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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía poc3005a, predicada en 20090415, con 39 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, en los Evangelios y en muchos lugares de la Escritura encontramos relatos de milagros, por ejemplo, hoy los Hechos de los Apóstoles nos cuentan ese milagro del paralítico que pedía limosna a la puerta del templo. De algún modo, también el Evangelio nos habla de un hecho prodigioso, en un sentido amplio se puede hablar de un milagro, Cristo resucitado que se aparece a los discípulos que iban camino de Emaús. Los milagros son señales y son obras de Dios, es decir, en un milagro uno puede distinguir el hecho y el significado. El hecho es lo que Dios hizo, y el significado es cómo se revela Dios en eso que hizo, qué nos deja saber Dios sobre sí mismo en esa obra maravillosa. Esto no me lo estoy inventando yo, en el Evangelio según San Juan, la palabra milagro propiamente no aparece, lo que aparece es la palabra signo. El evangelista Juan nos acostumbra a ese lenguaje, él habla de las señales de Jesús. Por ejemplo, cuando convirtió el agua en vino, o cuando resucitó a Lázaro, o cuando multiplicó los panes, para el evangelista Juan estas son señales, son signos.
Y es muy interesante esto, porque cuando uno tiene una necesidad, uno quiere que Dios haga algo, uno quiere el hecho, que Dios haga. Pero Dios además de obrar, además del hecho, quiere el significado. Y si uno se queda con el hecho y no llega hasta el significado, eso no le da la gloria a Dios, y esa no es la alegría de Jesús. Por ejemplo, cuando la multiplicación de los panes en el Evangelio de Juan, Jesús reprocha a la gente que había comido hasta saciarse y dice: «Ustedes no han entendido». Es decir, se quedaron en el nivel de la panza, comieron, se llenaron, pero no comprendieron el significado. Es muy importante, tanto al leer la Escritura, como al leer nuestra propia vida a la luz de Dios, es muy importante recordar esta diferencia entre el hecho y el significado, lo que Dios hace y lo que Dios dice con eso que hace.
Por ejemplo, este documento tan importante del Concilio Vaticano Segundo, la Constitución Dei Verbum, nos habla de cómo Dios se manifiesta a través de hechos y palabras. Es decir, los hechos son reveladores. Dios nos habla desde la vida, podemos decir, Dios nos habla desde la historia. Y la vida misma es un texto que Dios va escribiendo junto con nosotros, y cuando a nosotros se nos olvida que Dios está escribiendo una obra en nuestra propia vida, entonces fácilmente vivimos a ciegas y en nuestra ceguera no podemos reconocer la presencia divina. Pero, la verdad es mucho más bella y es mucho más profunda, y la verdad es que Dios está escribiendo en tu vida y en mi vida. Y lo que hay que pedirle a Dios son ojos para encontrar, no solamente los hechos, sino sobre todo, qué me quiere decir Dios con esto.
Según ese criterio, miremos el milagro que aconteció, según la primera lectura, tenemos un paralítico. ¿Qué clase de hombre era éste? Estaba lisiado de nacimiento. Se trata de una persona que nunca puede entrar al templo. Esa frase es importante, el que siempre está a la puerta, nunca entra. Y el primer objetivo del milagro, desde el punto de vista del hecho, es que él quede curado, pero el primer elemento del milagro, desde el punto de vista del significado, es que él por fin pueda entrar al templo. Y aquí, inmediatamente aparece la comparación con nuestra propia vida, porque este hombre padecía una parálisis física, pero sabemos que hay muchas otras clases de parálisis.
Una persona que no puede leer ni escribir sufre una parálisis intelectual, una parte importante de su capacidad intelectual jamás se podrá desarrollar, estará lisiada. Una persona que es víctima del resentimiento sufre una parálisis emocional, una parálisis afectiva, cuando una persona se queda recordando un daño que le hicieron hace 10 años, hace 15 años, hace 20 años o más, esa persona está paralítica y es paralítica porque el tiempo se paralizó para ella. La persona que tiene vivo hoy el odio que nació hace 20 años, esa persona es paralítica, esa persona paralizó el tiempo, esa persona es incapaz de reconocer el paso de Dios. Su sistema emocional, su afectividad, ha sido rota, ha sido paralizada y esta persona necesita igualmente una liberación, necesita igualmente una sanación.
