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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pedirle al Señor que nos regale una sorpresa por el poder de la Pascua de Cristo.
Homilía poc3004a, predicada en 20010418, con 31 min. y 28 seg. 
Transcripción:
Una de las razones para creer que no va a pasar nada raro es porque nunca ha pasado. Yo creo que la rutina, la repetición, trae un efecto tranquilizador porque le hace sentir a uno que está en terreno conocido. Por ejemplo, esa es una de las ventajas de nuestra vida religiosa. Es una vida que se llama regular, claro que a veces es muy regular, pero se llama regular porque es según una regla. Y esa regla, ese conjunto de costumbres, hacen que uno tenga como una cierta seguridad, uno sabe lo que va a suceder. Eso tranquiliza, hay que tener casa no solo en el espacio, sino casa en el tiempo. Tener casa en el espacio es tener un rinconcito donde uno se sienta cómodo. Tener casa en el tiempo es tener unas costumbres lo suficientemente estables como para que uno se sienta cómodo en ellas y sienta, este soy yo.
O sea que la rutina tiene un aspecto positivo, pero ese aspecto positivo a veces puede constituirse en un freno para la novedad de Dios. Y cuando no hay novedad más grande que la resurrección, entonces el peso de lo esperado, el peso de lo que uno ya espera, le cierra los ojos para las sorpresas que Dios pudiera traer. Es como lo que sucede con el lenguaje, si uno dice ciertas palabras ya el oyente espera una cierta continuación, eso también pertenece a la rutina. Yo creo que hemos caído en el círculo, ya todo el mundo piensa que va a decir: el círculo vicioso, porque todos los círculos son viciosos, usted cuando ha oído que se diga hemos caído en el círculo perfecto, hemos llegado al círculo eterno, el círculo hermoso, el círculo sabio, no. Ya es un lugar común, ya es una costumbre. Un círculo. Sí, círculo vicioso. Uno completa el discurso, uno completa la experiencia.
De ahí que las apariciones del Resucitado causan una sorpresa, causan estupefacción, ¿cómo así? Espere, explíqueme qué pasa. Cristo viene a romper la rutina. No solo la rutina como conjunto de cosas que uno hace en el día, sino viene a cambiar la manera de ver, la manera de entender, la manera de escuchar. El Resucitado es la absoluta novedad, el Resucitado trasciende toda la historia y por eso nos pone frente a un tipo de experiencias que rebosan, que rebasan todo lo que uno ha vivido. Hay que romper con la rutina para que entre el Resucitado, pero no hay que romper con la rutina para que entre el pecado. Ese es el reto que debe tener un buen cristiano. Tiene que tener unas costumbres sólidas, tiene que tener unas rutinas, todo cristiano tiene que tener rutinas. Si usted mira la vida de los laicos santos, también ellos se definieron unas determinadas rutinas, unas prácticas, unas devociones, unas visitas, unas oraciones, porque no es posible de otra manera crecer en la oración. Entonces hay que tener rutinas, costumbres estables y firmes, hay que tenerlas lo suficientemente firmes como para no quebrantarlas de modo que entre el pecado, pero lo suficientemente frágiles como para que Cristo sí las pueda quebrantar. El pecado no debe poder romper las costumbres nuestras, pero Cristo sí debe poder romper las costumbres nuestras.
Fíjate que eso ya sucedió en la vida del Señor Jesús en esta tierra. Había unos que habían canonizado de tal manera las costumbres y la rutina que, cuando vieron al paralítico llevando la camilla, no se fijaron: -Oiga, le curó, sino se fijaron fue: -Rompió el sábado. No vieron la curación, no la vieron, sino vieron fue la camilla, está cargando camilla. ¿Hoy qué es? Sábado. Sí, sábado. Hoy es sábado cargando camilla, pecado terrible, terrible. Pero el otro extremo es cuando uno rompe sus buenas costumbres, no por darle paso a Cristo, sino por darle paso a la mediocridad, a la pereza, a la dejadez. Eso no lo quiere Dios.
