Entonces, mejor que Aarón, el ungüento que ha recibido Cristo no es un aceite perecedero, sino que es efusión del amor y del poder mismo de Dios. Y así como en el caso de Aarón, el ungüento sobreabundante finalmente llegaba hasta la franja de su ornamento, así también el Cristo resucitado ha recibido del Padre, nos lo dijo Pedro en el capítulo segundo, ha recibido del Padre sobreabundancia de Espíritu que baja hasta la franja de su ornamento, es decir, cubre su cuerpo, que somos nosotros, este es el sentido de la Pascua. La Pascua queda incompleta sin la efusión del Espíritu.

Por otro lado, como ya también hemos anunciado antes, esta gracia del Espíritu Santo que llega a nosotros, hace obras en nosotros. Y lo que encontramos inaugurando el capítulo tercero de los Hechos de los Apóstoles, es el tipo de obra que el Espíritu hace. ¿En qué consiste esa obra? ¿Qué es lo que quiere hacer el Espíritu Santo en la Iglesia? ¿Qué quiere hacer? Podemos darnos cuenta de algo, amados hermanos, si ha sido voluntad del Espíritu Santo, que es también el que habló por los profetas, decimos en el Credo, y es el que inspiró las Escrituras, si fue voluntad del Espíritu Santo, que inmediatamente después de Pentecostés, lo primero que se consignará fuera un milagro de curación, y si el milagro de curación que quiso el Espíritu Santo que se consignará fue éste, exactamente éste que hemos proclamado hoy, la curación de un lisiado de nacimiento, entonces debe haber un significado, debe haber un sentido especial, debe haber una enseñanza particular que el Espíritu Santo quiere darnos con el hecho de que el primer milagro después de Pentecostés es este. Este es el primer milagro que se describe.

Lo que estoy tratando de decir es que, si este milagro fue contado como primer milagro, debe haber algo prototípico. Debe haber algo absolutamente singular en ese milagro, algo que hace que este milagro sea como una especie de anticipación de los miles y millones de milagros que el Espíritu Santo ha seguido haciendo en el Cuerpo de Cristo y a través del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, hasta nuestros días. Entonces, la pregunta que tenemos que hacernos es ¿qué es lo prototípico? ¿Qué es lo que hace de este milagro como un prototipo, como una plantilla, como un modelo que nos habla de cómo son todas las obras del Espíritu? En efecto, mis hermanos, así como en el martirio del primero que murió por Cristo, que es San Esteban, vemos una especie de modelo para todos los mártires hombres, mujeres, niños, jóvenes de todos los tiempos, así también, debemos pensar que en este primer milagro hay una especie de prototipo que nos cuenta cómo son los milagros que Dios quiere hacer a lo largo de toda la historia, a lo largo de todos los siglos.

Eso nos obliga a volver sobre ese texto para tratar de descubrir cuáles son los grandes trazos. Lo que hoy encontramos en este milagro es como un retrato del amor de Dios en acción. Y ese retrato ha sido pintado con grandes trazos, preciosos trazos del Espíritu. ¿Qué nos quiere decir el Espíritu Santo con este milagro? Entresaquemos unos tres o cuatro elementos. Tres o cuatro grandes rasgos de la acción del Espíritu, como aparece en este milagro. «Pedro y Juan iban a la oración de media tarde al templo, vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento». Lo primero que nos llama la atención, siendo todo doloroso, es que se trata de un lisiado de nacimiento. Nosotros hemos aprendido de la Biblia que cuando se menciona una característica que es de nacimiento, se está hablando de algo que es propio y característico de nuestra naturaleza humana herida por el pecado.

Por ejemplo, en el capítulo noveno del Evangelio según San Juan se cuenta de un ciego, pero ¿qué nos dice la Escritura? Era un ciego de nacimiento. Y por qué es importante mencionar esto de que es de nacimiento. Bueno, también el capítulo noveno de San Juan nos ayuda a entenderlo. Estaba tan arraigada la costumbre en la gente de aquel tiempo, estaba tan arraigada la costumbre de la ley de retribución que ellos veían en toda prosperidad un signo de bendición y en toda bendición, una especie de premio que Dios da a los que se portan bien. Paralelamente, aquella gente veía y todavía algunas personas ven, que todo lo que sea escasez, privación o problema es como una especie de maldición. Y si le ha caído maldición, por algo será, algo hizo mal.