Hay muchas clases de parálisis, según esto, hay familias que están paralizadas, están paralizadas porque los papás no pueden comunicarse con los hijos. A veces la distancia más grande no es la que separa a Tinaquillo de Valencia, a Europa de América o, al Polo Norte del Polo Sur, a veces la distancia más grande es la que va desde tu cuarto hasta el cuarto de tu papá. A veces la distancia más grande en esta tierra es la distancia que va entre tu pocillo en el que bebes el café o el té de tu desayuno y el pocillo de tu esposo o de tu esposa, porque tal vez están conviviendo, pero hay una distancia infinita. Y ustedes y yo conocemos familias así, donde una distancia de dos metros de un metro o de tres metros se convierte en una distancia kilométrica porque el esposo no se entiende con la esposa, porque ella no le habla a él y ambos están paralizados en el miedo, en el resentimiento, en la venganza, en la incomprensión.
Existe también la parálisis del terror. Hay sistemas de gobierno, hay sistemas de poder que empiezan a producir una sensación de miedo, de terror. Nada se puede cambiar, nadie puede levantar la voz, nada se puede hacer, estamos paralizados por el miedo, eso también puede suceder. Hay ocasiones en que el sistema de los medios de comunicación produce otra forma de opresión, otra forma de miedo también. En Europa, donde vivo desde hace unos años, hay una cantidad de temas que no se pueden mencionar porque es políticamente incorrecto mencionarlo.
No se puede decir nada en contra del homosexualismo, porque si llegas a decir algo, entonces una avalancha de críticas cae sobre ti y eres aislado y eres denigrado porque eres anticuado, reaccionario, carca, entonces no se puede hablar de esos temas. Hay países en los que no se puede levantar la voz para defender la vida humana, porque el que no esté de acuerdo con el matrimonio gay, el que no esté de acuerdo con el aborto, el que no esté de acuerdo con la eutanasia, el que no esté de acuerdo con la cultura de la muerte es condenado al ostracismo, es aislado, es oprimido y por eso la gente no habla de esos temas o simplemente acomoda sus palabras para no ofender a nadie. La mayor parte de Europa, la Europa que yo conozco, por lo menos, sufre esa clase de parálisis y la gente no piensa libremente, a pesar de que todos creen que son libre pensadores.
No necesitamos, creo yo, más ejemplos para darnos cuenta que existen muchas formas de parálisis afectiva, emocional, familiar, ciudadana, hay muchas formas de parálisis. Pero esa parálisis tenía una consecuencia para este hombre, él estaba pidiendo limosna a la puerta del templo. Y repito, lo más importante de este hecho, es que el que está siempre a la puerta nunca entra. El templo es el lugar de la asamblea, el templo es el lugar de la comunidad, el templo es el lugar donde uno puede reconocerse llamado y amado por Dios, el templo es el lugar donde toda diferencia social, racial, cultural, incluso económica, tiene que desaparecer, por lo menos ese es el criterio que nos da la Carta de Santiago. En el templo somos simplemente hermanos, hijos de un mismo Padre. Pero este hombre no puede entrar al templo, este hombre está condenado a quedarse afuera, porque es allá afuera donde está pidiendo la limosna.
Los apóstoles suben para la oración de la tarde. Pedro y Juan van entrando al templo y observan a este hombre que pide limosna, pide una ayuda. Ahora preguntémonos ¿qué clase de ayuda está pidiendo él? No es la ayuda que le va a resolver su problema, es la ayuda que le ayuda, es la ayuda que le permite simplemente sobrellevar el problema. Y aquí hay una enseñanza también para nosotros, ¿qué es lo que nosotros le pedimos a Dios, que nos dé vida o que nos ayude a sobrevivir? Porque la mayor parte de los cristianos católicos que yo conozco, cuando oran y cuando suplican a Dios, lo que le piden a Dios no es vida, lo que le piden a Dios no es esa vida abundante que Él vino a traer, lo que solemos pedirle a Dios es una ayudita para sobrevivir, para seguir adelante.