La primera lectura de hoy nos presenta cómo se quebró la rutina de un determinado hombre. Es la victoria de Cristo sobre la rutina lo que aparece en esa primera lectura. «Subían al templo Pedro y Juan a la oración de media tarde», esa oración estaba establecida, era una costumbre, era una rutina. A media tarde había una oración en el templo. Correspondía más o menos a lo que podríamos llamar «Nona» en la terminología de las horas del oficio. «Vieron traer a cuestas a un lisiado. Solían colocarlo todos los días?», también el lisiado tenía su propia rutina, estaba la rutina del templo, todos los días la oración de media tarde, y la rutina del lisiado, todos los días, ¿a dónde? A la puerta llamada Hermosa. O sea que ya él sabía: -Llegó la hora de la oración de la tarde. Ya ahorita llegan mis amigos y entonces me van a llevar cargado y yo me voy a sentar ahí y voy a pedir limosna, y ahí me estaré hasta no sé qué hora y después me llevarán. Existía la rutina del lisiado y existía la rutina del templo. Pedro y Juan, como judíos piadosos, iban a la oración del templo, esto no nos debe extrañar.
Los primeros cristianos, estamos hablando de los primerísimos cristianos, poco después de Pentecostés, que ese es el tiempo de este pasaje, estaban muy unidos a la vida del templo, porque en realidad ellos miraban a Cristo fundamentalmente ¿como qué? Como el cumplimiento de las promesas al pueblo elegido. Por lo tanto, ellos en un primer momento no sintieron que había que romper con todas las prácticas, por ejemplo, las del templo, no había que romper con eso, porque todo eso Cristo no había venido a abolir, sino a darle plenitud. De ahí surgen unas preguntas muy interesantes que no vamos a hacer hoy. El hecho es que estaban ahí, en la oración del templo, que era rutinaria, y Pedro y Juan iban a esa oración que, en cierto modo, podemos pensar, era como una costumbre para ellos. Y llegó otro que tenía otra rutina, la rutina de pedir limosna.
La primera lectura nos cuenta cómo se rompió la rutina, sucedió algo raro. Esa vez fue raro y la cosa empezó con un juego de miradas. Miren: «Subían al templo Pedro y Juan cuando vieron traer a cuestas», Pedro y Juan vieron al inválido que lo iban trayendo. «Solían colocarlo en la puerta llamada Hermosa». Luego sigue «Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan les pidió limosna». Ahora fue él el que los vio a ellos. Empezaron así, mirándose, Pedro y Juan lo miraron a él, pero siguieron, él los miró a ellos, pero no los dejó pasar, les pidió limosna. Era un acto rutinario, como ver a un lisiado que desde su nacimiento no ha sido sino eso, un pobre lisiado. ¿Qué se puede esperar del lisiado? Pobrecito, pues que pida limosna, ¿qué más se va a poder esperar? Y ¿qué iba a poder esperar este hombre, de esos señores que entran al templo a la oración? Deben ser gentes con buen corazón, que me den una limosnita, también ese acto era un acto rutinario.
Pero entonces, ahí es donde sucede algo raro. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando. Se le quedó mirando. Primero ellos lo vieron a él, después él los vio a ellos y después se vieron. Después se encontraron las miradas: Se les quedó mirando, se les quedó mirando. En ese encuentro de miradas, ahí aconteció algo que queda subrayado por la palabra de Pedro: «Míranos. Míranos». Es maravilloso ver cómo la Pascua de Cristo no solo trae nuevos ojos. Porque fíjese que en todas las apariciones que estamos oyendo estos días, la gente no reconocía a Cristo, no lo reconocían, pero Cristo les daba una gracia especial y ahí sí lo reconocían. Pero no es solo que la Pascua nos dé nuevos ojos para recibir, la Pascua nos da nuevos ojos para dar. Porque con los ojos no solo se recibe, sino con los ojos se da. Uno con los ojos recibe, por ejemplo, cuando lee, cuando conoce, cuando contempla, pero uno con los ojos también da, uno manda muchos mensajes con los ojos. Y por eso, cuando el silencio es muy estricto, hablan los ojos, ahí entran a hablar los ojos. Por eso, el silencio toca guardarlo también en los ojos. Si una persona quiere vivir, por ejemplo, imaginémonos un monje que quiera vivir el silencio, tiene que vivir el silencio también de los ojos. Hay que vivir el silencio también de las muecas, porque uno también le pueden salir muchas muecas, hay gente que no habla, pero tuerce la boca de tal manera que con eso echa todo el discurso. No hay que hacer voto de silencio, de muecas, voto de silencio de ojos. Hay que hacer muchos votos de silencio para realmente vivir la mansedumbre propia del silencio, pero ese no es el tema de hoy.
