Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pentecostés hace que la Pascua no se quede en asombro ante algo exterior, que sería ajeno a nosotros.

Homilía poc2012a, predicada en 20140422, con 4 min. y 54 seg.

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Transcripción:

Explicábamos cuál es el orden que llevan las lecturas de los Evangelios durante estos días de la octava de Pascua. La octava de Pascua va desde el día mismo de la Pascua, el Domingo de Resurrección hasta el siguiente Domingo, el Domingo de Pascua, que es conocido más y más como el Domingo de la Misericordia. El Papa Juan Pablo Segundo, acogiendo una inspiración que Dios le regaló a una santa religiosa llamada Faustina Kowalska, decidió extender a toda la Iglesia la celebración del domingo segundo de Pascua como Domingo de la Misericordia. O sea que entre el Domingo de Resurrección y el Domingo de la Misericordia tenemos esa octava que es conocida como la Octava de Pascua.

Ayer explicábamos que los Evangelios nos van contando, los textos fundamentales, los testimonios centrales de aquellas personas, empezando por las santas mujeres que se encontraron con el Resucitado. Y veíamos también como estas personas, empezando por esas mujeres, tuvieron que enfrentar la incredulidad de los discípulos y muy pronto también la persecución de las autoridades de la época. Pero permanecieron firmes.

La primera lectura ¿qué orden lleva? Los Evangelios nos hablan de estas apariciones, pero la primera lectura de donde es tomada es tomada de los Hechos de los Apóstoles. Y puede parecer extraño que desde el día mismo de ayer, es decir, apenas inaugurada la octava de Pascua, nos encontramos con Pentecostés. Seguramente muchos de ustedes recuerdan que el tiempo pascual termina precisamente en Pentecostés. El llamado tiempo litúrgico de Pascua empieza con el Domingo de Resurrección y termina con el Domingo de Pentecostés, cincuenta días después. Entonces, puede parecer muy extraño que, si Pentecostés es la fiesta que tenemos al puro final del tiempo pascual. Pues resulta que ya el Lunes de la Octava de Pascua, es decir, el día siguiente al Domingo de Resurrección, ya tenemos una lectura del día de Pentecostés. ¿Por qué sucede esto? Pues sucede porque únicamente Pentecostés le da el sentido pleno a la celebración de la Pascua.

Sin Pentecostés, la celebración de la Pascua sería algo así como la admiración, la fascinación que podríamos sentir ante una especie de superhéroe Cristo que ha vencido a la muerte. Nosotros podríamos sentir y sin duda sentiríamos enorme admiración ante el hecho de la resurrección. Pero según nos cuentan los textos sagrados, esa admiración no es suficiente para vencer luego el temor. Porque los apóstoles estaban llenos de temor. Y ese temor inmenso, ese miedo que ellos sentían, pues no era infundado, ellos temían y en muchos casos ese temor se cumplió, que los mismos que habían perseguido a Cristo los iban a perseguir a ellos, entonces estaban llenos de temor, necesitaban una fuerza interior, necesitaban ese valor, ese arrojo y también esa claridad de pensamiento para poder predicar abiertamente la victoria de Dios en el lugar menos esperado de todos. Porque hablar de que Dios ha vencido al pecado ofreciéndose a sí mismo en una cruz. Decir que la muerte en la cruz es la victoria sobre el pecado. No es algo fácil de entender, ni es algo fácil de comunicar. Entonces necesitaban una luz especial y necesitaban una fuerza especial.

Necesitaban que la Pascua de Cristo no se quedará allá como un acontecimiento que le sucede únicamente a Cristo, sino que llegará a ser vida suya, que llegará a ser fuerza suya, que llegará a ser claridad dentro de ellos. Y eso es lo que da Pentecostés. Por eso, durante estos días, en la primera lectura, vamos siguiendo Pentecostés. Concretamente, vamos siguiendo el discurso de Pedro el día de Pentecostés, que nos va esclareciendo el sentido del sacrificio de Cristo y cómo nosotros, a través de la conversión y del bautismo, nos unimos a ese sacrificio. Esa es la invitación de la Pascua, finalmente. Llevar vida de gente que ha aceptado a Jesús y llevar vida de gente que toma en serio su bautismo.

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