Y muchos, muchos de los que están en nuestras calles, en nuestras ciudades, en nuestros campos, se parecen a aquello que dice el libro del Apocalipsis: «Tienes nombre de vivo, pero estás muerto». Y hay muerte espiritual en muchos, porque simplemente sobreviven, trabajan para comprar, compran para comer, comen para vivir y viven para trabajar. Y el círculo vuelve y se cierra, y sigue: trabajar, trabajar y trabajar para ganar, ganar y ganar para consumir, consumir y consumir y seguir trabajando. Es un círculo en el que simplemente se sobrevive, esa no es vida. Nosotros no fuimos llamados a esta Tierra, nosotros no fuimos traídos a la existencia para dar vueltas como una noria infinita, produciendo y consumiendo, consumiendo y produciendo. La vida tiene que ser más que eso, la vida puede ser más que eso, la vida quiere ser más que eso.
Muchos de nosotros somos como este lisiado a la puerta del templo, que lo que espera es otras monedas para aguantar otro día a la puerta del templo y recibir otras monedas para otro día a la puerta del templo y recibir otras monedas a la puerta del templo. Y entre las monedas y la puerta, la puerta y las monedas, ahí van pasando los días hasta que algún momento se muera. Hay gente así, hay muchas personas así. Y esa es la vida, eterno retorno, círculo que termina asfixiando, de ahí viene la palabra rutina. La palabra rutina viene de un diminutivo, es un diminutivo de ruta. Una rutina es un caminito chiquito en el que uno repite siempre lo mismo: -Me esfuerzo, siembro, cosecho, como, con la fuerza de la comida trabajo para sembrar, cosechar, comer, con la fuerza de la comida trabajo, siembro, cosecho, como. Y dele vueltas, para eso es la vida: -Recibo un sueldo, lo gasto, cubro mis necesidades. Recibo otro sueldo, lo gasto, cubro mis necesidades. ¿No hay más, esa es toda la vida?
La vida es mucho más que eso, por lo menos la vida que estamos celebrando, la vida de la Pascua, la vida de Cristo, la vida del Resucitado es mucho más que esa rutina enloquecedora. Cuando a uno lo ponen a dar vueltas en un círculo muy pequeño, uno termina mareado. Por eso muchas personas terminan también mareadas de darle vueltas al mismo círculo. La vida es mucho más que eso. Este lisiado estaba a la puerta para recibir monedas y las monedas le servían para volver a la puerta para pedir más monedas y con esas monedas podía volver a la puerta para pedir más monedas. Esa es la vida, recibir unas monedas para poder recibir otras monedas, para poder recibir otras monedas, hasta el día en que me digan: -Oye, que tienes un cáncer. Oye, que te vas a morir. Oye, que te va a dar un ataque cardíaco. -Ah, bueno, hasta luego, gracias por las monedas. Es esa la vida humana.
Por eso es tan importante esa distinción que hicimos al principio. Lo más hermoso de este milagro no es solamente el hecho de que haya sido curado el paralítico, ese fue el hecho. Lo más hermoso es el significado que trae esa curación a la vida de él, sabes lo que trae, trae liberación, lo libera de esa puerta, lo libera de esas monedas, lo libera de ese círculo. Y lo que este hombre canta, grita y salta, es eso: -Soy libre. Se rompió mi rutina. Encontré que la vida es más que una puerta y unas monedas. Eso fue lo que él descubrió, lo hemos descubierto nosotros. Además de tener un trabajo y recibir unas monedas para gastar esas monedas y ganar más monedas, hemos descubierto para qué es la vida.