Repito, está tan clara esta idea en la Biblia que, en el capítulo noveno del Evangelio según San Juan, se nos dice cuando el ciego de nacimiento, se nos dice que los apóstoles le preguntaron a Jesús: «¿Quién pecó, éste o sus padres, para que éste naciera así?» Entonces, fíjate que estaba tan metida esa mentalidad que, cuando una persona tenía un problema, una enfermedad, o quedaba lisiado o perdía la vista, algo malo tuvo que haber hecho, quién sabe qué le estarán cobrando, algo malo, lo tendrá bien escondido.

El libro de la Biblia donde se cuenta esta idea con más extensión es el libro de Job. Recordemos el caso de Job. Job es un hombre recto, es un hombre inocente ante la presencia de Dios. Pero Job, siendo inocente, se ve sometido a una gran cantidad de desgracias de toda clase. Y ¿qué hacen aquellos amigos? Vamos a llamarlos amigos, que van a visitar a Job, las únicas palabras que tienen para su amigo son: Arrepiéntete, algo hiciste mal. Parecías bueno, pero por ahí debes tener tú escondido, arrepiéntete. Y eso se lo repiten capítulo tras capítulo en el libro de Job. O sea que esta mentalidad de que todo pecado produce una consecuencia y que toda necesidad es causa de un pecado, esa idea estaba profundamente enraizada en aquel pueblo.

Pero uno se da cuenta que esa idea se vuelve absurda cuando tratas de aplicarla a alguien que tiene un problema de nacimiento. Por eso, a poco que uno lo analice, uno se da cuenta de que es absurdo lo que les preguntan los apóstoles a Cristo: «¿Quién pecó, éste o sus padres para que naciera así?» Fíjate lo que están diciendo con esa pregunta, están diciendo que este señor que nació ciego fue porque pecó antes de nacer. Alguna cosa hizo, tal vez le daba demasiadas pataditas a la barriguita de la mamá y por eso se lo están cobrando con la ceguera. Es ridícula, esa idea es ridícula, pero eso demuestra a dónde se llega con esa ley de retribución que estaba tan afianzada. Precisamente porque esa ley de retribución llega a cosas tan absurdas, cada vez que nos encontramos con un caso que es de nacimiento, nos damos cuenta que finalmente la Biblia quiere que no nos quedemos en la ley de retribución, sino más bien que descubramos que nuestra propia naturaleza después del pecado original está torcida.

El problema no es un pecado que cometió ese ciego de nacimiento cuando estaba en el vientre de la mamá, el problema más bien es que todos cargamos las consecuencias, no la culpa, pero sí las consecuencias de los pecados de nuestros mayores, incluyendo las consecuencias del pecado original, por supuesto. Y uno ve que esto es perfectamente real, hablando en un terreno que todos entendemos, si, por ejemplo, un papá o una mamá fueron irresponsables con su alimentación o con su salud, eso tendrá consecuencias en sus hijos. Si fueron irresponsables con su dinero, eso tendrá consecuencias de pobreza y de indigencia en sus hijos. O sea que uno carga con consecuencias, no exactamente con el pecado, pero sí con las consecuencias de los pecados de otros.

Teniendo esto claro, cuando nosotros oímos hablar de un lisiado de nacimiento, inmediatamente debemos pensar, esto nos remite a la naturaleza humana. Esto nos remite a la condición humana herida por el pecado original, eso es lo que estamos descubriendo. Por decirlo con palabras más breves y sencillas, todos de alguna manera somos ese lisiado, lisiado de nacimiento. Uno de los grandes maestros en la Santa Iglesia Católica es San Agustín. Y a él debemos, entre otras cosas, profundos estudios sobre la cuestión del pecado original. Algo muy bello que dice San Agustín y que tiene que hacernos pensar, es que esta realidad del pecado original se nos ha manifestado para que se manifieste la gracia. Parece calcado del Evangelio según San Juan, el pasaje del capítulo noveno, después de que los apóstoles hacen la pregunta ridícula, Cristo dice: «Ni éste pecó ni sus padres, sino que es para que se manifieste en Él la gloria de Dios».

