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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los relatos que ayudan a comprender el misterio del Resucitado.
Homilía poc3001a, predicada en 19960410, con 15 min. y 55 seg. 
Transcripción:
Durante esta semana que es de Pascua y de gloria, que es de fiesta y de alabanza, la Iglesia nos va presentando en cada Evangelio el testimonio, o mejor dicho, los diversos testimonios sobre la presencia del Resucitado. Estos relatos nos ayudan de tres maneras. En primer lugar, porque la resurrección solo la conocemos a través de esos testimonios, de manera que la palabra de estos hombres y de estas mujeres, los relatos de ellos, construyen nuestra fe. De manera que nosotros, que tenemos una experiencia directa del sufrimiento y quizá muy cercana de la muerte, podamos tener también una experiencia tan cercana como sea posible de la resurrección y de la gracia. Este es el primer modo como nos ayuda en los relatos de la resurrección.
En segundo lugar, nos instruyen sobre lo que significa la presencia, la gracia, la fuerza del Resucitado. Por lo pronto, nos enseñan que la resurrección de Cristo es distinta de las resurrecciones que Él mismo Cristo hizo, como el de la hija de Jairo o el de Lázaro. Estos relatos nos hablan de personas que vuelven a esta vida. Al contrario, los relatos de la resurrección nos muestran cómo Cristo se encuentra más allá de esta vida, ese es un modo de decirlo, otro modo es, más adentro de esta vida, tan radicalmente adentro de la vida, que Él es la vida misma. Él es la vida de quien tiene vida y quien no está en Él está en la muerte. Entonces, estos relatos nos ayudan a comprender un poco, a asomarnos a lo que significa el misterio de la resurrección. Primero, la resurrección de Cristo, luego nuestra resurrección.
Hay un tercer modo como nos ayudan estos relatos. En ellos aparece la dificultad de creer, la dificultad de María Magdalena el día de ayer, anegada en lágrimas, no logra descubrir a Jesucristo, y aunque aparezcan ángeles, no logran consolar su corazón. Desconcierto de los discípulos que iban camino de Emaús y que nosotros solemos decir discípulos de Emaús, desconcierto de estos discípulos, imposibilidad para salir de su propia frustración y tristeza, dificultad para aceptar la esperanza. Estas son las mismas dificultades que también tenemos nosotros. Cuando pensamos en el Resucitado y en su obra en nuestras vidas, nos cuesta trabajo descubrirlo, si está realmente este resucitado en nuestras vidas, entonces ¿por qué tanta tristeza? ¿Por qué a veces la tentación tiene tanta fuerza que parece ganarnos? ¿Por qué la iniquidad parece cundir? Por qué a veces parece, quizás lo hemos dicho nosotros mismos, tantos años después de la resurrección del Señor y el mundo sigue siendo lo mismo, no tendría ya que estar como más maduro, como más limpio, como más santo, ¿tantos años predicando el Resucitado y nada?
Podemos nosotros estar gravemente tentados de desesperanza. Y este es el tercer y gran auxilio que nos prestan los relatos de resurrección, nos ayudan a vernos retratados en estas personas que les costó trabajo creer: -Es verdad que algunos de los nuestros fueron al sepulcro y no encontraron el cuerpo. Es verdad que algunas mujeres nos hablaron de apariciones de ángeles que les habían dicho que Él estaba vivo. Pero nosotros no sabemos qué pensar de todo esto. Así también, nosotros mismos muchas veces no sabemos qué pensar, y Pedro y Pablo, y los apóstoles, y los santos y los ángeles nos están diciendo y gritando que vive, que está vivo, que está resucitado, que está cerca, que te ama, que fue por ti, por tu salvación que todo lo hizo. Pero a uno le cuentan estas cosas y uno dice: -Sí, pero no sé, no sé, no estoy seguro, podría ser. A ver, cuando pienso en Santo Domingo, si pienso en Santa Catalina. Sí, parece que en ellos sí, pero en mi vida también, en mi vida, no sé, no estoy seguro. Y te lo pueden contar los grandes apóstoles y los santos, y te lo puedo contar yo, que tanto y tanto me hace falta para apóstol. Y tú puedes salir de esta celebración diciendo: -Sí, parece como convincente, tal vez, no sé, no sé, habría que pensarlo bien, quizá, hay muchas cosas de mi vida que no sé.
En este sentido, el relato que más puede ayudarnos, quizás del que hemos escuchado hoy del capítulo 24 del Evangelio según San Lucas. Este relato nos ayuda no solo porque muestra nuestro desconcierto y nuestra frustración, ¿quién no se ve retratado fácilmente en estos hombres, por lo menos en las horas de crisis y de soledad?, yo creo que ahí estamos pintados. Pero no solo nos retrata, sino que nos ayuda a superar esa situación, Cristo hizo camino con ellos. Entonces, la verdadera respuesta a nuestras crisis es que Cristo haga camino con nosotros. Y ¿cómo fue ese camino? Pues en primer lugar a través de la Sagrada Escritura. Entonces, fíjate que la Iglesia aplica este texto continuamente, porque predicándonos la Sagrada Escritura nos trata como a estos discípulos, queriendo que nosotros recibamos el auxilio y el consuelo de la Palabra divina, que nos vaya conduciendo, poco a poco, hacia una claridad mayor. ¿Hasta cuándo hay que oír la Biblia? ¿Hasta cuándo? Indefinidamente, en cierto modo, sí, hay que seguir oyendo siempre la Palabra. Pero la medida más precisa quizás nos la da el texto: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Hay que leer la Palabra de Dios, hay que oírla, hay que meditarla, ¿hasta cuándo? Hasta que arda el corazón, hasta ahí hay que orar.