Mucho me temo que mucha gente no lo ha descubierto. Claro, le añaden otros pequeños adornos a ese círculo chiquito. Entonces, cansados de la rutina de un hogar donde ya todo está dicho y predicho, entonces vamos a añadirle emoción: -A ver qué tal, un adulterio, a ver si le pongo emoción a esto. Vamos a echarle picante a esta, a esta vida mía que ya no tiene sabor. Échele picante, échele sazón. A ver, un adulterio. Y en el proceso de añadir nuevos y exóticos placeres, la gente despedaza no solamente lo que quería obtener, sino lo que ya tenía. La solución de Cristo es distinta, la solución de Cristo es mucho más profunda, lo que Cristo hizo con el lisiado de la puerta del templo, lo que Cristo quiere hacer contigo, es mucho más que eso.
«El hombre se quedó mirando a los apóstoles en espera de que le dieran algo. Pedro le dijo: -No tengo ni oro ni plata». Supongamos que ahí terminara el Evangelio, ¡qué historia más triste! Para este hombre, su única posibilidad, su única expectativa era: mis monedas. Y si lo entrevistáramos y le preguntáramos: ¿Y para qué las monedas? -Bueno, estas monedas me ayudan a que mañana pueda venir a pedir más monedas. Pero eso era todo lo que él esperaba, la fuerza de las circunstancias había vuelto estrecha su mirada. En su mirada, como cuando a estos caballos les ponen esas cosas en los ojos, en su mirada solamente cabían unas monedas para mañana, otras monedas para pasado mañana, otras monedas. Su vida se había vuelto increíblemente estrecha, estrecha, estrecha. Como se vuelve estrecha la vida de todo aquel que depende de las criaturas, sin haberse encontrado vivamente con el Creador. Estrecha, era una mirada así estrecha.
Si tú le preguntas a un drogadicto, ¿tú qué quieres? -Yo quiero mi ración de hoy para drogarme y sobrevivir hasta mañana, y mañana, y ¿qué va a pasar mañana contigo? -Mañana que me den otra para sobrevivir hasta pasado mañana, que me den otra hasta que se me pudra el hígado y me encuentren muerto. Esa es la estrechez, cómo me gusta recordar aquí la potencia de la Palabra de Dios cuando nos dice, por ejemplo, en el Salmo, y esto hay que decirlo con grito herido así que prepárense, voy a echar un grito: «Abre tu boca, abre tu boca, y yo la saciaré», dice el Salmo.
El problema nuestro es que tenemos una boca así estrecha, una boca así, y solamente queremos recibir como a través de una pajilla, a través de un pitillo, queremos recibir lo que ya sabemos: -A mí con que me den mi ración de sexo, a mí deme mi ración de sexo, mis cervezas, mi plática y listo. ¿Listo qué? -Pues hasta el año entrante en que me den más mujeres y más sexo y más platica. Y eso ¿para qué? -Para que el siguiente año me den otro poquito de sexo, y así hasta que un día yo me pudra de algo y entonces se acabó. Esa es toda tu vida, que te den tu ración. ¿A quienes se les da ración? No a los hijos, la ración se le da a los animales, la ración se le da a los esclavos, échale la ración allá al marrano para que siga engordando para el día de la matanza. Échale la ración al caballo para que mañana trabaje. Échale la ración al esclavo para que no se nos muera antes de acabar lo que está haciendo.
Hay muchos cristianos que viven como esclavos. Su ración: -Denme mi ración de cerveza de esta semana para que con esto sobrevivo hasta la otra semana que me den la otra ración. Este hombre era así, esperando sus moneditas, pobrecito. Y lo primero que hace el apóstol San Pablo, el Apóstol San Pedro en este pasaje es decirle al hombre: -Mira, te tengo malas noticias y buenas noticias. ¿Cuál quieres primero? Y el hombre dice: -Bueno, suelta primero las malas. Las malas es que no tengo tu ración, no te voy a dar monedas. Podemos imaginarnos la desilusión de este hombre que era así estrecho, como mucha gente que dice: -Bueno, a mí entonces denme mi ración de placer, mi ración de adornos, joyas, paseos, denme mi ración. Hay mujeres, por ejemplo, que se venden por paseos y vacaciones. Entonces: -Denme mi ración de ropa fina, paseos, vacaciones, hasta que entonces me den la siguiente ración. Y así hasta que un día me suceda la peor tragedia. ¿Cuál es la peor tragedia para esa mujer? -Tengo celulitis, me engordé. Esa es la peor tragedia, ya no va a haber mi ración, se acabó mi ración.
