Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El discurso del apóstol Pedro en Pentecostés dio abundantes frutos: (1) Muestra que el crucificado es el mismo resucitado; (2) Revela el "desquite" de Cristo, que, después de haber sido atravesado por nuestros clavos, nos atraviesa con la espada de su Palabra; (3) Anuncia la maravillosa promesa de cómo después de nosotros otros también llegarán a la fe.

Homilía poc2021a, predicada en 20200414, con 17 min. y 45 seg.

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Transcripción:

Mis queridos hermanos, cuando aparece un Evangelio tan bello como el que acabamos de escuchar, un servidor como yo se ve frente a una disyuntiva porque es tan hermoso este Evangelio que la tentación es que cada vez que llega este día litúrgico, o sea martes de la octava de Pascua, que por supuesto lo tenemos todos los años, la tentación es siempre predicar del Evangelio, lo cual nunca sobraría. Pero entonces el hermoso contenido, también lleno de alimento, contenido nutritivo para nosotros, que está en la primera lectura, pocas veces se reflexiona, se medita. Por eso, sabiendo que por gracia de Dios he tenido ocasión de predicar muchas veces sobre ese Evangelio, y así está por ejemplo en mi página web. Si usted va a la sección de las homilías en mi página web fraynelson.com, usted encuentra ahí cerca de veinte o treinta predicaciones sobre este evangelio.

Permítanme hoy por favor, que nos vayamos a la primera lectura. Aunque sobre este Evangelio vamos a tener una pequeña sorpresa o regalo hacia el final de la Santa Misa. O sea que no lo vamos a descuidar del todo. Pero en este momento de la homilía vayamos a la primera lectura para darnos cuenta de tres cosas que son absolutamente importantes, mis queridos hermanos. Y esas tres cosas están en el discurso que Pedro dirige a la gente y en la respuesta que la gente le da a las palabras de Pedro. Recordemos, como ya decíamos ayer, que durante este tiempo de Pascua se lee el libro de los Hechos de los Apóstoles. No absolutamente completo, pero sí una porción muy, muy amplia de él. Y empezamos ayer con el discurso de Pedro, el día de Pentecostés. Ese discurso es el que continúa en la primera lectura de hoy.

Observemos. Primer punto dijimos que son tres puntos. Primer punto importante de las palabras del apóstol San Pedro el día de hoy. Primer punto importante dice este Santo apóstol. Todo Israel, esté cierto, de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Por su resurrección se entiende. Es decir, el primer punto es recordar la identidad, atención, la identidad entre el Crucificado y el Resucitado. Y esta identidad es fundamental por muchas razones de las cuales quiero recordar algunas.

Primera, si fue real la crucifixión con ese dolor indescriptible, con esa tortura espantosa, si fue real la crucifixión, real es la resurrección. Se trata de Él mismo. Si el cuerpo de Cristo, el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo hubiera quedado muerto en la tumba, como algunos dicen, de manera arrogante y blasfema, contradiciendo por supuesto la fe cristiana. Y Dios nos libre de que siga sucediendo que hay labios católicos que pronuncian esas palabras. Si el cuerpo de Cristo se hubiera quedado en la tumba, por supuesto corrupto, qué sentido tendrían las palabras de Pedro cuando dice, el mismo crucificado es el resucitado. A la vista de un cadáver que a esas alturas tendría que estar sumamente descompuesto. Tendría Pedro la pretensión de decir que está resucitado, sabiéndose que hay una tumba donde se está pudriendo ese cuerpo. Entonces, lo primero es tener en cuenta la identidad entre el Crucificado y el Resucitado y, por consiguiente, entre la realidad de la cruz y la realidad de la resurrección. Que la cruz nos supera en su misterio y que la resurrección nos supera no solo en su misterio, sino en la percepción que podemos tener de ella. De acuerdo. Son dos misterios que nos superan, pero una cosa es que no superen y otra cosa es que nosotros caigamos en el espantoso error de negar el hecho de la resurrección. Es un hecho que trasciende la historia humana. Es un hecho que va más allá, por consiguiente, de la percepción de nuestros sentidos. Pero sí trasciende la historia y trasciende nuestros sentidos. No es para hacer obra de fantasía ni para ser terreno de la imaginación, sino más bien porque la realidad del Resucitado está más allá de la limitada percepción de la realidad que nosotros tenemos en esta carne y en esta sangre que somos.

Primer dato fundamental. El Crucificado es el Resucitado. Este es un punto absolutamente incontrovertible y es un punto, que es precisamente la fuente de nuestra esperanza. Por última vez lo digo y lo digo con repugnancia. Si el cadáver de Cristo hubiera quedado ahí o en cualquier otro sitio corrompiéndose, qué clase de esperanza tendríamos nosotros en seguir ese camino para hacer también nosotros una imagen de derrota, como lo es un cadáver que se pudre. El Crucificado es el Resucitado. Eso debe quedar claro.