Pero volvamos a nuestro relato de los Hechos de los Apóstoles, todos nosotros somos lisiados. Por supuesto, si uno mira su cuerpo, uno dice: -Pero yo lisiado, ¿por qué? Déjame, te digo en qué sentido somos lisiados. Somos lisiados en el sentido de que nos cuesta avanzar y a veces no avanzamos. En todo caso, por nuestras solas fuerzas, no avanzamos en el camino de Dios, no avanzamos. Dejados a nuestras propias fuerzas, a nuestros propios recursos, para lo que somos buenos es para el orgullo y para el resentimiento y para el egoísmo, y si hay que decir una mentira, se dice, y si hay que excluir a un inocente se le excluye. Lisiados somos porque no caminamos por las sendas de Dios. Y en cierto sentido, cada uno de los libros de la Biblia es una demostración de esta verdad, no avanzamos, no avanzamos. Pero sobre todo los libros del Antiguo Testamento, si bien el libro del Deuteronomio dice: ¿Qué pueblo tiene mandamientos tan sabios? El mismo libro del Deuteronomio dice: Ustedes no van a poder cumplir esto.

Lisiados somos, lisiados porque no sabemos ni podemos avanzar por el camino de Dios. Unos cuantos pasos damos más parecidos al tropezar y caerse del lisiado que otra cosa. Para eso sí somos buenos, para caernos somos buenos, pero para avanzar muy regulares o malos. Entonces ese lisiado soy yo y eres tú. Y en buena parte, el ejercicio de conocerse uno a sí mismo, es encontrar de qué manera estoy lisiado yo mismo. Un santo que todos hemos de amar, San Ignacio de Loyola, hablaba de la necesidad de que cada uno conozca bien cuál es su pecado dominante, porque es sobre todo, en esa área de tu vida donde tú debes reconocer, estoy lisiado. No es verdad que todos tenemos alguno o algunos pecados en los que recaemos y recaemos. El uno mentiroso compulsivo, el otro orgulloso, el otro lujurioso, el otro cómodo y egoísta. Cada uno, nos enseña San Ignacio de Loyola, tiene que examinarse y darse cuenta que está lisiado, o qué otra explicación hay para que muchas veces te hayas propuesto no volver a hacer esto, no debo repetir esto, a mí no me puede ganar la pereza, a mí no me puede ganar la lujuria, a mí no me puede ganar la envidia, a mí no me puede ganar y sin embargo te gana. O sea que tu voluntad está lisiada y con una voluntad lisiada mal pueden moverse tus pies para avanzar por la senda del Señor. Entonces el lisiado soy yo, el lisiado eres tú.

Pero luego viene otro punto, y es que este lisiado pide limosna. Este lisiado no puede hacer nada por sí mismo, depende completamente de los demás. Y es evidente que la vida que lleva en esa pobre condición de pedir limosna no es exactamente la vida que él desearía, pide limosna. Es verdad que hay personas, por ejemplo, en la ciudad de Bogotá, que tienen una gran astucia y los hay en otras partes, para hacer de la limosna y del pedir limosna una especie de negocio. Y pueden hacerse un buen dinero, despertando una compasión que en el fondo es falsa, es decir, es falsa porque ha sido provocada falsamente, no porque sea falso el sentimiento de quien quiere ayudar. Entonces, la persona que tiene esa astucia puede hacer mucho dinero como limosnero. Pero no es el caso de la limosna como se describe en la Biblia. No es el caso, en todo caso de este lisiado, pedir limosna es contentarse con sobras.

Bien denunciaba el Papa Francisco hace unos cuantos años. Mira, decía el Papa, hay personas que cuando van a dar limosna, dan el poquito que sobra, la moneda que ya me estorba en el bolsillo, me está rompiendo el bolsillo, mejor se la doy a este limosnero. Entonces, segunda característica de este hombre. La primera es que era lisiado. Segunda característica, pide limosna, pero vamos a traducirlo de esta manera, queriendo acercarnos a la realidad bíblica. ¿Sabes qué significa que pide limosna? Significa que vive de sobras, vive de las sobras, mendiga sobras. Y ¿eso se parece a nuestra condición? Muchas veces, sí, especialmente, y esto lo han dicho muchos predicadores, especialmente en lo que tiene que ver con el amor.

