|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La compasión de Jesucristo nos levanta de nuestro desánimo y nos conduce de nuevo a la comunidad creyente cuando nos hemos apartado de ella.
Homilía poc3006a, predicada en 20100407, con 12 min. y 9 seg. 
Transcripción:
Toda la Biblia es hermosa, queridos amigos, pero hay pasajes que brillan con singular belleza. Creo que este pasaje, esta escena de los discípulos de Emaús, es una de las más hermosas de toda la Escritura. Hermosa porque nos permite reconocernos en el texto sagrado. También nosotros muchas veces hemos sentido desilusión, nos hemos sentido derrotados. Incluso, es posible que nos hayamos decepcionado de nuestra fe. Estos hombres, estos dos discípulos, sentían de alguna manera como si Dios les hubiera fallado. Pusimos nuestra esperanza en este Jesús, pero Él no resultó con nada. Fue llevado ignominiosamente al patíbulo de la Cruz, ha muerto. ¿Qué ha quedado de nuestra esperanza?
Uno piensa inmediatamente en cuántas personas han tenido experiencias muy duras en su vida. Toda esa gente, todos nosotros, quizás alguna vez, cuando hemos dicho: -Pero si yo soy bueno, por qué me salen las cosas mal. Si yo soy bueno, si he tratado de hacer las cosas bien en la vida, ¿por qué no encuentro los frutos que quisiera? Tal vez nos equivocamos en esa manera de hablar. Tal vez no hemos sido tan buenos como supuestamente creemos serlo. Pero en todo caso, este tipo de decepciones no son infrecuentes en la vida humana. La persona que ha rogado mucho, por ejemplo, por la curación de un hijo, pero ese hijo de todas maneras muere. O la persona que aguarda secretamente a que aparezca alguien en su vida, una pareja y nunca llega ese príncipe azul o nunca llega esa bella durmiente. Y entonces, podemos sentir que la religión nos ha fallado, podemos sentir que la dureza de la Cruz se impone, y las tinieblas del Viernes Santo no terminan de disiparse.
Por eso digo que este pasaje de algún modo nos retrata también a nosotros, porque cuando nos sentimos así, decepcionados, lo que solemos hacer es irnos de Jerusalén. ¿Qué significaba Jerusalén? ¿Qué significa Jerusalén en el Evangelio de Lucas? Sabemos que Jesús invita a sus discípulos a permanecer en Jerusalén en oración, porque en Jerusalén sucede el derramamiento poderoso del Espíritu Santo. En Jerusalén habrá de nacer la Iglesia, en Jerusalén el Señor va a confirmar la fe y va a iniciar la misión apostólica. Darle la espalda a Jerusalén significa abandonar la comunidad, y eso, tal vez, lo hemos hecho también nosotros. Abandonamos la comunidad creyente cuando sentimos que la oración no tiene significado alguno. Cuando nos apartamos de la misa, por ejemplo, la misa dominical, no le veo sentido a eso. Las personas que le dan la espalda a la Iglesia, le dan la espalda a la misa, dejan las prácticas piadosas de la infancia como si hubieran sido un juego de niños. Y ahora que ya son creciditos, dicen: -Eso ya no tiene ningún significado.
En todas estas ocasiones, hermanos, le damos la espalda a Jerusalén, le damos la espalda a la Iglesia, le damos la espalda al plan de Dios. Pero ¿qué queda para nosotros? Únicamente la oscuridad de la noche. Estos hombres, a medida que se alejaban de Jerusalén, entraban también en lo más espeso de la noche. Se iban, se apartaban y alejándose de la comunidad, también se encontraban en una situación peor, en mayor soledad, en mayor frío, en mayor oscuridad. Por supuesto que esa oscuridad que ellos tenían, era la oscuridad natural del día que termina cuando el sol se pone. Pero no era solamente la oscuridad del día la que ellos llevaban, más que la oscuridad propia del ocultamiento del sol, era lo sombrío, era lo oscuro de su mirada, era lo pesado de sus pensamientos, era esa sensación de derrota que no se apartaba de ellos.
El que se va de la Iglesia, el que le da la espalda a la comunidad, muy pronto se llena de esa amargura, muy pronto se llena de ese desencanto, muy pronto se llena de ese rostro sombrío. Y esto lo encontramos fácilmente allí donde desaparece la fe, aumentan las enfermedades mentales, afectivas, psicológicas. Lo vemos constantemente, en muchos países ya son más las personas que mueren por suicidio que incluso, por accidentes de tránsito. El gobierno de Escocia, por ejemplo, ha sacado no hace mucho una campaña por televisión, básicamente diciéndole a la gente: oiga, no se suicide. Ayude a los demás a que tampoco se maten. Cuando un gobierno tiene que tomar medidas tan serias para impedir que sus propios ciudadanos cometan ese atentado contra su vida, hay algo muy enfermo en nuestro mundo. Y no se puede decir que Escocia es un país que está sufriendo por hambre extrema, por la violencia de la guerrilla, por las torturas de los paramilitares, por los secuestros del crimen común u organizado.
