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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En la Pascua somos llamados a experimentar el fruto de reconciliación y santidad que Cristo ganó para nosotros. Ese fruto se dio con abundancia en Pentecostés, y por eso las lecturas de esta octava nos invitan ya a prepararnos para la cumbre y conclusión del tiempo pascual: la donación del Espíritu Santo.
Homilía poc2007a, predicada en 20110426, con 4 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Durante la octava de Pascua. La primera lectura de la misa está siempre tomada del Capítulo Segundo de los Hechos de los Apóstoles, y este Capítulo Segundo, en su mayor parte, contiene el discurso de Pedro el día de Pentecostés. De hecho, con la solemnidad de la Pascua, que fue anteayer, iniciamos lo que se llama el tiempo pascual. Ese tiempo va desde la solemnidad de la Pascua hasta la solemnidad de Pentecostés. Y hay algo muy interesante que debe quedarnos claro, la Pascua nos está contando cómo Cristo asciende victorioso del sepulcro. Y Pentecostés nos cuenta cómo el Espíritu desciende compasivo a nuestros corazones. Es decir, que el tiempo pascual está marcado por un ascenso y un descenso. El ascenso de Cristo verdadero Dios y hombre que penetra en los cielos. Y el descenso del Espíritu, Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Por supuesto, Dios verdadero como el Padre y como el Hijo que llega a nosotros. Podemos decir que el Resucitado rompe la barrera y entra en los cielos, y podemos decir que el Espíritu Santo rompe esta otra barrera, la barrera de nuestros corazones, y entra en lo que era nuestro sepulcro. Recordamos seguramente aquellas palabras del profeta Ezequiel cuando dijo: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os voy a sacar de vuestros sepulcros, indicando así que el pueblo elegido, y en realidad toda la humanidad se encontraba en estado de muerte. Muerte es lo que tenemos cuando estamos lejos de Dios. Eso también explica el tono de las palabras de Pedro cuando en el día de Pentecostés dice a la gente que le escucha; escapar de esta generación perversa. De tal modo les habló Pedro, de tal modo les contó la gravedad del pecado que finalmente tuvo como consecuencia la muerte de Cristo, que la misma gente le preguntó a Pedro entonces, ¿Qué tenemos que hacer? Y Pedro respondió; Que cada uno se convierta y que cada uno se bautice en el nombre del Señor Jesús. Y eso fue lo que hicieron por lo menos tres mil personas en aquel día. Y nosotros, que ya hemos sido bautizados, la gran mayoría de nosotros, ¿Qué tenemos que hacer? Pues la primera parte de la respuesta de Pedro sigue siendo válida para nosotros. Tenemos que volver al comienzo del Evangelio, tenemos que volver al comienzo de la Cuaresma, tenemos que volver al comienzo de nuestra fe. Tenemos que aplicarnos esa palabra grande que es conversión, es decir, voy a recibir en serio el mensaje de Dios, voy a recibir en serio su amor, voy a recibir en serio su palabra. Esto es necesario que suceda en cada uno de nosotros. Por eso Pedro dice: Que cada uno se convierta y que cada uno se bautice en el nombre de Jesucristo. Es decir, el amor de Dios no es un dato que queda así en general y abstracto. El amor de Dios es algo que tiene que tocar tu vida cada uno de los rincones de tu existencia. Así como la persona de Cristo transformó la vida de aquella mujer que había estado poseída por siete demonios. María Magdalena. Ella es la que aparece en el Evangelio de hoy y Jesús la llama por su propio nombre en el Evangelio de hoy, y ella reconoce al Resucitado y reconoce en ese Cristo la razón de ser de su esperanza. Es un encuentro personal con el Resucitado. Eso también necesitamos. Cada uno tiene que tener un encuentro personal con la fuerza vivificante del Evangelio, con el amor transformante de Cristo, con el don poderoso del Espíritu Santo.

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