Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Características de una buena evangelización: (1) UNIVERSALIDAD: En principio, deseamos llegar a todos. (2) CERTEZA: No ofrecemos opiniones sino una verdad profunda de la que nos hacemos responsables con la coherencia de vida. (3) DENUNCIA DEL PECADO: Porque dejarlo en la penumbra es darle fuerza. (4) PROCLAMACIÓN DE QUE DIOS ES MÁS GRANDE: Porque donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. (5) CAPACIDAD DE MOVER: Porque sin conversión la labor de evangelizar es ilusoria. (6) DIMENSIÓN SACRAMENTAL: la fe no queda en ideas o propósitos sino que se celebra y alimenta en los sacramentos. (7) CARÁCTER ECLESIAL: El propósito es que cada evangelizado descubra su lugar en el Cuerpo de Cristo y pueda así también llegar a ser evangelizador.

Homilía poc2017a, predicada en 20180403, con 20 min. y 21 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, es abundantísima la Palabra de Dios en esta octava de Pascua. Cada lectura, cada escena, cada sermón, tiene tanto para dejarnos. Hoy, por ejemplo, nos cautiva ese texto del Evangelio. María Magdalena, que movida por la fe, por el amor, se acerca al sepulcro. Jesucristo hace de ella la primera testigo de la resurrección. Por eso la conocemos como la Apóstol de los Apóstoles. Y en otras ocasiones hemos podido reflexionar un poco sobre ese texto del Evangelio. Pero esta vez permítanme que vayamos a la primera lectura. Porque también merece atención. Y es evidente que si siempre nos concentramos en el Evangelio, entonces nos quedamos sin algo del contenido que también es parte de la Pascua.

Esa primera lectura está tomada de los Hechos de los Apóstoles, del discurso que hace el apóstol Pedro el día de Pentecostés. Y es hermosísimo ver cómo en ese pasaje que no es muy largo, están todas las características, creo yo, todas, de lo que significa la evangelización, la predicación, la misión en la Iglesia. Por eso y porque esta casa, este convento de Santo Domingo, es una casa de formación de predicadores. Yo pienso que es bueno ir a ese texto y aprender cómo se evangeliza, cuáles son los elementos fundamentales de la evangelización, porque, repito, creo que están todos en el pasaje de hoy.

Vayamos haciendo un pequeño ejercicio como de Lectio Divina entresacando algunas palabras o expresiones y nos daremos cuenta lo que significa evangelizar. Según lo presenta la Sagrada Escritura, dice Pedro todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Todo Israel, dice Pedro.

Ahí aparece la primera característica de la evangelización, la universalidad. Cuando uno escucha Israel, puede pensar que se refiere solo a un pueblo. Pero el pasaje de Pentecostés lo que nos quiere presentar precisamente es la transición entre un pueblo pequeño en número, reducido en su geografía, que es el antiguo Israel y luego el nuevo Israel, donde hay partos, medos, elamitas, gente que viene de Roma y de Asia. Ese es el nuevo Israel y es ese nuevo Israel el que recibe las palabras de Pedro. O sea que cuando él dice todo Israel indudablemente se refiere a ese nuevo Israel que debe recibir el Evangelio. Es lo mismo que nos dice en otros pasajes de la Escritura. Cristo nos alienta en el capítulo veintiocho de San Mateo y nos dice, vayan a todas las naciones. Pero el más audaz de todos es Marcos, que en el capítulo número dieciséis dice vayan y anuncien la Buena Noticia a toda la creación. Hay que dejarlo impregnado todo de Cristo, como dice hermosamente el apóstol San Pablo en la conclusión de su carta a los Romanos, allá por los capítulos quince y dieciséis, dice él, todo lo he dejado lleno de Cristo. Él se refiere a la cuenca del Mediterráneo.

Entonces, la primera característica de la evangelización es esa. Está dirigida a toda la familia humana. Hay que evangelizar a los niños, a los ancianos, a los que tienen salud, a los que están de buen ánimo, a los que están deprimidos, a los que hablan otra lengua, a los que son adversos o enemigos. La universalidad es la primera característica. Dice San Pedro, todo Israel esté cierto. Lo que nosotros proponemos no es una teoría, una hipótesis, una opinión. Nosotros anunciamos una certeza. Y esta certeza, esta convicción profunda, fue un sello de la predicación de Jesucristo, y tiene que ser un sello de la predicación de los cristianos. Efectivamente, la gente decía este enseña con autoridad. Los escribas que se pasaban la vida estudiando interpretaciones y teorías y luego interpretaciones de las teorías y teorías de las interpretaciones, se habían convertido realmente en un manojo de opiniones. Hablar con un escriba era algo exasperante, porque cualquier pregunta, hasta la más elemental, llevaba a un elenco de respuestas. Unos dicen que esto, otros dicen que esto y otros dicen que esto otro.

