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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dejemos las sendas de presunción y vanidad, entremos por el camino firme del amor que se dona hasta el extremo, Jesucristo.
Homilía poc3015a, predicada en 20170419, con 6 min. y 56 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo número 24 de San Lucas, es una de esas narraciones absolutamente inolvidables, una vez que la has escuchado, aunque solo sea una vez. La conocemos esta narración como el relato de los discípulos de Emaús. Se trata de dos de los discípulos de Cristo que van saliendo de Jerusalén hacia una aldea que tiene ese nombre, Emaús. Nosotros no sabemos por qué ellos van a Emaús, pero sí sabemos por qué se van de Jerusalén.
Están saliendo de Jerusalén porque su mundo ha terminado. Jerusalén era el término de la peregrinación y de la obra profética de Cristo. Se suponía que Jerusalén, en la visión de ellos, iba a ser el gran triunfo del Mesías. Al contrario, lo que han visto en Jerusalén los ha dejado frustrados, decepcionados y confundidos. En vez de esa gran demostración de poder, lo que han encontrado es el fracaso, humanamente hablando, del líder en quien habían puesto toda su esperanza. En vez de un momento de triunfo, lo que se han encontrado es una derrota estrepitosa, escandalosa, humillante en la forma de la crucifixión. Bien sabemos que no había pena, no había castigo más humillante que el de la cruz, y eso precisamente es lo que ha padecido aquel a quien ellos seguían, aquel en el que habían puesto su esperanza.
Así que, muerto Jesucristo, cargados de frustración, seguramente impregnados de miedo de ser también ellos mismos atacados, no le ven sentido a permanecer junto a la comunidad. Cristo cita unas palabras del Antiguo Testamento diciendo una vez: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas». Efectivamente, herido y muerto el pastor que es Cristo, las ovejas empiezan a dispersarse. Y en ese movimiento de dispersión, es donde encontramos a estos dos discípulos que salen de Jerusalén.
Lo que es sorprendente es que la misericordia de Dios todavía tenía un mensaje para ellos. El Dios al que nosotros le hemos dado la espalda, el Dios del que nosotros nos hemos alejado, simplemente porque no corresponde a nuestros deseos, a nuestras expectativas, a nuestras búsquedas, ese Dios es el que sale a buscarnos a nosotros. Nosotros nos apartamos de Él, así como estos discípulos se apartan de Jerusalén y, sin embargo, este es el Dios que no se aparta de nosotros, sino que, como dice bellamente una canción, se hace el encontradizo.
El hecho de que Dios sea compasivo no debe, sin embargo, hacernos pensar que su lenguaje tiene que ser necesariamente dulzarrón. Las palabras de Cristo a los discípulos en Emaús, o a los discípulos que van hacia Emaús, son palabras bien fuertes, los trata de necios, los trata de torpes para comprender las Escrituras, lo cual también es una enseñanza para nosotros. Dios es compasivo, pero Dios no es cómplice ni de nuestra cobardía, ni de nuestra negligencia, ni de nuestra falta de espíritu. Nos habla con dureza y esa palabra fuerte de Cristo a los discípulos de Emaús es comparable a la palabra fuerte, al grito poderoso de Cristo cuando saca a Lázaro del sepulcro.
A veces Dios tiene que hablarnos fuerte, sin dejar de ser compasivo, y a veces tiene que tratarnos con gran misericordia, sin dejar de ser firme. Así que les habla con dureza, es decir, les habla con rotunda claridad y empieza a explicarles cómo el camino de la redención no es lo que ellos estaban imaginando. Ellos habían supuesto que subir a Jerusalén era como subir la escala del poder. Y resulta que subir a Jerusalén finalmente significa subir al Calvario. La vida cristiana finalmente no es una escalera de triunfo en triunfo, sino que es más bien un camino de despojo y de servicio. Porque si las promesas del demonio nos han vuelto idólatras, ofreciéndonos cada vez más dinero o más placer o más poder, no vamos a escapar de las garras del enemigo ascendiendo por esa escalera.
Es necesario más bien descender como descendió Cristo, dándonos ejemplo y redimiéndonos. Es necesario descender, es decir, es necesario abajarse como lo hizo Cristo en la Cruz. Esta es la catequesis fundamental que el Resucitado da a estos dos discípulos. El culmen de esa catequesis llega cuando se sientan, y entonces Él bendice y parte el pan. El pan partido es el recuerdo perdurable para ellos y para toda la Iglesia de lo que significa amar. Amar significa ser capaz de partirse y repartirse, lo que hizo Cristo el Jueves Santo, lo que luego realizó con su propio sacrificio en la Cruz, es lo que identifica su amor y es lo que identifica, es el sello que queda profundamente grabado en nosotros los cristianos. Por eso, ante ese sello de amor, por fin pueden reconocerlo y por fin pueden saber quién es ese extraño peregrino que, con tanta ternura, pero con tanta firmeza, les ha devuelto al camino.
Y ahora, que ya saben cuál es el camino, entonces vuelven a Jerusalén. Entonces vuelven sobre sus pasos y entonces vuelven a la comunidad para dar testimonio y para unirse a todos aquellos que de una manera progresiva pero firme, van descubriendo la preciosa realidad de la resurrección de Cristo. Que ese sea también nuestro camino, que podamos abandonar esas escaleras de presunción y de vanidad y podamos entrar por el camino extraño, pero el único firme, el camino del amor que se dona hasta el extremo. Sea ese el fruto de la Pascua en nuestras vidas. Amén.

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