Lo primero que hace el apóstol Pedro es romper ese círculo y lo rompe diciéndole: -Tengo muy malas noticias para ti hoy no hay ración. Podemos imaginar a este lisiado diciendo: -Ok, entonces no hay problema, no me haga perder tiempo, quite de ahí a ver si el otro sí me da mi ración. Mi ración, moneditas, moneditas para hoy que me ayudan a llegar hasta mañana. Para que mañana me lleguen las monedas que me sirven para pasado mañana. Hasta que un día me encuentren tieso y muerto por ahí. ¿Esa es la vida humana, recibir la ración como un esclavo, sobrevivir día tras día sin una esperanza, sin un mañana?
La vida humana es mucho más, mucho más que eso, por lo menos, es mucho más que eso si creemos en Jesucristo. Jesucristo quiere que el lisiado pegue un brinco. Jesucristo quiere que el lisiado salga de su prisión, de su círculo, de su rutina, que lo marea. Y atención que esta rutina nos tienta a todos, aquí no estamos hablando únicamente de esa gente viciosa que está por allá. No, los sacerdotes también caemos en la rutina. ¿Cuántos sacerdotes hay que viven la misa como una rutina? -Ahora me toca a mi desayuno, ahora salgo para la misa, ahora salgo para dar mis clases, ahora salgo para los enfermos. Ay, se acabó este día. Ahora salgo para el desayuno, ahora salgo para la misa, ahora. Ay, se acabó otro día. Ahora salgo para la misa, ahora salgo para la misa. Hay una cantidad de sacerdotes que hemos caído también en la rutina. Hay una cantidad de religiosas que han caído en la rutina.
Aquí no estamos hablando de la pobre gentecita pecadora que existe por allá, por allá, en otra parte. Aquí me están haciendo señas que hasta los ministerios de música caen en la rutina. Jesús es vida en abundancia. Jesús no dijo, Yo he venido para que ustedes puedan sobrevivir otro día. No, Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia». He venido para romperles esos círculos en que ustedes andan metidos. He venido para quitarles esos tapaojos. He venido para ampliarles el horizonte. He venido para que descubran que la vida es más grande, es más bella. He venido para que ustedes puedan respirar el aroma de la libertad. Pero hay un precio que pagar, en el caso del paralítico, el precio es que él se llevó la decepción del día. Vio llegar a Pedro y a Juan, les pidió dinero, por lo menos se les quedó mirando como quien pide algo, y él tuvo que pasar por la decepción de que no le dieran el dinero.
Pero aquí te voy a hacer yo una pregunta: ¿Cómo fue más feliz el final de esta historia, si Pedro y Juan le hubieran dado dinero, o si le dieron lo que le dieron? O sea que a veces es mejor que Dios le niegue a uno lo que uno está pidiendo, porque uno es miope y uno, acuérdate que lleva así estas viseras, o como se llamen de los caballos, y uno lo que dice: -Es mi ración, mi ración, mi, mi, mi ración, mi ración, uno va así. Entonces a veces Dios tiene que decir: -¿Sabe qué? No, no le voy a dar su ración, eso fue lo que le dijo Pedro al paralítico. Él estaba esperando sus moneditas para hoy y mañana ya vendrá otro que me dé moneditas para mañana. Pero Pedro le dijo: ¿Sabe qué? No le voy a dar su ración. -Ay, pero mi ración era importante para mí. ¿Yo cómo voy a vivir sin mi ración? Dios no me quiere, Dios no me quiere, Dios me niega.
