Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La gracia del Espíritu y la alegría pascual brotan de la Cruz. Estamos llamados al arrepentimiento, a vivir el bautismo para entrar en comunidad de fe y guardarse del mundo.

Homilía poc2028a, predicada en 20260407, con 7 min. y 50 seg.

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Transcripción:

La imagen que tengo a mis espaldas es una antigua representación del evangelista San Lucas. Pero como seguramente recordamos, Lucas fue también el autor del libro de los Hechos de los Apóstoles. De tal manera que está muy bien que tengamos esta imagen que nos acompaña hoy, porque el libro de los Hechos de los Apóstoles, según indicábamos ya ayer, es el libro que nos sirve como guía principal durante el tiempo pascual. Tiempo Pascual, tiempo que se inicia con la Vigilia Pascual y la gran proclamación de la resurrección de Cristo. Tiempo Pascual que culmina en la gran fiesta de Pentecostés. La primera lectura de hoy se sitúa exactamente en el día de Pentecostés.

Es la continuación del discurso que realiza el apóstol San Pedro, cuando una gran multitud se reúne completamente maravillada por algunos acontecimientos que seguramente recordamos, se oyó un viento impetuoso, hubo como un temblor de la tierra y sobre todo cuando los apóstoles salieron a predicar, resulta que el mensaje de ellos era perfectamente comprensible para la multitud, aunque en la multitud había personas de muy diversas lenguas. Este es precisamente uno de los aspectos más bellos de la gracia del Espíritu Santo y de la gracia de Pentecostés. Por lo tanto, ¿A qué me refiero? Así como el pecado divide, separa y hace que nos volvamos incomprensibles los unos para con los otros, pues así tenemos que decir también que Pentecostés repara esa división y nos permite de una manera muy bella, nos permite empezar a entendernos. Eso se vivió en Pentecostés. La multitud se reúne y Pedro les predica. La predicación de Pedro, es absolutamente necesaria hoy, porque, como veíamos ayer, Pedro relaciona el sacrificio de Cristo con la efusión del Espíritu. Lo que dice Pedro es este Cristo a quien ustedes mandaron matar, a quien ustedes mataron por mano de paganos, o sea, a través de la mal llamada justicia de Poncio Pilato, ese Cristo a quien ustedes mataron, ese Cristo es el que ahora resucita, ese Cristo es el que ahora glorioso y resucitado, hace bajar el Espíritu Santo. Cristo sube glorioso y a nosotros baja el Espíritu Santo.

De tal manera que la efusión del Espíritu es la eficacia del sacrificio y del sacerdocio de Cristo, algo que no debemos olvidar en ningún momento. La gracia del Espíritu proviene de la gracia del amor de la cruz. Pero hay más. Pedro, cuando les muestra la verdad del pecado que han cometido, los llama a conversión. Esto es algo muy bello, porque nos muestra que la alegría de la Pascua no es una alegría superficial, no es una alegría trivial y pasajera, sino que es la alegría profunda que proviene de la renovación interior. El mundo nos vende muchas formas de alegría que son, llamemoslas baratas, es decir, baratas en el sentido de que si tienes buen dinero puedes conseguir un buen licor y si te hace feliz emborracharte, ya tienes alegría. Otro buscará alguna sustancia de esas que venden por las calles, que venden los narcos por las calles y ya con eso se siente feliz. Otro creerá que revolcándose en una cama con la pareja de su elección, ahí tiene la felicidad que quiere. Pero esas son alegrías que son baratas, que son engañosas y que son temporales.

La alegría que trae el espíritu es una alegría muy diferente. Es una alegría que es profunda. Es una alegría que te renueva totalmente. Y esa renovación total, esa renovación que va de adentro hacia afuera, esa es la conversión propia del tiempo pascual. Por eso nosotros tenemos que repetir la pregunta que le hicieron a Pedro. A Pedro le preguntaron ¿Y entonces qué tenemos que hacer? Y Pedro respondió: Que cada uno se arrepienta de sus pecados, que se bautice para que entre a formar parte de la comunidad y que se guarde del mundo que está impregnado, empapado, embebido de pecado. Esos son los tres consejos de Pedro.

Que cada uno se arrepienta de sus pecados. Claro, la limpieza tiene que empezar adentro. Muchas veces queremos cambiar el mundo, pero no cambiamos nuestro corazón. Queremos que las cosas sean distintas, queremos vivir en un país maravilloso, queremos que no haya más políticos corruptos, queremos que no haya más abusadores de niños, queremos que todo funcione maravillosamente. Pero ¿Cómo va a funcionar maravillosamente afuera si lo que hay afuera es simplemente el resultado de todo lo que hay dentro de nuestros corazones?

Entonces, lo primero es que tiene que darse ese arrepentimiento, que no es otra cosa que la repulsa. Se necesita que le declares la extinción, que le declares la guerra al pecado, que digas conmigo nada, nada que ver. Te vas de mi vida. Esa es la guerra que hay que establecer. La guerra al pecado. Y ese es el principio. Ese es el principio bendito y saludable en el que nosotros empezamos a encontrar la libertad. El arrepentimiento no es tanto que nosotros nos centremos en sentirnos mal. El otro día, en una de mis redes sociales, me salía un vídeo de un señor de tipo masónico de enseñanza masónica y él se burlaba del arrepentimiento cristiano y él decía: No es necesario que te sientas culpable. Lo esencial del arrepentimiento no es el sentimiento. Lo esencial del arrepentimiento es la fórmula de lanzamiento, de expulsión del pecado de tu vida. Es darte cuenta que tú no eres tu pecado, que el pecado tiene que salir de tu vida. Eso es lo esencial. Y por ahí empieza Pedro y de ahí viene la vida sacramental, empezando por el bautismo, para ser parte de una comunidad, la comunidad de los bendecidos, la comunidad de los que sin mérito nuestro, hemos recibido y seguimos recibiendo la fuerza del Espíritu, la gracia de Cristo.

Y luego lo tercero, hay que tomar conciencia de que estamos en un mundo repleto de pecado y que ese pecado nos acecha, y que ese pecado pues puede hacer y quiere hacer destrucción en nuestra vida. Esos son los pasos que nos propone Pedro y te das cuenta que son absolutamente actuales y te das cuenta que son absolutamente necesarios. Que la gloria sea para Cristo. Sigamos viviendo esta octava de Pascua, que es, como podríamos decir, el corredor de entrada a todo el tiempo pascual, y que San Lucas, que escribió esta obra de los Hechos de los Apóstoles, nos acompañe con su intercesión y con su testimonio. Amén.

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