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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lecciones de un encuentro con el Resucitado
Homilía poc2019a, predicada en 20190423, con 9 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, apoyándonos en el hermoso Evangelio que acabamos de oír, tomemos algunas enseñanzas para nosotros. La primera. Aquel que encuentra su verdad, la verdad incluso de su propio dolor y de sus propias llagas, con frecuencia encuentra también el camino hacia Dios. Nos hemos dado cuenta de que al oír testimonios, por ejemplo, en un retiro espiritual, muchas personas dicen toqué fondo, llegué a una situación muy difícil, una experiencia límite, y eso me hizo recapacitar. Hace poco en Estados Unidos se estaba recordando una de las peores masacres que ha tenido ese país. Gran cantidad de personas muertas en una escuela en Columbine. Y una de las que era estudiante de secundaria en esa escuela y que sobrevivió de manera, digámoslo, milagrosa, pero que pasó por semejante acontecimiento traumático, cambió por completo su manera de pensar. De verdad ella se encontró con Dios. Hoy es una religiosa. Ella se entregó del todo a Dios. Muchas veces pasa eso que lo dramático, lo difícil, lo doloroso nos hace volvernos hacia Dios.
Tal vez ese es el sentido de la pregunta que hacen los ángeles a María Magdalena. La misma pregunta que Cristo le repite ¿por qué lloras? En el centro de las llagas del corazón de María Magdalena, no están lejos las llagas de Jesús. La verdad es que Cristo quiso llegar hasta el extremo de la cruz para no estar lejos de nadie. El centro del universo no está en un agujero negro, aunque son objetos preciosos que estudia la física moderna. El centro del universo está en la cruz de Cristo. Y ninguno de nosotros está lejos de esa cruz. Y por eso cada uno de nosotros, en su propio llanto, en su propia llaga, debe tener la certeza de que el Señor está muy cerca, porque Él quiso llegar a la cruz y quiso portar esas llagas para que hubiera un camino desde nuestras propias llagas. Por eso, la verdad de nuestro propio ser, la verdad de nuestra necesidad más íntima, la verdad de nuestro miedo más poderoso, no está lejos del encuentro con el Señor y es una primera enseñanza que podemos tomar de este texto.
En segundo lugar, María Magdalena con gozo descubre a su Maestro y así lo llama Maestro mío. Cristo de inmediato la invita a mirar hacia el futuro. No te aferres a esto que ves. No te apegues al pasado. Hay un futuro, hay un algo que está por delante. Es una enseñanza también para nosotros. El cristiano, y esto lo hemos heredado en realidad de nuestros hermanos mayores, los judíos. El cristiano es alguien que se sabe viajero en el tiempo. Nosotros vamos siempre al encuentro del Señor, porque el Señor es aquel que viene. Ese es el saludo que le da el libro del Apocalipsis a Jesucristo. Él es el que era, el que es y el que viene. Y como Él viene, nosotros vamos, vamos a su encuentro. A veces nos apegamos a las glorias del pasado, a los viejos y buenos tiempos por cualquier razón. Porque en aquella época la gente sí creía. Las familias si eran bonitas. El aire era más limpio. Y dice San Agustín. Nos apegamos al pasado porque nos olvidamos de los dolores del pasado. En otras ocasiones nos apegamos al pasado de una manera muy negativa, con el resentimiento y la amargura. El Resucitado, y eso lo encontramos en este pasaje y en otros, está siempre lanzándonos hacia adelante, como dice San Pablo en el capítulo tercero o cuarto de la Carta a los Filipenses. Olvido lo que queda atrás, me lanzo a lo que queda adelante. El cristiano siempre tiene esa mirada hacia adelante, que es el fruto natural del don teológico de la esperanza. Este es el segundo mensaje.
Y el tercero y último que quiero destacar. Cuando Cristo envía a esta mujer para que hable a los apóstoles, realmente la está constituyendo a ella como la primera testigo del acontecimiento más grande de la historia de la humanidad. Es una mujer, la primera testigo, una mujer que ciertamente tenía en su historia muchas situaciones difíciles. Los Evangelios dicen. Había estado poseída por siete demonios, expresión que parece indicar el máximo grado de corrupción, de perdición, de abandono, de fracaso. Es decir, María Magdalena es lo que uno diría de una persona. Ese es un caso perdido, pero gracias al amor, la palabra y el poder del Espíritu de Jesucristo, María Magdalena es un caso encontrado, un caso que la misericordia de Dios encontró y ella va a ser la primera testigo y la gran testigo de la resurrección del Señor. Esto nos enseña mucho porque nos dice que nuestro pasado, aunque haya tenido manchas y dificultades, no tiene que ser un freno.
Miremos quiénes son los predicadores. En la primera lectura estaba San Pedro. Y todos recordamos lo que pasó en Semana Santa. Pedro negó a Cristo. Todos los demás discípulos sabían que Pedro había sido un traidor y sin embargo, Pedro es el que predica y Pedro es el que tiene esa misión maravillosa de impulsar el Evangelio en la primera comunidad cristiana. Es decir, que el poder del Evangelio, el poder del Espíritu, va más allá de lo que nosotros hemos sido en un pasado. Somos nosotros con nuestra carnalidad, somos nosotros con nuestras envidias y con nuestra mezquindad los que queremos siempre amarrar a las personas a lo que han sido. Pero Cristo es capaz de hacer una nueva criatura con la fuerza de su amor y realmente hace de nosotros criaturas nuevas. Lo demuestra en este pasaje, convirtiendo a la Magdalena en la primera testigo de la resurrección. Es algo grandioso, es algo muy bello. Y esto nos está indicando que todos tenemos también algo que anunciar. Si una mujer que estaba en esa condición, que parecía un caso perdido para todo el mundo, pudo llegar a ser, como se ha dicho, la apóstol de los apóstoles, entonces Dios también puede hacer algo contigo y conmigo. Dios puede hacer también de nosotros testigos de esta alegría, mensajeros de esta Buena Noticia.
Así que estas enseñanzas y muchas más pero quedémonos con esas tres. Podemos tomar de este texto primero que nuestras llagas, nuestros dolores, en el fondo nos están acercando al que quiso acercarse tanto que se quedó en la cruz hasta la muerte, para desde ahí proclamar el misterio del amor. Por supuesto, ya resucitado, las llagas de Él hacen de nuestras llagas una historia distinta. Segundo, como Cristo nos está lanzando siempre hacia adelante, no te aferres al pasado. Y tercero, todos podemos ser testigos de la gran misericordia de Dios. Nadie tiene que repetir a nadie. Pedro no repetía a Magdalena. Pablo no repetía Pedro, Santiago no repetía Pablo. Tú tendrás tu propio estilo. Pero lo importante es que todos seamos verdaderos testigos del amor y del poder de Jesús, que vive para siempre. Amén.

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