Y ahí es donde la gente va donde el Padre Pío y le dice Padre Pío, a ver, explíqueme por qué Dios no me ama. Padre Pío, ¿por qué Dios no me da el esposo que yo merezco? Padre Pío, ¿por qué no me dan el trabajo que yo necesito? Padre Pío, ¿por qué no me dan mi ración? Y así se está santificando el Padre Pío. Entonces, Dios muchas veces tiene que negarle a uno las cosas para sacarlo de ese círculo, porque si no, las únicas peticiones de uno serían que me mejoren el trabajo para que me mejoren el sueldo, para que me mejoren el estómago, para que mejore. Eso era lo único que uno pediría, porque el ser humano, víctima de las consecuencias del pecado original, padece una enfermedad del cuello, todos la tenemos, enfermedad que nos hace propensos a mirar únicamente para abajo la tierra, la tierra, aquí la plática, la tierra, lo que da este mundo. Es una enfermedad del cuello que todos tenemos, que nos encorva y nos hace mirar la tierra, la tierra.
Hermanos, Dios muchas veces tiene que negarnos las cosas. El otro día estaba conversando con Dios y me dijo: -No es fácil ser Dios. No es fácil porque muchas veces hay que negarle a las personas las cosas, hay que negárselas. Imagínate que tú le tuvieras que negar a este paralítico, por eso dije cortemos la película en el momento en que Pedro le dice: yo no tengo ni oro ni tengo plata. Corte la película en ese momento, córtela y haga esta pregunta, entrevistemos al paralítico: -Señor paralítico, estamos aquí transmitiendo para todo Venezuela, desde Tinaquillo, sabemos que usted pide monedas, está entrando uno de los apóstoles, apóstol del Resucitado y se ha negado a darle monedas a usted. Señor paralítico, ¿usted qué opina de la Iglesia? Señor paralítico, ¿usted qué opina de Cristo ahora que Cristo le ha negado sus monedas, las únicas moneditas que le iban a traer un poquito de felicidad? Señor paralítico, ¿cómo se siente usted con Cristo en este momento?
Podemos imaginarnos qué hubiera dicho el paralítico, ¿cierto? El paralítico hubiera dicho: -¿Cómo es posible que exista Dios? ¿Cómo es posible que los obispos? Porque, claro, los sucesores de los apóstoles son los obispos, entonces, ¿qué hubiera dicho el paralítico? ¿Cómo es posible que los obispos no sean sensibles a mi dolor? Yo aquí tirado, pidiendo unas monedas y ni siquiera me dan unas monedas. Esa iglesia no me gusta, no me sirve. Cristo, yo no puedo creer en Cristo.
Dios tiene que rompernos muchas rutinas. Dios tiene que negarnos muchas cosas, muchas. Para que pueda seguir la película, Pedro le dijo: «No tengo ni oro ni plata, pero te voy a dar lo que tengo». Esa fue la parte que el lisiado, el paralítico, alcanzó a oír. Pero hay gente que no se le alcanza a oír a Dios, por eso la gran enseñanza aquí es que uno sí tiene que orar, uno sí tiene que pedir, porque si Dios me niega lo que le estoy pidiendo es que me va a dar algo mejor. O sea que a veces lo mejor que le puede pasar a uno es que Dios le niegue lo que uno está pidiendo. Hasta ese extremo de teología espiritual llega una santa dominica del siglo XIV llamada Santa Catalina de Siena, eso se llama teología mística, hoy no entremos ahí. Como algunos de estos santos llegan a preferir que Dios les niegue las cosas, porque se dan cuenta que cada vez que Dios me está negando algo es porque me está preparando algo mejor.