La vida humana no se puede guiar de esa manera. Jesucristo, en su sencillez, tiene una enorme autoridad. Autoridad que no es simple dogmatismo ni fanatismo. Es la autoridad que brota de una verdad profunda sobre quién es Dios y quién es el hombre. Y es una autoridad que brota de una profunda coherencia, la que él mismo vive. Así también nosotros, con una experiencia profunda del Dios vivo y con una coherencia creciente de vida, hemos de hablar con convicción. Es muy triste lo que a veces pasa en la Iglesia cuando la gente va a distintos templos o parroquias, o habla con distintos sacerdotes y parece que estuviéramos otra vez en la época de los escribas. Qué decepcionante es, como me lo han dicho algunos jóvenes, ir a confesarse donde un padre y este les dice no, eso no es pecado. Y luego van donde otro y dice te acabas de salvar del infierno. El pobre queda desorientado, decepcionado.

A mí mismo me sucedió una vez y lo he contado en otras ocasiones. En la Basílica de Chiquinquirá, como de costumbre, estábamos varios confesando y me di cuenta de que una persona que acababa de confesarse vuelve y hace la fila para hablar, en este caso con este servidor. Y entonces le hago la pregunta aunque yo me di cuenta de eso, le hago la pregunta que se hace con frecuencia en la confesión para ver el estado de esa alma. Le pregunto ¿hace cuánto no se confiesa? y me dice Padre, acabo de confesarme, pero es que el otro padre nada le parece pecado. Esto causa un dolor, una desorientación en la gente. Tiene que haber certeza y tenemos que orar mucho para que Dios despeje nieblas, confusiones y ambigüedades que andan por ahí. De manera que la gente pueda tener claridad sobre lo que es bueno y virtuoso, sobre lo que les hace crecer, les sana y les santifica, y a la vez puedan evitar lo que les hace daño, lo que los rompe por dentro, lo que les envenena.

Entonces, la segunda característica de la predicación es la certeza. Repito, no es certeza de fanático ni de dogmático en el mal sentido de la palabra, es certeza de quien tiene una experiencia profundísima del amor de Dios y de quién es Dios. Y por eso puede hablar con conocimiento. Ahí está de por medio, por supuesto, la acción del Espíritu y la tradición de la Iglesia.

Tercera característica la predicación debe denunciar el pecado. Vivimos en una época en la que esta característica resulta demasiado difícil de practicar por algunos predicadores, pero es inherente, es constitutiva de la fe cristiana. Hay que denunciar el pecado con el nombre que tiene. La época en la que vivimos ama los eufemismos. A toda costa se le cambia el nombre a las cosas para que parezca que no son tan terribles. Ya ustedes nos han escuchado no solo a mí, sino a otros. Lo que sucede, por ejemplo, con el tema del aborto, que ya no es aborto sino interrupción voluntaria del embarazo, derecho reproductivo de la mujer. Y así también nos hablan de derecho a la muerte digna. Y a nombre de esos eufemismos y a nombre de esos cambios, resulta que la realidad del pecado sigue haciendo su obra. Porque el pecado, como obra que tiene su fuente en satanás, obra también como las serpientes, como el diablo mismo escondiéndose.

Entonces un papel que tenemos nosotros como predicadores es sacar a luz el pecado, lo cual tampoco es tan sencillo, porque resulta que cada uno de nosotros, sacerdotes, frailes, predicadores, puede decirse que tiene como sus pecados típicos de los que suele predicar. Y este es un error que también hay que evitar. Resulta que hay personas que cualquier sermón lo orientan por el lado de la justicia social. Y por supuesto, si uno se pone a analizar las desigualdades en una sociedad como la nuestra, tiene tema para las homilías de aquí hasta el otro siglo. Y lo mismo otras personas, en cambio, la emprenden con el tema de la sexualidad o con el tema de la familia o con el tema de la depresión. Es muy importante que uno como predicador no se quede solo en sus temas favoritos. La búsqueda de la gloria divina y el interés por la salud espiritual de la asamblea tienen que tener el primer lugar, pero el pecado hay que denunciarlo, hay que denunciarlo, porque si no sigue haciendo su obra de serpiente.

Llevamos tres características. La predicación es universal, la predicación está llena de certeza. La predicación denuncia el pecado. Pero viene la cuarta característica, la predicación ha de proclamar incluso con mayor volumen, con mayor énfasis, el poder de Dios, la gloria de Dios, la misericordia de Dios. Continuamente el Papa Francisco nos va dando ejemplo en esto. Él denuncia distintos pecados, muchos de los cuales son particularmente repugnantes para Él. Pero siempre hable de lo que hable, siempre insiste. La misericordia del Señor es más grande. Y así tenemos que ser también nosotros. Tenemos que anunciar esa misericordia. No puede ser que toda la elocuencia se nos gaste y se nos queme hablando del pecado y ya no nos quede en palabras para elogiar el amor de Dios, para cantar su belleza, para enamorar los corazones en la dirección del Señor que tanto nos ha amado como verdadero enamorado de nosotros. Y esto que digo vale no solamente para el sacerdote en las homilías. Piensen, por favor, los padres de familia que son los primeros evangelizadores de sus hijos. O sea que por lo menos estas dos últimas funciones, la de denunciar el pecado y la de mostrar la misericordia, esas tienen que empezar a vivirse ya desde la casa.

