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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hemos de reconocer nuestra parálisis de amor para aplicar a nuestra vida el hermoso milagro que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles.
Homilía poc3013a, predicada en 20150408, con 6 min. y 8 seg. 
Transcripción:
¡Feliz Pascua para todos! La primera lectura del día de hoy está tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles. El capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado el gran acontecimiento de Pentecostés. Para nosotros, que estamos empezando el tiempo pascual y que sabemos que Pentecostés está al final del tiempo pascual, esto nos llama la atención. ¿Por qué nos hablan del final si apenas estamos empezando? Pero ya hemos explicado que hay una buena razón para eso. Hablamos del final y hablamos de Pentecostés, precisamente para que sepamos cuál es nuestra ruta y para que entendamos que solo podremos recibir el don de la Pascua en nuestras vidas a través del don del Espíritu Santo. Ese fue el capítulo segundo, el acontecimiento de Pentecostés, y luego el discurso poderoso del apóstol San Pedro, que llama a conversión y que lleva a conversión a miles de personas, porque Pedro está hablando con la fuerza del Espíritu Santo.
Ahora bien, no son solo palabras. El capítulo tercero nos muestra que esa fuerza del Espíritu Santo produce también cambios maravillosos en nuestra vida. Es decir, más allá de las simples palabras, tenemos que hablar de las obras. El Cristo vivo que nos ha dado el don del Espíritu Santo, obra también con nosotros. Como dice el evangelista San Marcos en el capítulo 16, Cristo obra con sus discípulos. Él está cooperando, Él obra con nosotros, el Resucitado está obrando, está haciendo los prodigios que le conocimos en Galilea, en Samaria y en Judea, está haciendo sus prodigios a través de esa fuerza de Espíritu que lo hace presente en el ministerio de los apóstoles. Esta es una gran enseñanza.
La primera lectura nos presenta como un hombre que no podía caminar, un hombre paralítico de nacimiento, se incorpora, adquiere fortaleza y canta con júbilo la victoria de Dios. Es la imagen misma de lo que hace el Espíritu en nuestra vida. También nosotros podemos decir con el salmista, como está escrito en el Salmo 51: «En pecado me concibió mi madre». Podemos decir que cada uno de nosotros es paralítico de nacimiento, lo somos en verdad. Paralíticos, en el sentido de que la fuerza que tenía que llevarnos hacia adelante, que es la fuerza del Espíritu Santo, que es la fuerza del amor, era una fuerza ajena para nosotros. Conocíamos amores, por supuesto. Teníamos formas de amar, por supuesto. Pero esas formas de amar, marcadas por el egoísmo, marcadas por el propio provecho, marcadas por la lógica de la transacción: -Yo doy simplemente al que me da y yo trato como me traten. Eso no va muy lejos, eso no avanza, por eso somos paralíticos. La persona que lamentablemente está paralítica puede agitarse, pero no avanza, puede moverse, pero no avanza. Esos somos nosotros, nuestra capacidad de amar cuando no tenemos la gracia del Espíritu Santo, se parece a la realidad difícil que viven con gran dolor las personas que tienen parálisis, pueden agitarse, pero no pueden avanzar, esos somos nosotros.
Y por eso cuando llega la predicación de los apóstoles y cuando llega el nombre de Cristo, y cuando llega la efusión del Espíritu, hay entonces se cura nuestra parálisis, que era de nacimiento, y entonces podemos incorporarnos y ahí sí podemos avanzar. Ahí sí podemos cantar las misericordias de Dios y ahí sí podemos dar testimonio ante nuestros hermanos. Por eso tenemos que reconocernos en la persona de ese paralítico y darnos cuenta que los mismos apóstoles que nos han enseñado son los apóstoles, a quienes Dios ha concedido la fuerza para transformarnos, y transformarnos quiere decir, realizar en nosotros estas maravillas, las que escuchamos en la Palabra Divina.
Si te reconoces en ese paralítico, si reconoces que tu vida es como un corcho en un remolino que da vueltas, pero no avanza, si te das cuenta que repites una y otra vez los mismos errores. Si te das cuenta que te agitas, pero no avanzas, quizás necesitas esa palabra vigorosa. Necesitas esa fuerza del nombre de Cristo para llegar a una vida nueva, para también tú incorporarte, para tú también levantar manos en alabanza y también decirle al Señor: -Tuyo soy, porque me has dado una vida que yo no tenía. Esa es, esa es la esencia de la Pascua. Hay que renovar esa experiencia, hay que renovar ese amor. Pero para eso lo primero es reconocer que uno sí es paralítico, es reconocer que uno por sus propias fuerzas se agita, pero no avanza. Es reconocer que uno necesita y uno no necesita solamente la limosna del día. Uno necesita vida nueva, vida que salte hasta la eternidad. Así nos la conceda Dios.

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