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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Que Dios muera por nosotros en una Cruz no es menor misterio que el Crucificado se levante del sepulcro.
Homilía poc3010a, predicada en 20120411, con 10 min. y 30 seg. 
Transcripción:
Hermanos míos, en primer lugar, la lectura de hoy, la del Evangelio, viene a confirmar lo que tratábamos de decir ayer, cómo los discípulos, no podemos decir que estaban mal dispuestos para aceptar la Resurrección, hay que decir con más fuerza, estaban cerrados a esa posibilidad, ni siquiera el anuncio que hacen las mujeres sirve de introducción para la fe. Realmente lo que nos presenta en los Evangelios es exactamente lo opuesto de lo que dicen aquellos teólogos que niegan la Resurrección, así la nieguen con palabras elegantes. Porque lo que los Evangelios nos muestran es que es el Resucitado el que tiene que imponerse sobre los discípulos, exactamente lo contrario de lo que sucede con las grandes figuras de la historia, porque en este último caso vemos que los seguidores de un gran líder se esfuerzan por mantener viva la memoria de ese líder. Y esa memoria viva es la que toman como equivalente a que él está vivo.
Así, por ejemplo, recuerdo de mis tiempos en la Universidad Nacional de Colombia, cómo los entusiastas del marxismo utilizaban frases de carácter o de tipo religioso: -Mao vive, pero esa expresión lo que quiere decir es, nosotros somos la memoria viva de Mao, nosotros mantenemos vivo a Mao. Lo que encontramos en los Evangelios no es unos discípulos tratando de mantener vivo a Cristo, lo que encontramos es un Cristo vivo que se impone por encima de la incredulidad de sus discípulos. Pero hay un dato adicional en el texto de Emaús tan hermoso, tan evocador, que hemos oído hoy. Encontramos que Cristo regaña a sus discípulos y luego les hace esta pregunta que creo que es una clave: «¿No era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?».
En una sola pregunta, el Señor Jesús vincula los dos grandes misterios, que son también los grandes desafíos para la mente humana, el misterio de la Cruz, que fue llamado necedad por los griegos y el misterio de la Resurrección, que produjo risas de desaprobación entre los paganos y que produjo una muralla de escepticismo entre los judíos. En realidad, estos dos misterios, que son como las dos caras de una misma moneda, son demasiado para nuestra inteligencia. No es menor desafío para la inteligencia, que un Dios padezca en una Cruz, no es eso menor que decir que alguien después de morir, y morir verdaderamente, está vivo y está dando vida. Así que estos dos misterios hay que verlos conectados, porque con mucha frecuencia encontramos que aquellos que minimizan la importancia de la Cruz, aquellos que ven la Cruz como una especie de accidente que llegó al final de una vida honorable, de una vida ejemplar, pues los que ven la Cruz como esa especie de desenlace trágico de una vida ejemplar, luego tampoco tienen impulso para decir mayor cosa de la Resurrección.
Observemos, hermanos, la importancia de las palabras. Si la Cruz es simplemente un ejemplo a seguir, entonces la Resurrección va a ser interpretada como, nosotros siguiendo ese ejemplo. Si el Crucificado simplemente está siendo coherente con su pensamiento, coherente con sus obras, coherente con su ministerio público, si eso es todo lo que significa la Cruz, si simplemente es un ejemplo a seguir, pues luego se mirará la Resurrección como el hecho de que nosotros estamos continuando la causa de Cristo, nosotros somos el pueblo que sigue el ejemplo de Cristo. Dicho de manera más breve, la explicación de la Cruz como simple ejemplo, lleva por su propio peso a mirar la Resurrección como el esfuerzo nuestro por seguir ese ejemplo. Si la Cruz fue solamente un ejemplo, entonces la Resurrección consiste en que nosotros asumimos la bandera de Jesús, asumimos la causa de Jesús.
¿Qué sería lo que Cristo les explicó a estos discípulos? Dice el texto de San Lucas: «Comenzando por Moisés, siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura». Probablemente hubo alguna alusión a aquellos cánticos del siervo que los tenemos frescos en la memoria, porque ocuparon una parte importante de la liturgia en la Semana Santa. Lo que se dice ahí precisamente es eso, que en medio de su despojo, en medio de su anonadamiento, el Siervo de Dios manifiesta lo que es, el verdadero amor, la verdadera obediencia y la verdadera caridad. Y es que no se puede negar que especialmente aquella parte del capítulo 53 de Isaías, donde dice: «Verá su descendencia, recibirá su recompensa». Dicho así en tiempo futuro, eso enlaza perfectamente el sufrimiento y despojo del siervo de Yahvé, junto con lo que puede recibir a manera de herencia en el lenguaje de Isaías.
Entonces, la Cruz no es simplemente un ejemplo. Por supuesto que lo es, y las virtudes del Crucificado serán siempre norma para el cristiano. Pero la Cruz es manantial, nosotros nacemos de la Cruz, en la Cruz recibimos algo que está más allá de lo que podíamos esperar o desear. Como dice San Pablo, en la Carta a los Efesios: «Nuestro Dios se manifiesta como el Dios que está más allá de nuestros sueños». Ni siquiera en nuestros más locos anhelos podíamos esperar recibir tanto, según lo que dice el Pregón Pascual: «Para salvar al esclavo, entregaste al Hijo». Eso no lo podíamos ni siquiera imaginar. Y esa sobreabundancia de amor, esa sobreabundancia de misericordia en la cual está nuestra salvación y no únicamente un ejemplo, esa sobreabundancia de amor es la que luego vemos, igualmente abundante, en el misterio de la resurrección.
Tiene muchísimo sentido decir que el mismo Cristo que en la Cruz padece tantas ofensas y blasfemias, luego resucitado padece la incredulidad de sus discípulos. Y el mismo Cristo, que con misericordia acepta unos azotes que no merece, luego resucitado, acepta que hay tanta dureza en nuestras almas, pero no se frena ante ese hecho. Cristo no dejó de amar, Cristo no dejó de interceder, sino que su intercesión se volvió perfecta en la Cruz. Del mismo modo, el Resucitado no sabe hacer otra cosa, sino amar y salvar. No sabe hacer otra cosa, sino infundir ese precioso amor para que nosotros, sus discípulos, tengamos la certeza de que hemos sido alcanzados por la misericordia misma de Dios. Pidamos entonces al Señor tener esa experiencia.
Los que niegan la resurrección seguramente no son malas personas, pero carecen de una mirada suficientemente amplia que solo Dios puede darla. Unos ojos que sepan extasiarse ante la hermosura de este Dios que, habiendo sido crucificado por nosotros, luego pasa por encima de nuestra dureza de corazón para imponer su lenguaje de amor. Pidamos entonces que venga a nosotros y a todo el mundo cristiano y a toda la humanidad esa experiencia de un amor sublime. Y entonces, dejaremos de hacer malabarismos racionales, dejaremos de imponerle nuestra palabra a la Palabra de Dios y más bien aceptaremos con religiosa y agradecida obediencia lo que Dios hizo por nosotros y lo que encontramos en el Resucitado.

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