Así que Pedro utilizó estas cuatro, estas cuatro columnas, estas cuatro dimensiones, con una potencia indudablemente ungida por el Espíritu. Fíjate el efecto que tuvo su predicación. Y aquí pienso yo en mí mismo, y pienso en mis muy queridos hermanos dominicos. Así tenemos que ser nosotros. Mira el efecto de quien predica así. ¡Estas palabras les traspasaron el corazón!. Tiene que ser ese el resultado. Hay que llegar a lo profundo, como verdaderos servidores de aquella palabra de la que se ha dicho. Es como espada afilada que penetra hasta las junturas del alma y el espíritu. Así tiene que ser la palabra, tiene que tener ese poder.

La gente pregunta qué tenemos que hacer. Y entonces les dice Pedro. Y aquí continúan las características de la predicación. Les dice convertíos. La predicación, la misión no es solamente para compadecerse, para acompañar, para acoger. Todo eso es importante. Hay que compadecerse, hay que acompañar, hay que acoger, pero tiene que haber un cambio y eso lo notamos en Cristo. Cristo acogió con cariño, con amor a la pecadora, a la adúltera, al que explotaba cobrando impuestos. Cristo tuvo una actitud caritativa, compasiva, pero no se quedó solamente compadeciendo y compadeciendo y diciendo que el pecado es terrible. Hay que llegar a esta parte, hay que mover, a conversión.

A mí esto me interesa muchísimo, sobre todo porque en el caso de nuestra comunidad tenemos mucho que ver con niños y jóvenes y a veces en una pastoral entendida de un modo quizás superficial, se mide el éxito entre comillas, con otros criterios. Por ejemplo, que la gente estaba muy contenta, que estuvieron muy unidos, que llegó muchísima gente, que se tomaron dos mil trescientas fotos. Esos criterios son demasiado superficiales. Lo que hay que ver es esto hay un cambio, hay un cambio en la vida de la gente, un cambio en el sentido de lo que nos enseña Jesucristo en el Evangelio de Juan. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les digo. Si no hay una obediencia a Cristo, si no hay una obediencia a la Iglesia, si no hay un cambio en esa dirección, pues estamos haciendo ruido, estamos simplemente sonando como ese címbalo que pronto apaga sus ecos. Así que ahí está la quinta característica la predicación debe mover y mover en la dirección hacia Jesucristo.

Luego viene la sexta característica. Son siete. Pedro dice Bautizaos. La predicación, como dicen hermosamente las constituciones de nosotros los dominicos. La predicación tiene su culminación en los sacramentos de la fe. O sea que el movimiento, ese mover corazones, tampoco se debe evaluar solamente por expresiones de sentimiento, que eso también sucede, que la gente lloró mucho. Pues bien, eso puede ser una señal muy positiva, pero que ese llanto lleve a sacramentos. El que no esté bautizado, que se bautice. El que tenía rato sin confesarse, que se confiese. La pareja que estaba viviendo sin casarse, da un paso y dice voy a celebrar, vamos a celebrar nuestro matrimonio. El joven que estaba apartado, indiferente a la Iglesia pregunta, y qué tengo que hacer para recibir mi confirmación. Esas sí son señales. Hay que llegar a los sacramentos.

Y la última característica. Observemos cómo termina el pasaje. Se les agregaron unos tres mil. Sobre todo quiero enfatizar este agregarse. Este ser iglesia, este ser parte de la Asamblea de los Santos. Eso no se puede perder. Es necesario llegar a ser Iglesia. Encontrar ese lugar irreemplazable que yo tengo en el cuerpo de Cristo. Encontrar en la arquitectura que está haciendo el Espíritu Santo, cuál es mi lugar como piedra viva. Pedro dice que nosotros somos piedras vivas. Entonces la persona que ha sido bien evangelizada descubre yo soy piedra viva, yo tengo un lugar y tengo que ocupar ese lugar, ese ser miembro vivo de la Iglesia. Y ese ser piedra viva del templo del Espíritu viene a ser como la corona de una verdadera obra de evangelización. ¿Por qué? Porque lo sabemos. Porque entre todos ellos que vayan encontrando su lugar en la Iglesia, surgirán entonces otros que digan, yo quiero ser como ese misionero que nos habló, yo quiero ser como ese predicador, yo quiero ser como mi papá porque mi papá nos inculcó la fe. Ese yo quiero ser como, es el que permite que la Iglesia no solamente crezca y se robustezca, sino que siga cumpliendo su misión hasta el final de los siglos.

Hermanos, yo creo que estaremos de acuerdo, este pasaje no lo podíamos dejar perder, está en el capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles. Y que quede brillando ante nuestros ojos para poder evangelizar cada vez mejor. Así nos lo conceda el Señor. Amén.

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