Uno de los muchachos de los que se dice que ha recibido revelaciones, visiones de la Virgen María en Medjugorje, al hablar de la oración, decía: «Hay que orar hasta que uno sienta que la resurrección le sucede». Me encanta esa medida de la oración. Desde luego, las horas y los minutos, las observancias y las costumbres, los horarios, las disciplinas ayudan, pero la medida fundamental es orar hasta que la resurrección te suceda, leer la Palabra hasta que el corazón arda, estar con Cristo y pegarte a Cristo hasta que sintamos un incendio dentro. En medio de esa zarza hablará Dios, como en medio de la zarza habló a Moisés. En medio de ese fuego comprenderemos: sí es verdad.
Pero fíjate, después de ese oír la Palabra, viene la fracción del pan en su doble sentido, en el sentido de la Eucaristía. Sin duda, este es un relato eucarístico y la expresión utilizada casi podemos decir que es técnica, porque no se hablaba de misa ni de Eucaristía, sino de fracción del pan en este siglo. En el doble sentido de Eucaristía, por una parte, pero también de compartir. «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?», les ha dicho el Señor, y ellos echan el relato de su miedo. Pero el punto es que un miedoso nunca acompaña a otro miedoso, no recuerda usted lo que ha sucedido, por ejemplo, cuando en las casas hay niñas pequeñas, más o menos de la misma edad, digamos dos niñas pequeñas y ambas le tienen miedo a la oscuridad, y se va la luz y la una pega un grito y la otra la acompaña y la otra se asusta del grito de la otra y la otra.
Los miedos no acompañan, y cuando nosotros no tenemos fe, peor aún, cuando empezamos a sentir que nos desilusionamos de Cristo y nos preguntamos, si será este el liberador, que era lo que ellos se preguntaban, cuando dudamos y cuando se estremece el corazón, otro miedoso no sirve de nada, otro miedoso no nos ayuda. Por eso, entre miedosos jamás se da el verbo compartir. El miedoso, al contrario, intenta asegurar lo suyo, el que tiene miedo de lo que pueda pasar en la economía del país, asegura, en inversiones, en joyas, en cuentas corrientes en el exterior, asegura lo suyo. Esta proporción no falla, a mayor miedo, menor compartir. Cuanto menos siente uno fe, más se retrae. Hay caras, hay rostros que relatan y delatan tanto miedo, son rostros de personas que tratan de que no se les escape una sola sonrisa, ¿porque qué tal que nunca vuelva? Y son personas que no quieren gastar tres centavos de misericordia porque nadie me asegura que alguien me los va a pagar. Hay vidas asustadas.
En cambio, fíjate cómo Cristo va iluminando y va caldeando y va purificando el corazón de estos discípulos hasta que los hace capaces de compartir. Cuando ya el corazón está caliente, cuando ya hay hogar, ya se puede compartir. Entonces el itinerario es orar y leer la Palabra de Dios. Le añado el verbo orar, porque evidentemente no se trata simplemente, de pasear los ojos por los textos. Orar en el sentido de masticar esa palabra, de rumiarla, ¿hasta cuándo? Hasta que se te incendie el alma, hasta que sientas fuego en el corazón. Después de eso, a compartir, a compartir el pan de la Eucaristía, que va a ser como la presencia decisiva, y a compartir también, el pan con los hermanos.
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» Nuestro corazón dice este hombre, nuestro corazón, en realidad ya eran un corazón. Tanto los había calentado, tanto había caldeado Cristo esos dos corazones que ya eran un solo corazón, ya los había fundido, y así debe celebrarse la Eucaristía. De tal modo debe celebrarse que haya un solo corazón. Y por eso primero oímos la Palabra y el propósito de esa palabra orada, predicada, ofrecida, es que el corazón de todos se caliente hasta fundirse y se vuelva un solo corazón en el de Cristo para alabanza del Padre. Y una vez que esto ha sucedido, ¿qué pasa? a Jerusalén, a la Iglesia, en ese momento todos somos Iglesia, y en la Iglesia el testimonio supremo de Pedro: «Es verdad, ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón».
Es todo un itinerario, fíjese, es todo un camino. Un camino que es realista porque parte de nuestras dudas, temores, frustraciones. Pero un camino que, sin salir de esa realidad, nos lleva a lo más íntimo de esa realidad que es la victoria de Cristo, que es la resurrección del Señor. Tenemos nosotros el privilegio de meditar este texto precisamente en la celebración eucarística. Es decir, tenemos la oportunidad de que nuestro corazón, que se ha ido calentando al escuchar que Cristo de veras vive y que hace estas cosas por sus discípulos, tenemos la oportunidad de que nuestro corazón se vaya unificando y se acerque ahora, para el momento de la fracción del pan. Tenemos la oportunidad de recibir a ese Jesucristo y tenemos la oportunidad de compartirlo, de ser Iglesia.

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