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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nosotros queremos ofrendarle nuestro amor a Dios, pero el Señor siempre nos supera en generosidad; Él siempre responde con una gracia que nos desborda.
Homilía poc2027a, predicada en 20250422, con 7 min. y 46 seg. 
Transcripción:
Nos encontramos amigos queridos en la octava de Pascua, lo mismo que en la música, también en la liturgia existe una octava. En la música conocemos que la octava va desde una nota hasta la misma nota, pero en el doble de frecuencia. Por ejemplo do, re, mi, fa, sol, la, si do, de un do al otro, ahí hay una octava. Pues lo mismo pasa en la liturgia, en este caso desde el domingo de Pascua, que es el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pascua, ahí hay ocho días completos y esa es la octava de Pascua. Y ¿Por qué tenemos una octava de Pascua? Pues porque es tan grande, lo que tenemos que celebrar, es tan grande lo que tenemos que meditar. Es tan grande el motivo de nuestra alegría, que no cabe en un día de veinticuatro horas. Y por eso necesitamos una especie de día largo, una especie de día de ocho días. Y esa es la octava de Pascua. ¿Qué lecturas ha escogido la Iglesia para la octava de Pascua? Pues en los Evangelios las lecturas son fundamentalmente los relatos de las apariciones de Cristo. Hoy por ejemplo, en el Capítulo Veinte de San Juan encontramos la manifestación de Cristo a aquella santa mujer que fue transformada por la palabra, por el amor, por la gracia del Señor. Estoy hablando de Santa María Magdalena. Y quiero destacar una frase que describe muy bien el amor de Santa María Magdalena y a la vez describe muy bien el poder de Dios tanto en la vida de ella como en la vida nuestra. Esta mujer, esta piadosa mujer que había sido completamente transformada por el amor de Dios, dice a Jesús. Pero no sabía que era Jesús, creía que era el cuidador de ese sitio, lo que llamaríamos el jardinero, el hortelano, el encargado de ese lugar, Pues ella creía que, que ese hombre que se le aparece y que es el mismo Cristo, es el hortelano, es el cuidador de ese sitio. Y entonces le dice: Si tú te has llevado, si tú te has llevado el cadáver de Cristo, porque ella se da cuenta que la tumba está vacía, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Esas palabras reflejan el intenso y piadoso amor que tiene María Magdalena. Podemos decir que ella, con estas palabras, está describiendo cómo su vida entera había cambiado completamente de horizonte y tenía como centro la persona de Cristo. Como lo que ella podía entender es que Cristo, había sido no solamente torturado, sino ejecutado, pues ahora el amor de ella se centra en el cadáver de Cristo, y por eso dice: Yo los recogeré. Esas palabras, esas palabras denotan un amor que no hace muchos cálculos. O sea, tú imagínate la logística. Imagínate lo que implicaría para una mujer en ese tiempo, en esas circunstancias, ir a recoger un determinado cadáver. Pero esto es muy propio del amor. El amor no hace tantos cálculos. El amor simplemente sabe que hay que responder a un llamado profundo. Y ese llamado profundo que está en el corazón de María Magdalena, es el que le lleva a decir yo lo recogeré. Bueno, por alguna razón yo conecto esta oferta de amor de María Magdalena. Yo la conecto con otra oferta de amor que encontramos en un lugar muy distinto de la Biblia, en el segundo libro de Samuel. Porque resulta que en ese libro se nos habla del rey David y de cómo David quiere hacerle una ofrenda de amor al Señor. Y dice Mira, le dice a un profeta, el profeta Natán le dice: Yo ya estoy viviendo bien, yo estoy viviendo en un palacio, y mientras tanto el arca del Señor sigue en una tienda de campaña. Literalmente dice sigue bajo pieles. Entonces David quiere hacer un templo, quiere hacerle una casa al Señor. Y la respuesta que Dios le da a través del profeta Natán es una respuesta que supera en generosidad lo que había propuesto David. Porque le dice Dios a David Mira: No me vas a hacer tú la casa a mí, yo te voy a hacer una casa, refiriéndose a la dinastía, la descendencia de David, de la cual, como nos cuenta el evangelista Mateo, efectivamente viene Cristo. Entonces lo que encontramos en ese pasaje del segundo libro de Samuel es como a una ofrenda de amor que hace David, viene una ofrenda, un regalo de amor muchísimo mayor, que es el que le hace Dios. Tú querías hacerme una casa, gracias, pero no te preocupes, soy yo quien te va a hacer una casa a ti, le dice Dios a David. Algo parecido sucede con María Magdalena, dice María Magdalena: Yo voy a recoger a Cristo, yo voy a recoger a mi Señor. Y básicamente lo que hace Cristo con María Magdalena es recogerla a ella. ¿En qué sentido? En que toda la alegría de ella, toda la esperanza de ella, todo el sentido de su existencia estaba hecho pedazos. Esta pobre mujer había quedado destrozada contemplando ese horrible espectáculo de la pasión, viendo cómo se desencadenaba toda la violencia del infierno contra el cuerpo y el alma del Mesías. María Magdalena había quedado destrozada. Había quedado como muerta. Su esperanza, su alegría, el sentido de su existencia, repito, estaba por el suelo. Y entonces Dios le dice Mira, sabes, es que no eres tú quien me va a recoger a mí, soy yo quien va a recoger los pedazos, los fragmentos, las trizas en que ha quedado tu vida y te voy a levantar. Y es así como no es María Magdalena la que levanta a Cristo. Ella estaba pensando en levantar el cadáver de Cristo, sino que es Cristo quien levanta a María Magdalena y la convierte en la apóstol de los apóstoles, la convierte en la primera testigo de la resurrección. ¡Qué hermoso es Dios! Nosotros queremos ofrendarle nuestro amor y él siempre nos gana en generosidad. Él siempre nos da una respuesta que nos rebasa la gloria y la alabanza para él. Amén.

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