Pero nosotros somos como los niños pequeños que a las 10:30 de la mañana llegan donde la mamá o a las 11 de la mañana llegan donde la mamá y le dicen: -Mamá, mamá, yo quiero un helado. Lo único que quiero mamá, para que tú me demuestres que sí me quieres, es que me des un helado. Y la mamá dice: -Si te doy un helado ahora, entonces no vas a comer porque ya casi está la comida. -No, no, yo quiero mi helado, yo quiero mi helado. Si no me das mi helado, es que tú no me quieres. Así somos nosotros con Dios. Pero supongamos que hubiera un niño súper maduro, un niño de increíble madurez psicológica, emocional. El niño debería decir: -Mi mamá no me dio el helado, pero debe ser que mi mamá me está preparando algo mejor. Así es como uno debe pensar de Dios.
Terminemos la historia, el apóstol le dice al lisiado: «En el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y camina». Levántate, rompe tu rutina y camina, echa a andar. Ahora ya eres libre, se acabó la rutina para ti. Ahora sí puedes saltar y puedes danzar. Ahora sí puedes celebrar, porque ahora eres libre.
Dios rompió mi rutina. Yo estaba metido en una rutina hermosa, noble, la rutina del estudio. Mi plan de vida ya estaba organizado. Yo estaba estudiando Ciencia pura en la Universidad Nacional en Colombia. Mi plan de vida ya estaba hecho, ya mi plan estaba vacío, organizado: -Termino en la Universidad Nacional. Me voy a estudiar doctorado de física pura en Alemania. Me voy a trabajar en el CERN, entre Suiza y Francia. Ahí voy a hacer un descubrimiento importante. Yo ya tenía mi plan, pero hubo una santa Señora llamada ella, Señora del Perpetuo Socorro, aunque tiene muchos otros apellidos bellos, Nuestra Señora de Fátima, la Milagrosa, Mater Admirabilis, es siempre la misma, es siempre la Madre de Jesús. A través de la Madre de Jesús, como si fuera a través de los apóstoles y, a través de gente que me predicó, Dios me rompió mi rutina, Dios sacudió mi vida y yo me quedé sin entender qué era lo que estaba pasando, porque yo ya tenía mi vida organizada, así como si fuera una carrilera. Yo ya sabía ahora sigue esto, sigue esto, sigue esto.
Y de pronto Dios puso un obstáculo, y ese obstáculo fue que la Universidad Nacional de Colombia cerró sus puertas por una larga huelga en mayo de 1984, y ya para esa hora la Virgen María había hecho maravillas, porque ella es grande y es gran intercesora, había hecho maravillas, había cautivado, había enamorado mi corazón para la causa del Evangelio, y los grupos de oración de la Renovación Carismática habían hecho maravillas en mi vida. Y yo en ese momento, cuando cerró la universidad, yo dije: ¿Ahora qué hago? ¿Ahora qué hago? Se me dañó mi plan. ¿Cómo es posible que Dios me dañe mi plan?
Pero el Espíritu Santo me ayudó, porque Dios es misericordioso, como fue misericordioso con este lisiado. Dios es compasivo y el Espíritu Santo me ayudó en ese momento y me hizo ver: -Dios te está cerrando esta carrilera por donde tú venías, porque Dios quiere mandarte un día a Tinaquillo, porque Dios quiere mandarte un día a Asunción, porque Dios quiere mandarte un día a Barcelona y a Madrid, porque Dios quiere mandarte a Fátima y a Londres, porque Dios quiere mandarte a Atlanta y a Quito, porque Dios quiere mandarte a Bogotá y a La Paz. Y todos estos son sitios a donde Jesús me ha enviado a predicar.
Y cuando yo pienso en todos esos países y lugares y yo pienso cómo era mi carrilera, estrecha, mi ración, mi ración, mi ración, cuando yo pienso cómo era estrecha mi vida, y cuando yo pienso que Dios me ha enviado a predicar a Hong Kong, a Taiwán, yo digo, me parece que Dios tiene ideas mejores que las mías. Me parece que el plan de Dios es más bonito que el mío. Y ahora yo no cambio el plan de Dios, porque al lisiado lo puso a saltar y a mí me puso a volar. De pie mis hermanos.

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