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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Pascua es la fuerza vital que nos lleva hacia una vida nueva, a detestar el pecado y a inaugurar el mundo nuevo que ya tuvo su comienzo en el Resucitado.
Homilía poc2014a, predicada en 20160329, con 4 min. y 24 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de este día se encuentra tomada del capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles. Es una parte del discurso que pronuncia el apóstol San Pedro el día de Pentecostés. En nuestra reflexión del día de ayer hemos comentado por qué se toma específicamente este día de Pentecostés. Esencialmente porque la vida nueva del Resucitado no se queda en él, sino que esa vida nueva llega a nosotros, y la manera como llega es precisamente a través del don del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo de Dios el que nos da una participación en la vida del Resucitado con esa certeza.
Vayamos a las palabras que nos presenta la liturgia en el día de hoy en la primera lectura. Lo que encontramos es un llamado del apóstol San Pedro al arrepentimiento. Observemos que en sus palabras Pedro le muestra a la gente la relación que hay entre nuestro pecado y la pasión de Cristo. La pasión de Cristo no es un accidente, no es un cálculo mal hecho por parte del Señor. No es simplemente el resultado de unos crueles opositores del Nazareno que se han salido con la suya. No es entonces simplemente un problema de poder o un problema de economía o un problema sociológico.
La pasión de Cristo tiene su explicación más profunda en el hecho de que el pecado del mundo refluye hacia aquellos que son más inocentes. Es lo que encontramos continuamente en nuestra sociedad. Es lo que vemos continuamente cuando las injusticias recaen sobre los más pequeños, sobre los más pobres, sobre los niños, sobre los que no han nacido, sobre los que son inocentes. De modo que esa ley general es la que se cumple de un modo dramático en la Pasión de Cristo. El pecado del mundo termina refluyendo sobre el más inocente y el más inocente es el Cordero Inmaculado. Ese es el que ha padecido por nuestros pecados.
La predicación de San Pedro fue tan eficaz que la gente entró en verdadero arrepentimiento. Es decir, la gente se dio cuenta de lo que había hecho. Y eso es lo que tiene que sucedernos también a nosotros. Es decir, la noticia de la Pascua no puede pasar simplemente como una especie de alegría superficial al estilo de las fiestas de este mundo. La verdadera alegría de la Pascua significa el tomar el camino de una vida nueva. Y esa vida nueva, como lo explican los padres de la Iglesia con distintos ejemplos, siempre consiste en dejar la vida vieja. La vida del pecado tiene que ser un fruto de la Pascua, que nosotros detestemos el pecado, que nosotros aborrezcamos el pecado, que nosotros nos demos cuenta de que el pecado solo tiene por paga la muerte. Solo cuando llegamos a ese aborrecimiento del pecado, obtenemos también el acceso a esa luz nueva, a esa gracia Inmaculada, que es la que nos trae precisamente el Espíritu Santo. Por eso está unida profundamente la verdad de la Pascua con la verdad de nuestra transformación interior.
La respuesta de Pedro es perfecta. Convertíos, que cada uno se arrepienta de su mala vida. Y también dice el Evangelista San Lucas, autor de los Hechos de los Apóstoles, que Pedro les urgía escapar de esta generación perversa. O sea uno tiene que darse cuenta de que el pecado no es simplemente una realidad accidental que pasó en una o en otra persona. Es algo que está profundamente metido en la estructura misma de nuestra sociedad. Y por eso el cristiano, de algún modo, siempre es un peregrino, siempre es un insatisfecho.
La Pascua no es una noticia que guardamos como el que esconde un diamante precioso. Es una fuerza vital que nos lleva más allá de las estructuras de pecado de este mundo y que nos permite inaugurar el mundo nuevo, la creación nueva que ya tuvo su comienzo en el Resucitado.

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