¿Cuántas personas viven en el amor de las sobras? Piensa en el caso de una persona que entra en una relación con un hombre casado o con una mujer casada. Las dos cosas se dan, y tristemente, con más abundancia en nuestro tiempo. Piensa, piensa en la persona y pensemos, por ejemplo, en una muchacha que se mete con un hombre casado, como decimos popularmente en mi país. Esa mujer ¿qué está haciendo? Ella sabe que ese hombre tiene su esposa, ella sabe que ese hombre tiene sus hijos. Entonces, por lo menos al principio de la relación, luego no se contentará con eso. Pero al principio, ¿qué es lo que ella hace? Contentarse con sobras, eso es lo que ella hace. Como quien dice, lo que quedó para mí, del amor que le diste a tu verdadera esposa y a tus hijos, lo que quedó para mí con eso por ahora, me contento. Esas son sobras, y hay muchas personas que van al amor con las sobras. Es decir, cada vez que tú aceptas algo que no va con tu conciencia, pero lo aceptas porque piensas si no hago esto, no me van a amar, qué nombre le das a eso, por Dios, esas son sobras. Eso no es lo que tú te mereces, pero te contentas con eso. ¿Por qué? Porque consideras que no lograrás lo que tú realmente quisieras.

Y por eso uno de los mecanismos más eficaces para manipular, para manejar a las mujeres en gran escala es enseñarles que sus sueños más puros, que sus sueños más bellos, no se van a realizar y que, por tanto, deben someterse. ¿Someterse a qué? Someterse a romper sus principios morales, someterse a violentar su conciencia, someterse a recibir el tratamiento que ellas no quisieran. Y esto lo sé yo por experiencia, al hablar con lo que muchas mujeres, por ejemplo, en consejería o en confesión, dicen. Cuántas veces uno tiene que preguntar: pero ¿a usted le gustaba eso? La verdad no. Pero entonces ¿por qué lo hacía? Pues no sé, porque tal vez él se iba a ir. ¿Qué estás haciendo? Te estás sometiendo, estás quedándote con las sobras. Esto se nota en muchas cosas, muchas cosas.

Hay personas que viven de las obras del sacerdocio. Me acuerdo de una predicación de un obispo ya de hace tiempo, no es contemporáneo nuestro, que tratando de desprender a los sacerdotes de la codicia y de hacer todo por plata, porque se daba cuenta este santo obispo, se daba cuenta que sus sacerdotes, donde no veían estipendio y donde no veían ganancia económica, poco a poco y viene un plan pastoral que consiste en que hay que organizar comunidades y todo esto. -Sí, pero es que, si yo digo misa y estipendio, pero si yo me pongo a organizar comunidades ahí qué me llega. Ese tipo de codicia, fastidiosa codicia de los sacerdotes es lo que quería erradicar un cierto obispo. Y entonces él trataba, espero que haya dado gran fruto esa palabra, él trataba de inculcarles a los sacerdotes ¿cómo es que tú, que eres el primero en alimentarte de la mesa del altar, te alegras tanto y te contentas con dinero? Si comparas el bien del dinero y el bien infinito de Cristo en la Eucaristía, ¿no te parece que estás malvendiendo tu sacerdocio? ¿No te parece que contentarte con un estipendio, o sea, poner tu corazón en un estipendio, es quedarte con las sobras menos de las migajas mientras dejas, como sin comer el pan del cielo? Buena predicación, buena exhortación.

Entonces aquel hombre lisiado se contentaba con las obras. Pero cuando ya él puede entrar al templo, cuando ya él recupera su movimiento, cuando ya él tiene plena fuerza, ahora ya no va a contentarse con las obras, ahora ya puede trabajar por sí mismo. Su condición, en todo caso, ha mejorado. Entonces llevamos dos características de este hombre, primera, que era un lisiado, y nos damos cuenta que el lisiado somos todos, en cierto sentido. Segundo, que él se contentaba con sobras o le tocaba contentarse con sobras en la medida en que tenía que pedir limosna, y nos damos cuenta que esos también somos nosotros, que muchas veces nos contentamos con sobras. Y ahora viene el tercer elemento.

