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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo, lugar de oración.
Homilía poc3003a, predicada en 19980415, con 5 min. y 5 seg. 
Transcripción:
La historia del paralítico que curaron del capítulo tercero de los Hechos de los Apóstoles sirve, no solo como una demostración de la misericordia y del poder de Jesucristo, sino también como una muestra del modo como se fueron constituyendo las relaciones, el aspecto de relaciones entre el naciente cristianismo y el judaísmo anterior. Llama la atención que Pedro y Juan se dirigen al templo, este es el templo de los judíos, es el templo de la oración judía. Pedro y Juan obran aquí como judíos piadosos que se acercan para orar, y hay una primera conclusión que hay que sacar, ellos no han cambiado de Dios, ellos no se han pasado a otra religión. Oran al mismo Dios al que oraban antes de conocer a Jesucristo, oran al mismo Dios de sus padres. Se trata del mismo Dios, y se trata también del mismo pueblo. Ellos se sienten solidarios con ese pueblo que ha crucificado a Cristo, ese pueblo que también ha creído o empieza a creer en Él. Ellos no son los que se separan del judaísmo, será el judaísmo el que lo separa de sí.
Cuando van llegando al templo está la escena, la escena deprimente, tan frecuente lamentablemente, del paralítico a la puerta del templo, esperando una obra de misericordia y vaya misericordia la que recibe en el nombre de Jesucristo. Usualmente este tipo de obras todavía podían esperarse como un fruto del templo. Si recordamos Ezequiel, Ezequiel había hablado de un agua maravillosa que brotaría del altar del templo y que traería salud, y que traería vida y que traería sanación. Esa era agua que salía del templo. Pero Pedro y Juan no sacan del templo la fuerza para sanar a ese paralítico, ellos están llegando y no sacan del templo, sino de ese otro templo que es Cristo, Él había dicho: «Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré». Y anota el evangelista Juan, «se refería al templo de su propio cuerpo». Ahora Cristo ha resucitado y el verdadero templo del que está brotando el agua, que sí cura a la gente es Cristo resucitado.
De manera que se ve que hay una relación con el judaísmo, pero se ve también como es Cristo, el judío, en que alcanza su plenitud la Alianza, es Cristo el verdadero templo del que brota ese manantial que sana a este paralítico como una demostración de lo que después hará con muchos paralíticos, con muchas personas, en todas las culturas. De este modo descubrimos a Cristo como lugar de oración, como lugar de vida, como fuente que sana a quienes nos acercamos a Él.
La gente le vio andar alabando a Dios, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna, quedaron estupefactos ante lo sucedido. Es la sorpresa que acompaña el acontecimiento de Jesucristo. Él, aunque está en continuidad con la historia de su pueblo, le hace dar como un salto, un salto inconmensurable que causa profunda admiración. El desarrollo en las siguientes lecturas de los próximos días nos mostrará cómo este salto solo puede ser dado por la gracia de Dios en nosotros. Las fuerzas humanas no alcanzan a un salto de ese tamaño, y entonces, cuando ya no entienden, se convierten más bien en hostiles a la predicación de los apóstoles, hasta llegar incluso a marginarlos y a proscribirlos. Nosotros, por nuestra parte, encontramos en la Eucaristía ese templo, ese Cristo resucitado, y en Él la fuente misma de la vida.

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