El tema de hoy es que la rutina se rompió en ese encuentro de miradas. Se rompió porque los ojos de Pedro hablaban. Hablaban de una gracia inmensa, hablaban de una gloria inmensa, hablaban de un amor inmenso. Los ojos de Pedro hablaban y en esa mirada el lisiado guardó silencio y contempló. Y en esa mirada los ojos de Pedro hicieron un discurso y hablaron. Entonces hubo una comunicación silenciosa, pero al mismo tiempo luminosa como la mirada, una comunicación luminosa, una palabra, un discurso que salió de esos ojos de Pedro y que se coló por los ojos del lisiado. Y de allí surgió el milagro de la fe en este hombre. Y entonces Pedro cierra su discurso, ese discurso de unos segundos intensísimos, diciéndole: «Te doy lo que tengo. En nombre de Jesucristo echa a andar», y el lisiado entonces rompe su rutina.
El texto terminó y sabemos cómo continúa y el hombre no volvió a la limosna, no volvió. No fue que diera unos brincos, brincos. Luego: -Bueno, ahora sí me siento y sigo pidiendo. Se le rompió la rutina. Ese acontecimiento es una experiencia personal de Jesucristo, una experiencia personal de Dios, Dios me ama a mí, eso fue lo que recibió el lisiado en los ojos de Pedro. Es curioso, porque la mayor parte de las personas, desde luego que yo también, cuando nos vemos asediados por ser mendigos que a uno le causan mucha desconfianza, porque ¿será que me va a hacer daño? ¿Será que es verdad lo que dice? ¿Será que lo va a utilizar para drogarse? En medio de ese desconcierto, uno comete seguramente será hasta pecado, uno comete el error de mirar lo menos posible. Uno mira lo menos posible a la persona, en parte porque está marcado por el miedo, a qué horas este señor quién sabe qué va a hacer, qué me va a decir, bueno. Y por eso, suele darse la limosna sin mirar casi, una limosna con un mínimo de mirada.
Pedro dio un máximo de mirada con una inmensa limosna, la gran limosna de Pedro empezó en esa gran mirada y con esa gran mirada le dio un discurso que podemos expresar con estas palabras, el lisiado sintió: Dios me ama, Dios me está amando. Con ese mensaje se hizo posible el milagro. Entonces el lisiado, el lisiado, empezó a obrar de una manera, una manera como tan poco piadosa: -Saltando en una iglesia. ¿Qué es eso? Se pone salte y salte, por favor. Pues sí, le hicieron su milagro. Pero compórtese, compórtese. Resulta que hay un desorden ahí, hay un desorden en esa saltadera, hay un desorden. Eso no era de todos los días, se rompió la rutina del templo. Señor ahí salte y salte. ¿Qué es eso? Se rompió la rutina del templo.
Pero hay un motivo: -Es que se rompió la rutina de mi tragedia, es que mi círculo de muerte lo rompió Dios. Como Dios rompió mi rutina de tristeza, déjenme que yo rompa la rutina de ustedes, dando unos cuantos brincos aquí. Cómo Dios rompió mi rutina de abandono, de humillación, como Dios ha roto eso, déjenme, déjenme que yo rompa la rutina del templo. Y ahí siguió, la historia va a continuar en los próximos días. Ustedes no se deben perder la continuación de esta historia, cantaba, saltaba, alababa, daba botes. Ese momento, ese momento es necesario para el corazón humano, ese momento es necesario, ese momento lo necesita todo corazón. Ya en otras ocasiones me ha gustado recordar la frase del escritor inglés Chesterton: «El primer deber de un hombre enamorado es ponerse en ridículo». Este lisiado curado se puso en ridículo, como se puso en ridículo David una vez que estaba, que alababa a Dios y llevaba una especie de alba-casulla, pero no llevaba, así como mucha ropa más debajo. Entonces, en medio de toda esa alabanza, pues el rey dio un pequeño espectáculo, se puso en ridículo.
El deber de un enamorado es ponerse en ridículo. Eso no significa que todo el que se ponga en ridículo esté enamorado, ni significa que ponerse en ridículo ayude a enamorarse. Pero sí significa, sí significa que hay un espacio para el ridículo, que hay un espacio para el exceso, que hay un espacio para la ebriedad, que hay un espacio para eso. Porque la gente que no quería tener ningún espacio para eso eran los fariseos, eran los fariseos: -Ahí lleva la camilla, no debe llevar la camilla. Lo que ha debido hacer es si lo curaron, dejarla camilla en el suelo y poner un letrerito: Es sábado. Vengo por esto cuando haya pasado el sábado, pero no quebrantar la rutina.
