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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo que ha salido del sepulcro nos saca del nuestro, el Resucitado nos hace resucitar, su voz nos invita a un encuentro de amor con Él.
Homilía poc2015a, predicada en 20170417, con 6 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Ya hemos comentado para qué tiene la Iglesia este precioso tiempo que se llama la Octava de Pascua. Es una manera de extender el día. Este es un día que dura ocho días. Ese es el papel. Ese es el lugar de la octava de Pascua. Dar ocasión a que todo el pueblo cristiano se acerque con avidez a las fuentes de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor. Para eso tenemos la Octava de Pascua. Los Evangelios que escuchamos durante estos días corresponden a las principales apariciones de Cristo resucitado a sus discípulos.
Hoy, por ejemplo, tenemos el encuentro con María Magdalena. Cuando hablamos de María Magdalena, hablamos de aquella mujer que fue liberada del poder del demonio. Aquella mujer que recibió de un modo singular la potencia transformante de la gracia. Podemos decir que María Magdalena es la imagen de una persona que estaba totalmente perdida y que fue totalmente recuperada. Por eso cada uno de nosotros puede mirar en María Magdalena un ejemplo notable de lo que puede hacer el amor de Dios. Y seguramente muchos de nosotros podemos relacionar etapas de nuestra vida, etapas de oscuridad, de ignorancia, incluso de perdición. Podemos relacionarlas con la vida de esta mujer. Si nosotros sintonizamos con ella, entonces acompañémosla en su camino hacia el sepulcro.
Ella hace lo que puede hacer, lo que le dan las fuerzas hasta donde alcanzan sus recursos humanos. Ha acompañado a Cristo al pie de la cruz, impotente y dolorida. Ha tenido que presenciar la muerte del Señor. Luego ha acompañado el cuerpo del Señor hasta el sepulcro. Y ahora, muy temprano en la mañana del Domingo, va a ese sepulcro. No tiene otro lugar a dónde ir. Aquellas palabras que dijo una vez el apóstol Pedro se aplican no solo a Pedro, sino a todos los discípulos y por consiguiente, también a María Magdalena. Pedro dijo una vez Señor, ¿a dónde vamos a ir? tú tienes palabras de vida eterna. Podemos decir que María Magdalena va al sepulcro, no porque en el sepulcro espere encontrar a alguien, sino porque no tiene otro lugar a dónde ir. Podemos decir que ese es el lugar de la despedida. Es el lugar donde ella ha despedido al amor de su alma y por eso va hacia el sepulcro, porque, repito, no tiene otro sitio a donde ir, no tiene otro sitio a dónde desahogar su dolor por una pérdida que sobrepasa todo lo que las palabras humanas pueden describir. Por eso va al sepulcro. Pero el deseo de su corazón, la búsqueda de su alma, no será en vano.
Efectivamente, el Maestro había dicho El que busca, encuentra, al que llama, se le abre. Y efectivamente, ella iba buscando a Jesucristo. Y el dolor de sus lágrimas, la expresión de sus gemidos. Qué era sino un modo de tocar a las puertas del corazón mismo de Dios, suplicando, implorando eso que solamente Dios podía darle. Porque, en efecto, quién ha conocido de verdad el amor de Dios, indudablemente conoce la diferencia con todos los otros amores y ya no puede ser saciado, ya no puede ser saciado de ninguna otra manera. Allí le espera Jesucristo.
Y si hemos dicho que nosotros debemos asociar nuestra vida a la vida de la Magdalena y reconocer en ella que todos hemos sido pecadores, entonces reconozcamos también en la voz que Cristo le dirige a ella, la voz que el Señor nos dirige a nosotros. A cada uno nos está llamando con nuestro propio nombre. A ella la llamó con su nombre y a mí con el mío, y a ti con el tuyo. Y esa voz del Resucitado es aquella que nos hace recordar la frase de San Pablo despierta tú que duermes y Cristo te iluminará. La voz de Cristo, esa voz bendita que tiene la fuerza de toda una nueva creación, dice el Salmo. Él lo dijo y existió. Él lo mandó y surgió. Y el libro del Génesis dice y dijo Dios que existiera la luz y la luz existió. ¿Eso qué quiere decir? Eso quiere decir que la Palabra de Dios es eficaz, es viva y eficaz, como dice la Carta a los Hebreos. Y esa palabra es la que se dirige a María como sacándola de su propio sepulcro. El Cristo que ha salido del sepulcro saca a María, a María Magdalena de su propio sepulcro, de su tristeza, de ese callejón sin salida a donde ha llegado en su dolor.
El Resucitado nos hace resucitar, su voz nos invita a un encuentro perfecto, un encuentro de amor con Él. Y así la Pascua de Él, empieza ya en esta tierra a ser Pascua nuestra, para que también nosotros seamos testigos suyos en esta tierra y podamos gozar de su vista, de su visión en el cielo.

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