Entonces, ¿qué sucede ahí? Pues no podrá ser una coincidencia que donde declina la fe, donde se oscurece el sentido de la trascendencia y de la eternidad, un rostro sombrío, una espesa nube negra se adueña de los corazones y la gente entra fácilmente en depresión, no le ven un sentido a su existencia. Y en el fondo, mis hermanos, tenemos que darles la razón. Porque, en efecto, si no hay nada más, ¿qué se podrá decir de esta vida? Si todo termina con la muerte, ¿qué se puede decir de esta vida? Que es tal vez una fiesta, pero cuánto tiempo puedes divertirte en una fiesta antes de empezar a aburrirte soberanamente.
¿Qué se podrá decir de esta vida? Únicamente lo que han dicho los filósofos ateos, verdaderos anfitriones del suicidio, la vida es una pasión inútil, la vida es únicamente destino y camino hacia la muerte. Imagínate, cómo puede uno vivir con alegría, cómo puede uno sonreír si sabe que esa sonrisa es simplemente un accidente que pronto se va a desvanecer, como todo lo demás. Quizás alguno encontrará un banquete más jugoso en la ciencia, en el arte, en el deporte, en la fama. Pero también estas realidades, como todo lo demás, se desvanecen, y cuando va llegando la soledad y cuando va llegando la enfermedad, entonces ¿qué queda? Solo queda ese rostro sombrío de los discípulos de Emaús. Por eso digo que nuestro mundo tiene que aprender a reconocerse en este pasaje impresionante del Evangelio según San Lucas.
Y, sin embargo, lo más hermoso, no es esa descripción casi poética de la realidad humana, lo más hermoso es ver que Jesús, el mismísimo Jesús, acompaña el camino de estos que van con rostro sombrío, de estos que están y se sienten derrotados. Esa es la gran noticia de este día, esa es la noticia de este miércoles de la octava de la Octava de Pascua. Jesús, en su infinita compasión, Jesús en su ternura inagotable, acompañando a estos discípulos, haciendo camino con ellos, entrando en diálogo con ellos.
Es verdad que los regaña, y esto también hay que decirlo en voz alta. La compañía Misericordiosa de Cristo no significa que Cristo nos va a aplaudir y a felicitar por todo lo que hacemos. Muchos de nuestros pensamientos son, como dice el mismo Jesús en este pasaje, son pensamientos necios, son pensamientos torpes, son pensamientos miopes. Muchos de nuestros pensamientos se quedan infinitamente cortos, están torcidos, están opacos. Pero, aunque Jesús nos regañe, ese regaño de Jesús es otra muestra de su ternura, es otra muestra de su compasión. Aunque Jesús nos regañe, en su regaño nos está regalando su misericordia, su regaño es un regalo.
Qué precioso sentir que Jesús con su voz vigorosa, con esa palabra que trae claridad, aparta de nosotros las tinieblas, y no solo eso, sino que aleja el frío de nuestros corazones reemplazándolo por ese fuego que vivieron los discípulos de Emaús. Cuando ya termina la escena, cuando ya Jesús se desaparece, pero solo para quedar grabado para siempre en esos corazones, en ese momento ellos dicen: «¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras?». Jesús no solamente estaba disipando las tinieblas, sino que estaba venciendo el hielo de esos corazones, lo estaba reemplazando por el fuego maravilloso de su amor. Y esta es la parte más bella me parece a mí, que la compasión de Cristo se convierte en una buena noticia, una noticia que es capaz de levantar incluso a los que le han dado la espalda.
Hermanos, que el tremendo mensaje de esperanza de este pasaje, es el capítulo 24 del Evangelio según San Lucas, que el fantástico mensaje de esperanza de este pasaje de la Biblia quede para siempre grabado en nuestros corazones, es la victoria de Cristo. Pero este Cristo victorioso no es un envidioso, celoso únicamente de su gloria, no es un vengativo sediento de desquite. Este Cristo victorioso es el compasivo hermano de sus hermanos, que nos habla con vigor, que nos habla con fuerza, que nos regaña también, que despeja con su voz poderosa esas tinieblas que nos tenían atontados y que enciende un fuego nuevo para que nosotros ¿hagamos qué? ¿Qué es lo que nos toca hacer a nosotros? Lo que hicieron estos discípulos, volver a Jerusalén, volver a la comunidad, volver con ánimos renovados a nuestra Iglesia para ser miembros vivos de la comunidad cristiana y para entregarnos de un modo nuevo al servicio del Evangelio.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|