Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las palabras del apóstol Pedro "traspasan" el corazón porque muestran el desnivel entre nuestras prioridades y valores y los de Dios.

Homilía poc2011a, predicada en 20130402, con 11 min. y 5 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, la liturgia en la Iglesia Católica se parece al convento de Santo Domingo. Nosotros llegamos de celebrar la Pascua. Algunos estamos llegando apenas el día de hoy y ya tenemos clases, es decir, muy pronto hay que entrar en acción. Así sucede también con la liturgia celebramos la grandeza de la Resurrección de Cristo e inmediatamente se abre el tiempo de la misión. Yo quisiera detenerme un momento en la primera lectura de hoy para compartir un pensamiento o dos sobre esta idea. Cómo la Pascua abre el tiempo de la misión. Pero la misión sucede únicamente donde los corazones se abren. Y como muchos de los que estamos aquí estuvimos en distintos lugares de predicación, de catequesis, de celebración. Creo que hemos tenido las dos experiencias seguramente.

Hemos tenido la experiencia de ver que hay personas que reciben con agrado, con hambre, con buena disposición las palabras, así como hay otros que muestran displicencia, desinterés o incluso agresividad. Entonces es natural que nos preguntemos ¿en qué consiste? ¿cuál es el secreto para que se abran los corazones? En ese sentido, la primera lectura de hoy nos puede ayudar. Se trata del discurso de Pedro en Pentecostés. Les dice Pedro a aquellos que se habían reunido. Todo Israel, esté cierto, de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Y comenta San Lucas. Estas palabras les traspasaron el corazón.

Como evangelizadores que somos. Este versículo nos tiene que interesar mucho, porque lo que uno quiere como predicador es precisamente facilitar que los corazones se abran, que las palabras lleguen. Porque si nuestras palabras no llegan, estamos perdiendo el tiempo. ¿Qué fue exactamente lo que les traspasó el corazón? Pues una posible explicación viene con este término el desnivel, la diferencia. A ver, otra vez la frase de Pedro. Al mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Hay un tremendo desnivel entre el desprecio que recibe Jesús por su propio pueblo y el aprecio que hace Dios Padre de ese que ha sido tan rechazado. Es decir, hay una tremenda diferencia entre el esquema de valores, entre las pretensiones, entre las prioridades de aquel pueblo que despreció a Cristo y aquello otro que Dios Padre considera valioso, considera supremo, considera digno de honor y gloria. Y la percepción de ese desnivel, el darse cuenta uno que lo que uno consideraba muy valioso no vale tanto. Y lo que uno despreció, en cambio, es importantísimo. Eso es lo que rompe el corazón. Eso es lo que traspasa el corazón por utilizar la expresión de San Lucas en este texto.

Si recordamos uno o dos convertidos, vemos que se repite el mismo esquema. Tomamos, por ejemplo, a San Agustín. San Agustín se da cuenta que lo que él apreciaba tanto, esa búsqueda de fama y búsqueda de poder social y de influencia y búsqueda, incluso de conocimiento. Pero con tanta arrogancia, todo eso, él ve que ha sido pura pérdida de tiempo. Él siente que ha perdido su tiempo y en cambio se da cuenta que ha despreciado la sencillez, pero también la hermosura de lo que Dios le ofreció desde el principio. Y ustedes ya saben cuál es el texto que voy a recordar de las confesiones, donde él dice. Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva. Esa es la expresión de uno que dice. Oiga, todo lo que yo creía tan importante no era tan importante. Yo iba por el camino que no era. Yo estaba perdido realmente. Pero el Señor, en su sencillez, en su humildad, en su caridad, me estaba mostrando un camino distinto. Y eso es lo que le rompe el corazón a Agustín. Y lo mismo que esta gente del texto de hoy, también Agustín siente un profundo dolor del cual cuenta él mismo, como él en esa época de su conversión, lloraba muy abundantemente, precisamente por darse cuenta que, uno era el camino en el que él iba con todo impulso y con todo empeño y otro es el camino verdadero, el camino de Dios.

Y por citar solo otro ejemplo, que es tomado también de la Biblia como la primera lectura, por supuesto. Tenemos a San Pablo que dice ahora considero basura todo lo que antes era valioso para mí, y realmente Pablo había llevado una vida moralmente muy estricta, muy correcta y una vida académicamente muy notable. Él se había formado con los mejores maestros que se podían tener en aquella época. Tenía realmente, una solidez, tenía realmente una riqueza intelectual bastante considerable. Pero cuando él examina todo eso y se da cuenta que se le escapó un pequeño detalle y el pequeño detalle es el que le llevó a despreciar al Mesías. Entonces él siente vergüenza. Él siente que es ridículo lo que ha venido haciendo y él siente que tiene que cambiar de vida. Y esa es la raíz de su dolor también en esa conversión que tiene. Por eso llega a decir después, todo lo considero basura, solo vale para mí Cristo crucificado.

Este texto nos puede servir para hacernos planteamientos bastante serios sobre cuáles son nuestros verdaderos empeños. Yo creo que esto vale para todo ser humano. Esto vale para todos, pero muy especialmente para religiosos, para quienes se están formando para el sacerdocio, porque evidentemente hay unas renuncias que se hacen para entrar a un convento y entonces hay que preguntarse, ¿cuáles son mis empeños actuales? o sea, lo que he dejado ¿por qué lo dejé? O como preguntaba San Bernardo ¿a qué viniste? Tenemos que hacernos esa pregunta. Es decir ¿qué es lo que se ha vuelto central en mi vida? ¿dónde están mis prioridades? No me vaya a suceder que voy por un camino y tengo unas metas y estoy haciendo incluso una cierta carrera eclesiástica y ya tengo pensados unos escalones que voy a subir. Pero ¿qué hay detrás de eso? O quizás eso no es otra cosa, sino un disfraz que oculta vanidad o que oculta otros intereses turbios. O sea que este texto también tiene que traspasar nuestro corazón para que nos preguntemos realmente qué estamos haciendo.

Y luego, para el tema de la misión, para el tema de la evangelización, pues démonos cuenta cómo el predicador siempre tiene que ayudar a que la gente perciba, que sus caminos, a pesar de que tengan algunas cosas razonables y buenas. Como lo que estudió San Agustín, toda la retórica y el derecho y la filosofía que estudió, ahí había cosas buenas o todo lo que aprendió San Pablo, todo ese conocimiento de lo que hoy llamamos el Talmud y las interpretaciones judías. Había elementos buenos, pero realmente, si no se llega a una predicación kerigmática, si no se llega a dar un golpe de gracia, si no se llega a hacer una propuesta suficientemente rotunda, convincente y gozosa, quizás estamos perdiendo el tiempo como evangelizadores. Si no tenemos la capacidad de mostrar una alternativa realmente profunda, una alternativa que signifique un cambio, un cambio verdadero de orientación. Pues quizás los corazones no llegan a romperse, no llegan a traspasarse.

Y entonces la gente si nos quiere y nos consideran sus amigos y ven en nosotros finalmente funcionarios de lo sagrado. Pero testigos del Resucitado no verán en nosotros a menos que heredemos este vigor del apóstol Pedro, y esa convicción y ese poder del Espíritu para llegar a decir a pesar de que haya tantas cosas buenas en lo que usted está haciendo. Dese cuenta que lo está perdiendo todo si no está ganando a Jesucristo. Ese punto tiene que llegar en la predicación y solo cuando se llega a ese punto y la gracia del Espíritu rompe corazones. Ahí es donde también puede surgir ese nuevo corazón. Y ahí es donde puede empezar el milagro de la Pascua en nosotros y en los que nos escuchan.

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