Observemos en dónde fue puesto a este lisiado, él pedía limosna a la puerta del templo. ¿Qué te dice esa expresión? A la puerta del templo. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que él no entraba en el templo. Estaba ahí, a la puerta, pero no adentro. Y ¿quiénes somos nosotros? Esos somos también nosotros. Y otro dirá: -Bueno, pero ¿cómo así que yo estoy a la puerta? Ya entendí que de alguna manera soy un lisiado, ya entendí que de alguna manera me he pasado la vida consumiendo sobras. Pero ¿por qué me dices que estoy a la puerta? Para que se entienda, conviene recordar aquella frase tan luminosa que Cristo le dijo a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios». Hagamos una traducción informal, ¿sabes lo que significa esa frase? Si supieras de lo que te estás perdiendo. Y Jesús le dice a la samaritana otra cosa, le dice: «Si supieras, si conocieras el don de Dios y supieras quién es el que habla contigo». O sea que, la traducción en nuestro lenguaje informal podría ser algo como esto, si supieras de lo que te estás perdiendo y si supieras lo cerca que lo tienes. Te lo estás perdiendo y está muy cerca.

Con esta explicación que estoy diciendo ahora, si se te parece esto a la curación del lisiado, ahora, si se te parece. Si supieras de lo que te estás perdiendo y si supieras lo cerca que está. Eso es como estar a la puerta, eso es estar a la puerta. ¿Por qué? Porque el que está a la puerta es como si tuviera toda la casa. Pero como nunca entra, es como si no la tuviera. El que está a la puerta está y no está, tiene la casa y no entra en la casa. Este lisiado tenía el templo y no tenía el templo porque estaba siempre a la puerta. Y por eso nosotros también tenemos que decirle al Señor: -Señor, yo ya no quiero quedarme a la puerta, yo no quiero quedarme en el casi, porque ese es un gran problema que tenemos los católicos, que muchos de nosotros hemos vivido en el casi, casi, casi soy católico, casi cumplo los mandamientos. Cuando será el día en que nosotros, movidos por la palabra poderosa de un apóstol, nos levantemos, nos levantemos como se levantó él y se acabe el casi.

Ese lisiado estaba atrapado en el casi, él casi entraba al templo, pero nunca entraba, hasta el día en que lo curó el poder de Dios a través del apóstol Pedro. Ese día se acabó el casi, y ya entró y ¿entró a qué? A alabar, saltaba, brincaba, alababa a Dios, se le acabó el casi. ¿Cuándo se va a acabar el casi para ti, ¿cuándo? ¿Cuándo se va a acabar para mí? Esa es la resolución que debemos tomar. Y por eso, y por eso tendremos que repetir aquella frase conocida en la piedad española: Loco debo ser, pues no soy santo. Hasta cuándo voy a ser casi santo, casi cristiano, casi practicante, casi un buen sacerdote, casi. Fue aproximadamente un buen esposo, fue más o menos buena madre, casi llegó a ser un buen predicador, como decían, burlándose de cierto dominico, pero, en ese caso, era chiste. Decían que cuando él era joven la gente hablaba y decían: -Este va a ser un gran predicador. Y luego en edad madura, la gente decía: -Este tuvo que haber sido un gran predicador, pero nunca se supo cuando fue predicador. ¿Cuándo, cuando vamos a dejar el casi, cuando vamos a empezar como este buen hombre curado, cuando vamos a empezar nuestra danza de alabanza, nuestro canto jubiloso? ¿Cuándo será?

Mis hermanos, mis hermanos, tres grandes enseñanzas que nos deja este lisiado. Primera, que el lisiado no solo era él, el lisiado soy yo. Mientras que las niñas del pañuelo verde ese, son felices acusando a otro: -Tú, tú, tú, el acusador. Tú. Tú eres el acusador. El acusador. No, tú eres el acusado. Tú eres el violador. Tú, tú. Tú eres el violador. La Biblia nos enseña a hacer el ejercicio contrario: -Yo. Yo soy el lisiado. Yo, yo soy el que he vivido comiendo sobras. Yo, yo soy el que he vivido a la puerta. Yo he vivido en el casi, yo. Y si la palabra de Cristo, si la Palabra de Dios a través del apóstol Pedro, me corrijo, pudo levantar a ese lisiado, esa palabra también me quiere levantar y me puede levantar a mí. Amén.

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