Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Hay continuidad pero también discontinuidad entre la realidad del cuerpo antes de la muerte y después de la resurrección.

Homilía poc2008a, predicada en 20120410, con 4 min. y 49 seg.

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Transcripción:

Cada uno de los días de la octava de Pascua nos recuerda un momento de presencia del Resucitado ante sus discípulos. El nombre común que tenemos para estas experiencias es aparición. Hoy, por ejemplo, en el Capítulo Veinte de San Juan, recordamos la aparición de Cristo resucitado a María Magdalena. Sabemos bien que esta mujer tenía una profunda, impagable deuda de amor hacia Jesucristo, que la había liberado del poder de las tinieblas. Sabemos también que ella estuvo presente en el momento de la cruz. Conoció de un modo muy cercano el volumen de dolor del Señor. Pudo percibir la entrega hasta de su propia sangre. Y por eso, porque Cristo se había convertido en el centro de la vida de María Magdalena, ella va muy temprano el primer día de la semana, el que corresponde a nuestro domingo va al sepulcro y es aquí donde las cosas empiezan a parecer un poco extrañas.

Por lo visto, ella está tan llena de dolor que no puede reconocer a Jesús, aunque es él mismo el que la saluda, le pregunta ¿Mujer, por qué lloras? Y ella, aunque es Jesús quien le está preguntando, no lo puede reconocer. Luego Jesús la llama por su propio nombre María. Y en ese momento como que se abren los ojos y el corazón de ella y le dice Rabboni, es decir, mi Maestro. ¿Qué podemos aprender de este pasaje? Es bastante extraño que una persona que supuestamente había estado tan cercana a Jesús no pudiera reconocerlo. Se han dado varias interpretaciones a este hecho. Una de ellas es que precisamente el poder que tiene el dolor en nuestra vida. Es que hace que cerremos puertas y ventanas y que no somos capaces de reconocer ni siquiera esa salvación, ese saludo de gracia, ese salvavidas que Dios nos tira. Dios nos lanza un salvavidas, pero a veces estamos tan encerrados en nuestro dolor que no podemos reconocerlo.

Otro sentido de esta experiencia u otra explicación es que el Resucitado al mismo tiempo, es el mismo que colgó de la cruz, pero es también criatura nueva. Es decir, se da continuidad y discontinuidad entre el Crucificado y el Resucitado. Podemos ver que se da continuidad porque Magdalena finalmente lo reconoce, pero podemos ver que se da discontinuidad porque al principio no logra reconocerlo. Yo creo que es bueno tener en cuenta también este aspecto de nuestra fe refiriéndose a nuestro cuerpo resucitado, porque nosotros también resucitaremos. Dice el apóstol San Pablo que hay tanta distancia entre el cadáver que se siembra y el cuerpo que resucita, como hay distancia entre la semilla que se planta y el árbol que nace, es evidente que resultaría muy difícil para quien no conoce un árbol, por ejemplo, de manzana o de naranja, imaginar los detalles de ese árbol, sencillamente viendo una semilla. Y sin embargo, sí que hay continuidad entre esa pequeña semilla y el árbol entero.

Pues qué bueno que sepamos que en la resurrección sucede eso. Qué bueno que sepamos que hay una continuidad, pero que también hay una discontinuidad. Resucitar no es continuar. sencillamente esta vida es el comienzo de algo nuevo, pero de algo que tiene su semilla en lo que ya somos. ¡Qué preciosa es nuestra fe!

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