Se necesita un discernimiento especial que lo da el Espíritu Santo para reconocer este género de ebriedades que la Iglesia las necesita. Sin esto no se puede vivir, sin estas experiencias, sean con brincos, con risas, con cantos, con don de lenguas, con lo que usted quiera, porque el Espíritu tiene muchas expresiones. Sin estas expresiones que habrá que discernirlas, pero sin ellas no se puede vivir. Y el que nunca tiene de esas expresiones sí tiene, en cambio, una libreta tan gorda como un directorio telefónico de páginas amarillas donde tienes escritos todos los pecados de todos sus prójimos: -Esto sí, yo los tengo vistos. Fulano de tal es un incoherente desgraciado. Fulanita no se lo puede creer ni el saludo. La piedad de Sutanito es mentira. Ahí tiene todas sus acusaciones, sin darse cuenta de que está haciendo un oficio satánico, porque efectivamente satanás es el acusador.
Entonces es muy difícil rezar la liturgia de las horas y llevar uno a esa libreta, tan gorda como unas páginas amarillas, porque allá dice uno de los cánticos que se gozan porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos. El que tiene el archivo, la base de datos más gorda de todas es el diablo, ese sí tiene una base de datos respetable, pero con su base de datos respetables se va para el infierno, a lo profundo de su fosa. De modo que hay que tener mucho cuidado en imitar las prácticas del demonio, porque si uno empieza, uno empieza con libreticas, después cuadernitos, después consigue computador para que le quepa harto. Hay que tener cuidado con todos esos apuntes, llevar todas las culpas de todo el mundo, porque tanto hacer el oficio del diablo, es muy posible que cuando llegue el momento del cántico y precipiten al acusador de nuestros hermanos, Dios nos libre, qué tal que uno tenga que irse bajo el peso de su base de datos, tenga que irse también allá, a lo hondo de los infiernos.
Se necesitan los ratos de ebriedad. Un buen superior, un buen formador, tienen que tener eso, no solo para saber si una persona puede seguir las reglas, hay que mirar si la persona puede quebrar las reglas. Si una persona nunca quiebra las reglas, hay que echarla. Sospechoso, esto no. Esto no. Algo está aquí. Algo anda mal. Claro, no se trata de que rompa las reglas y las normas porque es caprichoso, porque es histérico, porque es mediocre, porque es perezoso. Pero toda persona, sobre todo en su formación inicial, tiene que dar las pistas suficientes para que se crea, para que uno crea posible, para que uno vea como posible: -Esta persona, si Dios la inunda de amor, va a dar brincos, va a dar brincos, va a dar brincos, que está abierta. Dicho de una manera más formal, hay que detectar que los súbditos, en la diócesis o en el monasterio o en la provincia, los formandos en el convento, en el noviciado, en el postulantado, hay que detectar que estén abiertos a la acción del Espíritu, abiertos a la acción del Espíritu. Porque una persona que no rompería su rutina por ningún motivo, es una persona peligrosa. ¿Qué tal que esa persona ya tenga un cuadernito por ahí? Qué tal que ya tenga su pequeña libretita y ya en esa libretita tiene todas las razones por las que tienen que condenarse todos los demás, hay que detectar eso. Esa pregunta hay que hacérsela: ¿Este hermano está abierto a la acción del Espíritu? ¿Cómo obra él ante la acción del Espíritu? ¿Qué apertura tiene? ¿Qué le causa, le causa solamente risa, le causa solamente burla, le causa solamente rabia? ¿Qué hay en ese corazón?
Por eso yo no creo, yo no creo que nosotros podamos canonizar una persona porque da brincos. ¿Quiénes son los que dan brincos hoy? Pues sobre todo los carismáticos, no se puede canonizar a la persona porque da brincos, ni porque ora en lenguas, ni porque llora mucho, ni porque canta todo el día, por esas cosas no se puede canonizar. Pero hay que tenerle miedo a aquella otra persona que, mirando al que da brincos, solo tiene un juicio descalificador y en eso sí ha pecado, me parece a mí que, más de media Iglesia, miran estos hechos, miran estas ebriedades del Espíritu solamente para ponerle un letrero así: Histeria, ya quedó condenado todo eso. Fanatismo, ya se puede hundir todo eso. Si hubieran estado esas personas en este día, ¿qué le hubieran dicho a ese señor? Deje la brincadera, estoy meditando, estoy meditando cómo Dios es amor, y cómo Dios sana y salva. Y usted con su brincadera, no me deja mi meditación. Hay que tener mucho cuidado con eso.