Segundo, dice el texto de los Hechos de los Apóstoles, capítulo segundo, de donde estamos tomando esta lectura. Estas palabras, las palabras de Pedro sobre la crucifixión. Estas palabras les traspasaron el corazón. Se puede hablar aquí bellamente de la dulce venganza del Crucificado. ¡Dulce venganza del Crucificado! ¿Por qué utilizo esa palabra? Porque así como el Crucificado fue traspasado por nuestros crímenes, así las palabras que el Resucitado pone en boca de Pedro traspasan los corazones de los oyentes. Es como si Cristo dijera Ustedes me traspasaron el corazón a mí, pues ahora yo les traspaso el corazón a ustedes. Esto es lo que llamamos la dulce y benévola venganza de Cristo. Por supuesto, es venganza entre comillas, porque no es una venganza para hacernos daño. La palabra venganza realmente significa eso. Venganza es tú me hiciste daño, pues yo te voy a hacer daño. No, no, la venganza de Cristo es pura metáfora lo que estamos diciendo, esa venganza muy, muy entre comillas, lo que quiere decir es que Cristo se desquitó del daño que le hicimos, amándonos al traspasar nuestros corazones con su Palabra.

Y por eso cada vez que uno de nosotros y yo creo que muchos hemos tenido esa experiencia, cada vez que alguno de nosotros se siente golpeado por la palabra, duro me ha dado duro el Señor. Cada vez que sentimos ese don precioso tan valorado por Santa Teresa de Jesús. El don de la contrición. El don del quebrantamiento. Cada vez que tú experimentes quebrantamiento, cada vez que tú sientas que la Palabra de Dios te mueve a profundo arrepentimiento, seguramente acompañado de lágrimas abundantes, piensa en medio de ese río de lágrimas. Piensa ¡bendito desquite de Cristo! Yo lo herí con mis pecados. Él me hiere con su gracia. Decía una Santa preciosa, Santa Dominica, Santa Rosa de Lima. Decía que se sentía herida. Herida, pero le pedía a Dios, esta herida no me la quites. Herida se sentía por eso mismo que sintieron, aquellos que escuchaban a Pedro. Porque efectivamente, mis hermanos, si ponemos real atención en la Palabra de Dios, si de verdad escuchamos la Palabra, ¿cómo no sentirnos traspasados? ¿cómo no sentir la magnitud de nuestras culpas y las culpas del mundo entero?

Decía una vez el Beato Jordán de Sajonia instruyendo a unos jóvenes novicios. Me parece que eran de la tierra que hoy es Alemania. Jordan vivió en el siglo trece, fue el sucesor de nuestro fundador, Santo Domingo de Guzmán. Les decía Jordán de Sajonia a aquellos novicios. Si no podéis llorar vuestros pecados, llorad por los pecados del mundo. Porque al fin y al cabo, lo que interesa en la gravedad del pecado no es quien ofendió, sino a quien hemos ofendido. Y por eso, señal de egoísmo, sería que uno solo pretendiera llorar por los pecados de uno, muchas veces considerándose demasiado limpio como para hacer gran penitencia. Nada de eso. Los que saben de santidad saben que hay que llorar los pecados. No tanto porque yo lo haya cometido, porque tú o tú o tú lo hayas cometido, sino porque Dios ha sido ofendido. Y por eso también una anécdota bien conocida. Lloraba copiosamente San Francisco de Asís y en su llanto repetía. El amor no es amado. Lo que tiene que dolernos y movernos a conversión no es tanto que tal persona o tal otra persona haya pecado. Lo que tiene que movernos a conversión es que Dios ha sido ofendido. Y esa es la dulce venganza de Cristo. El estilo único de Cristo de desquitarse. Tú me heriste con clavos. Yo te hiero con la predicación y el arrepentimiento.

Llevamos dos enseñanzas de la primera lectura de hoy. Primera enseñanza que hay que destacar siempre. El Crucificado es el Resucitado. Segunda enseñanza en la Palabra de la Iglesia, cuando predica la conversión, está la fuerza que traspasa nuestras almas y que nos lleva a una vida nueva.

Tercer elemento que yo creo que hay que destacar. Dice el apóstol Pedro, la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que llame el Señor. A mí esto me impacta mucho, me impacta porque conozco personas que en este mismo tiempo están sufriendo y estoy seguro porque son muchos y me lo han dicho. Estoy seguro que cuando yo diga esto van a romper en llanto. Hay personas que están sufriendo porque en medio de este dolor sus corazones se sienten movidos a arrepentimiento y amor, pero sus propios hijos están lejos. Lamentablemente están lejos del Señor, con actitudes de indiferencia, con actitudes de prepotencia, con actitudes de cinismo, con actitudes de dureza. Pero yo, hoy te quiero decir, apoyado en esta palabra del Apóstol San Pedro. La Palabra dice Pedro, la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que llame el Señor, entonces no pierdas la esperanza. Si miembros de tu familia en este momento, o también se puede hacer extensivo, qué sé yo, amigos tuyos, gente cercana que tú quisieras ver más cerca de Cristo. Porque el verdadero cristiano se caracteriza por esto, porque ama tanto a Cristo que en realidad no le importa tanto que la gente vuelva a uno. Lo que uno quiere es que ellos vuelvan a Jesús y ese tiene que ser nuestro amor como gente creyente que somos. Pero si tú sufres porque tus hijos o personas cercanas a ti no dan ese paso, realmente no llegan a ese fervor y más bien están cautivos de distracciones, de indiferencia, de cinismo. No desesperes, la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos. Esto está en el capítulo dos de Hechos de los Apóstoles.

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