Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Jesús sediento es quien nos ofrece bebida, Él sin recibir salario ni alimento es quien nos alimenta y al sufrir en su Pasión, Él mismo alivia nuestros dolores.

Homilía poc3014a, predicada en 20160330, con 5 min. y 38 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del capítulo tercero del libro de los Hechos de los Apóstoles. Este capítulo se abre con un bellísimo milagro, un hombre paralítico de nacimiento pedía limosna a las puertas del templo de Jerusalén, dos apóstoles, Pedro y Juan, suben para hacer la oración de la tarde, se encuentran con este paralítico que pedía dinero, pedía limosna. Pedro le dice: «No tengo oro ni plata. Lo que tengo, eso te lo doy, en el nombre de Jesús Nazareno, levántate y anda». Y el milagro sucede. Eso es lo que hemos escuchado del capítulo tercero de los Hechos de los Apóstoles.

Quiero destacar esa mezcla de pobreza y riqueza que está tan clara en las palabras del apóstol Pedro. No tengo, dice Pedro, oro ni plata, y, sin embargo, lo que le da a este paralítico es algo mucho más valioso que el oro y la plata, porque aquellas limosnas que recibía el paralítico no lo sacaban de su parálisis, no lo quitaban de su condición de limosnero. Hasta cierto punto el dinero lo mantenía también atado a esa puerta, la puerta del templo. Y es dramático el hecho de que este paralítico, una vez curado, por fin entra en el templo. Es decir, antes de su curación, él no solamente estaba excluido de poder andar, sino que también estaba excluido del templo, porque dentro del templo no podía pedir limosna, entonces la pedía afuera. Su parálisis lo mantenía afuera del templo.

Al encontrar la perfecta salud a través del milagro bendito que realiza en los apóstoles, él puede entrar al templo. O sea que, lo que Pedro le da es mucho más valioso que el oro y que la plata, lo que Pedro le da es algo que él necesita mucho más, pero que quizás ni siquiera se atrevía a esperar. Pedro es, al mismo tiempo, un pobre que no tiene oro ni plata, pero es abundantísimo, en ese sentido es mucho más rico porque puede dar lo que ningún rico de este mundo puede dar. Devolverle, es decir, concederle, digo mejor, la capacidad de andar a uno que estaba paralítico de nacimiento. Esa combinación es la que quiero que destaquemos, porque es la misma combinación que encontramos en Cristo.

El gran San Agustín, obispo de Hipona, tiene un comentario muy bonito sobre esta combinación de pobreza y riqueza cuando hace una predicación hermosa, en cuanto a aquel pasaje del capítulo cuarto del Evangelio de Juan, el encuentro entre Jesús y la Samaritana. Jesús está realmente muerto de sed, como decimos, y le pide de beber a la samaritana. La samaritana se extraña y le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Jesús le responde: «Si supieras quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a él». Y San Agustín comenta: «Este es un sediento que promete bebida, está sediento y, sin embargo, ofrece que bebamos de él». Es la combinación, una vez más, entre la pobreza y la riqueza.

Cristo, que no tiene nada, Cristo que no tiene donde reclinar su cabeza, es, sin embargo, el regazo amplio de Dios Padre, donde todos podemos recostar nuestra cabeza. Cristo, que no tiene cómo recibir en salario un dinero, ni un alimento, es el que nos alimenta a nosotros. Porque dice: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo». Cristo, el que sufre, el que padece de una manera indescriptible, particularmente en su pasión, es el mismo que alivia nuestros padecimientos, es el mismo que calma nuestros dolores. De nuevo, es esta idea de pobreza y de riqueza. Y detrás de esa idea hay algo muy hermoso y es que cuando nosotros dejamos de ser esclavos de las cosas de esta tierra, ahí es cuando aprendemos a ser en verdad dueños, porque la persona que solo conoce los bienes de esta tierra, aunque crea tener muchas cosas, en el fondo son las cosas las que se han adueñado de él. No tiene riquezas, las riquezas lo tienen a él.

En cambio, cuando una persona recibe de Cristo la verdadera libertad, entonces empieza a ser genuinamente, genuinamente dueño de las cosas. Y por eso, solo por el camino del desprendimiento, llegamos a la verdadera posesión. Grandes santos han comentado sobre este misterio, entre los cuales no puedo dejar de mencionar a San Juan de la Cruz, pero extendernos en esto nos llevaría muy lejos. Solamente adoremos esa bendita libertad, ese desprendimiento maravilloso, esa generosidad inaudita del Corazón de Cristo, y celebremos en la Pascua que ese mismo amor puede llegar a nosotros, como llegó a los apóstoles Pedro y Juan.

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