Yo creo que en ese sentido hay que pedirle perdón a Dios, porque nos ha faltado apertura, me parece a mí. No quiero decir que cualquier cosa que se haga vale, no. Dios dará si oramos, Dios dará a los maestros, a los formadores, a los superiores, Dios les dará ese discernimiento de espíritus que necesitan para darse cuenta en cada caso, a ver qué brincos son, porque están entrenando en el equipo de básquet y qué brincos son porque lo curó el Señor. Eso hay que discernir unos brincos de otros brincos, no toda brincadera vale. Pero hay que tener el corazón y la mente abiertos para que Dios produzca eso y, sobre todo, hay que tener la mente abierta para que Dios le pueda hacer a uno eso mismo. No solamente hay que tener la apertura de espíritu para acoger con amor a las personas que reciben estas gracias especiales. Hay que tener también, yo me atrevo a decir, más que todo, hay que tener la capacidad de creer que Dios puede hacerlo también conmigo: -Tu Señor un día, Tú puedes darme tanto, tanto Tú puedes producir en mí tantas cosas.
Decía Catalina de Siena: «Tú sí me haces enloquecer». ¡Qué lindo es! ¡Qué lindo! No es el poder de la sensualidad, no es el poder de la murmuración, no es el poder de la codicia lo que me saca de mis casillas, solo tú me haces enloquecer, ese es un santo, solo tú. Pero tiene que haber algo que lo enloquezca a uno, algo. Claro, tiene que haber algo. Porque si uno no se enloquece con Dios, entonces ahí sí se chifla peor. Ahí hay que tener esa apertura: -Tú me puedes enloquecer. Tú puedes producir en mí, Señor, Tú puedes hacer en mí cosas que nunca me han sucedido. Tú puedes traer a mi vida alegrías que yo creí que ya no sucedían.
Es posible que, cuando uno ya ha vivido varios años y ya lo han llevado muchas veces a la puerta del templo y otra vez para atrás, cuando ya han pasado muchos años, muchos años, uno nunca le ha pasado nada. Es posible que cuando uno oye este lenguaje, cuando uno oiga este lenguaje, uno diga, pues lo que dijo Sara, lo que dijo Sara la esposa de Abraham: -Ya lo que fue, fue. Ya yo a estos años, suena duro en el oído, ¿no? En estos años voy a tener placer con mi esposo y voy a resultar mamá, y le dio risita nerviosa. El pobre Abraham, en las que van a poner al pobre Abraham. Y le dio risa. Y entonces Dios le dijo: ¿Qué es la risa? No, no, no, yo no me he reído. Creo que eso cuesta trabajo creer, porque cuando uno le ha pasado la vida y no le han sucedido las cosas, uno se vuelve como Sara, se vuelve así, receloso y más bien como irónico y más bien como ácido, y ahora ¿qué? Y a uno le da es risa nerviosa, pero Dios tuvo compasión de Sara y le concedió, siempre le concedió su muchachito, siempre le dio su muchachito, a pesar de que se había reído y no había creído mucho.
Entonces uno tiene que pedirle a Dios en esta Pascua: -En esta Pascua Señor, quiero pedirte que hagas la obra de tu Espíritu en mi vida. Dame una sorpresa en esta Pascua. Ya yo estoy muy viejito, yo no estoy para muchos trotes, y si me da la brincadera, yo seguro que resultó con fractura de cadera y cuantas cosas más. Pero, aunque estoy viejito y le tengo miedo a la brincadera, trae, Señor, a mi vida una sorpresa. Sorpréndeme, regálame, dame una cosa que no esté esperando. Porque si no, yo sería como ese lisiado en la primera parte de la historia, todos los días para la iglesia, salga de la iglesia, vaya para la iglesia, salga de la iglesia. Dame una sorpresa. Señor, dame una sorpresa, alguna cosa que suceda, cualquier arcángel que se me aparezca, no sé, lo que tú quieras. Sáname, sáname de algo que nadie me ha podido curar. Dame, dame de tu Espíritu.
Por eso decía San Pablo, a pesar de lo desordenados que eran los Corintios, por eso les decía: Pidan los carismas, pidan y ya eran desordenados, pero San Pablo decía: No, pero pidan, aspiren a los carismas superiores, aspiren a los carismas superiores. Sigamos nuestra celebración pidiéndole a Dios que, por el poder de la Pascua de Cristo, nos haga abiertos a la acción del Espíritu para que nuestra rutina no la rompa el pecado, pero sí la rompa Cristo, y para que no nos haga enloquecer el demonio.

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